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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:44
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TEMA 7 1.
ENCUENTRO CON LA VIDA La palabra
humana es la forma humana más excelente y completa de expresión y comunicación. Sin la
palabra quedan muy recortadas las posibilidades de entendimiento y de encuentro. Pero esta
palabra, que es vehículo para la interioridad, forma para el compromiso, posibilidad de
encuentro... se convierte, con frecuencia, en obstáculo para la expresión interna, en
fórmula vacía de compromiso, en medio impotente de comunicación y encuentro. El hombre
sabe por experiencia cuáles son las posibilidades y los límites de su palabra. Y es que
la palabra, como símbolo primordial del hombre, revela y oculta algo al mismo tiempo; es
transparencia y opacidad, barrera y encuentro. Por eso, a causa de la palabra, nos vemos
llevados en diversas ocasiones a formulamos estas preguntas: ¿Por qué me es imposible
decir todo lo que siento y vivo, lo que creo y amo en mi interior? ¿A qué se debe el que
no pueda comunicarme perfectamente con los demás, y que yo no los entienda a ellos, ni
ellos me entiendan a mí? ¿Por qué soy capaz de engañar y ser engañado por la palabra,
de preguntar verbalmente lo que interiormente no quiero cumplir, de ser infiel a los
compromisos formulados? ¿Hay alguna palabra de la que pueda fiarme totalmente? Los
creyentes decimos que, de entre todas las palabras, hay una Palabra especial, que merece
toda nuestra confianza, porque dice la verdad, cumple lo que promete, realiza lo que
anuncia: es la Palabra de Dios. Sin embargo, esto que creemos, no siempre podemos
constatarlo. Con frecuencia experimentamos que la Palabra de Dios no cambia en vosotros
gran cosa», ni «transforma a la Iglesia a pesar de llevar tanto tiempo repitiéndola»,
ni «nos hace mejores que a los demás»... ¿Dónde está entonces su eficacia? ¿Qué
significa en realidad la eficacia de la Palabra de Dios? 2.
PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO a) La
Palabra de Dios es actual Hablar de
la actualidad de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, es afirmar y reconocer el
valor permanente de esta Palabra, su verdad y su sentido para los hombres de hoy y de
todos los tiempos. Esto no quiere decir que los textos en que se transmite esta Palabra
sean igualmente elocuentes para los hombres de todas las épocas y culturas, pues su
lenguaje y expresiones corresponden a una época y cultura determinadas. Quiero decir que
lo que en ellos está contenido, en cuanto expresa la voluntad de Dios es válido para hoy
y para siempre. Dios nos habla por un texto, pero no ata ni reduce su Palabra a un texto.
Por eso, es preciso oír su voz interpretando y actualizando permanentemente este texto,
de modo que sea elocuente e inteligible para los hombres concretos. Puede decirse, por
tanto, que siendo siempre actual la Palabra de Dios, requiere una constante
actualización. ¿Cuándo,
cómo y por quiénes se realiza esta actualización? ¿De qué modo asegurar que la
interpretación de la Palabra no altere el contenido de la revelación? Son éstas,
cuestiones a las que intenta responder la exégesis moderna, cuyas aportaciones es preciso
tenerlas en cuenta para acercarse y comprender la Palabra. Aun sin pretender detenemos en
este punto, sí queremos indicar tres lugares fundamentales de interpretación. - En
primer lugar el propio sujeto: Para actualizar la Palabra no es preciso ser un
especialista en exégesis. Todo creyente, con la fuerza del Espíritu puede y debe
interpretar y aplicar la Palabra a su vida. No se trata de una actualización
«técnica», sino de una actualización «vital». Es la actualización que se realiza
desde la sencilla lectura o la escucha sincera, desde la meditación o la oración. Y que
pretende, no tanto explicar la Palabra, cuanto aplicada a la vida, desde una
personalización, que también está movida por el Espíritu. - En
segundo lugar la asamblea litúrgica: La Palabra de Dios convoca a la asamblea, se
proclama en la asamblea y encuentra en la asamblea su lugar privilegiado de
interpretación y actualización. La Palabra de Dios proclamada, no es un discutir sobre
Dios, sino un acto de Iglesia. Por ello, no se puede hablar de Palabra de Dios sin hablar
de asamblea. Es en la asamblea litúrgica donde la Palabra de Dios deviene palabra viva,
se convierte en palabra elocuente, encuentra todas sus resonancias y descubre todo su
