Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:55

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TEMA 5
DE LA PASCUA JUDIA
A LA PASCUA CRISTIANA

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

Es algo propio del hombre la tendencia a recordar y conmemorar, por medio de palabras y gestos más o menos ritualizados, aquellos acontecimientos del pasado que han marcado la historia, han impulsado su evolución o han decidido su futuro. El recuerdo de estos hechos es para el hombre algo así como la expresión de un deseo de encontrar sus propias raíces, de volver a los arquetipos primordiales, de encontrar permanentemente su propia identidad.

Se suele recordar, no sólo los eventos gozosos (victorias, éxitos, aniversarios felices...), sino también los trágicos sucesos (derrotas, desgracias personales o colectivas, aniversarios tristes...). Aunque, según los casos, predomine la actitud «del lamento», o el triunfalismo de arrogancia, o el recuerdo añorante, o la aparente indiferencia..., lo cierto es que por regla general estas celebraciones conmemorativas, tanto a nivel individual y familiar, como a nivel social y político, tienen un objetivo primordial: encontrar la propia identidad desde los acontecimientos históricos que le dieron origen y la configuraron.

En cualquiera de estas celebraciones conmemorativas suelen tener un puesto importante la palabra y el rito. Si por la palabra se relata y refiere (narratividad) lo que sucedió (mito) y el sentido de lo que sucede (memorial), por el rito se representa gestualmente, se dramatiza ritualmente (dromenon) el mismo acontecimiento, en un intento de revivirlo traspasando las fronteras del espacio y del tiempo. El rito es una forma de perpetuar los acontecimientos del pasado, sacándolos de su limitación histórico-concreta y espacio-temporal, de modo que cristalizados o concentrados en formas a históricas, puedan tener una perpetuidad incondicionada, una perenne actualidad.

Es un hecho de experiencia que los hombres de todos los tiempos y todas las culturas han tenido una actividad ritual. Pero el hombre, antes que hacer ritos, es de algún modo ritualmente. La actividad ritual es connatural al hombre, por tratarse de un ser que es simbólicamente en su cuerpo. Con todo, cabe decir que este ser ritual del hombre se manifiesta en una actividad ritual más intensa y significativa cuando el hombre vive situaciones vitales privilegiadas (nacer, crecer, sufrir, relacionarse sexualmente, morir) o celebra acontecimientos históricos especiales (guerra o paz, comienzo y final, aniversarios diversos...). El hombre no acostumbra a hacer ritos en el vacío. Todos los ritos tienen para el hombre un sentido latente o patente. Es normal que a cada celebración ritual vaya asociado un hecho o acontecimiento histórico, una experiencia vital, o una oculta dimensión de la existencia humana. Al hombre no le sobran los ritos, le sobra la farsa ritual.

2. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

También la Eucaristía es un rito. Pero un rito lleno de realidad y de vida, un rito que está indisociablemente unido a un gran acontecimiento: el acontecimiento de la Pascua de Cristo, cuyo anticipo y anuncio se encuentra en la Pascua judía. Recorriendo este camino, de Pascua en Pascua, y resaltando la unidad existente entre acontecimiento y rito, podemos llegar a descubrir el sentido profundo de liberación y memorial pascual que encierra la Eucaristía de la Iglesia...

a) La Pascua del pueblo hebreo

- La Pascua hebrea es, en primer lugar, un acontecimiento histórico: En sus orígenes, la Pascua es una fiesta familiar, que se celebra de noche, en plena luna del equinocio de primavera, el día catorce del mes de las espigas, llamado el mes de Nisán. Contiene dos elementos principales: el cordero y el pan ázimo.

El cordero pascual era un rito de los pastores nómadas del desierto que, al comenzar la primavera, ofrecían a Dios un cordero para pedirle la protección de la grey. La sangre del cordero, con la que untaban los dinteles de las puertas, tenía un valor apotropaico o de exorcismo. Este rito se celebraba de noche, en la soledad del desierto. La víctima debía ser un carnero, sin defecto, que debía ser comido en el curso de una comida rápida, dispuestos para la marcha (Ex 12,3-12).

