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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:53
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TEMA 2 1.
ENCUENTRO CON LA VIDA Puede
decirse que, en condiciones normales, no hay encuentro humano, ni reunión, ni asamblea,
en los que la palabra o comunicación oral no juegue un papel importante. La palabra es
expresión de la interioridad, medio de comunicación, llamada al encuentro y al diálogo,
epifanía personal y puerta de acceso al misterio del otro. Pero la
palabra cobra muchos sentidos según la intención y la forma cómo se pronuncia o
proclama. Hay palabras monológicas, porque se dice sólo con la intención de expresarse
y afirmarse a sí mismo; y palabras dialógicas, porque tienden a interpelar y suscitar la
respuesta de los demás. Se dan palabras verdaderas, porque tienden a expresar sin engaño
la realidad percibida, sentida o vivida; y palabras falsas, porque pretenden decir lo que
no responde a dicha realidad. Existen palabras inteligibles, porque se da adecuación
entre expresión y contenido, capaz de ser percibido por los oyentes; y palabras
ininteligibles, porque se da inadecuación entre expresión y contenido, y no permiten al
sujeto oyente establecer una relación ordenada entre lo que la palabra quiere decir en
sí y lo que realmente dice en un contexto concreto. Podríamos señalar otras muchas
distinciones. Baste lo dicho para comprender que la calidad de una palabra puede medirse
por su carácter dialógico, por su verdad expresada, por su inteligibilidad concreta. También
en la asamblea eucarística tiene un puesto primordial la Palabra. En la Eucaristía la
Palabra se proclama y se anuncia, se explica y se aplica, se hace oración y canto,
diálogo y respuesta, acontecimiento y celebración. Esta Palabra, aun siendo palabra
humana, no es sólo palabra de hombre, es sobre todo «Palabra de Dios». Y esto, no sólo
porque nos habla de Dios y sobre Dios, sino porque en ella y a través de ella habla Dios
mismo. Por ello, el carácter dialógico, la verdad y la inteligibilidad de esta Palabra
son especiales y no pueden identificarse con la palabra simplemente humana. Pero se
hace necesaria una distinción. No toda palabra que se pronuncia en la Eucaristía es
«Palabra de Dios». Llamamos «Palabra de Dios» a lo que se contiene en la Escritura y
se proclama en la asamblea. Llamamos «palabra de la Iglesia» a la que pronuncia el
sacerdote en la homilía, en comunión con la enseñanza de la Iglesia. Llamamos «palabra
sacramental» a la palabra que expresa y realiza el misterio o «plegaria eucarística»
(canon). Llamamos «palabra oracional de la fe» a la que se contiene en las diversas
oraciones de la Misa, y por la que la misma Iglesia y la asamblea celebrante expresa su
fe. Todas estas «palabras» tienen su sentido y su intención, expresan Y realizan algo,
nos interpelan y nos convocan, suponen la llamada y la respuesta. Ni el que dice, ni el
que escucha estas palabras puede permanecer indiferente. La indiferencia ante la palabra
es la prueba del sinsentido de esa palabra para mí. Y cuando la palabra que escuchamos,
decimos o cantamos, pierde su sentido, ya no tiene razón de ser el encuentro en que tal
palabra resuena. ¿ Sucede esto también en algunas de nuestras eucaristías ?. 2.
PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO «La
Palabra ha tenido siempre un papel y un puesto preferente en la Eucaristía. Pero, ¿cómo
se ha entendido, realizado y expresado esto? a) La
proclamación de la Palabra en las lecturas: «Las
lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la
parte principal de la liturgia de la Palabra; la homilía, la profesión de fe y la
oración universal u oración de los fieles, la desarrollan y concluyen. En las lecturas,
que luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la
Redención y Salvación, y le ofrece el alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su
Palabra, se hace presente en medio de los fieles» (OGMR 33). - La
liturgia de la Palabra constituye una unidad dinámica y rítmica, donde los distintos
elementos se enlazan y apoyan para desarrollar el carácter dialógico que la especifica.
