Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:28

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TEMA 1
EL RITMO Y LA ESTRUCTURA
DE LA CELEBRACION EUCARISTICA

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

La estructura y el ritmo de la Misa, ni son extraños, ni se oponen a la vida. Al contrario, nacen de la misma vida, expresan el comportamiento humano de la vida. ¿Qué hacemos si no, cuando nos reunimos los hombres, cuando nos encontramos con los amigos, cuando recibimos a los invitados? En primer lugar los saludamos y acogemos con amabilidad, con alegría. En segundo lugar, conversamos, dialogamos, nos comunicamos sobre las experiencias o acontecimientos de la vida, es decir, nos dirigimos la palabra: es difícil concebir una reunión sin Palabra. En tercer lugar, solemos realizar casi siempre algún rito, que con frecuencia consiste en comer o beber algo juntos, como signo del compartir y del convivir. Finalmente, acostumbramos a realizar un breve rito o gesto de despedida: poniéndonos de pie, acompañando a los que nos han acompañado, dándonos la mano o un beso, ofreciendo un pequeño regalo, pronunciando las palabras del adiós... Todo esto podrá hacerse de una u otra forma, según una u otra costumbre. Pero nadie dudará que ésta es la estructura y el ritmo más’ normal del comportamiento humano. ¿No es acaso esto mismo lo que hacemos, a nuestro modo, en la Eucaristía? ¿No fue también esto mismo lo que en la historia hizo el pueblo de Dios, según las diversas circunstancias?

2. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

Los hombres de las diversas épocas y culturas han tenido sus costumbres, han creado sus ritos, para identificarse, comunicarse y expresarse. Cuando estos hombres han querido relacionarse con los seres sobrenaturales, con los dioses, o con el Dios trascendente, también se han servido de diversas mediaciones, bien fueran ritos, acciones, comportamientos, signos, espacios o tiempos sagrados, intermediarios personales... Lo mismo sucedió en el pueblo de Israel, y de forma semejante ocurre actualmente en la Iglesia, cuando quiere, como grupo, expresar su relación y su fe en Dios. Pero entre todas estas meditaciones y formas rituales, la más importante, por ser considerada como constitutiva y constituyente del pueblo de Dios, ha sido y sigue siendo, aquella en la que se conmemora el acontecimiento central de la salvación: la celebración pascual, es decir, la reunión de los creyentes para conmemorar la liberación salvadora de Dios, a través de la palabra y la acción ritual.

a) Las constantes de la celebración pascual

Los lugares y momentos fundamentales en que se nos relata esta celebración, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, manifiestan un ritmo y una estructura constante, que coincide con la que nace del mismo comportamiento humano, y con la que se repite de modo permanente en la Eucaristía.

Pascua judía: Exodo 12-13:

La Pascua histórica de Israel fue la liberación real de Israel de la esclavitud de Egipto. Aquella liberación, que coincidió con la fiesta de pascua y la inmolación y comida ritual del cordero, es el núcleo del memorial de la celebración pascual. «Guardad esté mandato como institución perpetua para vosotros y vuestros hijos. También guardaréis este rito, cuando entréis en la tierra que os dará Yahvéh, según su promesa» (12,24-25). y el rito pascual incluía estos elementos fundamentales:

- Reunión de las familias en las casas: «Hablad a toda la comunidad de Israel y decid: El día diez de este mes tomará cada uno para sí una res menor por familia, una res menor por casa» (12,3.16.44-49).

- Palabra y narración del acontecimiento: «y cuando os pregunten vuestros hijos: « ¿Qué representa para nosotros este rito?», responderéis: este es el sacrificio de la Pascua de Yhavéh... (12,26-27).

- Bendiciones, ritos y comida del cordero: «En aquella misma noche comerán la carne. La comerán asada al fuego, con panes ázimos y con hierbas amargas» (12,8).

