Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:27

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TEMA 4
DIOS HABLA Y SE REVELA A SU PUEBLO

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

Hemos redescubierto en los últimos años la importancia de la Palabra de Dios en la liturgia. Los documentos del Vaticano II testifican y recuerdan el puesto primordial que debe tener en toda celebración (SC 33, 7, 84, 24; DV 21, 25). La Palabra es diálogo de Dios con su pueblo, lugar de presencia de Dios, medio de comunicación y salvación, origen de sentido, principio de respuesta... Por todo ello, la Palabra es centro constitutivo fundamental de la acción litúrgica. Pero, ¿dónde se encuentra la causa de esta centraidad? ¿Por qué la Palabra, no sólo es recordada y leída, sino también venerada, celebrada y acogida en la comunidad? ¿Cuáles son las especiales dimensiones que adquiere la Palabra de Dios cuando es proclamada en la liturgia, sobre todo en la Eucaristía?

- La palabra es un símbolo fundamental del hombre, al que se le puede definir, no sólo como «ser simbólico», sino también como «ser simbólico parlante» (E. Cassirer). El puesto central que la palabra ocupa en la vida del hombre se debe a que la palabra es el medio más connatural de expresión personal y de comunicación con los demás. En todo encuentro, la palabra suele tener un puesto primordial. Y si la celebración eucarística es el encuentro cristiano por excelencia, es lógico que también en ella la Palabra tenga su centralidad.

- Ahora bien, dentro de esta centralidad, hemos de distinguir una palabra nuclear que genera y da sentido a toda otra palabra que se pronuncia en la celebración. Nos referimos a la Palabra de Dios, contenida en las Escrituras. De esta Palabra de Dios dependen las palabras de la Iglesia y las palabras de los participantes en la asamblea. Porque Dios nos ha hablado y nos sigue hablando, podemos los hombres hablar a Dios, de Dios y con Dios. La iniciativa de la Palabra, lo mismo que la iniciativa de la salvación, procede de Dios, y no del hombre (1 Jn 4,10).

Por lo mismo, antes de responder hemos de escuchar, antes de hablar a Dios, hemos de dejar que Dios nos hable. A la centralidad de la Palabra de Dios se une, pues, su primariedad.

- Para los hombres, no toda palabra tiene la misma importancia e intensidad. Hay palabras y palabras. Las más importantes son aquellas en las que se compromete radicalmente nuestra existencia o se decide fundamentalmente nuestro futuro. Pues bien, ninguna palabra más comprometedora y decisiva que la Palabra de Dios, en la que se nos revela el sentido de nuestra existencia, el futuro de nuestra vida, la verdad de Dios, la grandeza de salvación. Por todo ello, la Palabra de Dios no es para olvidarla. Ella es, al mismo tiempo, Palabra-memorial y Palabra-acontecimiento. Es Palabra que se anuncia y realiza en el «hoy» de la celebración litúrgica. Si la liturgia es la historia de la salvación en acto, la Palabra es la que explica y enraiza la salvación en la historia.

2.. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

La Palabra de Dios encierra multiplicidad de aspectos, que van desde la primera manifestación de Dios por la palabra, a la personificación de la Palabra en el Verbo hecho carne (]n 1,1 ss.). De todos estos aspectos queremos destacar uno principalmente: el de la Palabra en cuanto desencadenante de un diálogo entre Dios y el hombre, que sucedió de un modo peculiar en la historia de la salvación, tal como se recoge en la Escritura, y que sigue sucediendo hoy de nuevo, en esta continuación de la historia salvífica, que es nuestra propia historia.

a) La Palabra como acontecimiento revelador y dialogante

- Si los hombres conocemos algo de Dios, es porque Dios mismo nos lo ha revelado a través de su Palabra. Dios ha empleado el lenguaje de los hombres para comunicarse con nosotros y decirnos quién es El, qué es lo que quiere de nosotros, cuál es el sentido de nuestra existencia. Esta Palabra de Dios tiene su dinámica, su pedagogía de desarrollo, su historia. Es una Palabra iniciante y preparatoria en el Antiguo Testamento. Una Palabra culminante y personificada en el Evangelio. Y una Palabra continuadora y realizadora hacia la plenitud en la comunidad eclesial. En todos los casos se verifica una estructura dialógica permanente, por la cual Dios habla y el hombre escucha, Dios interpela y el hombre se decide, Dios llama y el hombre está obligado a responder.

