Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:31

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TEMA 3
ASAMBLEA EN LA HISTORIA
DE LA SALVACION

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

Desde siempre los pueblos y las tribus, los grupos sociales, familiares y religiosos, se han reunido en asambleas de diverso carácter, y movidos por distintas finalidades. Todo pueblo, todo grupo guarda memoria de aquellas «asambleas» o congregaciones que han jalonado su historia, y en las que se ha decidido su porvenir. La historia de los pueblos y de los grupos podría escribirse en clave de asamblea. Y lo mismo sucede con la historia del pueblo de Israel y con la historia de la propia Iglesia. «Reunirse en asamblea», «constituirse en asamblea», «formar una asamblea» es, en primer lugar, un fenómeno humano y natural-cultural, que sucede, en términos generales, siempre que un grupo de personas se congrega o reúne con un fin determinado y obedeciendo a una convocación concreta. Naturalmente, las asambleas pueden ser muy variadas y diversas, según el tipo de convocatoria, las circunstancias y el objetivo. Hay asambleas sagradas (= finalidad religiosa), como pueden ser las asambleas cultuales, sacrificiales, oracionales... y asambleas profanas (=finalidad secular), como sucede con las asambleas políticas, sindicales, culturales, recreativas...

Entre todas estas asambleas, la más primigenia y prototípica tal vez sea la asamblea familiar, si por tal entendemos sobre todo la reunión de la familia, tanto en su estructura «nuclear» como «patriarcal» Estas asambleas familiares, que tienen lugar cuando se celebra o conmemora algún acontecimiento significativo para la familia, o en determinadas circunstancias y con ritmos periódicos, tienen de particular: que, con frecuencia, sintetizan lo profano y lo religioso; son expresión de la propia identidad y lazos familiares; constituyen como los momentos álgidos configuradores de la propia historia, en sus relaciones y vicisitudes; significan el proceso histórico familiar marcándolo con etapas y sacándolo de su monotonía; implican, de algún modo, la recapitulación del pasado, en el presente, hacia el futuro, al ser momentos en los que solidifica o decide su proyecto relacional; son, en fin, verdaderos acontecimientos celebrativos-festivos de las circunstancias.

También respecto a la Iglesia podemos distinguir diversos tipos de asambleas. Hay asambleas eclesiales simplemente, como son los Concilios, Sínodos, Conferencias Episcopales... y asambleas eclesiales específicamente litúrgicas, como son las reuniones cultuales, las celebraciones de la Palabra y las celebraciones de los sacramentos... Se dan las «grandes asambleas» o congregaciones y las «pequeñas asambleas» o reuniones litúrgicas; las «asambleas cotidianas» y las «asambleas dominicales»... Pues bien, de todas estas asambleas, la más importante y significativa en la Iglesia es la «asambleas eucarísticas», en la que el pueblo de Dios convocado se congrega para celebrar el misterio pascual. Ninguna es tan constitutiva y realizante, tan decisiva y gozosa, tan recapituladora de la historia del pueblo de Dios, como la asamblea eucarística. Pero, ¿cuáles son los antecedentes de esta asamblea? ¿Cuál es su fundamento y su historia? ¿Cuál es la originalidad que arranca de Cristo?

2. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

a) El pueblo de Israel de asamblea en asamblea

La asamblea eucarística tiene sus antecedentes en las asambleas que tuvieron lugar a lo largo de la historia de la salvación y muy especialmente, en las asambleas cultuales y en la asamblea pascual del pueblo de Israel.

- Asamblea pascual de Exodo:

Para realizar sus planes de salvación Dios eligió un pueblo y lo constituyó como tal sobre todo a partir de su liberación de la esclavitud de Egipto, hecho que al coincidir con la celebración de la pascua hebrea, se especifica como el acontecimiento pascual, como centro de toda la historia de Israel. Los hechos que rodean esta liberación del pueblo oprimido tendrán un valor decisivo para el resto de la historia salvífica, que encuentra su punto culminante en el Sinaí (id. Ex 12,24), donde tiene lugar la Alianza, y el pueblo, libre ya de esclavitudes, puede dar culto a Dios. Esta es la intención de Yavé, cuando manda a Moisés para que libere a su pueblo:

* Que pueda darle culto:

«Yavé, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti con esta orden: «Deja partir a mi pueblo, para que me dé culto en el desierto» (Ex 7,16; 8,16; 12,31).