- Aceptación y compromiso: «Entonces el pueblo entero se postró para adorar. Fueron los hijos de Israel e hicieron lo que había mandado Yahvéh... y esto te servirá de señal en tu mano, y como recordatorio ante tus ojos, para que la ley de Yahvéh esté en tu boca» (12,27-28; 13,9). Ultima Cena, Mt 26,17-35; Mc 14,12-13; Le 22,7-38; Jn 13-17:

Jesús, siguiendo la tradición judía, también celebraba la Pascua judía. Pero, al «llegar su hora», se reunió con sus discípulos, para celebrar una Pascua nueva: la Pascua que significaba su muerte y resurrección, la entrega de su vida, como verdadero Cordero Pascual, para la salvación del mundo. Desde entonces aquella Pascua será el verdadero memorial que los creyentes celebran en la Eucaristía. y aquella última Cena, como las otras que le precedieron y las que le seguirán, también tuvo, de forma peculiar, su ritmo y sus partes:

- Reunión con los discípulos: «El primer día de los Acimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: ‘¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el Cordero de Pascua?’. Al atardecer, se puso a la mesa con los doce» (Mt 26,17-20).

- Diálogo, anuncios y despedida: «y mientras comían, dijo: ‘Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros’. Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno...» (Mt 26,21-22). «Entre ellos hubo también un altercado sobre quién parecía ser el mayor» (Lc 22,24) y al despedirse de sus discípulos Jesús les da sus últimas recomendaciones (discurso de despedida) (Jn 13,33-17,26).

- Rito del pan y vino o institución de la Eucaristía: «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y, pronunciada la bendición, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo... Tomó luego un cáliz, y dadas las gracias, se lo dio diciendo...» (Mt 26,26-29). Igualmente hay que indicar el rito del «lavatorio de los pies» (Jn 13,1-20).

- Despedida y compromisos: «y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los olivos... Entonces Pedro intervino y le dijo: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,30-33). «El mayor entre vosotros sea como el menor, y el que manda como el que sirve» (Le 22,26). «Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,15).

Fracción del pan: Lc 24,13-55; Hch 2,42 47.

Después de la partida de Jesús, los discípulos siguieron reuniéndose, al menos «el primer día de la semana», para conmemorar la muerte y la resurrección del Señor, y así cumplir con lo que él mismo les había mandado: «haced esto en recuerdo mío». Es sobre todo San Lucas quien, en dos escritos distintos -el Evangelio y los Hechos- nos relata, de modo diferente y significativo, los elementos fundamentales de esta reunión. En el primer caso, el encuentro y la cena de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús, se describen así los diversos momentos:

- Encuentro desde la vida: «Mientras ellos conversaban y discutían (sobre todo lo que había pasado aquellos días), el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos» (24,14-15).

- Palabra o explicación de las Escrituras: «Y, empezando por Moisés y continuando por todos los Profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (24,27).

- Cena o rito fraterno de la fracción del pan: «Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron...» (24,30-31).

- Anuncio y renovación de la fe de la comunidad: «Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: ¡Es verdad. ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido en el partir el pan» (24,33-35).

La misma dinámica y elementos se aprecian en el segundo caso, donde se nos describe la vida de la primera comunidad cristiana:

- Los cristianos viven unidos en comunidad y se reúnen asiduamente: «La multitud de los creyentes no tenían sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que lo tenían todo en común» (Hch 4,32; Cf. 2,42).

- Escuchan la Palabra y son fieles a la enseñanza de los Apóstoles: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión» (Hch 2,42).

- Celebraban la fracción del pan en las casas: «Acudían... a la fracción del pan y a las oraciones... partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (2,42.46).

- Daban testimonio con la comunicación de bienes y el anuncio de la resurrección: «Vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (2,45). «Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús, Y gozaban todos de gran simpatía» (4,33).

La Eucaristía:
S. Justino
(s. II),
Apología
1, cap. 67

La Iglesia de los primeros siglos, siguiendo el mandato de Jesús y la enseñanza y costumbre de la comunidad apostólica,» también se reunía el «día del Señor» para la celebración eucarística. El testimonio más importante nos lo transmite Justino, a mediados del siglo II, que conocía perfectamente la tradición oriental y occidental. Con él la celebración de la Cena del Señor o fracción del pan comienza a llamarse «Eucaristía». Al describirnos cómo se celebraba, distingue perfectamente las cuatro partes que hemos ido destacando en los casos anteriores.