- En el A. T. Dios se manifiesta como aquel que habla: directamente a algunos hombres privilegiados (Profetas), y por medio de ellos a su pueblo y a todos los hombres (Num 12,6; Jer 9,4). Los Profetas tienen conciencia de que Dios les habla, y su Palabra es irresistible, arrastra, seduce y violenta desde la misma intimidad del ser, en orden a cumplir una misión (Am 7,15:.3,8; Jer 20,7 ss.). La Palabra que Dios dirige, exige una respuesta de parte del Profeta, el cual debe, a su vez, proclamada y transmitida, provocando la respuesta en aquellos que la escuchan. Nadie puede permanecer indiferente a esta Palabra: todos, transmisores y oyentes, han de aceptar sus exigencias, pues escuchar y recibir la Palabra significa comprometerse con la misma (Ez. 3,16-21; Dt 6,3-6; Jer 11,.3-6).

- ¿Por qué esta exigencia? Porque la Palabra de Dios dice los planes de Dios, comunica la voluntad de Dios. «Su Palabra es alternativamente ley y regla de vida, revelación del sentido de, las cosas y de los acontecimientos, promesa y anuncio del porvenir» (P. Grelot) (Ex 20,1-17; Dt 5,6-22). Desde el momento de la Alianza en el Sinaí, el pueblo de Israel tiene conciencia de la normatividad de la Palabra (d. Ex. 34,28; Dt 4,1.3), porque en ella se expresa la voluntad de Dios (Sal 107.20). y porque expresa esta voluntad, revela, al mismo tiempo, el sentido de los acontecimientos y de la historia, desvelando su oculto significado (Sab 10-19). Más aún, la Palabra de Dios es capaz de franquear el espacio y el tiempo, para desvelar, no sólo el sentido de lo que ha sucedido y está sucediendo, sino también el sentido de lo que está por suceder (Gen 15,1.3-16; Ex 3,7-10). Por eso mismo, la Palabra es también profecía y anuncio; es luz para el que la escucha (Sal 119,105); es estímulo y fuerza de esperanza; es exigencia de fe y confianza en su cumplimiento (Sal 119,42.74.81).

- El pueblo de Israel tiene razones para confiar en la Palabra de Dios. Porque se trata de una Palabra dinámica y eficaz, que obra lo que dice, que cumple lo que promete, que realiza lo que anuncia (Num 2.3,19; Dt 9,5; Jer 11,5). Es una Palabra que transforma y actúa en la vida y en la historia de los hombres haciendo que acontezca lo que dice (Is 44,7 ss.; Sal 105,.31-34). La intervención eficaz y transformadora de la Palabra en la creación del mundo: «Dijo, y fue hecho» (Sal. 3.3,6-9; Gen 1), se continúa en el proceso recreativo y salvador del mismo mundo (1s 55,10; 9,7). Por la Palabra se manifiestan los planes y las promesas de Dios, y todo es llevado a cumplimiento (Gen 15,13­16; Jer 11,5). Así, pues, la Palabra debe ser escuchada, acogida y creída (Dt 6,3; 1s 1,10), porque merece toda credibilidad y confianza.

- Y, sin embargo, estas dimensiones de la Palabra, no muestran todavía la plenitud y grandeza de la Palabra. Para ello es preciso que la misma Palabra de Dios se encarne que Dios mismo nos hable desde la «carne», que su Palabra sea El mismo hablando en cuanto Dios y hombre... Todo esto sucede en Cristo (]n 1,1ss.; 3,34). De manera que si «en el pasado Dios habló a nuestros padres por medio de los Profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb 1,1 ss.). La gran novedad de la Palabra de Cristo, no son las características de su Palabra, que siguen siendo las mismas que en el A. T. (Palabra que comunica, revela y obra...), sino la autoría y cristologización de la misma Palabra. Siendo «profeta», Cristo ya no habla porque la Palabra de Dios le ha sido dirigida como a los Profetas, sino porque El mismo posee y es la Palabra de Dios. Por eso enseña «con autoridad» (Mt 1,22), y «en nombre de Dios» (Mt 22,16 P), comunicando lo que ha oído junto al Padre y el Padre le ha dicho (]n 3,34; 8,28; 12,49-50).