* Que llegue a constituirse en pueblo de su propiedad, en asamblea santa:

«Moisés subió hacia Dios. Yavé le llamó desde el monte, y le dijo: «Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel». Fue, pues, Moisés y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras que Yavé le había mandado. Todo el pueblo a una respondió diciendo: «Haremos todo cuanto ha dicho Yavé.» Y Moisés llevó a Yavé la respuesta del pueblo» (Ex 19,3-8).

El acontecimiento de la Pascua y de la Alianza hace de Israel el pueblo de Dios, la congregación de los elegidos, la asamblea de los liberados. Dios los salva como pueblo y pacta con ellos una Alianza, cuando se encuentran congregados a los pies del monte Sinaí. Hasta entonces los hebreos componían una multitud inorgánica de fugitivos, pero aún no constituían un pueblo, a pesar de que habían sido testigos de las maravillas de Dios al sacarlos de Egipto. Sólo cuando al pie del Sinaí Dios manda reunir a todos los «hijos de Israel, cuando escuchan su voz, reciben la ley y pactan la Alianza» adquieren conciencia de que son un pueblo convocado por Dios, unidos por la misma salvación y comprometido en la misma fidelidad. En adelante, «ellos serán su pueblo y él será su Dios». La sangre con la que ha sido sellada la Alianza será el signo de esta realidad:

«Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: «ésta es la sangre de la Alianza que Yavé ha hecho con vosotros, según todas estas palabras» (Ex 24,4-8).

Y todo esto sucedía mientras el pueblo se encontraba reunido. Por eso este acontecimiento primordial llevará en adelante el nombre de «Asamblea de Yavé» (= Qahal Yavé). Es alrededor del monte Sinaí donde se da la verdadera asamblea del pueblo, que constituirá en adelante el tipo y el modelo de toda asamblea. La tradición deuteronómica habla sin cesar del día en que Dios se manifestó a su pueblo pactando Alianza como del «día de la asamblea» (d. Dt 4,10;9,10; 10,4; 18,16).

Las notas características que distinguen a esta asamblea son las siguientes:

* Convocación por parte de Dios: «Fue, pues Moisés y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras que Yavé le había mandado» (Ex 19,7).

La iniciativa parte de Dios, quien, por su palabra y por medio de Moisés, convoca a su pueblo.

* Presencia de Dios en medio del pueblo reunido: «Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte.

Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yavé había descendido sobre él en forma de fuego» (Ex 19,17.-18).

* Dios habla al pueblo en asamblea: «Yavé me dio entonces las dos tablas de piedra escritas por el dedo de Dios, en las que estaban todas las palabras que Yavé os había dicho en medio del fuego, en la montaña, el día de la asamblea» (Dt 9,10; d. Ex 20,1 ss.)

* Respuesta de la asamblea, como aceptación del compromiso y profesión de fe: ««Nosotros haremos todo cuanto ha dicho Yavé...» (Ex 19,8; 24,3.7; d. Dt 27,15-26).

* Rito sacrificial de la Alianza. La sangre con que se rocía el altar del pueblo es el signo que une a Dios y al pueblo y el sello de los compromisos tomados: «Esta es la sangre de la Alianza que Yavé ha hecho con vosotros, según todas estas palabras» (Ex 24,8).

- Asambleas cultuales:

Toda asamblea o reunión cultual que tenga lugar después, aparecerá configurada con estas mismas notas esenciales. Será como un recuerdo y conmemoración de la primera y más importante asamblea de su historia. Así sucede cuando Josué renueva la Alianza en el monte Ebal (Jos 8,30-35); cuando Salomón consagra y dedica el templo a Yavé (1. Re 8; 2 Cron 6-7); cuando Ezequías restablece el culto mediante la celebración de la Pascua (2 Cron 29­30); cuando Josías descubre el libro de la Alianza, hallado en el Templo (2 Re 23); cuando Esdrás y Nehemías proponen la renovación del pueblo, a su vuelta del exilio (Neh 8-9). En todos estos momentos se convoca al pueblo en asamblea, se lee la palabra de Dios, se renueva la Alianza, se ofrece un sacrificio, bien sea de un tipo o de otro. Todas estas asambleas son como una reedición de la asamblea del Sinaí, como una expansión del dinamismo contenido en la asamblea de Horeb. En realidad no podía ser de otra manera, puesto que el mismo Dios había ordenado que se celebraran asambleas rituales en conmemoración del acontecimiento pascual y de la Alianza pactada en el Sinaí:

«Acuérdate del día que estuviste ante Yavé, tu Dios, en Horeb, cuando Yavé me dijo: «Convoca al pueblo a la asamblea, para que yo le haga oír mis palabras y sepan temerme todos los días de su vida sobre la tierra y se lo enseñen a sus hijos»(Dt 4,10).

Moisés, antes de morir, prescribió que cada siete años se tuviera una asamblea semejante a la de Horeb, para oír de nuevo la palabra y renovar los compromisos de la Alianza:

«Y Moisés les dio esta orden: Cada siete años, tiempo fijado para el año de la remisión, en la fiesta de las Tiendas, cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Yavé, tu Dios, al lugar elegido por él, leerás esta ley a oídos de todo Israel. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que reside dentro de tus puertas, para que oigan, aprendan a temer a Yavé vuestro Dios, y cuiden poner en práctica todas las palabras de esta Ley» (Dt 31, 10-12).

Yavé mismo ordenó la celebración de las fiestas sagradas en su honor a lo largo de todo el año. Todas ellas recuerdan los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar en el Exodo, y renuevan la asamblea del pueblo de Dios:

«Tres veces al año me celebrarás fiesta. Guardarás la fiesta de los Azimos. Durante siete días comerás panes ázimos, como te he mandado, en el tiempo señalado, el mes de Abid; pues en él saliste de Egipto... También guardarás la fiesta de la Siega, de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas sembrado en el campo; y la fiesta de la Recolección al término del año, al recoger del campo los frutos de tu trabajo. Tres veces al año se presentarán tus varones delante de Yavé, el Señor» (Ex 23,14-17).

Las cuatro tradiciones del Pentateuco contienen un calendario de las grandes fiestas religiosas (Ex 23,14-17= elohista; Ex 34,18-23 =yahvista; Dt 16,1-16 = deuteronómica; Lev 23 = sacerdotal). Es cierto que el ritual se va precisando en todas estas fiestas (de los Azimos, de «Pentecostés», de los Tabernáculos), a las que con el tiempo se añadirán otras (Año nuevo: Lev 23,24; Día de la Expiación: Lv 16 y 23; Dedicación: 1 M 4,59). Pero la fiesta más importante sigue siendo la fiesta de Pascua.

Todas las fiestas suponían, pues, una convocación y congregación del pueblo de Dios en asamblea, para conmemorar los acontecimientos de la historia de la salvación.

- Asamblea anual de Pascua:

Y si esto sucedía en todas las fiestas, sucedía especialmente en la «fiesta de las fiestas» de Israel, es decir, en la celebración anual de la Pascua judía, incluida dentro los meses; será al primero de los meses del año. Hablad a toda la comunidad de Israel y decid: el día diez de este mes tomará cada uno para sí una res menor por familia, una res menor por casa... lo guardaréis hasta el día catorce de este mes; y toda la asamblea reunida de los hijos de Israel lo inmolará entre dos luces... Este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de Yavé de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre» (Ex 12,1-3.6.14).

Se trata de la reunión de la asamblea pascual judía, de una reunión familiar y religiosa, donde los ritos, puestos en relación con la liberación histórica de Egipto, son como el «recordatorio» (= memorial), la expresión de la salvación concedida por Yavé a su pueblo:

«Y cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ¿Qué significa esto?, le dirás: Con mano fuerte nos sacó Yavé de Egipto, de la mano de la servidumbre... Por eso sacrifico a Yavé todo primer nacido macho, y rescato todo primogénito de mis hijos. Esto será como señal en tu mano Y como recordatorio ante tus ojos, porque con mano fuerte nos sacó Yavé de Egipto» (Ex 13, 14-16).