- Reunión de la comunidad dispersa: «El día que se llama del Sol, se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades o en los campos».

- Lecturas y exhortación del que preside; «Allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, las Memorias de los Apóstoles o los escritos de los Profetas. Luego, cuando el lector termina, el Presidente de la Palabra hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos».

- Plegaria eucarística («canon») y comunión: «Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras plegarias. Cuando se terminan, como ya dijimos, se ofrece pan y vino, y agua, y el Presidente, según sus fuerzas, eleva igualmente a Dios sus plegarias y eucaristías, y todo el pueblo aclama diciendo: «Amén». Viene a continuación la distribución y participación de los diáconos, a los ausentes».

- Caridad y distribución de bienes: «Los que tienen bienes, y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que bien les parece; y lo recogido se entrega al Presidente, y él socorre con ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso. En una palabra, él se constituye en provisor de cuantos se hallan en necesidad».

La Misa: Vaticano II, OGMR, n. 8

A lo largo de su historia, la Iglesia ha permanecido fiel a esta tradición; sobre todo desde la Edad Media, el nombre más común para denominar a la Eucaristía fue: Misa. Es verdad que, según los tiempos y lugares, se fueron introduciendo diversos ritos y fórmulas en la celebración, dando lugar a una variedad dentro de la unidad. Pero siempre se destacaron, mejor o peor, las cuatro partes señaladas. En los últimos tiempos, la reforma de la Misa, llevada a cabo por el Vaticano II, ha distinguido claramente los cuatro momentos de la celebración eucarística, poniendo de relieve sus ritos centrales y su sentido, y diferenciando entre las dos «partes mayores» (liturgia de la Palabra y liturgia eucarística) y las dos «partes menores» (ritos de apertura y de conclusión). Dice así:

«La Misa consta en cierto sentido de dos partes: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto, ya que en la Misa se dispone la mesa tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran formación y refección. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración» (n. 8)

b) Las leyes del ritmo eucarístico:

La estructura permanente o partes fundamentales de la Misa, que acabamos de constatar, tiene, pues, su razón de ser y su explicación antropológica e histórica. Pero una estructura o composición de partes es como una disposición de elementos en espera de funcionamiento, como un cuerpo inerte o falto de reanimación. Para que esta estructura «funcione» es preciso ponerla en movimiento, darle ritmo y dinamismo, llenarla de vida. Y esto supone que aquellos que celebramos la Eucaristía tengamos en cuenta los siguientes principios:

Diferenciación

La diferenciación es el principio que nos lleva a superar la amalgama, la confusión. Saber diferenciar cada parte de la Misa es saber comprender su propio carácter, su sentido específico, su importancia relativa, su ritmo particular. Diferenciar no es separar: es distinguir para que la importancia del gesto responda al valor que le corresponde al rito; para crear un movimiento interno; para conducir las diversas partes hacia su centro vital.

Unidad

Por la unidad descubrimos la mutua conexión, la lógica interna, la sucesiva referencia de las diversas partes de la Eucaristía. Separar las diversas partes es considerarlas como independientes, o no expresar su relación, no exagerar su importancia, o minusvalorar su sentido. Buscar la unidad es guardar el equilibrio entre los diversos momentos, sabiendo que la reunión reclama la Palabra, y la Palabra exige el rito, y el rito transforma y compromete la vida.

Dinamicidad

La dinamicidad es el elemento que da vida, movimiento, progresividad, ritmo creciente a todas y cada una de las partes de la celebración. La ordenación y realización dinámica evita espacios vacíos, desequilibrios y desproporciones. Sabe dónde está el centro y la periferia, lo importante y lo accesorio. Es capaz de soldar los diversos momentos entre sí, haciendo que cada uno surja del anterior y conduzca al siguiente, desde un centro de sentido que se desarrolla en diversas fases y de distintas formas... Un rito dislocado, una interrupción brusca, una duración exagerada, una palabra que no viene a cuento..., rompen la dinamicidad, distorsionan la progresiva articulación.