Los ázimos son los panes que se harán del nuevo cereal, sin fermento. Debía comerse durante siete días.

Con ello se quería significar que todo debía comenzar de nuevo. Era un elemento propio de la fiesta de las primicias, que concluía con la oblación del trigo nuevo (Ex 23,15; 34,20).

Estos dos elementos, cordero pascual y pan ázimo, provienen de dos fiestas distintas, y correspondientes a la época nómada y agrícola de Israel; se unieron con el tiempo en la celebración de la fiesta de Pascua. No nos interesa ahora discutir cuándo se dio esta unión. Lo que sí debemos constatar es que la celebración de la Pascua no fue instituida en el momento de la salida de Egipto, sino anteriormente. Por eso el pueblo hebreo pide al Faraón que le deje ir a inmolar a su Dios en el desierto (Ex 5,1-5).

Entonces, ¿qué añade la salida de Egipto a la fiesta pascual del cordero? Le añade el acontecimiento histórico de la liberación, su sentido soteriológico, el hecho de la intervención liberadora extraordinaria de Yavé. En efecto, al coincidir el tiempo de la celebración del cordero como fiesta pastoral, y el momento de la salida de Egipto como acontecimiento liberador, la fiesta deja de tener un sentido naturalista de protección divina y pasa a tener un sentido religioso-soteriológico-conmemorativo. El acontecimiento pascual, en todas sus fases: paso del ángel, cena familiar del cordero, salida de Egipto, paso del Mar Rojo, camino del desierto, Alianza en el Sinaí, llena de nuevo sentido, no sólo la vida de Israel, sino también su fiesta pascua!.»

- Aquí es donde se comprende con rigor que la Pascua judía sea también un rito. En adelante el rito conservará los elementos del tiempo nómada (cordero, sangre en los dinteles, hierbas agrestes, vestidos ceñidos, báculo en la mano) o de la época agrícola (panes ázimos), pero se convertirá en algo nuevo: en rito memorial de la liberación de Egipto, que será celebrado de generación en generación, recordando el momento en que Dios los salvó, hizo alianza con ellos y los constituyó como pueblo (Ex 12,14; 12,24­ 27; 13,9-10). Se trata de un verdadero rito memorial en el que se conmemora y actualiza el acontecimiento liberador, y por el que todo israelita tiene conciencia de ser salvado actualmente por Dios (Ex 12,26-27), participan­do de la misma alianza que establecieron sus padres en el desierto (Ex 19-20). Los términos hebreos (zikkaron, azkarah) y griegos (anámnesis, mnemósynon) que designan el «memorial pascual», y su abundante y diversa utilización en la Biblia, indican que no se trata de un simple recuerdo o aniversario, sino de una celebración que hace posible y eficaz para los hombres concretos el mismo acontecimiento que recuerda. El memorial de la Pascua tiene por finalidad el actualizar el hecho liberador, insertando a los participantes en su misma dinámica salvadora. El rito de la cena pascual judía hace revivir litúrgicamente al pueblo la liberación pasada, actualizándola en el presente, y esperando su plena realización futura. La conmemoración de la liberación del pasado, da sentido y eficacia a la liberación del presente; y es prenda de la futura, perfecta y definitiva liberación, que será realizada por el Mesías. El rito pascual judío guarda y despierta cada vez más una esperanza de futura liberación y de Alianza nueva (Jer 31,31-34).

b) La Pascua de Cristo

Cristo llevará a su cumplimiento las promesas de liberación mesiánica, constituyendo su muerte y resurrección un verdadero y nuevo acontecimiento pascual, en el que será establecida una alianza nueva y eterna. Toda la vida de Cristo es salvadora y redentora, pero sobre todo lo es el momento culminante de su vida: su muerte y resurrección. Jesús tiene conciencia de ello, y por eso expresa con claridad la intensidad de:; su deseo, la importancia de la «hora»: «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Pero también en la Pascua de Cristo pueden distinguirse el hecho histórico y la celebración ritual.