La Pascua judía era el centro de toda la vida litúrgica veterotestamentaria. En torno a ella giran todas las fiestas. Por lo mismo constituye también el modelo de toda asamblea. Estas son sus características principales:

* Es una reunión familiar e íntima, de una verdadera comida fraternal. En ella todos se conocen y son activos, todos participan como algo normal.

* No sólo en el rito, sino también en el diálogo. Tiene lugar un coloquio familiar al recordar las maravillas de Yavé.

* Por el rito y las palabras recuerdan y actualizan la salvación, Es algo que para ellos tiene pleno sentido de actualidad.

Para ello emplean los elementos normales de su vida: panes, hierbas..., que en el contexto son signo del acontecimiento pasado y presente.

* Es la comunidad humana, como tal, la que se reúne, sin mutilar ninguna de sus peculiaridades. La comunidad humana existente se constituye en asamblea pascual, y el acontecimiento histórico es celebrado en un acontecimiento vital: la celebración familiar o fraternal.

Con el correr del tiempo, la Pascua anual tendería a celebrarse en la gran asamblea del pueblo, que se congregaba en Jerusalén, en torno al Templo, para conmemorar su liberación. La reforma deuteronómica del 622 a. C. obligó a celebrar la cena Pascual en el Templo de Jerusalén, o al menos dentro de la ciudad (Dt 16,1-6; 2 Cr 35,1-6). De este modo, la antigua celebración familiar se transforma en una fiesta del Templo y se la contempla bajo la centralización general del culto, predominando la parte sacrificial sobre la comunitaria, y el rito sobre la vida. La última etapa de evolución de la asamblea y la fiesta pascual se da en la época talmúdica. La destrucción de la ciudad y del Templo es la causa principal. Entonces el rito pascual vuelve a ser un rito exclusivamente familiar y doméstico.

- Anuncio de una asamblea escatológica:

Sin embargo, esta asamblea no será la asamblea definitiva. Durante el exilio babilónico, la imposibilidad de reunir al pueblo disperso y de convocar asambleas, suscitará la esperanza y el anuncio escatológico de una nueva convocación y asamblea del pueblo de Dios (Jer 23,3; 29,14). Los profetas habían anunciado un nuevo pueblo, una futura asamblea, una reunión escatológica, que será más perfecta y que reunirá en sí todos los pueblos. Esto sucederá porque Dios se creará un nuevo pueblo y establecerá con él una nueva Alianza:

«Así dice el Señor Yavé: He aquí que vaya recoger a los hijos de Israel de entre las naciones a las que marcharon. Vaya congregarlos de todas partes para conducirlos a su suelo... Los liberaré de las infidelidades con que pecaron, los purificaré, y será mi pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David reinará sobre ellos; y será para todos ellos el único pastor... Concluiré con ellos una Alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Ez 37,21.23-24.26-27. d. 20,34-38; 36,24-25).

Esta asamblea que Yavé reunirá es la asamblea mesiánica. El Mesías será su único pastor. En ella estará presente.

Yavé, que habitará en medio del pueblo de la nueva

Alianza. Pero no será una asamblea particularista, sino una asamblea universal, a la que están llamados todos los pueblos de la tierra, como claramente lo afirma Isaías:

«Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas: vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos señal y enviaré de ellos algunos escapados a las naciones... Ellos anunciarán mi gloria a las naciones y traerán a todos vuestros hermanos de todas las naciones como oblación a Yavé... Y también de entre ellos tomaré para sacerdotes y levitas, dice Yavé» (Is 66,18-21. d. 60,3-9).

Aquí no sólo se habla de una asamblea que reúne a todas las gentes, sino también de una asamblea misionera, donde algunos de sus miembros son enviados para invitar a otros a reunirse con ellos. Esta asamblea universal su pondrá la participación en un sacrificio espiritual. Todo esto se realizará plenamente con la venida de Cristo.

Por tanto, los rasgos de esta asamblea escatológica serán los siguientes:

* Dios convoca a esta nueva asamblea.

* Al pueblo disperso de Israel y a todos los pueblos.

* Será la asamblea definitiva y mesiánica.

* El Mesías será quien la conducirá.

* Con ellos se realizará un nuevo pacto o Alianza.

* En ella se ofrecerá un culto espiritual.

* Dios estará presente y habitará en su nuevo pueblo para siempre.

* Tendrá un carácter misionero.