Variedad

La variedad en la ejecución ritual y en la realización de las diversas partes de la celebración, no se opone ni a la unidad ni a la dinamicidad. Una interpretación variada, según las posibilidades y circunstancias, da agilidad, descubre acentos nuevos, facilita la participación, ayuda a superar automatismos ritualistas. La variedad no es la caprichosa ocurrencia del momento. Es la exigida capacidad de adaptación, previa lectura de la circunstancia concreta, del contenido propio, de las necesidades de la asamblea. No hay parte de la Misa que no se pueda interpretar variadamente: desde la reunión, la Palabra y el rito eucarístico, hasta la despedida. Pero ni el «complejo de variedad», ni el automatismo esclavizante son buenos.

Creatividad

La creatividad bien entendida es la que pone en su justo puesto a la variedad. No es creativo, sin más, el que más cambia, sino el que mejor interpreta. Existe una creatividad externa, que propone nuevos ritos y fórmulas, y una creatividad interna, que «lee» e interpreta en cada momento los ritos y fórmulas dados. Las dos son necesarias, en su justa medida. Pero la que más nos exige es la segunda. Ser internamente creativo es dar vida a lo externo, descubrir sus escondidos sentidos, interpretarlo variadamente, desvelar su dinámica, llenarlo de amor y de fe. Cada uno puede recrear en su interior lo que dice y hace. Y entonces la creatividad se hace traslúcida: un movimiento, un gesto, una entonación, un silencio, un canto, una plegaria. La Eucaristía nos recrea en Cristo, cuando todos somos «creadores» de la Eucaristía desde la fe en Cristo.

Funcionalidad

Cada parte de la Misa tiene un sentido y una función propia: los ritos introductorios, la constitución de la asamblea; la liturgia de la Palabra, la proclamación de la salvación; la liturgia eucarística, la conmemoración y realización del Misterio; los ritos conclusivos, la despedida para el cumplimiento de los compromisos en la vida. La verdadera realización de estas diversas partes, es aquella que hace «funcionar» los ritos de tal forma, que expresen y ayuden a vivir aquello mismo que significan. Es preciso atender en cada caso, a la sensibilidad religiosa, a las dimensiones humanas, a la situación y capacidad de cada asamblea, de modo que esto pueda verificarse. La funcionalidad de los elementos celebrativos es su posibilidad de adaptación, en orden a realizar su verdadero objetivo en la asamblea celebrante. Esto supone, en cada caso, la exigencia de elegir, acentuar, o proponer, de forma creativa, unos u otros elementos. Lo más importante no es el rito, sino la experiencia de fe que la comunidad hace a través del rito.

Centralidad

La conexión y unidad de las diversas partes de la Misa se manifiesta en que todas ellas coinciden en un contenido fundamental, y están orientadas a un mismo centro de sentido, y tienen por finalidad un mismo objetivo básico: la celebración del memorial pascual de la muerte y resurrección de Cristo. Este es el Misterio que da tonalidad y unidad a las diversas partes de la Misa, sobre todo a la Palabra y al Signo. Si la comunidad se congrega en asamblea es porque cree en la salvación y desea celebrada; si escucha la Palabra proclamada es porque en ella se le anuncia dicha Salvación; si pronuncia la bendición eucarística, y se parte el pan y se comulga, es porque sabe que así se actualiza y se participa del Misterio pascual; y si se despide con la bendición de Dios, es porque acepta el compromiso de realizar la misma Salvación en la vida.

