Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:52

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TEMA 8
EUCARISTIA Y MISION

1. ENCUENTRO CON LA VIDA

Sentimos los cristianos un cierto disgusto o malestar, cuando constatamos que las Eucaristías se multiplican y que la Iglesia no crece; cuando vemos que no todo el que participa en la Misa acepta la misión, ni todo el que celebra su fe está dispuesta a transformar la vida. Si la Eucaristía significa tantas cosas grandes, y exige tan­ tos compromisos importantes, ¿por qué las cosas siguen como antes, después de la Eucaristía? ¿A qué se debe el que nuestras comunidades no se renueven? ¿Cómo se explica el que estemos tan poco dispuestos en asumir nuestros compromisos? Sin duda algo importante falla, cuando esto responde a la realidad. Y el fallo, a nuestro entender, está sobre todo en la falta de disposición e irresponsabilidad, por parte de los miembros de la asamblea, para aceptar la misión; y en la carencia de dispositivos pastorales y ofertas concretas, por parte de los que presiden la comunidad, para hacer posible el cumplimiento de dicha misión.

Pero, ¿qué significa la «misión»? La «misión» son las tareas que debe cumplir la comunidad entera, y cada uno de sus miembros, a su nivel y según su propio carisma, siguiendo el mandato del mismo Cristo, y aceptando consciente y responsablemente los compromisos asumidos ante la Iglesia, por medio del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Durante mucho tiempo, se actuó en la Iglesia como si la misión fuera competencia exclusiva del clero, y como si el culto y la participación en la Misa nada tuvieran que ver con la misión. Eran los tiempos de la llamada «Iglesia de cristiandad». Pero en los últimos años, sobre todo con el Vaticano II, hemos comprendido con claridad:

- que la Iglesia, para serio en fidelidad, debe ser una Iglesia misionera;

- que esta misión compete a todo el pueblo de Dios, y no sólo a la jerarquía;

- que cada cristiano debe asumir su responsabilidad en la misión, según su puesto y su carisma;

- que los sacramentos para ser celebrados con dignidad, deben ir precedidos o acompañados de una acción misionera o evangelizadora y catequética;

- que la Eucaristía es un lugar privilegiado de renovación y de compromiso con la misión;

- que no hay oposición, sino complementariedad y mutua implicación entre misión y culto, evangelización y sacramentos.

A primera vista, pudiera parecer que la Eucaristía no tiene nada que ver con la misión, ya que supone una cierta separación del mundo, e implica una acción más bien ritual. Sin embargo, para un creyente la Eucaristía debe ser considerada como el lugar más privilegiado de concentración y expresión, de renovación y compromiso de la misión. Por algo, el nombre de la Eucaristía ha venido a ser «Misa», del verbo latino «mittere-missus» que significa «enviar», «enviado» («Ite, missa est» = «Id, la Misa ha terminado»), para cumplir la misión, es decir, las tareas encomendadas por el mismo Cristo, y recordadas en la Eucaristía, en orden a extender el Reino y edificar la Iglesia en el mundo.

2. PROFUNDIZACION EN EL SENTIDO

a) La Eucaristía como renovación de la misión

La Eucaristía es lugar la renovación de la misión, por tres razones fundamentales: por los sujetos que participan, por el misterio que se celebra, por la Iglesia que se compromete.

- Por los sujetos que participan: El sujeto de la celebración de la Eucaristía en sentido más propio es el iniciado en la vida de Cristo y de la Iglesia, a través de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, que acepta libre y responsablemente su fe y su pertenencia a la comunidad eclesial. Quien, desde este puesto, participa en la Eucaristía no puede no renovar la misión que ya ha recibido al ser iniciado, y que expresa y celebra permanentemente en la Cena del Señor.

La Eucaristía se constituye en lugar de revisión y renovación de la misión, en momento para una verdadera toma de conciencia sobre el derecho y el deber de participar en las tareas de edificación de la Iglesia en el mundo. Así lo indican algunos textos emenanados del Concilio Vaticano II: «Todos los fieles, como miembros de Cristo vivo, incorporados y asemejados a él por «el Bautismo, por la Confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación del Cuerpo de Cristo para llevado cuanto antes a la plenitud» (AG n. 36).