- Palabra y signos son los dos elementos normales por los que Cristo se expresa y revela, actúa y salva. Pero lo hace de una forma extraordinaria. Por el poder de su Palabra y el poder del Espíritu, Cristo predica y realiza los signos de la llegada del Reino o milagros (Mt 8,8-16; Lc 11,14-28); perdona los pecados (Mt 9, 1-7;) instituye los signos de la Nueva Alianza (Mt 26,26-29 p.) El mismo es la Palabra de vida (1 Jn 1,1-3), y tiene palabras de vida eterna (]n 8,51). También Jesús, lo mismo que Dios en el A. T., exige una respuesta clara, tajante y sin medianías, a su palabra (Mt 5; 9,37-38; 13,44-50...). La Palabra que El dirige a los hombres es como la semilla que debe producir su fruto (Mt 13,1-30). Ante ella es preciso decidirse (Mc 4,33; Lc 8,15). Por ella somos juzgados (Mc 8,38). La Palabra divide entre los que la escuchan, la acogen y creen en ella (]n 6,60; 8,43). Los que la acogen y la ponen en práctica son bienaventurados (Mt 7,24-26; Le 6,47-49); los que no la escuchan ni la acogen son inexcusables (]n 12,37 ss.).

b) La Palabra como acontecimiento celebrativo y actualizador.

Si tan importante es la Palabra de Dios, o Dios hablando a su pueblo. Si esta Palabra es la voluntad de Dios y la clave del sentido de la existencia humana. Si ella descubre el sentido del pasado y la significación del porvenir... Entonces es lógico que esta Palabra merezca ser proclamada, recordada, celebrada, actualizada, vivida, por la comunidad.

- Así sucedió, en efecto, en el A. T. La lectura y proclamación de la Palabra de Dios no falta nunca en las grandes asambleas de Israel, ya que Dios mismo se lo ha mandado (Ex 19-24; Dt 4,10; 31,10-12; 2, Re 23). Después del exilio babilónico, la celebración de la Palabra de Dios o la «liturgia de la Palabra» se institucionaliza en el pueblo de Israel, como forma de celebración cultual más común unida a la vida de la comunidad local. Los judíos se reunían en la Sinagoga para escuchar, comentar y celebrar la Palabra de Dios (cf. Lc. 4,16; Hech 13,15). Aunque existiera diversidad en los más diversos lugares, puede decirse que la estructura más común de celebración era la siguiente:

* Lectura de la «Ley» y de los «Profetas», acompañada de Salmos;

* Explicación homilética y exhortación, teniendo muy en cuenta la tradición oral;

* Oraciones y plegarias por el pueblo de la Alianza.

A través de esta celebración el pueblo recuerda y actualiza la Palabra de Dios, convencido de que Dios continúa hablando por esta Torah proclamada en las Sinagogas, y de que la misma asamblea se construye a sí misma, acogiendo y obedeciendo a esta Palabra. También la comunidad de Kumran testifica de esta práctica: el «Maestro de Justicia» y toda la comunidad tendrán como principio básico la Torah, en torno a la cual ordenan la oración, la meditación y la pureza.

- En el N. T. vemos que la comunidad cristiana tiene conciencia de su deber de transmitir y predicar la Palabra del Señor (Mt 10,14; 1 Co 7,10-12). El ministerio de la Palabra debe ser continuado por la comunidad, de manera que resuene y convierta a todos a la verdad salvadora del Evangelio (Hch 4,29 ss.; 8,2.25; 4,21; 6,7; 2 Co 2,17; 4,2...). Pero esta Palabra no sólo será proclamada misioneramente, será también celebrada y comentada litúrgicamente. La primera comunidad cristiana celebra la Palabra asistiendo al Templo (Hch 2,46 55.; 3,1; 3,11; 5,12) y en sus reuniones eucarísticas (Hch 2,42...) «Por las casas». Conocía muy bien la importancia que Jesús había dado en su vida a la celebración de la Palabra (Lc 2,46; 4,1 55.; Mc 11, 11), el puesto que ésta tenía en la celebración, pascual Un 13,17), y el valor que se le dio en las reuniones pospascuales con el Resucitado (Lc 24,2755.).

La misma descripción que hace Justino de la sinaxis dominical cristiana, hacia el año 150, muestra un claro esquema sinanogal: «Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas hasta que el tiempo lo permite... El que preside toma la palabra para hacer la exhortación... Después se ponen todos en pie y hacen plegarias... ».