La Palabra se proclama y escucha en la lectura; se medita y se acoge en el silencio y el
canto; se profundiza y aplica en la explicación homilética, y se torna en respuesta de
fe, oración «sacerdotal» y compromiso en el Credo y la oración universal. Se da, pues,
un triple movimiento: el descendente de Dios al hombre; el expandiente: de la Iglesia al
bautizado; el ascendente: del creyente por la Iglesia a Dios. Dios llama por su Palabra
proclamada en la Iglesia y el hombre responde con su fe, en la fe de la Iglesia. La
Palabra de Dios es provocación (interpela), en la convocación (asamblea), para la
invocación (respuesta). En esto se diferencia la Palabra de Dios proclamada y celebrada
en la asamblea, de la Palabra de Dios leída y meditada en privado: en que allí se
expresa y realiza la mediación dialogante de la Iglesia de forma privilegiada. - Esta
Palabra de Dios proclamada implica la misma presencia de Dios como el verdadero
proclamador que se dirige a su pueblo congregado. «Cuando se leen en la Iglesia las
Sagradas Escrituras, es Dios mismo quien habla a su pueblo, y Cristo, presente en su
Palabra, quien anuncia el Evangelio» (OGMR 9). Porque Cristo está presente en su
Palabra, la Palabra hace presente a Cristo en los que la escuchan. Si en todo caso, la
palabra que dirigimos a los demás es una forma de hacernos presentes a los demás, en
este caso, la Palabra que Dios nos dirige es una forma especial de hacerse presente en
nosotros. Escuchamos su Palabra, pero no vemos su articulación; le oímos por la Palabra,
pero no sentimos su presencia. Más aún la Palabra que nos es dirigida «hoy y aquí»,
no es una Palabra anunciada por primera vez este «hoy y aquí». Es más bien la Palabra
que, desde que fuera proclamada en un tiempo y espacio concretos, se ha convertido en un
«hoy y aquí» eterno, inmutable, permanentemente actual, permanentemente vivo. Su fuerza
y fecundidad, su capacidad de convocación y conversión, su verdad y su virtud salvadoras
no sólo son de ayer, son de hoy y serán de siempre. Por eso mismo proclamar la Palabra
en la asamblea eucarística, es hacer presente entre nosotros al que permanece presente en
su Palabra, con su fuerza salvadora y su virtud transformante, más allá del espacio y el
tiempo, en un hoy que se extiende hasta la eternidad. Dios no ha caído en el silencio.
Presente en su Palabra, sigue hablándonos. - La
Palabra de Dios que se nos ofrece en la Eucaristía, no es fruto de la Eucaristía, sino
don previo y preexistente a la Eucaristía. Pero en la Eucaristía esta Palabra se hace
viva y eficaz; se convierte en noticia que resuena y en acontecimiento que se celebra. De
este modo, lo anunciado se actualiza y realiza, envolviéndonos en el único
acontecimiento salvador que constituye la Palabra y el signo de la Eucaristía. Aunque se
puede distinguir entre la «mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV 21;
OGMR 8,34), en realidad se trata de dos mesas tan estrechamente unidas entre sí que
constituyen un solo acto de culto (ibid. 8). No hay, en verdad, sino una sola mesa, en la
que se nos sirve la «Palabra hecha carne» y comemos el «pan de vida que ha bajado del
cielo» (Jn 1,14; 6,35). Podemos decir que en ningún momento, como en la Eucaristía la
Palabra «deviene sacramento y el sacramento deviene Palabra», de modo que nos
encontremos con una Palabra actuante signalmente, y con un signo elocuente verbalmente. Lo
que se anuncia y se «significa», no es algo, sino Alguien presente y vivo en la Palabra
y en el pan. Y esta presencia es, no pasiva, sino activa y anunciante a la vez. La Palabra
se hace signo «eficaz» y el signo se hace Palabra elocuente. Por todo ello, la Palabra
que se anuncia en las lecturas, viene a ser un acontecimiento especial en la celebración
eucarística. Si el lugar privilegiado para escuchar la Palabra es la asamblea, la
asamblea privilegiada para escuchar la Palabra es la Eucaristía. - Sean
cuales sean los textos que se proclaman, siempre se anuncia y realiza el único «misterio
de la Redención y Salvación», anunciado de antiguo por los Profetas, realizado en
Cristo Jesús, continuado en la Iglesia, y en tensión hacia su plenitud escatológica. La
misma selección de los textos nos recuerda esta dinámica del acontecimiento en la
Historia de la Salvación: La primera lectura, del A. T. o «Profeta» nos recuerda el
anuncio de la Salvación; el Evangelio o Palabra del Señor nos habla de la realización
de esta salvación en Cristo; la segunda lectura o «Apóstol» nos relata la
continuación de dicha salvación en la comunidad de la Iglesia. Naturalmente, la Biblia
nos ofrece una riqueza de textos muy grande, y se impone una tarea selectiva de aquellos
más significativos para la liturgia. En cada época y en cada tradición litúrgica se ha
llevado a cabo esta selección, con frecuencia diversa y variada. Hoy el Vaticano II,