«Los tres sacramentos de la iniciación cristiana están íntimamente unidos entre sí, de tal modo que conducen a los fieles a aquella plena madurez cristiana por la que pueden cumplir, en la Iglesia y en el mundo, la misión propia del pueblo de Dios» (Ritual del Bautismo de Niños, n.2).

«Por lo cual la Eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la predicación evangélica...» (PO n. 5).

Por tanto, puesto que los sujetos que participan en la

Eucaristía han sido ya iniciados a la misión, y la misión encuentra su cúlmen y su fuente en la misma Eucaristía, no puede no ser ésta el momento más excelente para la renovación de la misión, que lleva a asumir los compromisos de edificación de la comunidad y de la Iglesia.

- Por el misterio que se celebra: La Eucaristía también es renovación de la misión por otro motivo central: porque celebra el misterio del cual arranca y en el que se funda la misión de la misma Iglesia. En efecto, la Iglesia, lo mismo que los sacramentos de la Iglesia, nacen del Misterio Pascual: Muerte y Resurrección, Ascensión y envío del Espíritu. Es en este momento cuando Cristo transmite el Espíritu y la misión Un 20,22-23), el poder de perdonar y bautizar Un 20,23; Mc 16,15-16), la encomienda de predicar el Evangelio y de ser sus testigos «hasta los confines de la tierra» (Mc 16,15; Mt 28,18-19; Hch 1,8)... y es imposible celebrar el Misterio Pascual sin sentirse llamados, implicados, comprometidos, afectados por la misión que arranca de la Pascua. La Eucaristía es la llamada, el memorial de la vocación pascual de Cristo en su visibilidad histórica. Comporta en sí misma el anuncio de la Pascua y el compromiso para seguir anunciándola. Al celebrar el memorial de la Pascua, la comunidad entera se sitúa de cara a los planes de Dios y a la Alianza Nueva, con todas sus exigencias e implicaciones. Al comulgar del Cuerpo de Cristo cada fiel se renueva renovando en sí mismo la imagen de Cristo y su tarea de hacer que Cristo sea todo en todos en el mundo. El memorial eucarístico, lejos de apartar a la comunidad de su misión, le hace asumida con fuerza nueva, contestando su falso cumplimiento y estimulando su nueva realización.

- Por la Iglesia que se compromete: La Eucaristía renueva la misión de la Iglesia, en la misma medida en que renueva a la Iglesia. Y la renovación de la Iglesia implica necesariamente la aceptación renovada de los compromisos a través de la Iglesia. Si la asamblea eucarística es epifanía y sacramento realizante de la Iglesia, tiene que ser también renovación y realización de la misión de la Iglesia. La Eucaristía es «el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, universal y local, y para todos los fieles individualmente. Ya que en ella se culmina la acción con que Dios santifica en Cristo al mundo, y el culto que los hombres tributan al Padre» (OGMR 1). Precisamente por esta centralidad eucarística, debe afirmarse que en la Eucaristía queda expresada y comprometida la Iglesia entera, la comunidad y cada uno de sus miembros con la misión que han recibido de Cristo. No extraña, por tanto, que la Constitución de Liturgia afirme, cómo la Eucaristía es «la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC n. 10). Es decir, en la Eucaristía culminan la evangelización, y la catequesis, y el servicio fraterno, y la caridad, y la consagración del mundo y el ministerio sacerdotal... Pero, al mismo tiempo, de la Eucaristía dimanan la nueva fuerza y el nuevo compromiso de la comunidad entera y de cada uno de sus miembros para seguir cumpliendo, con más empeño y eficacia, la misión recibida y celebrada.

b) La Eucaristía como expresión del objeto de la misión

Por lo dicho anteriormente puede convenirse en que la Eucaristía renueva la misión de la Iglesia. Pero, ¿en qué consiste esta misión y cuáles son sus objetivos fundamentales? Creemos que la misma configuración estructural y realización ministerial de la Eucaristía nos la revela e indica. En este sentido la Eucaristía es también expresión y realización, «indicativo» e «imperativo», anuncio y encomienda de la misión eclesial en toda su integridad y variedad de objetivos.