«No es, pues, la Iglesia la que ha inventado la liturgia de la Palabra». Esta existía ya en el judaísmo, se realizaba ya en las primeras comunidades cristianas, y sigue teniendo un puesto central en nuestra «liturgia de la Palabra».

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

a) Actitud de escucha y acogida:

La primera actitud ante Dios que habla es la escucha.

Quien escucha puede comprender y acoger lo que escucha. Es preciso escuchar con actitud de acogida, con apertura de mente y corazón, porque quien nos habla no es cualquiera, sino el mismo Dios. Y en Dios no hay mentira ni engaño, sino verdad y vida. Cuando escuchamos la Palabra de Dios no podemos poner condiciones a la Palabra, sino, al contrario, debemos crear las condiciones para que diga todo lo que quiere decir y produzca todo su fruto. Quien se dispone a escuchar la Palabra, debe estar abierto a dejarse violentar, convertir, transformar por la misma Palabra. Si se escucha con actitud de acogida, desaparecen los presupuestos de resistencia. Pero si se escucha con indiferencia aumentan las dificultades de comprensión. El tener una actitud de acogida es estar dispuestos a crear el espacio para que la Palabra sea plenamente eficaz y transformante.

b) Actitud de discernimiento:

La Palabra de Dios no admite cortapisas, ni condiciones en cuanto revela la voluntad de Dios, pero sí exige interpretación y aplicación, en cuanto utiliza el lenguaje del hombre y es para el hombre. Es preciso, pues, que el oyente de la Palabra tenga una actitud de discernimiento, sepa interpretar y aplicar el contenido, esté dispuesta a compartir la Palabra acogiendo la voz del Espíritu que habla a través de los hermanos, rechace toda actitud manipuladora o domesticadora de la Palabra de Dios. El discernimiento de la Palabra, no es, ni la mutilación, ni la reducción de la Palabra, sino su actualización y aplicación a la vida. Dios, que «habló» a nuestros padres por los Profetas y al final nos habló por su propio Hijo», sigue hablándonos hoy por la palabra de la Iglesia, por los acontecimientos de la vida, por la celebración litúrgica. El reconocer y distinguir su voz, en nuestro «hoy y aquí» concretos es tarea de escucha, de intercambio y de discernimiento. A ello debe ayudarnos la homilía, la meditación, el diálogo sobre la Palabra, especialmente cuando tienen lugar dentro de la celebración litúrgica. La Liturgia es el marco interpretativo de la Palabra más fiel y auténtico. En ella, la Iglesia no lee simplemente palabras escritas, proclama la Palabra viva, que acontece y es celebrada en la asamblea.

c) Actitud de respuesta:

La Palabra» tiene una estructura dialógica, lo mismo que la historia de la salvación. Dios no habla para sí mismo, sino para los demás. Su Palabra es a la vez don y exigencia, «oferta y demanda», llamada y respuesta, «indicativo e imperativo». No es posible escuchar de verdad la Palabra y guardar un silencio interno e indiferente. Desde el momento en que nunca llegamos a cumplir y realizar en nosotros el ideal de la Palabra, hemos de reconocer que dicha Palabra es para nosotros motivo interpelante, estímulo provocativo. Cuando la Palabra nos inquieta y condiciona, es prueba de que la hemos escuchado. Cuando nos tranquiliza y deja pasivos, es indicio de que no la hemos acogido. Pero al creyente no le basta con escuchar y acoger la Palabra, es preciso que se deje prender, arrebatar, poseer, transformar... por ella. Cuando así sucede, entonces se da el inicio de una verdadera respuesta, que llega a enraizarse en la vida y a dar frutos de buenas obras; entonces es cuando no se contenta con oír, sino que tiene la fuerza de ponerla en práctica.

4. APLICACION A LA CELEBRACION y LA VIDA

a) Las etapas de la Palabra:

La Palabra tiene su historia, sus etapas, su progresividad. La liturgia quiere expresar esta historia en etapas, ordenando la lectura del «Profeta», el «Apóstol», el Evangelio. No se trata de una cuestión simplemente accidental, y menos supérflua. Tampoco la es la selección y complementariedad de textos y contenidos que nos proponen los Leccionarios litúrgicos actuales, o pueden proponernos otros posibles. Todo ello tiene una intención irrenunciable: expresar la variedad y riqueza de la Palabra de Dios en diversos contextos y situaciones, de manera que podamos comprender mejor su sentido y aplicada mejor a la vida. Aunque a veces es posible, e incluso necesario por las circunstancias, el elegir nuevas lecturas (d. OGMR 313), no se debe suprimir sistemáticamente la lectura del A. T., ni se debe parcializar el contenido centrándose en un único aspecto (ibid. 318-320).