En resumen, puede decirse que en el A. T. el pueblo de Israel tiene conciencia de haber sido constituido en «pueblo de Dios», en «reino de sacerdotes y nación consagrada», en «asamblea de Yavé», en «Kahal y ave» o en «ekklesia tou Zeou». Esta asamblea del Señor tiene Cuatro elementos constitutivos permanentes: la convocación divina, la presencia del Señor, la proclamación y escucha de la Palabra, el sacrificio y renovación de la Alianza. Desde el Exodo hasta los tiempos escatológicos todas las asambleas de Israel (Ex 19-24; 2 Par 29-30; 4 Re 23; Ne 8-9) mantienen la misma estructura fundamental. Su finalidad es siempre la misma: acoger, renovar, realizar los planes salvadores de Dios, de modo que todos sean conducidos a su Reino definitivo. Pero esto no es todavía una realidad, sino una esperanza y una promesa en espera de cumplimiento pleno.

a) La nueva asamblea cristiana

Cristo ha venido a dar cumplimiento a las promesas. Los Evangelios presentan a Jesús como Aquel que ha venido a cumplir los planes de reunión de los hijos dispersos, anunciados por los Profetas y atribuidos al mismo Yavé (Mt 23,37-39). Pero, ¿cómo va a realizar Jesús todo esto?

- La asamblea del Señor:

Jesús, que ha venido a reunir a todos los hombres en el Reino del Padre, comienza, durante su vida pública, reuniendo pequeñas asambleas: los «doce», los discípulos, la gente que escucha sus palabras y participa en sus signos y milagros... A través de todo ello se está manifestando y realizando el Reino (Mc 1,15). Con sus palabras y sus signos, dirigidos a todas las gentes, pero sobre todo a los ciegos y a los cojos, a los pobres y a los pecadores..., está declarando que el Reino de Dios ya ha llegado, y que todos están convocados a formar parte de la nueva asamblea del Reino (Mt 11,2-6; 22,7-10; Le 14,21-23). Cristo anuncia el Reino y el Reino está en El. El es, al mismo tiempo, el sujeto y el objeto de la convocación.

Sin embargo, el verdadero signo de que Cristo es el convocador y el creador de la nueva asamblea será su muerte y resurrección. Era necesario que El muriese, para que pudieran quedar destruidas todas las divisiones y pudiera nacer el pueblo de la Nueva Alianza (Mt 26,27-29). El misterio de la salvación de Cristo consiste en la constitución de un nuevo pueblo (2 Co 6,14-16), que El ha adquirido con su Sangre (1 P 1,9-10); en la reunión de los hijos dispersos para hacer de ellos una asamblea: la Iglesia o «EKKLESIA» (Jn 11,52; Mt 16,18). Y esta asamblea es nueva porque supone la abolición de los elementos exclusivos, e incluso discriminatorios, de la asamblea de Israel: pertenencia por la raza, reino político, lugar geográfico, Sión como lugar privilegiado de culto, el Templo de Jerusalén como centro de culto y símbolo del pueblo, separación de quienes podían hacer impura la asamblea... En adelante no habrá discriminación de raza: judíos y griegos pueden formar una asamblea (1 Co 12,12-13); Jesús es el nuevo Templo (]n 2,19-22); lo importante ya no será adorar a Dios en Jerusalén o en Garizin, sino en espíritu y en verdad (Jn 4, 20-24); todos, especialmente los enfermos, los pobres, los pecadores, están invitados a la asamblea nueva (Le 15; Mt 22).

Así nace la nueva asamblea de la Iglesia, pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo. Es una asamblea que tomará conciencia de sí misma, en primer lugar, en las reuniones pospascuales en torno al Resucitado, donde los discípulos se habitúen a un nuevo tipo de presencia del Señor, no perceptible corpóreamente, sino sólo por la fe (Jn 20,1729).

- La asamblea de la Iglesia:

Pero, en segundo lugar, los discípulos de Jesús tomarán conciencia de ser la nueva Promesa, y el punto de partida de la historia de la Iglesia. Es el comienzo y la inauguración pública de la nueva asamblea del pueblo de Dios. Si la venida del Espíritu en el Jordán inaugura la vida pública de Cristo, la venida del Espíritu en Pentecostés inaugura la vida pública de la Iglesia. Estos son los elementos que caracterizan la asamblea pentecostal:

* Asamblea universal: la convocatoria se dirige a todas las razas y pueblos sin distinción (v. 11). Por eso es una «multitud» plural la que se encuentra reunida.

b) partos, medos, elamitas...