- En primer lugar, vemos que la Eucaristía, como todo sacramento, se estructura sobre una articulación de Palabra y signo, anuncio y gesto, verbo y acción. Esta estructura, al mismo tiempo que nos recuerda el ser y actuar de Cristo-sacramento, nos indica cómo debe de ser el cumplimiento de la misión por la Iglesia-sacramento de Cristo: una misión que consiste fundamentalmente en Palabra y acción, en predicación y testimonio, en anuncio del mensaje y en obras de justicia y caridad. La Eucaristía nos recuerda permanentemente que no puede haber cumplimiento verdadero de la misión allí donde todo se reduce a Palabra, o donde todo se queda en rito. Ambas cosas deben explicarse, apoyarse, para que el objetivo de la misión se cumpla.

- En segundo lugar, la Eucaristía, al ser lugar privilegiado de la expresión y realización de la estructura ministerial de la Iglesia, es también momento explicativo e indicativo de los objetivos de la misión eclesial. En efecto, la Eucaristía realiza en sí misma el triple «munus» ministerial:

*Ministerio de la Palabra = Anuncio de la Buena Nueva = lecturas, homilía, moniciones, palabras proféticas...

*Ministerio cultual = acción litúrgica y ritual = Ofrenda de dones, oblación sacrificial, plegaria eucarística...

*Ministerio del servicio en la caridad = Colecta y comunicación de bienes, distribución de la comunión, reconciliación con el hermano y compromiso de justicia.

Pues bien, esta realización del triple ministerio = misión profética, sacerdotal y real, dentro de la Eucaristía es para la Iglesia como el memorial permanente de los objetivos de su misión en la vida y en el mundo: suscitar la fe por la Palabra, compartir la vida por la caridad, animar la esperanza por el culto. Por algo decimos una y otra vez en el mismo corazón de la acción eucarística: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección:

¡Ven, Señor Jesús»!

c) La Eucaristía como envío para la misión

La Eucaristía supone la reunión y la dispersión, o el envío. El ritmo reunión-celebración-dispersión no tiene nada de nuevo en relación con otros tipos de asamblea. Lo que sí es nuevo es la intención de la reunión, el contenido de la celebración y la finalidad de la dispersión. Nuestra dispersión no es una simple separación; es un auténtico envío para la actuación coordinada en los diversos ámbitos y sectores de la vida.

La misma expresión «Misa» («missus - missio - dimissio»), la despedida que se hace al final: «Podéis ir en paz» (= «lte, Missa est»), así como la bendición que la acompaña, indican que se trata, no sólo de dispersarse, sino de dispersarse para cumplir una misión o tarea, y no precisamente por cuenta propia o en solitario, sino por encargo de Cristo en solidaridad eclesial, y con la bendición de Dios. La Eucaristía, por tanto, nos recuerda la misión y nos envía a cumplirla; celebra la Pascua, y nos compromete con la misión de Pascua; expresa nuestra fe y nos mueve a ponerla en práctica... Una Eucaristía que se quedara en sí misma y no se abriera realmente a la misión, no saliera de sí misma, sería, desde el punto de vista personal y eclesial, una Eucaristía mutilada, que no acaba de desplegar toda su fuerza y su misión. Cuando esto sucede, nos encontramos con la mejor prueba de que la misma Eucaristía no ha sido celebrada con plena sinceridad y autenticidad. Es imposible que la Eucaristía alimente la fe y no lleve a comunicarla; convierta el corazón y no mueva a predicar la conversión; realice la unidad y no impulse a superar las divisiones de la vida; suponga un testimonio y no lleve a ser testigos; sea signo de reconciliación y no mueva a superar los odios...