queriendo abrir para el pueblo de Dios los «tesoros de la Biblia» (SC 51) nos ofrece, en
un período de tres años (llamados los tres Ciclos), las partes más significativas de la
Sagrada Escritura, en orden a un alimento más pleno de la fe, y a una mejor comprensión
del Misterio celebrado. Ahora
bien, aun tratándose de un mismo misterio, cada día, cada domingo, cada fiesta
litúrgica, lee unos textos concretos que expresan de modo directo y preferente uno de los
aspectos del Misterio total. Será ese aspecto que coincide, relata y recuerda el
acontecimiento celebrado, según la festividad, los tiempos y momentos del Año
Litúrgico. De este
modo, a lo largo del Ciclo litúrgico, se anuncia, se expresa y se vive toda la riqueza de
aspectos y dimensiones que dicho Misterio contiene. Se discute
sobre la conveniencia pastoral del número de las tres lecturas. La abundancia de la
Palabra es siempre buena en sí misma. Pero hay que tener en cuenta el lenguaje, la
conexión temática, el contenido específico, la dificultad de comprensión, la capacidad
de la misma asamblea. Aunque se reconoce la validez de los criterios para la proposición
de las tres lecturas (Profeta, Apóstol, Evangelio), estas dificultades hacen que en
algunos países se opte sólo por dos lecturas: Profeta o Apóstol y Evangelio, según se
adapte mejor o peor al tema central, a la explicación homilética, al sentido de la
festividad o tiempo litúrgico. Normalmente, la conexión temática aparece con más
claridad entre la primera lectura (A. T.) Y el Evangelio. Con todo, el criterio de
selección, tanto para las lecturas (en su caso), cuanto para el contenido homilético no
puede tender ni a suprimir sistemáticamente la lectura «apostólica», ni a elegir
automáticamente la lectura «profética». Habrá que atender a cada circunstancia. En
principio consideramos que la norma que se ha impuesto en España, de proclamar las tres
lecturas, tiene un gran valor y supone una «recuperación» que debe procurar mantenerse.
Esto no debe ser obstáculo para que, si lo exigen la asamblea y las circunstancias, se
reduzca el número, se elijan nuevos textos, se adapte la proclamación. Lo más
importante, como dice el Directorio para Misas con niños, que permite una gran
flexibilidad, no es la cantidad, sino la calidad de la lectura, en cuanto se realiza de
tal forma que alcanza su objetivo (Directorio, n. 42). En todo caso, la ordenación y
estructura del Leccionario actual, no hay por qué considerarla como la única ni como la
mejor. Caben otras posibilidades, a las que la Iglesia podrá atender, siguiendo criterios
complementarios: desarrollo más histórico-salvífico, concentración temática,
ampliación y nuevas posibilidades. b) La
actualización de la Palabra por la homilía La
homilía no es en sí misma Palabra de Dios, pero sí es parte integrante de la
proclamación actualizada de esta Palabra. Por eso se dice que «en las lecturas, que
luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo» (OGMR 33). «Aunque la Palabra
divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos
los tiempos y está al alcance de su entendimiento, su eficacia aumenta con una
explicación viva, es decir, con la homilía, que viene a ser parte de la acción
litúrgica» (ibid. 9). - En
principio debe decirse que la homilía es explicación del contenido central de la
Palabra; aplicación a la vida concreta de la comunidad; e implicación de ese mismo
contenido aplicado en la celebración ritual (d. OGMR 41). La homilía se centra en los
textos y el misterio proclamados, arranca y se enraiza en la vida, y encuentra su pleno
sentido en la celebración del misterio y la vida. Es discurso explicativo, mensaje
actualizado y acontecimiento celebrativo. Ninguno de estos aspectos debe limitarse, ni
mutilarse, ni exagerarse, para que la homilía no degenere y pierda los contornos de su
propia naturaleza. - La
homilía es el anuncio más pleno de la Buena Noticia, porque supone y contiene de algún
modo las otras formas de predicación (kerigma, didaskalia, catequesis), a las que, lejos
de oponerse, complementa y lleva a plenitud. Pero debido a su carácter
litúrgico-celebrativo, constituye una forma original y específica de transmisión de la
Palabra de Dios. La homilía es a la vez anuncio (kerigma), que informa la fe
(didaskalia), confirma en la fe (catequesis) y transforma la vida (mystagogia), celebrando
la misma vida de la fe (liturgia). Pero, siendo todos estos aspectos no puede reducirse
con exclusividad a ninguno de ellos. Y todos ellos deben ser desarrollados en función del
polo de atracción o del centro de especificidad que les da colorido, tonalidad. Este
centro es la misma liturgia. -
Queriendo explicar brevemente las afirmaciones anteriores, podemos decir lo siguiente: La
homilía no es el kerigma en sí, porque no es el primer anuncio, o la primera llamada, o
la evangelización inicial, o el testimonio iniciante para los sujetos que la escuchan. En