b) Palabras y Palabra:

Las palabras de los hombres sobre la Palabra de Dios, no son Palabra de Dios, sino un servicio a la Palabra de Dios (v.g. evangelización, catequesis, homilía). El hombre puede escribir y pronunciar muchas «palabras», que explican, profundizan, aplican y descubren el sentido de las cosas, de Dios o del mismo hombre. Pero ninguna de estas palabras puede suplantar o sustituir a la Palabra de Dios. No nos convertimos a la palabra de ningún hombre (aunque su palabra pueda ayudarnos en la conversión), sino a la Palabra de Dios, a Dios que se nos revela y comunica por su Palabra. A la luz de este criterio debe actuarse cuando se intenta introducir lecturas no bíblicas en la liturgia de la Palabra, con el fin de hacer ésta más inteligible y accesible. Si se dan las circunstancias que requieren la introducción de estos textos, deben tenerse en cuenta los siguientes criterios: nunca deben suplantar a la Palabra de Dios, que será el centro de la Liturgia de la Palabra; deben ser textos breves y adaptados; es preferible utilizados como introducción a las lecturas bíblicas o como medio de explicación de las mismas.

c) Veneración de la Palabra:

Un sentido que no «se dice» o, «se expresa» corre el peligro de quedar oculto y olvidado. El libro que contiene la Palabra de Dios tiene un sentido de presencia, de anuncio, de verdad divina, para el pueblo creyente que debe encontrar sus signos adecuados de expresión, de veneración. Estos signos, tal como lo indica la Iglesia, son el que la Palabra ocupa y se proclama desde un lugar propio o ambón, la procesión con el libro de los Evangelios, la incensación y el beso del libro, la postura con que se proclama y escucha (de pie), las aclamaciones que acompañan la proclamación... Es cierto que no se han de exagerar estos gestos, ni se debe poner en ellos todo el acento. Pero ¿por qué se han de marginar o suprimir? La pedagogía de lo visual-gestual tiene aquí un puesto importante. El libro de la Palabra es el único que es objeto de un rito como el señalado en la celebración. Se le debe valorar por lo que significa.

5.- PUNTOS PARA LA REVISION

a) ¿Qué puesto tiene la celebración de la Palabra, en la Eucaristía, y fuera de la Eucaristía, en tu comunidad?

b) Medios para promocionar, en cada situación concreta, el conocimiento y la lectura de la Palabra de Dios.

c) A la luz de todo lo anterior, ¿qué aspectos o signos habría que renovar en la liturgia de la Palabra eucarística, para que se expresara y realizara lo que pretende?

6. ORACION Y MEDITACION

«Hay un pan material que lo mismo se da a los malos que a los buenos; pero hay otro pan cotidiano que solamente lo piden los hijos. Este pan es la Palabra de Dios, que cada día se nos concede y del cual viven las almas. Es éste un pan necesario para el tiempo en que somos obreros en la vida, y que se nos da en calidad de comida, no en condición de recompensa. Dos cosas debe el obrero el que lo conduce al trabajo; le debe el alimento, para que no desfallezca; le debe la recompensa, para que se alegre con ella. Nuestro pan cotidiano, mientras vivamos en este mundo, es la divina Palabra, que siempre se nos ofrece en las iglesias; la recompensa por nuestro trabajo se llama vida eterna.»

S. AGUSTIN, Sermón 56, c. 6, n. 10:
Solano 11, 184

«...Que el Espíritu nos abra los ojos de la fe

a las obras de tu palabra.

Que nos desate la lengua,

para que proclamemos con valentía,

a través del, testimonio de nuestras vidas,

la humanidad transfigurada de Jesucristo.

Que tu Espíritu anime a los servidores de tu palabra, como inspiró a los profetas

y a los mensajeros de la Buena Nueva.»

Plegarias de la Comunidad.

Apéndice:

(Ez. 3,16-21; Dt 6,3-6; Jer 11,.3-6).

(Sal. 3.3,6-9;

(Hch 2,46 55.; 3,1; 3,11; 5,12)

1 Co 7,10-12).

(Heb 1,1 ss.).

(1 Jn 4,10)

(Mt 10,14)