3. ACTITUDES PARA LA PARTICIPACION

a) Reconocer la propia misión:

Todo cristiano, como miembro del Cuerpo de Cristo y de la comunidad de los creyentes, participa de la misión de Cristo y de la Iglesia. Esta participación supone para todos una llamada y un compromiso ineludibles a realizar en nuestra vida y en nuestro mundo la misión encomendada: anunciar la Palabra, realizar la justicia y el amor, celebrar la fe. Pero no todos estamos llamados a cumplir la misión en el mismo nivel y de la misma forma. Depende nuestra función dentro de la Iglesia y de la comunidad cristiana (el que preside la comunidad, el responsable de un área determinada, el participante activo en la misión, el agente ocasional...), y de la tarea mundana y las circunstancias en que se desenvuelve (funcionario, obrero o empleado, profesor o enseñante, en el campo o en la ciudad...) En todo caso, una cosa es evidente: la Eucaristía debe suponer para todos y cada uno de los participantes un verdadero reconocimiento de la propia misión. Es decir, una valoración sincera de la forma de realizar la misión y una aceptación consciente del compromiso con dicha misión. Renovar la propia misión es tener conciencia de la misión, saber y aceptar que existe una misión para mí, interesarse por dicha misión como algo que me afecta a mí y a la Iglesia, aceptar ante Dios y ante la Iglesia la verdad de la misión. Sin esta conciencia y esta actitud es imposible que la participación en la Eucaristía sea lo que tiene que ser.

b) Responsabilizarse con la propia misión:

Una cosa es reconocer la propia misión y otra responsabilizarse con la propia misión. La responsabilización implica la aceptación comprometida, la acogida personal. Quien se responsabiliza está dispuesto a poner todos los medios a su alcance para llevar a cumplimiento su misión, porque sabe que, en algún sentido, nadie puede sustituirle, porque tiene conciencia de que la misión total depende, en parte, de su misión. Los demás pueden ayudarle o acompañarle, pero no pueden cumplir por él, lo que sólo él puede cumplir. Esta actitud a responsabilizarse o tomar a su cargo lo que le compete a cada uno, sólo puede realizarse en el ámbito en el que nos movemos, cuando se está dispuesto a pensar más en el bien de los demás que en el bien propio. Pues, aunque la misión puede entenderse también en dirección a sí mismo (cada uno somos terreno de misión para nosotros mismos, en cuanto estamos siempre necesitados de conversión, de sinceridad, de realización de salvación...), se entiende principalmente en dirección a los demás, tanto en un plano intraeclesial (los ya bautizados), cuanto en un plano extraeclesial (los todavía bautizados). La apertura y universalidad que expresa la Eucaristía, como celebración de la salvación universal de Cristo, está exigiendo una apertura y universalidad en nuestra actitud de responsabilizarnos con la misión. Nada más contradictorio con la misión que una actitud cerrada y egoísta.

4. APLICACION A LA CELEBRACION y LA VIDA

a) Realizar la misión participando en la Eucaristía:

Comienza a demostrarse que uno se responsabiliza en la vida con la misión, cuando se está dispuesto a realizar esta misión dentro de la misma celebración eucarística. Y esto sucede cuando desempeñamos aquellos ministerios eucarísticos en los que más y mejor se específica nuestra misión dentro de la comunidad, v. gr., si es catequista, ejerciendo el ministerio de «lector», del «profeta» o, incluso, el del «predicador»; si se es responsable de la comunicación de bienes, ejerciendo el ministerio de «acólito», el servicio de la «colecta», el de la «distribución» de la comunión; si se es responsable de la liturgia y el culto, ejerciendo uno de los anteriores ministerios, o el de «monitor», «salmista», «cantor», «acogida», etc. No todos los miembros de una comunidad pueden desempeñar cualquier ministerio. Pero todos deberían estar dispuestos a desempeñar lo que puede ser su ministerio, según su capacidad y posibilidades. A los que presiden la Eucaristía o sacerdote compete el hacer posible que los miembros de la asamblea experimenten en la Eucaristía su capacidad y responsabilidad, en orden a cumplir su misión en la vida. Cuando esto se da, no es tan fácil que se separe la Eucaristía de la misión, ni que el cumplimiento de la misión esté desconectado de la Eucaristía.

b) Poner en práctica la misión, asumiendo las tareas:

Todo lo anterior debiera desembocar en el compromiso de asumir unas tareas concretas dentro de la comunidad, o en el mundo, en orden a poner en práctica la misión. Es cierto que en una comunidad cristiana no todos pueden asumir las tareas del mismo modo, con la misma competencia y dedicación. Lo que por desgracia sucede es que, de hecho, son muy pocos los que están dispuesto a asumir estas tareas:

- En el orden de la Palabra: la evangelización, la catequesis a distintos niveles, la educación de la fe a la comunidad adulta, la información...