sentido. La asamblea es el lugar propio de proclamación, celebración y actualización de
la Palabra de Dios, por medio de la homilía, el diálogo, la oración y la misma
«palabra sacramental». Puede decirse que así como la Palabra es elemento fundamental de
la celebración de la asamblea, también la asamblea litúrgica es elemento fundamental de
interpretación y actualización de la Palabra de Dios. Dios nos dirige también hoy su
Palabra a través del ministerio de la Iglesia, y de modo especial en la asamblea donde se
actualiza el misterio de la salvación. - En
tercer lugar la misma Iglesia: Toda la Iglesia jerárquica y fieles, se realiza sobre un
magno diálogo en torno a la Palabra:. La Iglesia entera, con su institución y sus
carismas, en el ejercicio de sus diversos ministerios y en su celebración cultual,
constituye el lugar más propio de una búsqueda por compartir y confrontar la Palabra,
por interpretarla y actualizarla. El Espíritu está en todos, y a todos y a cada uno da
su fuerza para escuchar y vivir la Palabra de Dios. Por eso, a un determinado nivel, no se
puede negar a la Iglesia universal esta función actualizadora de la Palabra. Sin embargo,
no todos interpretan y actualizan la Palabra de la misma forma. ¿Dónde está entonces la
verdad? ¿Puede querer decir la misma Palabra cosas diferentes? Para un católico creyente
el criterio y la guía de interpretación se encuentra en el Magisterio de la Iglesia. Lo
cual no quiere decir que la jerarquía tenga el monopolio exclusivo de la Palabra, o que
su interpretación y actualización sea la única posible. Todos estamos llamados, como
pueblo de Dios, a ser un lugar de confrontación y actualización de la Palabra,
escuchando la voz del Espíritu desde los acontecimientos de la vida, e intentando poner
en práctica lo que hemos oído y creído. b) La
Palabra de Dios es eficaz En cuanto
depende de Dios, su Palabra es verdaderamente dinámica y eficaz: obra lo que dice,
cumple lo que promete, realiza lo que anuncia. Cristo, verdadera Palabra de Dios
encarnada, es la manifestación más sublime de esta eficacia de la Palabra de Dios: en El
se cumplen las profecías hechas por Dios en el Antiguo Testamento; su Palabra decide y
juzga; con el poder de su Palabra realiza los signos del Reino o milagros; por su Palabra
instituye los signos de la Nueva Alianza, y perdona los pecados, y transmite a los doce
sus poderes (d. Jn 4,50-53; Mt 9,1-7; Jn 20,23; Mt 26,2629...). Jesús, no sólo enseña
«con autoridad», sino que también dice expresamente «que sus palabras no pasarán»
(Mt 24,35). Naturalmente,
la Palabra de Dios contenida en la Escritura no es Cristo actuando de la misma forma a
como lo hizo en Palestina. Con todo, esta Palabra, en la medida en que expresa la voluntad
del Dios de Jesucristo, conserva toda su eficacia también para nosotros, ya que Dios no
cambia sus planes, ni se vuelve atrás de sus promesas. La Palabra «dada» es para
nosotros hoy vida y camino. Todo esto
no quiere decir, sin embargo, que la Palabra proclamada en la asamblea litúrgica obre en
nosotros de un modo automático o cuasi-mágico. No es ésta su forma de ser eficaz. Su
eficacia es interna y sacramental, pero no por el simple hecho de ser proclamada o
escuchada, sino por la fuerza del Espíritu y la acogida y respuesta del hombre. La
Palabra nos transforma subjetivamente cuando es escuchada y acogida. Y transforma nuestra
vida y nuestras obras, cuando, con la ayuda de Dios, la ponemos en práctica. La eficacia
de la Palabra no es esperar a que la Palabra produzca un milagro en nosotros. Es su fuerza
de llamada, su verdad de contenido, su capacidad de interpelación, la que nos convierte y
transforma nuestra vida. La Palabra de Dios corre el riesgo de ser «ineficaz», no por
«culpa de Dios», sino por culpa del hombre. Aunque Dios nos hable, no nos impone su
Palabra, sino que espera nuestra respuesta. Del hombre depende el que esta Palabra llegue
a ser un verdadero diálogo, o que quede convertida en monólogo. c) La
Palabra de Dios es sacra.mental En la
liturgia, y por tanto en la Eucaristía, nos encontramos con diversos tipos de Palabra: la
Palabra de Dios (Escritura), la palabra del hombre (oraciones de respuesta) y la Palabra
de la Iglesia (fórmulas «oficiales»). De entre las «palabras de la Iglesia» en la
liturgia, la más importante es sin duda la «palabra sacramental» que acompaña al signo
central del sacramento (v. gr. consagración, fórmula bautismal) y ocupa el lugar