principio se supone que quien escucha una homilía y participa en la Eucaristía es ya un
evangelizado, convertido e iniciado. Y, sin embargo, aun suponiendo que así sea, la
homilía tiene siempre un carácter kerigmático. Porque la Palabra de Dios no pierde
nunca su fuerza de anuncio novedoso, de noticia y de kerigma. Porque la conversión y la
fe nunca puede decirse que han llegado al ideal: porque la dimensión kerigmática
adquiere acentos siempre, nuevos en el contexto litúrgico, por el aspecto del misterio
que se anuncia y realiza. - Tampoco
puede decirse que la homilía es sin más «didaskalia» que enseña, ilustra y explica la
doctrina de la fe. Este objetivo deberá realizarse en toda su plenitud en otros momentos,
no cediendo sin más a la tentación racionalizadora o tematizadora que con frecuencia
acecha a la homilía. Pero tampoco puede negarse que la homilía tiene una dimensión
didaskálica, ya que también explica, ilustra y enseña. Pero lo hace siempre desde el
centro litúrgico que la caracteriza. Y por eso debe evitar el intelectualismo, el
moralismo o el dogmatismo. La homilía tiene que enseñar, sin querer ser enseñanza;
tiene que explicar sin pretender ser lección; tiene que ilustrar la mente sin quedarse en
la razón. Su misión es continuar la «enseñanza» (didaschein) del Maestro, desde la
misma enseñanza bíblica, sin pretender convertirse en «enseñanza» al margen de la
Biblia. - Del
mismo modo hay que afirmar que la homilía, no puede reducirse simplemente a la
catequesis. La «catequesis» (catecheo) es una instrucción iniciante, de carácter más
bien catecumenal, por la que se pretende profundizar en los contenidos fundamentales de la
fe. En sí la catequesis tendría su puesto antes del Bautismo, mientras la didaskalia la
tendría después del Bautismo. Pero, dada la praxis bautismal actual, la catequesis y la
didaskalia deben realizarse después del Bautismo. Si esto es así, se comprende que la
homilía tiene también una dimensión catequética. Toda homilía, como toda celebración
eucarística, suponen la iniciación y son iniciantes; suponen la catequesis y son
catequéticas; suponen la fe y alimentan y profundizan la fe. Sin embargo, difícilmente
podrá justificarse una homilía que sistemáticamente se convierte en catequesis, y menos
si tal catequesis es teorizante y no mystagógica. - Lo
propio o específico de la homilía es que se trata de una palabra que es acción
litúrgica, acontecimiento celebrativo. Palabra y rito constituyen en la celebración los
dos aspectos integrantes de la acción litúrgica, por los que se anuncia, se actualiza y
realiza el misterio de la salvación. La palabra de la predicación, lo mismo que las
palabras que acompañan el rito, son proclamación o interpretación viva de ese misterio
presente y operante en la asamblea que celebra, de modo que así aparece su grandeza, su
significado, su riqueza. La homilía tiene un carácter salvífico porque proclama las
maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación. Tiene un carácter
actualizador, porque declara estas maravillas como operantes y presentes en la
celebración actual, continuadora de las intervenciones salvíficas. Tiene, en fin, un
carácter profético, porque anuncia el dinamismo de estas acciones maravillosas de Dios
hacia su plenitud escatológica. La homilía, como la misma celebración, es memoria del
pasado salvífico, anuncio de una presencia salvadora, y profecía de un futuro
escatológico de salvación. Y el centro de la homilía, lo mismo que el centro de la
celebración, lo constituye el centro de la historia salvífica: el misterio de Cristo.
Por eso la homilía tiene que ser, principalmente, «sermo» = exhortación, predicación,
proclamación, apoteosis en palabra, canto familiar y anuncio gozoso de ese acontecimiento
del misterio de Cristo entre nosotros, que nos transforma, y nos salva. Su lenguaje, su
tono, su contenido, deberán ser, por tanto, otros a los de la exposición temática, el
discurso racional, la explicación sistemática... La verdadera función de la homilía,
su específico sentido es «proclamar las maravillas obradas por Dios en la historia de la
salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros
particularmente en la celebración litúrgica» (SC 35). Se trata, pues, de conducir a la
asamblea a la convicción y la experiencia de que lo anunciado acontece, y el Misterio de
Cristo se realiza «aquí y ahora», para la asamblea reunida, por la mediación de la
Iglesia. - En
cuanto al contenido de la homilía hay que decir que éste debe basarse y centrarse sobre
todo en el mismo contenido de la Palabra proclamada. No es la homilía la que impone el
contenido de la Palabra, sino ésta la que se lo impone a la homilía. La homilía es un
«servicio» (diakonia) de la palabra a la Palabra, de manera que ésta sea entendida,
aceptada, celebrada y vivida en lo que verdaderamente anuncia y contiene: la Salvación.