- El acontecimiento histórico consiste en su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, en el «Tránsito» de Cristo, que se entregó y dio su vida, cual cordero pascual, por nuestra salvación. La muerte de Cristo fue una verdadera Pascua en doble sentido: en cuanto que cumple todas las promesas antiguas; y en cuanto que tiene todos los elementos de un verdadero sacrificio: cordero, sangre derramada, Alianza (Is 53; 1 Co 5,7). Se trata de una Pascua única y eterna («semel pro semper»: 1 Pe 3,9; 1 Co 6,10; Hch 9,12), puesto que Cristo, inmolado de una vez para siempre, ya no necesita morir de nuevo, su muerte nos libera de la esclavitud del pecado definitivamente. Es igualmente una Pascua real y sacrificial, ya que supuso el derramamiento de la sangre de Cristo, la entrega de su propia vida (Hch 9,12-14). También es una Pascua de Alianza, ya que por medio de ella es sellada la nueva Alianza entre Dios y la Humanidad, dando origen al nuevo pueblo de Dios (Lc 22,20). Es, en fin, una Pascua de Resurrección y exaltación, donde la vida triunfa sobre la muerte y el bien sobre el mal Jn 20,1 ss.; Fil 2,5; Ef 2,13).

- Pero la Pascua de Cristo es también un rito memorial que actualizará en adelante el nuevo acontecimiento salvífico. Esta «ritualización» o celebración ritual de la Pascua tiene lugar, por vez primera, en la última cena, y de modo permanente en la Eucaristía. Parece que no puede ponerse en duda el carácter pascual de la última Cena, como lo manifiestan numerosos indicios. Según el testimonio del N. T., en la última Cena Cristo es el verdadero Cordero Pascual (Lc 22,14-20) que se inmola y da su vida por la redención de muchos (Mt 20,28: Mc 10,45). Su sangre es «la Sangre de la Nueva Alianza» (Mt 21,28; Mc 14,24). Y así como el nuevo Cordero y la Nueva Alianza sustituirán a la antigua, de igual modo el nuevo rito pascual de Cristo sustituirá al rito antiguo de la Pascua judía. De este modo el rito nuevo pasará a ser memorial de un acontecimiento nuevo y superior al antiguo, de la verdadera Pascua liberadora y salvadora cristiana. La Pascua judía, en cuanto acontecimiento y en cuanto a rito, no era todavía la verdad plena de la liberación, sino su preanuncio, su sombra, su anticipo salvífico. En cambio, la Pascua de Cristo, en cuanto acontecimiento, es la realidad y la verdad plena de la liberación, y en cuanto rito es la «imagen» llena de esa realidad que ahora se hace presente a nosotros «in sacramento» o «in misterio» (Heb 10,1-3). Cristo no se preocupa en la última Cena de cambiar los ritos, pero dio a la Cena Pascual un nuevo contenido y realidad. La Pascua ritual de la última Cena fue la anticipación y actualización del acontecimiento pascual de su Pasión, Muerte y Resurrección. Con sus palabras: «haced esto en memoria mía» (Lc 22,19; 1 Co 11,23-25), Jesús especifica la naturaleza conmemorativa del rito, e introduce su Pascua en el espacio y en el tiempo, más allá de sus propias contingencias históricas.

c) La Pascua de la Iglesia

La Misa es el memorial litúrgico-ritual de la verdadera Pascua de Cristo (Pascua «in re»), en continuidad con el rito pascual de la última Cena. Es el sacrificio pascual de los cristianos, que contiene en el rito aquella Pascua verdadera que trajo la redención al mundo (definición de Trento). En la Eucaristía celebramos la Pascua de Cristo, el memorial que representa y actualiza el verdadero acontecimiento de su Pasión-Muerte-Resurrección. Se trata de un acto en el que se actualiza el misterio de nuestra redención, y se renueva la Alianza en todo aquello que implica de parte de Dios y del hombre, de manera que constituye un acto inseparablemente unido al acontecimiento salvador, en una actualización dinámica y existencia!, que suscita la expresión de la fe hacia su complexión escatológica. La Eucaristía en cuanto «memorial» se enraiza en la liberación del pasado, es acto salvador del presente y promueve hacia la plenitud salvífica futura, al mismo tiempo que la anticipa. De este modo, cuando la comunidad celebra la Eucaristía (d. 1 Co 10,14-18; 11,17-33) no hace sino prolongar la obra redentora de Cristo, a través de aquel mismo rito pascual que tuvo lugar en la última Cena, y que Cristo mandó que repitiésemos en su memoria: «haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). La Eucaristía es, en verdad, la «Pascua permanente de la Iglesia».

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

a) Pascua de Cristo y gratitud:

Participar en la Eucaristía no es sólo decir «gracias», es principalmente «sentir el corazón agradecido», llenarse de gozo por la salvación, sentirse indigno por la grandeza del don, estar dispuesto a aceptar la dependencia y el amor de Dios... La gratitud es la respuesta más profunda e íntima que puede darse al Dios de la Pascua. No somos nosotros los que hemos conquistado o ganado la salvación, sino Dios el que nos la ha ofrecido gratuitamente por amor, y para liberarnos de la esclavitud del pecado y sigue ofreciéndonosla por la Eucaristía. Ante esto, no cabe sino la admiración y la gratitud, como actitud por la que al mismo tiempo reconocemos y acogemos el don que nos salva. Así se comprende mejor la exclamación del Prefacio: «Demos gracias al Señor, nuestro Dios. -Es justo y necesario», como marcando la actitud que debemos tener mientras participamos en el rito eucarístico y se proclama la acción de gracias.

b) Pascua de la Iglesia y «tránsito» personal:

No es posible celebrar la Eucaristía, Pascua de Cristo y de la Iglesia, sin sentirse implicados. La Pascua celebra el «tránsito» de Cristo de la muerte a la vida, tránsito por el cual hemos sido salvados y liberados. La forma de participar realmente en este acontecimiento es entrar, sumergirse en su dinámica salvadora, «pasando» personalmente del pecado a la gracia, del egoísmo a la donación, de la muerte a la vida, del «ser-para-sí» al «ser-para-los-demás». La Eucaristía es, en este sentido, una verdadera convocación y provocación a transformarse, a «pasar», en Cristo y con Cristo, de la esclavitud a la liberación. No es sólo el recuerdo de una liberación pasada, ni la prenda de una liberación futura; es también la realización de una liberación presente, el paso real y eficaz de la salvación que supone el proceso personal de la liberación humana, personal y social, frente a todo lo que aliena y esclaviza.

c) Eucaristía y libertad:

La Eucaristía es, en el orden sacramental de la Iglesia, el mayor grito de liberación, el mejor gesto de libertad. Celebrar la Eucaristía es hacer memoria de la gran liberación pascual, es «acordarse de Jesús» liberador, es proclamar ante el mundo la verdadera libertad de los hijos de Dios. «Cristo nos ha liberado para que gocemos de libertad» (Gal 5,1). Nada más contradictorio con la Eucaristía que convertida en gesto esclavizante, en rito «obligatorio», en participación establecida.

Quien cree en la liberación del Señor, que reconoce en la Eucaristía la presencia del acontecimiento de la Pascua, no puede participar en ella con sentimientos de esclavitud, o de disgusto, o de obligatoriedad, sino con actitud de gozo y libertad. Celebramos la liberación salvadora de Dios, para sentirnos libres en Dios.

4. APLICACION A LA CELEBRACION y LA VIDA

a) Expresión ritual de la Pascua:

No toda Eucaristía es la Eucaristía de la Vigilia Pascual, con su contexto simbólico y su riqueza ritual. Pero, si toda Eucaristía es una celebración ritual de la Pascua, sobre todo la Eucaristía dominical, debiéramos resaltar aquellos signos y gestos que mejor pueden expresar su sentido. Además de una catequesis adecuada al pueblo sobre el valor de los signos (separación del pan y el vino como expresión de la entrega de Cristo) y expresiones (relato de la institución, «memorial», «salvación», «redención»...), debería cuidarse los gestos del sacerdote, el signo del pan y del vino, la proclamación de la Plegaria eucarística, el silencio oportuno... Sobre todo durante el tiempo pascual debe insistirse en este aspecto de la Eucaristía: a ello da pie las lecturas bíblicas, donde se recuerda las «comidas» pospascuales del Resucitado con sus discípulos, y los signos pascuales, como el cirio y el agua bautismal, donde se recuerda la misma Resurrección del Señor.

b) De liberados a liberadores:

La Eucaristía celebra la liberación de Cristo, como fuente de un dinamismo liberador, que debe continuar se en la vida a todos los niveles, hasta llegar a la plena y definitiva liberación. Como «memorial» de la liberación pascual, la Eucaristía tiene mi carácter verdaderamente «contestatario» Y «denunciante» de toda esclavitud y pecado, de toda alienación e injusticia. En el fondo, todo es «contestado» de alguna manera en la Eucaristía, porque nada realiza en plenitud el ideal que proclama. Participar en la Eucaristía, no sólo es verse urgidos a la propia liberación, es también sentirse implicados y comprometidos en la liberación de los demás. La liberación pascual lleva en sí misma un germen «revolucionario» de liberación para todo hombre y frente a toda esclavitud. «De aquí la inmensa responsabilidad de los cristianos poseedores de un mensaje liberador de tal calibre, y que o por un abuso de poder («salvación» que suple y borra la liberación), o por un complejo de inferioridad («liberación» a la que se reduce la plenitud de la «salvación»), dejan a la Humanidad dando tumbos, o a babor de una orgía seudorevolucionaria y puramente utópica que desemboca inmediatamente en el desencanto del fracaso, o a estribor de una siesta de falsa resignación que confunde la esperanza del más allá con la dimensión de la tarea «evangélica» de curar a los ciegos y a los cojos, a los tullidos de aquí y ahora de nuestro entorno contemporáneo» (J. M. González Ruiz).

5. PUNTOS PARA LA REVISION

a) ¿Qué significa verdaderamente para tu participación en la Eucaristía, el que ésta sea un memorial de la Pascua de Cristo?

b) Señala los medios por los que habría que expresar y llevar a vivir al pueblo el sentido y la verdad pascua! de la Eucaristía.

c) A qué compromisos conduce el participar en la Pascua de liberación de Cristo por la Eucaristía, tanto a nivel personal cuanto a nivel comunitario.

6. ORACION y MEDITACION

«Dichosa eres, ¡oh tarde última!, porque en ti se completó la tarde de Egipto: el Señor comió en ti la pascua pequeña, y se hizo a Sí mismo pascua grande, la pascua fue inserta en la pascua, y la fiesta en la fiesta. He aquí la pascua que pasa y la que no pasa: he aquí la figura y su cumplimiento...»

S. EFREN, Himno 3, n. 2: Solano 1, 276

«...Eres santo, Dios Padre nuestro, porque ahora has hecho conocer al mundo la tercera gran noche de su historia después de las noches de la creación y del éxodo.

La primera noche fue aquella en que te manifestaste sobre el mundo para crearlo.

El mundo estaba desierto y vacío

y las tinieblas se esparcían sobre la faz del abismo.

Pero llegó tu Palabra, Señor, y surgió la luz como luminária que dio forma al caos.

La segunda noche fue cuando salvaste

a los primogénitos israelitas del ángel exterminador

que pasó por medio de los egipcios.

Entonces preparaste el gran prodigio

de esta tercera noche que ahora celebramos:

la resurrección luminosa y esplendente de tu Hijo Unigénito, Jesús, sacándolo de la oscuridad del sepulcro y del seno estéril de la muerte.

Apoyándonos en este memorial de la historia salvífica,

esperamos llegue un día la cuarta y última noche;

Los yugos de hierro serán quebrados cuando el mundo cumpla su fin para ser transfigurado y las generaciones impías, convertidas.

Ella recorre y unifica todas estas etapas...

Entre tanto celebramos la cena pascual como prenda de esperanza».

Plegarias de la Comunidad, pp. 174-175

Apéndice:

(Ex 12,3-12).

(Is 53;

Salmo: Es fuerte Señor tu Palabra

(Heb 10,1-9)

Gal 5,1ss).

(Lc 22,19)