preeminente de la celebración. Esta «palabra sacramental» viene a ser como el punto
concentrante de la eficacia de la Palabra de Dios, como la manifestación y reconocimiento
eclesial de la actualidad de esta Palabra, como la realización signal de la misma
Palabra. En ningún momento, como en éste, la Palabra muestra toda su fuerza y eficacia,
deviene «sacramento». Cuando la Iglesia, a través de su ministro, dice: «Esto es mi
cuerpo», o «yo te bautizo... », o «yo te absuelvo de tus pecados... », no sólo se
anuncia un acontecimiento salvador del pasado, sino que se proclama la presencia eficaz y
transforman te de este mismo acontecimiento salvador. En este momento la Palabra, no sólo
es palabra, sino también acción; es palabra que anuncia aquello que la acción obra, y
acción que obra aquello que la palabra anuncia; es palabra «performativa» porque
expresa la acción que «produce», y atestigua lo que realiza. Se trata, pues, de una
Palabra que transforma radicalmente y expresa la definitividad del don de Dios, y la
irreversibilidad del compromiso de la Iglesia. La Palabra de Dios concentra, pues, toda su
eficacia en la palabra sacramental, la cual es, al mismo tiempo, palabra de acción de
gracias, porque aquello que anuncia ha sido realizado; palabra ritual, porque va unida al
rito que recuerda el misterio; palabra actualizan te, porque declara presente el misterio
que significa; palabra eficaz, porque transforma la realidad humana y mundana; palabra de
fe, porque expresa la fe de la Iglesia y de las personas que participan o celebran el
sacramento. La unión entre palabra y signo, entre liturgia de la Palabra y liturgia del
sacramento llega a su punto culminante en la «palabra sacramental», pues en ella la
Palabra se hace signo sensible y el signo se hace Palabra eficaz. La palabra sacramental
expresa el misterio y la presencia siempre actuante de este misterio, a través del signo.
Podría decirse que la palabra que anuncia el misterio se condensa en el misterio mismo y
lo hace real, actual y presente por medio del signo del pan y del vino. 3.
ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION a)
Apertura para acoger la semilla: Si
seguimos la parábola del sembrador (Mt 13,1-8,par.), aceptaremos que la semilla es la
Palabra, el sembrador es Cristo, la Iglesia; el terreno es el hombre, la Humanidad entera.
En la celebración litúrgica también es preciso tener en cuenta estos elementos. Más en
concreto nos referimos ahora al primer «terreno» de acogida de la Palabra, que es el
hombre. Para participar debidamente en la Palabra d hombre ha debido preparar su terreno
con la apertura, la disponibilidad, la sencillez, la acogida de lo imprevisible... Sólo
entonces el grano encuentra el terreno propicio y da fruto abundante. Quien de verdad
quiere responder a la Palabra, no intenta modificar su contenido, ni poner condiciones al
sembrador, ni retener la fuerza de la semilla. Su preocupación debe ser arrancar la
maleza, quitar las piedras, limpiar el terreno que puede ahogar la semilla: egoísmo,
intereses, apego al pecado, al poder o el dinero... Para acoger de verdad la Palabra, y no
reducir su eficacia, es preciso estar abierto a su llamada imprevisible, a su novedad
incontrolable, sin pretender imponerles unos límites, o hacerla encajar en unos esquemas
prefijados. Entonces es cuando la Palabra no queda recucida o maniatada, y la semilla no
se ahoga, y somos capaces de aceptar la «subversión» de los nuevos valores, y el
diálogo eficaz puede establecerse, sin la pretensión de controlar a Dios. b)
Disposición para compartir la Palabra: La Palabra
de Dios necesita una interpretación y una actualización, que a un nivel personal puede y
debe hacerlas cada uno en la vida. Sin embargo, nadie es dueño absoluto de la Palabra,
nadie tiene el monopolio de su verdad. Para evitar el subjetivismo o la absolutización,
para acercarnos a su objetividad y a su verdad, necesitamos estar dispuestos a compartir,
confrontar y dialogar con los demás sobre la Palabra. Escuchándonos
mutuamente, acogiendo lo que el Espíritu dice sobre la Palabra en cada uno de los
hermanos, podemos descubrir mejor toda su riqueza y su sentido. Este diálogo puede tener
lugar antes, durante o después de la celebración. En todo caso, pensamos que una actitud
verdadera de participación de la Palabra es aquella de quien está dispuesto a compartir
y dialogar sobre la Palabra, para de este modo comprenderla, acogerla y vivirla mejor. 4.