* Asamblea escatológica: No se trata de cualquier asamblea, sino de la asamblea escatológica y definitiva, donde se cumplen las promesas del Espíritu (Joel 2,16-21; Jn 14-17). La efusión del Espíritu no es temporal o pasajera, sino escatológica, universal, de los últimos tiempos (v. 5-6).

* Asamblea de la Nueva Alianza en el Espíritu: Pentecostés es un acontecimiento extraordinario y teofánico, que representa al acontecimiento del Sinaí («ruido», «viento impetuoso», «fuego»...), y significa la conclusión e inauguración de la Nueva Alianza, realizada en el Espíritu, y grabada, no ya en piedra, sino en el corazón (d. Ex 19,16-24; Ez 36,26).

* Asamblea que proclama y acoge la Palabra: En esta asamblea se proclama y escuchan las maravillas de Dios (v. 11), y los Apóstoles comienzan a predicar y dar testimonio con valentía de los acontecimientos salvadores (v. 14-15.22-23). Muchos acogen esta Palabra y se convierten (vv. 37-41).

* Asamblea que celebra los signos de salvación: Es una asamblea, en fin, que no sólo bautiza a los que han creído, para que reciban también el don del Espíritu (v. 38), sino que en la fuerza del mismo Espíritu intenta mostrarse fiel a la comunión fraterna y parte el pan por las casas, para perpetuar la «memoria» del Señor (vv. 42-47).

- La asamblea de los cristianos:

La «Ekklesia», la asamblea que nace de Pentecostés, tiene todas las características de la asamblea nueva, constituida por el pueblo de la Nueva Alianza. Es una asamblea, convocada por el Señor resucitado (Ef 1); que se reúne formando un solo corazón y una sola alma (Hch 1,15;

4,32; 2,44-47); proclama la Palabra e intenta ser fiel a la enseñanza de los Apóstoles (Ef 3,6; Hch 2,42); y se reúne para celebrar al Señor y celebrar la Eucaristía con gozo (2,46).

Esta asamblea, sin embargo, guarda una estrecha relación con la asamblea judía. Sus ritos no son, en muchos casos, distintos de los ritos judíos, aunque sea distinto su contenido y la realidad que celebra. No es, pues, de extrañar que los primeros cristianos continúen participando con los judíos en la reunión de la celebración de la Palabra, tal como se hacía en el Templo y en las Sinagogas (Hch 2,46ss.; 3,11; 5,12; 9,20; 13,14-15). La vinculación de los primeros cristianos al Templo es un hecho indiscutible, al menos en los primeros años. Luego, posiblemente a partir del martirio de Esteban (7,55-60), fue poco a poco desapareciendo tal vinculación, y la comunidad cristiana adquirió su plena independencia cultual. No sólo tenían sus propias reuniones y asambleas «por las casas» para celebrar la Eucaristía, sino también para proclamar las maravillas del Señor y ser fieles a la enseñanza de los Apóstoles (Hch 2,42-46; 9,43; 10,9; 13,1; 17,5-9; 1 Co 16,19; Col 4,15...). Más aún, su día propio para la reunión no será ya el sábado (sabbat), sino el domingo (kyriake) o día del Señor (Ap 1,10) porque es el día en que Cristo resucitó (Mt 28,1: Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). Este será igualmente el «primer día de la semana», elegido por el Señor resucitado para aparecerse a sus discípulos reunidos (Le 24,13; Jn 20,19-26). El domingo será, pues, el día de la reunión de la comunidad, el día de la asamblea, el día de la «Ekklesia». Ninguna asamblea será signo tan real y eficaz de la presencia del Señor y de la realización de la misma Iglesia, como la asamblea del domingo, sobre todo cuando es asamblea eucarística.