Para que la homilía sea verdadera no debe olvidar el anuncio integral y no parcializado
de los diversos aspectos del Misterio. La selección de los centros de contenido debe
tener en cuenta la totalidad del Misterio, la plenitud de la fe, la situación de los
sujetos, el carácter de la celebración. Para que el predicador sea auténtico debe tener
conciencia de que no es el dueño, ni el propietario del Evangelio, ni el poseedor de su
verdad plena, sino el depositario, heredero y servidor que intenta transmitirlo con
fidelidad (cf. Evangelii Nuntiandi, n. 15). Ni la instrumentalización de la Palabra en
favor de unos objetivos espúreos; ni la domesticación del contenido en virtud de una
intención «privada»; ni la personalización de la verdad por la fuerza de una
concepción concreta... son servicios a la Palabra. La misión del predicador no es
predicarse a sí mismo, sino predicar a Cristo. Ni es ser el reflejo de una ideología, la
expresión de una opción, o el portavoz de un grupo, sino el exponente más fiel posible
de la irreductible e insobornable verdad del Evangelio. Cierto que
éste es el ideal, pero la realidad queda lejos con frecuencia. Entre servir a la Palabra
y servirse de la Palabra hay un «entre» o «intermedio» inevitable, marcado por la
tensión dialéctica entre la subjetividad-objetividad, del cual no podemos prescindir por
ser hombres, mejor, estos hombres concretos. Nuestro mensaje sobre Dios, a partir de su
Palabra, será siempre el humilde intento de acercamos a la verdad y al misterio de Dios,
con la esperanza de que responda a la misma realidad. Nunca podemos hablar de Dios con la
insolentepretensión de que aquello que decimos sea la última palabra sobre Dios. El
único que puede tener una palabra sobre Dios es Dios mismo. -
Finalmente digamos que la homilía debe ser siempre una predicación «circunstanciada» y
situacionada, es decir, adaptada a las necesidades de los sujetos a quienes se dirige, a
su situación vital y de fe, a sus interrogantes y problemas, a su capacidad de recepción
y asimilación, de manera que se suscite y madure la conversión, se alimente la fe, y se
favorezca al máximo una respuesta positiva al mensaje, y una celebración festiva del
Misterio. Para que sea así es preciso que la homilía parta de los problemas y
esperanzas, de las alegrías y sufrimientos de la misma asamblea. La elocuencia de la vida
hace elocuente la Palabra de vida. También es necesario que dicha Palabra despliegue todo
su carácter profético, de anuncio y de denuncia, de juicio y de gracia, de
interpelación y de verdad, de don y de contradon... La Palabra debe decirse no
encadenada, limitada o parcializada, sino libre y elocuente, con la valentía de la
verdad, sin el temblor de la mentira. El carácter profético de la homilía no debe
confundirse, ni con la acusación sistemática o con la justificación hiriente, ni con el
silencio cobarde o el «combinado tambienista», ni con el politiqueo o la demagogia de
turno. A veces será muy difícil poner las fronteras, pero es claro que lo profético, es
ante todo, la misma verdad del Evangelio, dicha en cada «aquí y ahora», con la
limpidez y transparencia que le dan su imperecedero valor, su insobornable fuerza y poder.