APLICACION A LA CELEBRACION a)
Reconocer el terreno de la siembra: La
capacidad de acogida o de rechazo de la Palabra depende de la calidad del terreno en que
se siembra, es decir, de los condicionamientos sociopolíticos y económico-culturales de
las personas y los grupos. No se puede anunciar la Palabra de Dios con eficacia, si se
desconoce el contexto concreto en que se anuncia: los problemas y preocupaciones, la
situación social y política, la sensibilidad moral y religiosa, los centros de interés
y las causas de alegría... Ni la Palabra de Dios es neutra, ni se escucha y acoge la
Palabra de Dios desde una actitud neutra. Para que pueda llegarse a un verdadero diálogo
y acercamiento, se requiere una actualización de la Palabra, una traducción al lenguaje
tangible por los hombres, una explicación en coherencia con los nuevos valores y
conocimientos. No se puede, por ejemplo, hablar de la libertad desde Palabra de Dios, sin
tener en cuenta lo que los hombres piensan de la libertad humana. Ni se puede predicar
sobre la sexualidad o el matrimonio, sin considerar cómo se viven estas realidades en
nuestro mundo... Toda predicación homilética debería tener esto muy en cuenta, para que
la Palabra pudiera llegar a producir su fruto. b) Saber
sembrar la semilla: No basta
con tener una buena semilla y un buen terreno. Hay que saber sembrar la semilla en el
terreno, para recoger buen fruto. Sabemos que el primer «sembrador» es Cristo, que hoy
continúa «sembrándose como Palabra Salvadora en el mundo», por medio del Espíritu, a
través de su Cuerpo que es la Iglesia. También sabemos que el fruto depende, en
definitiva, «no del que siembra ni del que riega, sino de Dios que da la fuerza para
crecer» (1 Co 3, 7). Y, sin embargo, ni Cristo nos excusa de la misión, ni el Espíritu
nos priva del esfuerzo. En la Iglesia todos estamos llamados a ser verdaderos
«sembradores» de la Palabra, si bien hay algunos miembros que por su capacidad, o
disposición desempeñan» este ministerio de modo especial: obispos, sacerdotes,
predicadores, catequistas, educadores, padres... La misión de «sembrar la Palabra» no
es tarea exclusiva de la jerarquía, aunque a ella le compete de modo especial el guardar
e interpretar la Palabra. Es tarea de todo el pueblo de Dios y de cada uno de sus
miembros, al nivel que le compete. Vivimos en un momento en el que es preciso sembrar la
Palabra, no sólo en el campo extraeclesial, sino también en el intraeclesial. Cuando
muchos bautizados no son verdaderos creyentes; cuando el mundo es una constante
provocación a los valores evangélicos; cuando ya no se da por presupuesto que la semilla
puede crecer sin ahogarse, es preciso que toda la Iglesia, todas las comunidades, todos
los fieles que se reunen en asamblea asuman la responsabilidad de ser verdaderos y
permanentes sembradores de la Palabra.
5.
PUNTOS PARA LA REVISION a) ¿Por
qué razones no se manifiesta con más plenitud la eficacia de la Palabra de Dios en ti, y
en la asamblea que celebra la Eucaristía?. b)
¿Piensas que la predicación de la Iglesia tiene suficientemente en cuenta el «terreno»
donde predica? ¿Cómo hacer para que así sea al menos en tu comunidad concreta? c) ¿En
qué medida estás dispuesto a ser un verdadero «sembrador» de la Palabra en el mundo y
en la Iglesia? 6.
ORACION Y MEDITACION «Os
pregunto, hermanos y hermanas, decidme: ¿qué os parece ser más, la palabra de Dios o el
cuerpo de Cristo? Si queréis responder la verdad, debéis decir que no es menos la
palabra de Dios que el cuerpo de Cristo. Y por tanto, el mismo cuidado que ponemos cuando
se nos administra el cuerpo de Cristo para que no se nos caiga de las manos nada de él al
suelo, ese mismo cuidado hemos de poner para que ni por pensar en otras cosas, ni por
hablar desaparezca de nuestro corazón la palabra de Dios que se nos reparte, porque no
será menos reo aquel que oyere con negligencia la palabra de Dios que aquel que
permitiera, por su negligencia, que cayera al suelo el cuerpo de Cristo.» S. CESAREO
DE ARLES, «Bendito
seas, Padre, Dios de la
creación. Origen y
destino de todo lo que existe. Nuestra
acción de gracias sube hacia Ti, porque has
depositado en este mundo la semilla de
vida, para que todo
crezca hasta su plenitud. Obediente a la
voz de tu palabra el vacío se
llenó de días y de noches, de plantas y
animales, de espíritu
viviente... Tu palabra es
semilla sembrada en
todos los lugares y en todos los
espíritus Y murió
cuando se cumplió el tiempo dispuesto, y habitó
entre los hombres, la palabra se
hizo carne y murió como el grano sembrado se destruye para dar fruto. Pero resucitó con
vida nueva, para que
pudiéramos contemplar la gloria a la que
están llamadas todas tus criaturas. Recogiendo el
gozo y la esperanza de esta creación bendecimos tu
amor y te cantamos...» Plegarias de
la Comunidad, p. 108
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