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

a) Tener sentido histórico:

Nuestra asamblea eucarística no es una asamblea solitaria, ni aislada. Es una asamblea que tiene un contexto, una historia, unos lazos de unión con las asambleas del pasado salvífico, y con la asamblea del futuro escatológico. Reunirse en asamblea eucarística no es, pues, un gesto nuevo, es un gesto renovado en el hoy concreto, que rememora esa misma acción repetida ayer por el pueblo creyente, y anticipa la definitiva reunión de todos en la asamblea de los últimos tiempos. Participar en la asamblea significará, por tanto, participar en la historia y en el dinamismo de un pueblo, que tiene conciencia de su unidad y quiere impulsar la misma historia desde su ser de asamblea del pueblo de Dios.

b) Romper la estrechez del propio horizonte:

La asamblea eucarística nunca es sólo «mi asamblea», siempre es «nuestra asamblea». Es decir, la asamblea de los blancos y de los negros, de los «judíos y los griegos», de los que están cerca y de los que están lejos, de los que piensan conmigo y de los que piensan diferente de mí... Una asamblea cerrada, discriminadora, elitista, no puede ser la verdadera asamblea eucarística, continuadora de la asamblea histórica, realizan te de la asamblea universal. La participación en la asamblea eucarística supone una actitud abierta y universal, capaz de romper los moldes del particularismo o el elitismo, de la lengua o de la raza. Es la actitud que ensancha el horizonte, y permite sentirse unido a todas las demás asambleas cristianas que aquí y allí conmemoran las maravillas del Señor, y expresan y realizan la Iglesia.

c) Apreciar y mejorar la asamblea:

Constituir la asamblea eucarística no es sólo reunirse en un mismo lugar. Es también, y sobre todo, entrar en comunión y consentir con los demás, formar con ellos «un solo corazón y una sola alma», estar dispuestos a derribar las barreras que nos separan, poner los medios para mejorar la calidad de la misma asamblea. Todo ello supone que sabemos apreciar lo que significa estar juntos, compartir la fe y la esperanza, sentir el ánimo y el apoyo de los demás, aceptar su ejemplo o su debilidad, alegrarse mutuamente en el Señor resucitado... Sólo entonces es posible que la asamblea tenga pleno sentido en sí misma, aunque no sea necesariamente para celebrar la Eucaristía.

d) Salvar lo específico:

Hay muchos tipos de asamblea. No somos «originales» por reunirnos en asamblea, sino por la intención Y el objeto de nuestra asamblea. Nos reunimos desde e impulsados por el Espíritu, para celebrar el acontecimiento de la salvación de Cristo, y renovar así nuestra alianza con Dios, empeñándonos en transformar la historia hacia su plenitud escatológica. Para salvar la identidad de nuestra asamblea es preciso que aparezca con claridad: 1) que es Dios, a través de su Iglesia, quien nos convoca; 2) que nos reunimos en el nombre del Señor, que está presente y nos preside; 3) que proclamamos su Palabra, como única Palabra salvadora; 4) que renovamos su Alianza por la acción ritual.

4.- APLICACION A LA CELEBRACION
y LA VIDA

a) Toda asamblea tiene su historia:

La asamblea se entiende desde la historia, pero sobre todo se entiende con su historia. Una historia que es concreta y encarnada y que se está realizando cada día, en medio de alegrías y tristezas, de luchas y de esperanzas. Esta historia debe ser recogida, expresada y asumida en la celebración, de manera que no se establezcan distancias Y extrañamientos entre la comunidad de cada día y la asamblea del domingo, entre la vida y la celebración. Es tarea de todos los miembros de la asamblea, especialmente del que preside y de los que ejercen los diversos ministerios, hacer que esto sea verdad: recordando acontecimientos, teniendo presentes los problemas, atendiendo con la comunicación de bienes, orando y recordando, suscitando el compromiso y la acción.

b) Evitar el horizontalismo y el verticalismo:

En los últimos tiempos, sobre todo con el Vaticano II, hemos redescubierto la importancia de la asamblea-comunidad, como factor básico de la vida litúrgica y, en concreto de la celebración eucarística (SC nn. 26-32). Esto debe conducir a una remodelación concreta y equilibrada de las distintas funciones y ministerios, de manera que se evite tanto el verticalismo, por el que se tiende a acaparar y monopolizar toda función por el que preside, cuanto el horizontalismo, por el que se inclina a suprimir toda distinción ministerial. La asamblea eucarística se especifica por su estructura ministerial y ordenación jerárquica, que expresa la misma estructura jerárquica de la Iglesia. Querer eliminar esta estructura, tanto en un sentido como en otro, es atentar contra la identidad de la misma Iglesia.