En unos casos esta dimensión profética será anuncio gozoso, esperanza irrefrenable,
amor y entrega... En otros será denuncia, o grito conmovedor, o llamada provocadora... Lo
profético no es, sin más, la acusación, es la misma verdad del Evangelio. c) La
respuesta a la Palabra por la profesión de fe y la oración «El
símbolo o profesión de fe, dentro de la Misa, tiende a que el pueblo dé su asentimiento
a la respuesta a la Palabra de Dios oída en las lecturas y en la homilía, y traiga a su
memoria, antes de empezar la celebración eucarística, la regla de su fe» (OGMR 43). - La
Palabra suscita el diálogo, expresa el encuentro y la comunicación y reclama una
respuesta. Y esta respuesta, para la asamblea celebrante, es la profesión de fe. Para
creer se ha escuchado la Palabra, y porque se ha creído se invoca al autor de la Palabra,
confesándolo como el Dueño, el Salvador y el Señor (id. Rm 10,14). No se trata aquí de
una profesión, un acto de fe cualquiera. Se trata de una profesión solemne, porque tiene
lugar en la misma celebración; pública, porque se proclama ante los demás; comunitaria,
porque lo hace la comunidad; «objetiva», porque expresa la fe de la misma Iglesia;
actualizada, porque supone una verdadera actualización renovada de la fe antes de la
celebración. El «credo»
parece no ser un elemento original de la Eucaristía, aunque haya tenido un puesto
importante. Se discute hoy sobre la conveniencia y posibilidad de otros modelos de
profesión de fe más o menos adaptados a la sensibilidad religiosa al lenguaje actuales,
a la doctrina del Vaticano II... El actual «credo» se considero demasiado largo,
dogmático, monótono, ininteligible... Igualmente se considera que, por no tratarse de un
«himno, ni de una oración, ni de una alabanza, no parece demasiado oportuno cantado,
sino que un simple recitado se aviene mejor con el contenido de este texto, ya que el
canto dice más con la exaltación y la alabanza» (P. Farnés). Para algunos, incluso el
hecho de que el «credo»
tenga lugar, supone un cierto obstáculo al ritmo de la celebración, ya que el paso más
lógico se da entre la Palabra y la oración. Aunque el
«credo» no sea un elemento esencial e insustituible en la liturgia de la Palabra (de
ahí que haya ocasiones en que no se reza), con todo sí es imprescindible como elemento
dinámicológico de la misma, la respuesta de fe, que deberá expresarse, bien de forma
significante explícita, bien a lo largo de la misma celebración. El verdadero encuentro
interhumano que supone la Palabra implica la oferta del don de Dios en la Palabra, la
recepción del don en la fe, la respuesta del contradon en el compromiso de la vida. Esta
acción desencadenada por la misma Palabra, exige su expresión y expansión externa en la
ordenación litúrgica. Por ello, bien el símbolo u otro elemento deberían asumir
expresamente esta función. - «En la
oración universal u oración de los fieles el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal,
ruega por todos los hombres» OGMR 45,33). Se trata ciertamente de una oración por la que
los fieles bautizados (y no los catecúmenos, por ejemplo) ejercen su sacerdocio común,
su mediación sacerdotal, en favor de todos los hombres, intercediendo ante Dios por sus
necesidades. En sí misma, la oración universal no tiene por finalidad ser respuesta a la
Palabra de Dios, ni comentario oracional de su contenido. Por su sentido, más que el
último acto de la liturgia de la Palabra, debe calificarse como el primero de la liturgia
eucarística, al abrir a la universalidad la mediación sacerdotal del pueblo de Dios, en
unión con la mediación de Cristo. Con todo, pensamos que esta oración encuentra aquí
su pleno sentido, porque expresa la apertura universal de la fe creída, manifiesta el
destino universal de la salvación, indica el compromiso universal entrañado en la
Palabra, y solicita la solidaridad del pueblo de Dios con todos los hombres. De este modo,
lo que se ha proclamado y creído, vuelve a proclamarse oracionalmente para que todos
lleguen a creerlo, y así se extienda la salvación a todos los hombres. El puesto
que tiene la «oración de los fieles», entre la liturgia de la Palabra y la liturgia
eucarística se explica porque, al ser oración de los «fieles» bautizados solamente, no
la rezaban los catecúmenos, y ya que éstos participaban en la liturgia de la Palabra,
era necesario esperar a que salieran de la Iglesia para que tuviera lugar. Por otro lado,
era costumbre el que en otras celebraciones no eucarísticas, como los Laudes o las
Vísperas, se recitara al final de la celebración, después de la lectura del texto
bíblico, y esto hizo que se situara también en este lugar dentro de la celebración
eucarística. No debe extrañar el que se indiquen las intenciones centrales de la
oración: «por las necesidades de la Iglesia, por los que gobiernan los pueblos, por «la
salvación del mundo, por cuantos sufren dificultades y por la comunidad local» (OGMR
45). Se trata de una intercesión no subjetiva, sino objetiva de toda la Iglesia. Por eso
las diversas liturgias suelen presentar esta oración, no como algo variable y libre, sino
como algo fijo y establecido. Esta es una de las razones por las que no debería faltar la
oración de los fieles en ninguna celebración
eucarística, aunque se repitiera la fórmula. La costumbre extendida actualmente, de
formular con libertad y espontaneidad las «peticiones», tiene la ventaja de que se
posibilita la creatividad y la participación, pero la desventaja de que con frecuencia se
hacen peticiones puramente individualistas y subjetivas. En todo caso será preciso cuidar
para que la orientación de las peticiones vaya en el sentido de la Palabra proclamada,
buscando la unidad celebrativa. 3.
ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION a)
Disposición para el diálogo personal Estar
dispuesto al diálogo con Dios desde su Palabra, es abrirse a las actitudes que permiten
el desarrollo de las virtualidades de dicha Palabra y
estas actitudes pueden concretarse en los siguientes puntos: - Escuchar
como si no hubiera otra Palabra. -
Comprender en la medida en que permite esa Palabra. - Acoger
el don que nos ofrece la Palabra. -
Comprometerse en la respuesta que damos a la Palabra. Cuando
quiero escuchar, comprender, acoger y vivir el mensaje de Salvación de la Palabra, ya me
está salvando la misma Palabra, ya puedo dialogar desde la Palabra, aunque no llegue a
escuchada, o comprenderla, o acogerla o vivida como debiera. b)
Colaboración para el diálogo comunitario: La Palabra
no admite monopolios, ni manipulaciones. Su fuerza dialógica nos implica y compromete, no
sólo como individuos, sino también como comunidad. La comunidad es el lugar propio de
proclamación de la Palabra. En la comunidad encuentra la Palabra sus ecos y resonancias.
Por desgracia, aparece muy poco esta relación y este diálogo de la comunidad sobre la
Palabra. La comunidad es, las más de las veces, un grupo necesariamente presente, pero
dialogalmente ausente. Escucha la
Palabra sin dialogar sobre la Palabra. Oye, entre interesado e indiferente, lo que otros
dicen y piensan sobre la Palabra, sin poder expresar lo que él piensa y cree. A veces,
este hecho se debe también a la misma actitud pasiva e indiferente de los oyentes. La
colaboración para un diálogo comunitario podría consistir: en una preparación o
formación personal sobre la Escritura, que hiciera posible mi interpretación en
comunidad; en un intercambio antecedente con el que predica, comentando con otros el
sentido de la Palabra; en la disposición personal a comunicar a los demás lo que el
Espíritu «me dice» sobre la Palabra... c) Acogida
del mensaje de salvación: La Palabra
se nos anuncia y transmite un mensaje, no simplemente humano, sino divino. La Palabra es
Dios transmitiéndose y dándose a sí mismo. Acoger el mensaje es necesariamente acoger
al que se transmite en el mensaje. Y esta acogida sólo se da cuando existe la apertura y
la sencillez del niño; cuando se está dispuesto para que el Otro irrumpa en mi propio
ser; cuando no se teme la aventura de nuevos horizontes, el cambio que supone
«abandonarlo todo y seguir»; cuando se sabe que el fiarse de esta Palabra, el apostar
por su verdad, es el camino para la plenitud y la salvación. La Palabra que escuchamos en
la Eucaristía es ya para los que participan, una Palabra creída, una Palabra sobre la
que se ha expresado la opción y se ha orientado la existencia. La acogida de esta Palabra
en cada Eucaristía es la renovación gozosa de aquella primera acogida, es el revivir
eucarístico de aquella primera experiencia salvadora. Acoger cada día el mensaje es
alegrarse de haberlo acogido de una vez para siempre, sabiendo que merece la pena fiarse
de lo que anuncia. d)
Aceptación de la palabra fraterna: Sucede, a
veces, que nuestras actitudes subjetivas, aun siendo muy buenas, chocan contra la barrera
de unas condiciones y formas de transmisión mediocres y deficientes. La palabra del que
predica no es Palabra de Dios, sino palabra de un hombre; su mensaje nos suena más a
humano que a divino; su forma de explicar y aplicar puede parecernos más obstáculo que
ayuda... El que tiene la misión y responsabilidad de predicar no posee, ciertamente, para
todos y en todos los casos, las mejores condiciones y cualidades para la transmisión fiel
del mensaje. Ni su verdad es, sin más, la verdad, ni su consecuencia es, sin más, el
compromiso. Y, sin embargo, es preciso saber aceptar la palabra fraterna, escuchar a
través de ella la llamada de Dios, ver más allá de la humana limitación, atender más
al contenido que a la forma, sentirse, en fin, interpelado en aquello sobre lo que
nosotros mismos podríamos interpelar al hermano. Siempre habrá razón para decir:
«médico, cúrate a ti mismo», o «hagamos lo que nos dice, pero no imitemos lo que
hace». Con todo, Dios se acerca también a través de la miseria y fragilidad humana. 4.