- En el orden de la caridad: la atención a los más pobres y necesitados, la ayuda a los subnormales, ancianos y enfermos, la acción social en la comunidad humana, la responsabilidad en la distribución de bienes.

- En el orden del culto: la preparación de todos los elementos de la celebración litúrgica, el ejercicio de los ministerios litúrgicos, las celebraciones con niños, jóvenes, adultos, los encuentros de oración...

Una comunidad que no se responsabiliza de su misión y pone en práctica las tareas de la Iglesia, está abocada a ahogarse, si no a perecer. Vivimos tiempos en los que, desaparecido ya el clericalismo de antaño, y conscientes de la capacidad y responsabilidad del pueblo de Dios, hemos de crear comunidades en las que a los fieles se les reconoce su derecho y su deber, su puesto y su capacidad de decisión, sus tareas y su misión, para construir y autentificar entre todos la Iglesia de Cristo.

5. PUNTOS PARA LA REVISION

a) Analiza las personas que en tu comunidad muestran haber aceptado su misión, porque desempeñan una tarea concreta. ¿Cuántos y quiénes son?

b) Examina las causas por las que, participando «muchos» en la Eucaristía, son muy pocos los que se comprometen con un «apostolado» en la vida.

c) Piensa el modo cómo se puede renovar los «ministerios» en la comunidad, y cuál responde a tu capacidad y posibilidad.

6. ORACION y MEDITACION

«...Miremos, pues, por nosotros mismos, amados (hijos), ya que de tales bienes gozamos, y cuando nos viniere el pensamiento decir algo torpe o nos viéramos arrebatar de la ira o de alguna otra pasión, reflexionemos de qué beneficio hemos sido objeto, de qué Espíritu hemos gozado; y este pensamiento será freno de nuestros irracionales apetitos. ¿Hasta cuándo estaremos sin despertar? ¿Hasta cuándo nos hemos de cuidar de nuestra salvación? Consideremos qué beneficios se ha dignado hacernos Dios: démosle gracias, glorifiquémosle, no sólo por la fe, sino también por las obras, para que alcancemos también los bienes venideros, por gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre la gloria, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén».

S. JUAN CRISOSTOMO, Hom. 46, n. 4;
Solano 1, p. 574

«... La prueba clara de esta gracia es la espontánea disposición de buena voluntad hacia el prójimo; efecto de tal disposición es que cualquier hombre que en algo necesita de nuestra ayuda nos resulte familiar como Dios mismo, y que no lo dejemos abandonado y descuidado, sino que, con la diligencia adecuada, le mostremos, en la medida de nuestras fuerzas, la disposición que vive en nosotros hacia Dios y al prójimo...»

S. MAXIMO, Mistagogia
c. 24: Solano 11, 736-737

«Te damos gracias por llamarnos a la libertad,

incompatible muchas veces

con tradiciones y órdenes establecidas.

Te damos gracias por tu Reino,

en el que se basan la justicia y la paz.

Esperamos un día ser «hermanos»

y Tú todo en todos, Gracias, Padre.

Tu llamada nos invita a obrar, esperar y luchar.

No nos dejes encerrarnos

en los recintos intimistas

de nuestras relaciones estrechas y reducidas.

Lanza tu Espíritu ahora y aquí,

para que adquiramos compromisos personales,

profesionales y políticos.

Danos valor, actitud militante, sentido concreto de la praxis,

iluminación crítica y profética, decisión y compromiso.

¿No es tu Evangelio una opción por el reino de los pobres

contra toda clase de pobreza?

Que no se reduzcan las tensiones con paces falsas,

sino que se superen, en la Iglesia y en el mundo,

con la búsqueda de la paz.

Plegarias de la Comunidad, p. 105