Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:38

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TEMA 6
EUCARISTIA, ASAMBLEA E IGLESIA

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

Los signos de la vida son para el hombre más que su pura materialidad sensible. Por ellos el hombre quiere decir más de lo que se oye, expresar más de lo que se ve. También la Eucaristía pertenece al orden del signo Y su primer elemento signal es la «asamblea», a través de la cual se expresa otra realidad más amplia: la de la Iglesia universal, pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. En la asamblea eucarística se reúne visiblemente una comunidad concreta, un grupo reducido de cristianos, pero en ella está presente la Iglesia universal, realmente representada por aquélla.

El fenómeno de la representación, no es algo exclusivamente religioso, se verifica en los diversos ámbitos y niveles de la vida. A nivel económico y comercial el «representante» ha venido a ser una figura típica. En el nivel social y político la actividad principal y las decisiones fundamentales se realizan por medio de los «representantes» de los diversos grupos, partidos o centrales sindicales. También a nivel religioso se da una representatividad, en cuanto que las personas que deciden sobre diversos aspectos de las comunidades ostentan una representación de grupos dentro de la comunidad.

En todos los casos, se dan unas determinadas analogías y semejanzas en la función de representatividad: los representantes no actúan en nombre propio, sino en el nombre y el poder del grupo; su función y gestión no son independientes, sino que están en conexión y unidad con el grupo; de su actuación depende, en gran parte, la identidad y la imagen con la que el grupo aparece ante los demás; los intereses y concepciones personales pasan a segundo plano, en servicio a los intereses y concepciones del grupo...

Pero, en cada caso, se dan también unas diferencias notables, que resultan más acusadas cuando se trata de la «representación» religiosa, desde la concepción católica. Fijándonos sólo en la «asamblea eucarística» como punto comparativo, podemos señalar estas características originales de su función representativa:

- La asamblea eucarística «representa», no a un grupo o colectividad de un lugar concreto, sino a la Iglesia universal.

- Esta representación la realiza, no en cuanto grupo representativo indiferenciado, sino en cuanto asamblea que expresa la misma estructura de la Iglesia, jerárquicamente ordenada, en su diversidad de ministerios.

- Su actuación es representativa, no sólo en cuanto que desea hacer lo que hace la Iglesia entera, sino también en cuanto que en ella se hace presente Cristo, único Señor que preside todas las comunidades y asambleas de Iglesia.

- Más aún, tratándose de la celebración de la Eucaristía, la asamblea cristiana es representativa de la Iglesia en cuanto que realiza el acto de culto central, por el que se expresa y construye la Iglesia entera.

La asamblea eucarística es la comunidad cristiana en su acto más representativo de la comunidad de la iglesia universal. No hay verdadera Iglesia universal sin representación de la asamblea eucarística, ni hay auténtica asamblea eucarística sin representación de la Iglesia universal. ¿Cómo se explican todas estas afirmaciones? ¿Qué relación existe entre Eucaristía, asamblea e Iglesia?

2. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

a) A la «asamblea» se le llama «Iglesia»

Para comprender la relación Íntima que siempre se ha visto entre asamblea eucarística e Iglesia, basta partir de la terminología empleada desde los primeros siglos. La palabra «EKKLE-SIA» es el término griego que traduce la expresión hebrea «QA­HAL» (los LXX), y que aparece siempre que se trata de las reuniones religiosas más solemnes y significativas. En su significado etimológico general quiere decir reunión del pueblo o convocación, y se emplea en tres sentidos:

- Para indicar la reunión cultual de una asamblea en un lugar concreto, por pequeña que sea tal asamblea, v. gr. pequeña comunidad.

- Para indicar una comunidad local o particular determinada, v. gr. Iglesia de Corinto, de Efeso... (d. Pablo).

- Para indicar la Iglesia universal o la asamblea de todo el pueblo de Dios.