APLICACION PARA LA CELEBRACION a)
Preparar la Palabra: Toda
preparación dispone y anticipa el resultado de una acción. La Palabra
de la Eucaristía del domingo puede prepararse de muchas formas: -
Leyéndola y reflexionando, o meditando sobre ella personalmente a lo largo de la semana. -
Dialogando sobre esta Palabra en familia, cuando se dedica un tiempo a preparar juntos la
Eucaristía. -
Profundizando en su sentido por el estudio o el diálogo en el grupo. -
Colaborando con el sacerdote en la preparación de la homilía. - Orando
cada día, a partir del mismo mensaje que transmiten las lecturas. b)
Facilitar la escucha y comprensión: No basta
con preparar y vivir personalmente la Palabra; es preciso hacer posible que los demás
también la preparen, escuchen y comprendan lo mejor posible. ¿Cómo? - Con la
disposición de las condiciones técnicas necesarias: micrófono, amplificadores. - Con la
creación del clima adecuado: silencio, expectación, actitud de escucha. - Con la
presentación de los textos, por medio de breves introducciones, moniciones, o incluso
símbolos. - Con una
proclamación adecuada de la lectura: pausa, entonación, sentido... - Con la
creación de un rito adecuado y equilibrado: entre lectura, canto, silencio y meditación,
que no minusvalore ni exagere ninguno de estos elementos. c) Adaptar
los diversos elementos: Para que
la Palabra cumpla sus objetivos y realice lo que significa, hay que saber aplicar y
adaptar, según las diversas circunstancias y situaciones. Esta tarea parece más
necesaria en los siguientes elementos, dada su actual estructura: - El
número de las lecturas, sobre todo en asambleas diversificadas y homogéneas, vgr.
niños. - El canto
interleccional o salmo responsorial, buscando la mejor forma de realización, según la
asamblea. - El credo
o símbolo de la fe, siendo las diversas posibilidades: rezado o cantado, profesión de fe
en silencio o expresamente para el caso, Símbolo Apostólico o
Niceno-Constantinopolitano, forma más abreviada o más larga. - La
oración de los fieles, teniendo en cuenta, no sólo el contenido de la Palabra, sino
también la peculiaridad de la asamblea. A veces, serán preferibles (a pesar de la
tradición) las peticiones espontáneas, otras las peticiones «hechas». d)
Aprovechar las distintas posibilidades: La
adaptación y las posibilidades afectan, no sólo a los elementos «dados», sino también
al elemento que está por dar: la homilía. Según los casos, se ofrecerán las siguientes
posibilidades: - El
sacerdote que preside prepara y predica. - Predica
el sacerdote, pero prepara con los seglares. - Predica
un seglar en un caso excepcional, y prepara con el sacerdote. - Prepara
y predica un seglar cualificado, que ha recibido este ministerio. - Tiene
lugar una «homilía dialogada», si se dan las debidas condiciones. 5.
PUNTOS PARA LA REVISION a)
Actitudes y gestos por los que personalmente creo que valoro más o menos la liturgia de
la Palabra. b)
Análisis, crítico de la forma cómo se realiza la liturgia de la Palabra en la asamblea
eucarística en que suelo participar. c)
Posibilidades y medios para renovar esta parte fundamental de la Misa. 6.
ORACION Y MEDITACION «... Y se
dice que bebemos la sangre de Cristo no sólo con el rito de los sacramentos, sino
también cuando recibimos sus palabras, en las cuales consiste la vida, como también El
mismo dice: «Las palabras que yo he hablado, son espíritu y vida» (d. lo 6,63). ORIGENES,
Homilía 16,9: Solano I, 30 «...Más
aún: como la carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida (d. lo
6,56), analógicamente, lo único bueno en la vida presente es esto, a saber: el comer su
carne y beber su sangre; no sólo en el misterio (Eucaristía), sino también en la
lectura de las Escrituras...» S. JERONIMO,
Eccl 3,12 ss.: Solano II, 39 «Bendito seas, por la palabra
que diste a los hombres para dialogar y
acoger, para preguntar y
responder; por la palabra
con que expresamos nuestro amor, ...Bendito seas, por la palabra
que diste a los hombres para que
comunicasen a sus hermanos su ideal y su
fe, la esperanza de
tu reino y la buena
noticia de tu amor; por esa palabra
hecha carne en Jesucristo
nuestro Señor, en quien todos
encontramos un sentido y por quien
sabemos que Tú existes... T. MAERTENS, Apéndice: Jr 1,
10-19 Sal. 119 Rm 10,14) Jn 1,1-18
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