c) Asamblea y asambleas:

En la vida de una comunidad tiene que haber espacio y tiempo para diversos tipos de asamblea: asamblea del «consejo», asamblea de los diversos grupos, asamblea de toda la parroquia..., con el fin de tratar los diversos asuntos que interesen. No toda «asamblea» de la comunidad tiene por qué ser asamblea litúrgica, ni toda asamblea litúrgica tiene por qué ser asamblea eucarística. Cuando una comunidad se reúne en «asamblea» únicamente para celebrar la Eucaristía y los sacramentos de las «cuatro estaciones». (Bautismo, Primera Comunión, Matrimonio, Exequias), algo fundamental está fallando en ella. En realidad, la asamblea eucarística encontrará su pleno sentido cuando vaya precedida o acompañada o seguida de otras asambleas, donde se exprese la vida pluridimensional de la misma comunidad. El pretender solucionar y «meter» todo en la asamblea eucarística es un error. La Eucaristía no puede ser, al mismo tiempo, el lugar de la evangelización y la catequesis; el momento de las decisiones prácticas y de la discusión teórica; el tiempo para la confesión y la forma exclusiva de oración.

5. PUNTOS PARA LA REVISION

a) ¿En qué medida nuestras asambleas eucarísticas se sitúan en continuidad con las asambleas de la primera comunidad cristiana? Puede hacerse una revisión comparando los diversos elementos.

Señalar en cuál de estos «fenómenos» nos encontramos más frecuentemente: particularismo, elitismo, masificación, universalismo, horizontalismo, vertica­lismo...

¿Con qué otras «asambleas» va o debiera ir acompañada la «asamblea eucarística» de tu comunidad?

6. ORACION y MEDITACION

«Y también aparece la unidad de los pueblos en el hecho de que vemos que el pan se hace de muchos granos de trigo. Porque así como el trigo, que por sólo el cuidado del que le limpia Y el trabajo de las muelas se convierte en una blanca harina, Y por medio del agua y del fuego se une en la sustancia de un 5010 pan, así las múltiples gentes y las diversas naciones, coincidiendo en una misma fe, forman entre si un solo Cuerpo de Cristo, y el pueblo cristiano se distingue en medio de las naciones sacrílegas como innumerables granos de trigo limpiados Y cribados por la fe. Y se reúne formando una sola cosa, como si ya pasara la cizaña de los infieles; Y por la enseñanza de los dos Testamentos blanquea, como el trigo tratado por el doble trabajo de las muelas, y se cambia con su primitiva blancura en aquella dignidad de su primer origen, Y por el agua del bautismo o por el fuego del Espíritu Santo se hace cuerpo de aquel eterno pan».

FAUSTO DE RIEZ, Homilía n. 10:
Solano II, 518-519

«Este es tu pueblo amado, Señor.

Tu verdadero pueblo.

El pueblo que no cesas de perseguir con tu amor.

El pueblo que atraviesa el Mar Rojo y se rebela.

El pueblo que provoca el gemido de los profetas.

El pueblo que arranca gritos a los Santos Inocentes.

El pueblo que persigue hasta el tribunal de Pilato.

El pueblo que asesina a Martín Lutero King.

El pueblo de todos los tiempos Y de todos los sitios.

El pueblo a que todos pertenecemos.

Tu pueblo.

El de un bando y el del otro.

Tu pueblo, opresor y oprimido a la vez.

Blanco y negro.

Buen y mal ladrón.

No el de un lado solo ambos a la vez.

Las barricadas que dividen están levantadas en el corazón

de cada uno de nosotros.

Ese es el pueblo que has intentado reunir y conciliar.

Los dos trozos de nosotros mismos.

T. MAERTENS

Apéndice:

Ex 12,24)

Dt 4,10;9,10; 10,4; 18,16).

Salmo: Es fuerte Señor tu Palabra

(2 Co 6,14-16),

(Jn 11,52; Mt 16,18).