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

Participar en la Eucaristía es vivir la totalidad de la Eucaristía desde una actitud y comportamiento que permitan la realización en nosotros del Misterio celebrado, en su pluralidad de aspectos y exigencias. Estas son, en concreto, las actitudes que más directamente se desprenden de la reflexión anterior:

Comprensión desde la vida

La forma de celebrar la Eucaristía no es una imposición sobre la vida. Nace también desde la lógica del comportamiento humano en la vida: acoger, dialogar, compartir un acto ritual, despedirse. Si con frecuencia estos elementos resultan como esteriotipados y extraños en la Misa, se debe a que los participantes también nos comportamos de forma rara, y no natural y auténtica. Para participar bien no hay que olvidar la vida. Hay que expresarla con normalidad. Debemos potenciar todos los signos que contribuyan a ello: saludo y acogida mutua, diálogo, gestos de alegría y de servicio, participación del banquete pascual, rito de la paz, despedida fraternal.

Aprecio a todas y cada una de las partes

Ha pasado el tiempo en que se pensaba que era suficiente con llegar al «canon» para cumplir así con el «precepto». Hoy hemos recuperado el valor y la importancia de la Palabra. Pero no faltan los cristianos que siguen valorando poco los ritos iniciales (por eso vienen tarde) y los ritos conclusivos (por eso se marchan después de la comunión), y es frecuente que, mientras se pone mucha atención y énfasis en la consagración, no se dé importancia a la participación en otros momentos. La verdadera actitud para participar es aquella que valora todos los momentos, como si cada uno de ellos dependiera la celebración total.

Atención en el centro de sentido

El centro de la Eucaristía es el Misterio que celebramos. Todas nuestras actitudes tienen que tender a expresar, participar, vivir, acoger y dejarnos transformar por este Misterio. El centro de la Eucaristía no debemos ser, ni nosotros, ni el que preside, ni el que canta... sino Cristo. Todas nuestras palabras, actos o gestos tienen que conducir al Misterio Pascual celebrado. Ni la amistad, ni la elocuencia, ni el canto, ni el compromiso deben llevarnos a perder este verdadero centro.

Ejecución responsable

No basta participar en la Misa y en cada una de, sus partes... Es preciso participar bien y de modo responsable. Quien así participa tiene en cuenta a los demás, está dispuesto a servir y ayudar, ejerciendo los diversos ministerios. De nada sirve lamentarse «porque las cosas se hacen mal». Hay que poner los medios para que se «hagan mejor». Y esto depende, no sólo de los que presiden la asamblea, sino también de todos y cada uno de los participantes, sobre todo de los más cualificados.

Vivificación desde la fe

La fe de los que celebran la Eucaristía es como la savia que vivifica el árbol seco, como la luz que ilumina las sombras. Por la fe vemos más allá de lo externo, y los signos nos resultan elocuentes, y el Misterio se nos hace cercano, y se transforma la vida. La fe es la actitud que da vida y sentido a todo lo que hacemos y decimos, a cada parte de la Misa y a la totalidad de la Misa.

4. APLICACION A LA CELEBRACION y LA VIDA

Varias son las aplicaciones concretas que se desprenden respecto a la forma de celebrar.

Distinguir las partes significativamente

Si cada parte de la Misa tiene un sentido y una función, es preciso que éstos aparezcan y se expresen visiblemente, por el modo y el lugar en que se realizan. Así, el lugar propio desde el que el sacerdote dirige los ritos introductorios y conclusivos será normalmente la sede (no el altar, ni el ambón), mientras el lugar de la Palabra es el ambón (no el altar) y el de la Eucaristía es el altar. Igualmente deben distinguirse estas partes por el tono, la forma de realizadas, el estilo...

Valorar lo importante, sin marginar lo secundario

Es evidente, como afirman los documentos de la Iglesia, que las dos partes más importantes, que constituyen como la esencia de la misma Misa, son la Palabra y la Eucaristía, «tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto» (SC 56; EM 10; OGMR 8). Los ritos introductorios y conclusivos son, en relación a estas partes esenciales, más bien secundarios. Esto no quiere decir que se les margine, sino que se les valore relativamente, sabiendo que existe una mutua concatenación y dependencia. Así, una buena acogida e introducción facilita y crea las disposiciones para la escucha y acogida de la Palabra. Y una auténtica despedida ayudara a la realización del misterio celebrado en los compromisos de la vida.