El mismo término «EKKLESIA» se usa, pues, para designar a la Iglesia universal, a la Iglesia local, a la comunidad particular y a la asamblea litúrgica. «Iglesia» significa, al mismo tiempo, el acto de reunirse y el grupo reunido, la asamblea congregada y el lugar donde se congrega. Con el tiempo se hizo frecuente llamar «Iglesia» al mismo lugar de la reunión, al edificio material para la asamblea. Por eso se usaban en su doble sentido las expresiones: «reunirse en la Iglesia», «entrar en la Iglesia», «ir a la Iglesia». Y mientras se llamaba al lugar de reunión «casa de la Iglesia», se decía de la asamblea «cuando os reunís en Iglesia». Este uso de la misma expresión para indicar distintas realidades manifiesta de modo excelente su conexión mutua, su mutua implicación y representación.

b) La asamblea como elemento esencial del ser Iglesia

La asamblea, antes incluso que ser una condición para el culto litúrgico, es una exigencia del ser cristiano, un elemento esencial de nuestro ser y aparecer como Iglesia. No se es plenamente cristiano y miembro de la Iglesia, si no se está dispuesto a reunirse y participar en la asamblea. Los Padres de la Iglesia expresaron esta necesidad con palabras elocuentes. S. Ignacio de Antioquia escribe lo siguiente a los cristianos de Efeso: «... si la oración de dos juntos tiene una fuerza tan grande, cuanto más la del obispo y la de toda la asamblea (ekklesia) ». Aquel que no participa en la reunión común, se manifiesta como un soberbio y ya se ha juzgado a sí mismo, pues está escrito: «Dios se resiste a los soberbios» (5,3). Los «mártires de Abitinia», durante la persecución de Dioclecia­no, dicen a sus jueces: «Nosotros no podemos prescindir de la asamblea dominical». Hipólito de Roma, en el siglo III, dice por su parte: «Que cada uno se preocupe de participar en la asamblea, donde el Espíritu Santo produce sus frutos» (Tradición Apostólica, cap. 35) y la Didascalia, en el siglo IV, afirma lo siguiente: «enseña al pueblo y frecuentar la asamblea y a no faltar a ella; que estén siempre presentes, que no disminuyan la Iglesia ausentándose; ni priven al Cuerpo de Cristo de uno de sus miembros» (II, 59,1-3).

Es, pues, evidente que los cristianos son «gente de asamblea». Y una de las razones fundamentales es porque, de este modo, manifiestan que son «gente de Iglesia». Los cristianos se «hacen presentes» a la Iglesia a través de la participación en la asamblea, y la Iglesia se hace presente a los cristianos por medio de la misma asamblea. La asamblea resulta así el lugar privilegiado de una mutua identificación: la de la eclesialidad del ser cristiano, la de la «cristiandad» del ser Iglesia. Si ser cristiano es ser un creyente con los demás, no hay otra forma de celebrar la fe que estando juntos, en fraternidad con los demás... Ni la Iglesia existe sin asamblea, ni la asamblea existe sin Iglesia. Una y otra se dan mutua existencia y realización, aunque no puedan reducirse la una a la otra. Donde los creyentes se reúnen en asamblea, allí está la prueba más patente de que existe y vive la Iglesia. Donde no se reúnen en asamblea, allí no se manifiesta, ni la fraternidad, ni la comunión, ni la celebración de la fe de la Iglesia.

Naturalmente, para que la asamblea sea signo de nuestro ser y pertenecer a la Iglesia, se requiere que se realice en plena comunión con la comunidad concreta, con la Iglesia local y con la Iglesia universal. Sólo entonces puede decirse que esta asamblea es mi forma privilegiada de ser Iglesia, y que esta Iglesia es mi forma peculiar de ser asamblea.

c) La Eucaristía como centro de la vida de la asamblea y de la vida de la Iglesia

La aplicación primitiva del término «EKKLESIA» para designar, tanto a la Iglesia, cuanto a la asamblea, o el lugar donde la asamblea se reúne, pronto asocio y atrajo hacia sí el término «Eucharistia», al ser considerada ésta como el verdadero centro tanto de la Iglesia, cuanto de la asamblea cultual. Así, será sobre todo la «asamblea eucarística» la que se considera como verdadera manifestación o epifanía de la Iglesia.

En primer lugar, lo es porque en la Eucaristía se manifiesta de modo especial la estructura de la misma Iglesia, a través del ejercicio de los diversos ministerios. Se trata de una asamblea «jerárquicamente ordenada», en la que cada uno ejerce el ministerio que le corresponde: el de la presidencia, el de la palabra, el del servicio en la caridad. «La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente» (OGMR 1).

En segundo lugar, la asamblea eucarística manifiesta de modo especial a la Iglesia, porque en ella está especialmente presente la Cabeza del Cuerpo, que en la Iglesia (d. SC, n.7). En la asamblea eucarística se realiza la unidad de todos los miembros del Cuerpo de Cristo, y por lo mismo se realiza la unidad de la Iglesia. En la asamblea se encuentra y se descubre al Señor presente, a través del reconocimiento mutuo y de la fraternidad. La asamblea eucarística, al ser el lugar privilegiado de la reunión de la comunidad, de la proclamación de la Palabra, de la actualización de la Salvación, de la celebración de la fe y de la unión en la caridad, es también el momento culminante del sacramento de Cristo y de la Iglesia.

Hay una mutua implicación de aspectos: la Iglesia se reconoce a sí misma reconociendo al Señor, y reconoce al Señor reconociéndose a sí misma.

Por tanto, la asamblea eucarística es manifestación espacio temporal privilegiada de la Iglesia. Es epifanía de la naturaleza íntima y de la estructura de la Iglesia (SC n. 2). Es, de algún modo, «sacramento» de la Iglesia. En la asamblea eucarística, no sólo conocemos y reconocemos lo que es el Señor, sino también lo que es la Iglesia. Si bien este reconocimiento de la Iglesia manifiesta la inevitable tensión entre el ideal y la realidad, entre el «ya» pero «todavía no», entre el signo y el significado. La Iglesia que se manifiesta es la Iglesia peregrinante hacia su plenitud escatológica.

d) La Iglesia como sujeto y «objeto» de acción eucarística

La celebración eucarística no es sólo un acto del ministro, o un acto de los sujetos participantes, es también un acto de la asamblea celebrante y de la Iglesia universal. Es acto de la Iglesia universal, porque en él está de algún modo presente la Iglesia entera, como pueblo sacerdotal, ejerciendo su universal sacerdocio, e interviniendo a su nivel propio: el nivel místico y sacramental, expresado por los diversos ministerios y signos de la celebración. En este sentido puede decirse que la Iglesia entera es sujeto de la acción litúrgica, y especialmente de la acción eucarística, ya que la Iglesia se halla representada de modo especial por la asamblea eucarística celebrante. Así se reconoce en el Misal de Pablo VI, cuando se dice: «La celebración de la Misa es la acción de Cristo y del pueblo de Dios, ordenado jerárquicamente» (OGMR n. 1). Y esto es lo que quiere decir también la clásica expresión: «la Iglesia hace la Eucaristía», porque, en efecto, la Eucaristía es la acción de toda la Iglesia, y toda la Iglesia, sacerdotes y fieles, es sujeto de la Eucaristía.

Pero no se agota en esto la cuestión de la relación entre Eucaristía e Iglesia. También puede y debe decirse que «la Iglesia es objeto de la Eucaristía» ¿En qué sentido? En el sentido que no sólo es la «Iglesia la que hace la Eucaristía, sino que también es la Eucaristía la que hace la Iglesia». La Eucaristía es el lugar más privilegiado de expresión, realización e identificación de la Iglesia. La Iglesia se dice y se hace, manifiesta su identidad y su vida en la Eucaristía. De manera que el mismo sujeto del acto se convierte así en «objeto» de la acción, en «meta» de la celebración. La Iglesia es objeto principal de la Eucaristía que ella «hace»; es beneficiaria primera del acontecimiento que celebra. «La Eucaristía y la Iglesia se engendran, pues, mutuamente», a partir de la acción en ellas del único Espíritu de Cristo, que es la raíz de donde mana esta mutua fecundidad.

Los lazos de unión entre la Eucaristía y la Iglesia son tan grandes, que puede decirse que así como la Eucaristía es Eucaristía de la Iglesia, del mismo modo la Iglesia es Iglesia de la Eucaristía. Eucaristía y comunión eclesial se exigen y le corresponden. Cada una es camino y condición para la otra. Se participa en la Eucaristía porque se pertenece a la Iglesia, y se pertenece a la Iglesia porque se participa en la Eucaristía. Se comulga eucarísticamente porque se está en comunión con la Iglesia y viceversa... La Eucaristía significa a la Iglesia en su ideal de unidad y de santidad: «llegad a ser aquello que recibís realizando la unidad y santidad que significa la Eucaristía». Y la Iglesia significa a la Eucaristía su necesaria apertura y expansión hacia el mundo, para el cumplimiento de una misión: «recibid aquello que sois, pero que todavía tiene que realizarse en la vida». De este modo, si la Eucaristía saca a la Iglesia de su imperfección y busca conducida a la unidad y santidad, la Iglesia libera a la Eucaristía del posible cultualismo, y la abre hacia la misión en el mundo.

Ahora bien, todo esto no significa, ni que la Eucaristía tenga su origen en la Iglesia, ni que la Iglesia tenga su origen en la Eucaristía. El único origen de ambas es Cristo y el Espíritu, en cuanto don escatológico de Cristo. Por eso, tanto en la Iglesia cuanto en la Eucaristía se proclama que Cristo es el Señor, y que el Espíritu es el don transformante de Cristo, que está personalmente dirigiendo y renovando la Iglesia y la Eucaristía, hasta la plenitud escatológica.

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

a) No se celebra en solitario:

Cuando participamos en la Eucaristía nos deslizamos, a veces, sin querer, hacia actitudes individualistas, que se manifiestan: en nuestra oración paralela, nuestra despreocupación por los demás, nuestra cerrazón en los propios problemas, nuestro vano intento de «acaparar la atención de Dios», nuestro olvido personal de otros cristianos, comunidades,

Iglesias... Nada más contrario con la Eucaristía que la cerrazón egoísta en sí mismos. Por su propia naturaleza, la Eucaristía no es un acto privado, sino público; ni es un acto individual, sino comunitario. La Eucaristía es una verdadera celebración del pueblo de Dios, desde la asamblea congregada. Ahora bien, no se celebra en solitario, sino compartiendo con los demás, poniendo en común aquello que nos une y da sentido a nuestra vida. Los cristianos debemos sentimos unidos, no sólo a las personas concretas que participan con nosotros en esta asamblea eucarística, sino también a todos aquellos cristianos dispersos por el mundo, que tienen la misma fe, esperanza, e incluso a aquellos que sin tener nuestra misma fe se esfuerzan por vivir con sinceridad y autenticidad según sus creencias o principios. Por eso se pide en la Plegaria eucarística IV: «Acuérdate, Señor, de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio: de tu servidor el Papa... de todo tu pueblo santo, y de aquellos que te buscan con sincero corazón». Si formamos todos un Cuerpo Místico, si participamos de la «comunión de los santos», debemos tener, no una actitud egoísta y cerrada, sino una actitud eclesial y abierta. Entonces se ensancha el propio horizonte, y la Eucaristía es la verdadera fiesta de la comunidad de la Iglesia.

b) Sentir con la Iglesia:

La asamblea eucarística no es ninguna reunión particular de amigos, ni un acto privado de personas pertenecientes a un mismo club, ni un encuentro de miembros insertos en un mismo partido, o confesantes de una misma ideología... La Eucaristía es fundamentalmente una celebración de la Iglesia, en la que la misma Iglesia está implicada y comprometida, y donde se manifiesta su identidad, y se decide algo de su futuro. No podemos, pues, hacer de la Eucaristía un acto al servicio de una concepción determinada, sino un acto al servicio de la misma comunidad eclesial. Y esto sólo es posible cuando nos sentimos en comunión con la Iglesia entera, a través de la comunión con el presbítero que preside la asamblea, y con el obispo de la Iglesia local. «Sentir con la Iglesia» no es perder nuestra capacidad crítica, ni creerse obligado a la uniformidad o coincidencia en cosas secundarias, es querer vivir dentro de la unidad y fraternidad eclesial, aceptando y profesando la fe de la Iglesia, acogiendo como propios sus problemas y esperanzas. Sólo desde este sentimiento compartido, la Eucaristía en que se participa es manifestación y realización de la Iglesia. Nada más contradictorio que el que la Eucaristía sea signo de contradicción y división con la Iglesia, en vez de signo de unidad y amor.

4. APLICACION A LA CELEBRACION
Y LA VIDA

a) Que la asamblea manifieste la Iglesia:

Hemos dicho que la Eucaristía es el lugar privilegiado de manifestación y realización de la Iglesia. Pero ¿cómo lo es? Esta es la cuestión a la que debemos responder.

- En primer lugar, la asamblea debe ser manifestación de la Iglesia a través de un ejercicio de los ministerios que exprese la misma estructura ministerial de la Iglesia, es decir, la estructura de un ministerio de la Palabra, de un ministerio cultual, de un ministerio de la caridad. En la medida en que en la misma Eucaristía se ejercen estos tres ministerios, en esa medida la Iglesia se manifiesta en su naturaleza y en su misión (triple «manus»: profético, sacerdotal, real). El que esta estructura se signifique y manifieste no es una cuestión accidental, sino esencial, ya que de ello depende el que la Iglesia se muestre y realice según su identidad.

- En segundo lugar, esta manifestación de la estructura ministerial de la Iglesia debe aparecer tanto en las funciones del ministro que preside (proclamar la Palabra, ofrecer el sacrificio, distribuir la comunión y los bienes), cuanto en el ejercicio de los diversos ministerios por parte de los miembros de la asamblea celebrante. De este modo, «haciendo todo y sólo aquello que pertenece a cada uno, por el mismo orden de la celebración, aparecerá la Iglesia constituida en su diversidad de órdenes y ministerios» (OGMR 58). A los fieles corresponde también desempeñar, a su nivel, el triple ministerio, manifestando la estructura ministerial de la Iglesia. El ministerio de la Palabra será ejerciendo la función de lector, «profeta» o monitor; el ministerio del culto, ofreciendo y ofreciéndose, y alabando a Dios con el canto (organista, cantor, director del canto); y el ministerio de la caridad, sirviendo al altar de acólitos, responsabilizándose de la colecta y comunicación de bienes, distribuyendo la comunión.

Una asamblea eucarística donde no se respete la «ordenación jerárquica» o el diverso nivel de ministerios, y donde no se posibilite y manifieste también a su diverso nivel, la triple estructura ministerial, estará ocultando más que manifestando la estructura de la misma Iglesia.

b) Creatividad y eclesialidad:

Es indudable que la actitud y actividad creativa en la celebración eucarística son algo muy deseable, siempre que se ejercen con respecto a la naturaleza de las distintas partes de la celebración, y a los criterios establecidos por la Iglesia. Ahora bien, uno de estos criterios es la «eclesialidad de la acción creativa». Por tal eclesialidad entendemos la consonancia de aquella actividad creativa con la fe de la Iglesia y con el sentido que la misma Iglesia quiere dar a aquella acción oración o gesto, de manera que también en la creatividad se manifieste la Iglesia, y no una visión o concepción simplemente particular. La creatividad no puede no estar marcada por la subjetividad, por el colorido de una personalización y expresión concreta, pero esto no quiere decir que tenga que disentir del sentido y de la fe que la Iglesia quiere poner en ese acto sobre el cual se es creativo. No se puede, por ejemplo, ser creativo en los gestos del «ofertorio» introduciendo elementos que nada tienen que ver con la presentación de las ofrendas. Ni se puede ser creativo en el «prefacio» dándole un sentido distinto al que quiere darle la Iglesia, o sencilla­mente suprimiéndolo.

5. PUNTOS PARA LA REVISION

a) ¿En qué medida te sientes Iglesia, y te crees unido a los cristianos presentes y ausentes, cuando celebras la Eucaristía?

b) ¿Qué se puede hacer para superar las actitudes individualistas o incluso egoístas entre los miembros de la asamblea?

c) Si el ejercicio de los diversos ministerios en la Eucaristía es tan importante para que aparezca y se realice la Iglesia, ¿cómo hacer para que mejore la realización de tales ministerios?

6. ORACION Y MEDITACION

«...En vuestras asambleas, en las iglesias santas, haced vuestras reuniones de modo digno y preparad solícitamente sitios decentes para los hermanos. Resérvese para los presbíteros un lugar en la parte de la casa que mira al Oriente. Y en medio de ellos esté colocado el solio del obispo y siéntense con él los presbíteros; de igual modo en la otra parte que mira al Oriente siéntense los varones no clérigos...»

Didascalia de los Apóstoles, C. 19: Solano 1, 124

«... ¿Pues qué? ¿No tenéis casa para comer y beber?; ¿o es que menospreciáis la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen (Ibid., 22). Mira cómo, para dar fuerza a sus palabras, convierte la afrenta hecha a los pobres en injuria a la Iglesia. Aquí está, pues, la cuarta acusación, ya que no sólo es una afrenta hecha a los pobres, sino también a la Iglesia.

Pues así como te apropias la cena del Señor,
así también su templo, utilizando la iglesia como si fuese tu casa. La iglesia ha sido establecida, no para que al reunimos andemos divididos, sino para que los que están divididos se aúnen: esto, pues, significa la reunión...»

S. JUAN CRISOSTOMO,
1 COI’, Hom, 27, n. 3: Solano I, p. 613

«Es justo y necesario dar te gracias,

Padre de Jesucristo,

porque has creado al hombre a tu imagen y semejanza.

Dios del universo,

Tú eres el Señor de todas las naciones de la tierra.
Tú llamas a cada uno por su nombre.

En la vida de cada ser estás Tú,

Especialmente te encuentras

cuando los hombres se reúnen porque se quieren;
cuando se encuentran para bendecirte,

cuando expresan en comunión cantos de alabanza,
Con nuestras pobres voces, hoy,

procedentes de diversos grupos y comunidades

entonamos el himno de tu gloria...»

Plegarias de la Comunidad, p. 150