Buscar la proporción y el ritmo

Esto supone que cada parte debe ocupar el espacio y tener la intensidad que le corresponde, según su sentido y estructura. No sería lógico, por ejemplo, dar más importancia al rito penitencial que a la liturgia de la Palabra; ni prolongar desconsideradamente la «homilía», compensando el tiempo por un aceleramiento inaceptable en la recitación de la plegaria eucarística. Lo mismo debe decirse de otros elementos variables, o que puedan elegirse según las circunstancias: moniciones presidenciales y no presidenciales, cantos y música, silencio y gestos comunitarios. Buscar la proporción y el ritmo es no acumular elementos, no prolongar con exceso, respetar su propio sentido, atender al estado de ánimo de la comunidad...

Aceptar lo que corresponde a cada uno

Cada parte de la celebración tiene su ritmo interno, su dinámica particular, sus formas propias. Para lograr que el conjunto logre su armonía, su variedad creadora, nada mejor que hacer posible el que en la celebración cada uno realice «todo y sólo aquello que le corresponde» (OGMR, 58), « según su condición» (OGMR, 2). A través del ejercicio de los diversos ministerios se expresa también lo peculiar de cada parte, su carácter y sentido.

5. PUNTOS PARA LA REVISION

- ¿Cómo apreciamos y valoramos cada una de las partes de la Misa?

- ¿Deseo que algunas o algunas partes de la Misa «terminen cuanto antes»? ¿Por qué?

- ¿Qué hemos aportado hasta ahora, y qué estamos dispuestos a aportar en adelante, para que cada parte de la Misa exprese su sentido y realice lo que significa?

- ¿Estás de acuerdo con la frase: «cuanto mejor se procura celebrar, mejor se intenta vivir»?

6. ORACION y MEDITACION

«Nosotros, después de haber bautizado al que ha creído y se ha unido a nosotros, lo llevamos a los llamados hermanos, allí donde están reunidos para rezar fervorosamente las oraciones comunes por nosotros mismos, por el que ha sido iluminado y por todos los otros que hay en todas partes, para que seamos dignos de ser hallados perfectos conocedores de la verdad, buenos administradores y cumplidores de los mandamientos con obras, de suerte que consigamos la salvación eterna. Acabadas las preces, nos saludamos con el ósculo. Seguidamente se presenta al que preside entre los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclado con agua. Cuando lo ha recibido, alaba y glorifica al Padre de todas cosas por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente, porque por El hemos sido hechos dignos de estas cosas. Habiendo terminado él las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. Amén significa, en hebreo, así sea. Después de que el que preside ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que entre nosotros se llaman diáconos dan a cada uno de los presentes a participar del pan y del vino y del agua eucaristizados, que también llevan a los ausentes...»

S. JUSTINO, Apología 1.1, C. 65: Solano l, 61-62

«De verdad es justo,

Dios de poder y santidad,

que te demos gracias con nuestra boca

y te alabemos con nuestras obras.

Porque nos has enseñado el camino
recto para honrarte y darte culto.

Tú no te dejas halagar, como los falsos dioses,
por el incienso y por los holocaustos,

ni por la pompa exhuberante

de nuestras ceremonias festivas.

Tú conoces el corazón de cada hombre.
Sabes lo que hay en él

de verdad y justicia,

de misericordia para el hermano

y de conocimiento verdadero de ti.

En el Hijo, Jesucristo,

que padeció y murió por nuestro amor

y resucitó para gloria nuestra,

nos has dado el sacrificio único

de la nueva y eterna Alianza.

Por todo ello, te damos gracias

y bendecimos tu nombre sin cesar...»

Plegarias de la Comunidad

Apéndice:

Estas son las lecturas para la liturgia de este día:

1ra. Lectura: Exodo 12-13-28

Salmo:

Evangelio: Ultima Cena, Mt 26,17-35; Mc 14,12-13; Le 22,7-3; Jn 13-17: