Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:06

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Encuentro No. 4

REY DE REYES
Y SEÑOR DE SEÑORES

“tú lo has dicho, Yo soy Rey” (Jn 18, 37).

Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 9,10- 11.)

OBJETIVO:

Clarificar en que consiste el señorío y reinado de Cristo, para manifestarle mi aceptación imitándolo.

AMBIENTACIÓN:

Sugerimos que en el lugar donde se va a realizar la reunión se coloque alguna imagen de Cristo Rey, a la vez que haya letreros en los que se manifieste su reinado en nuestra vida.

Canto:

Que viva mi Cristo…

INTRODUCCIÓN:

Dios es amor y nos ama, te ama, la mayor prueba de su amor hacia nosotros es que envió a su Hijo Jesucristo para salvarnos del pecado y sus consecuencias, pero no termino todo ahí tras su muerte y resurrección, Jesucristo es constituido por el Padre como Señor y Rey.

Ahora vamos a tener un acercamiento a Jesucristo como el Señor. Esto nos permitirá colocar a Jesús en el centro de nuestra vida para experimentar su salvación y así vivir en plenitud cada una de las áreas de mi persona

“Reconocemos como en la Diócesis tenemos diferentes imágenes y formas de llamarle a Jesús, como: Señor de la Misericordia (Tepa, Jalpa de Cánovas), Señor de la Salud (Tototlán), Señor del Encino (Yahualica). En nuestras relaciones personales, la palabra señor la utilizamos frecuentemente para dirigirnos con respeto a algunas personas; debemos saber descubrir que cuando nos referimos a Cristo la palabra Señor no sólo manifiesta respeto sino también la aceptación de su potestad.

CONTEMPLEMOS:

Flp 2,6- 11

Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

A.- ¿Qué significa el título de Señor?

En el mundo pagano, es el que tiene legítima autoridad o propiedad sobre algo o sobre alguien, al que todo se le somete. Antiguamente los soldados romanos para reconocer que el Cesar de Roma era el dueño y soberano de todo el mundo tenían un saludo muy especial: el primero levantando su mano derecha decía “El Cesar es el Señor” y el segundo, levantando su mano izquierda respondía “El Señor es el Cesar”

En el Antiguo Testamento, Yahvéh es el Señor. Dios se reveló a Moisés con el nombre de Yahvéh es traducido por kirios “El Señor” y se convierta en el nombre más habitual para designar la divinidad misma de Dios de Israel, porque:

- Ha creado a su pueblo: “Sepan que el Señor es Dios, el nos hizo y nosotros somos suyos” (Salmo 100,3) y lo liberó (Ex 19,4.6). Es el Señor de los señores: Porque Yahvéh es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el Dios grande, fuerte y terrible, el que da un trato igual a todos y no se deja comprar con regalos (Deut. 10,17)

B.- La proclamación de los apóstoles

Jn 20,26- 29

Ocho días después, se encontraban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas; Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

· La paz esté con ustedes.

Después dijo a Tomás:

· Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi

· costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.

Tomás contestó:

· ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

· ¿Has creído porque me has visto?

Dichosos los que han creído sin haber visto.

Jesús, Señor.

Hasta que son testigos de las apariciones del resucitado, los discípulos pueden darle a Jesús, desde su fe postpascual los títulos de Señor, Cristo, Hijo de Dios.

Jesús es visto como el Juez escatológico. No sólo en su retorno al final de la historia, sino en una presencia viva y continuada: es el Señor de la historia.

San Pablo utiliza la palabra “Kirios” para referirse a Dios (Rom 10, 2ss; 1 Cor, 2,8) y a Jesucristo a quien contrapone a los señores paganos (1 Cor. 8,5ss). Aparecerá entonces el título con que le nombramos: Nuestro Señor Jesucristo.

La función de este “Kirios” consiste en la dirección actual de la Iglesia (1 Tes 3,12; Rom10, 12), en la soberanía cósmica (1 Cor 15,259 y en el juicio final (1 tes 5,2; Hch 2, 20). El “Kirios” es un título que resume la Fe post pascual.

C.- Jesús es “el Señor del Reino”

Jesús no dijo en una definición lo que era el Reino de Dios, pero lo hizo con hechos e imágenes. Aportó la radical novedad de su persona y su vida al presentarse como un alegre mensajero, como una Buena Noticia: Dios en su persona, se hacía cercano a los hombres, cumpliendo así sus promesas de salvación.

Cristo mismo es el Reino de Dios, Jesús comenzaba su predicación con las palabras: “el Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15), y cuando termina su vida en la cruz ante el gobernador romano dice: “tú lo has dicho, Yo soy Rey” (Jn 18, 37).

Jesús revela progresivamente las características del Reino mediante sus palabras, sus obras y su persona misma.

En primer lugar, el Reino está destinado a todos los hombres, dado que todos están llamados a ser sus miembros. Jesús se acerca especialmente a los pobres, a los marginados de la sociedad para hacerles sentir cercano el amor de Dios (Lc. 15, 1- 32; 4, 18; 5, 30).

En segundo lugar; esta liberación y salvación que el Reino de dios trae, alcanza a toda persona en su dimensión física y espiritual. Jesús sana a la persona, la invita a la fe, a la conversión, al perdón (Lc 5, 34)

En tercer lugar; el Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente a medida que los hombres aprenden a amarse, perdonarse y servirse mutuamente. (Jn 15, 12)

En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y realización de su designio de salvación en plenitud. (Rm 15) Signos del Reino:

Cuando Juan el Bautista envía mensajeros para saber si El es el Mesías que están esperando, Jesús responde: “vayan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se predica la Buena Nueva a los pobres”

(Mt 11, 4- 5). Los milagros muestran el poder de Jesús sobre el mal, son la manifestación salvadora de Dios, es el poder del Reino al servicio del amor.

CONFRONTEMOS NUESTRA VIDA.

¿ES JESÚS TÚ SEÑOR?

Muchos han encontrado a Jesús, han experimentado el nuevo nacimiento y tienen Vida nueva.

Jesús es ya su Salvador, pero es necesario que sea también y realmente su Señor.

Jesús, para muchos, ya está dentro de su vida, ya lo han aceptado y lo conocen; pero no es el centro, no es el Señor.

La pregunta, y la revisión en tu vida: ¿Está Jesús fuera: desconocido o rechazado: o dentro de tu vida?

Si ya está dentro, ¿Quién es el centro de tu vida: tú mismo y tus intereses, o Jesús como Señor?

Analizar cuál es el centro de interés de tu vida, el motivo fundamental de todas tus aspiraciones, empresas y acciones. ¿Qué buscas y qué te mueve en tu vida?

“No habrá para ti otros dioses delante de Mí” Ex 20,3

“Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; fuera de Mí ningún dios existe. Todo es nada fuera de Mí” Dt 4,35; Is 45,14.

Hacer a Jesús Señor y centro de nuestra vida es otra manera de expresar el amor a Dios sobre todas las cosas y de vivir el reinado del Espíritu Santo, señalando así una relación peculiar con cada Persona divina.

Sólo el Espíritu Santo nos hace capaces de reconocer y proclamar a Jesús como Señor; y sólo el Espíritu Santo hará que esto vaya siendo más y más real y efectivo en nuestra vida. Porque el hombre iluminado, enseñado y conducido por el Espíritu. 1Cor 1- 3; Rom 8; Gal 5.

Vamos a analizar nuestra situación personal y compartirla

1º. ¿Crees que Jesucristo está reinando realmente en nuestra sociedad, barrio, en nuestra familia?

2.- ¿Jesucristo está reinando realmente en tu vida?

3.- ¿Qué crees que necesitas para que Jesucristo reine realmente en tu vida?

ENCUENTRO CON DIOS
Y RESPUESTA PERSONAL

Dinámica

Rey de reyes:

Material: Se elaboran con tiras de papel dorado, una corona para cada participante. Se prepara un mesa para colocar ahí la custodia con Jesús Eucaristía, una cortina en que se pega un póster de Jesús.

Copia para cada participante de la oración para proclamar a Jesús como el Señor. Se prepara el lugar mientras los participantes están en la reflexión por grupos, se tapa con una cortina el Santísimo colocado en la mesa, y por el frente de la cortina se pega un póster de Jesús.

El animador motiva a que se haga pública la proclamación de Jesús como el Señor de su vida como se explica a continuación.

Cada uno de nosotros es un rey con un reino. Cada uno tiene un territorio donde es el rey, allí manda, domina y da leyes, es soberano. Esta área es sagrada y nadie tiene derecho a entrar. Cómo Napoleón, nos declaramos emperadores y nos coronamos a nosotros mismos (Cada uno se coloca su corona).

Ante la Palabra de Dios que nos interpela, nos damos cuenta que tenemos que decidir a quien queremos servir. “Jesús dijo que no se pueden servir a dos señores”, y mientras no aceptemos a Jesús como mi Señor, estamos sirviendo al enemigo.

Dejemos que Jesús sea “El Señor de nuestras vida”, que Él reine, que podemos ir dejando que el sea nuestro centro y la familia, estudio, amistades, diversiones, deportes, dinero, trabajo, gire todo en torno a El.

Pero hoy ¿quiero que Jesús sea el único Señor de mi vida?

Mientras el animador señalando la imagen de Jesús pregunta con voz fuerte ¿El es el verdadero rostro de Jesús? ¿El es el centro de tu vida? Pues no ¡es este!

(Se descubre el Santísimo).

Ante El se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra. Dialoga con El, da un recorrido por tu, persona y ve, si realmente El es tu centro, Tu Señor, si quieres darle todo el mando y que el empiece a construir su Reino en ti.

Hoy es día de rendirnos incondicionalmente ante Jesús, entrégale tu corazón, tu reino, tus posesiones, para que el tome las rindas de persona de tu corazón, de cada área de tu ser, especialmente entrégale este territorio que jamás haz querido entregarle. Hazlo… no te de miedo, anímate, decídete para que el Reino de Dios se instaure en ti. Y Jesucristo llegue a ser tu sanador, tu Salvador y el Señor de tu vida.

Si realmente Jesús es tu Señor, pasa a entregarle tu corona

Simbolizando el sometimiento a su reinado y la aceptación de Jesús como el Señor. (Se invita a pasar a dejar la corona y ponerse de rodillas frente a Jesús Eucaristía y hacer una oración en la que se exprese su resolución de tenerlo como único Señor).

Cantos apropiados:

Vive Jesús el Señor, Mi Señor…

Haz tomando tu última decisión, de ahora en adelante es Jesús por medio del Evangelio quien decide en tu vida. Si por el pecado habías usurpado parte del reino de Dios, ahora se lo has devuelto y te has sometido a su Señorío. Y compromete toda nuestra vida porque el Señorío de Jesús es total o no es nada. “Jesús es mi Señor mi Señor, tu Señor”

(Se entrega una copia de la siguiente proclamación del Señorío de Jesús en mi vida).

ORACIÓN

PROCLAMAR A JESÚS
COMO EL SEÑOR.

Jesús, yo acepto tu Evangelio como norma de toda mi vida y a ti como el modelo al cual voy a seguir e imitar.

Jesús quiero vivir el Reino:

Reconociendo tú presencia constante en mi vida

Sintonizando totalmente con su voluntad

Haciendo de ti, realmente el centro de mi vida

Te proclamo como el Señor. Mi Señor, que tienes toda la autoridad sobre mi. Someto mi reino a tu Reino, te entrego toda mi vida y para siempre. Y como signo, te entrego mi corona y me pongo de rodillas para reconocer tu total autoridad sobre mi.

Te consagro y entrego cada área:

El tiempo y la eternidad, la salud y la enfermedad, las penas y las alegrías, el trabajo y el descanso, mi vocación y mi vida familiar, mi vida relacional, bienes y posesiones, vida y muerte.

CONTESTAR TODOS:

“JESÚS ES MI SEÑOR”

De mi familia y amistades

De mis estudios y trabajos

De ni pobreza y riqueza

De mi cuerpo y de mi alma

De mi casa y bienes materiales

De mi vida política y social

De mi inteligencia y voluntad

De mi manera de divertirme

De mi pasado, presente y futuro

De mi salud y enfermedad

De mis amigos y conocidos

De todas mis relaciones personales

De mis esperanzas y temores

De mi imaginación y memoria

De mis ojos, oídos, manos y pies

De mi patria y de mi hogar.

De mi sexualidad y emotividad

De mi manera de comer y vestir, pensar y hablar.

Padre Nuestro…

No estamos solos en este esfuerzo de construir el reino en nuestra vida y hacer a Jesús nuestro Señor. De hoy en adelante hay que darle culto a Dios y ponernos a su servicio en las necesidades de la comunidad y en los más necesitados.

Se reserva el Santísimo.

Conclusión: Además él nos promete darnos la fuerza del Espíritu Santo y Él cumple esta promesa hoy. Porque nadie puede decir Jesús es mi Señor si no es movido bajo la acción del Espíritu Santo (1Cor 12,13). De hoy en adelante ¡Invócalo diario!

Ahora somos personas nuevas, el Espíritu Santo, nos capacita para vivir de manera nueva, diferente, reconociendo siempre el Señorío de Dios.

Al terminar el animador invita a darse mutuamente un abrazo por la decisión de aceptar a Jesús como el señor de su vida, levantando su mano derecha uno dice: ¡Jesús es mi Señor!, y el otro responde: ¡Mi Señor es Jesús!

EVALUACIÓN:

¿Qué fue lo que favoreció el encuentro?

¿Qué fue lo que desfavoreció este encuentro?

ANEXO:

“El condicional de la duda”. “Si eres rey...”: he ahí la eterna tentación del hombre hundido en su miseria e indigencia. “Si eres el Hijo de Dios...”, así el tentador y así tantos hombres a lo largo de la historia. “Si eres bueno..., ¿porqué reina tanto mal a nuestro alrededor?”. “Si me amas..., ¿porqué en lugar de que reine tu amor en mí, reina, al contrario, el desorden de las pasiones, el desenfreno del egoísmo?”. “Si eres rey..., ¿cómo es posible que haya gobiernos descreídos y ateos, que persiguen, encarcelan y asesinan a tus súbditos?”. “Si eres rey..., ¿qué clase de reinado es el tuyo que tanto se oculta hasta el punto que se desvanece y llega casi a desaparecer?”. “Si eres rey...”. La duda nos atosiga y nos sacude interiormente. El condicional nos muerde el alma hasta la herida mortal. “Eso de Cristo Rey, ¿no será un cuento de hadas o una de tantas utopías que recorren la historia?”. “Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera”, canta la Iglesia. “¿Es esto verdad o más bien un exagerado triunfalismo?”. ¡Seamos valientes! Quitemos de una vez por todas el “si” condicional de nuestras relaciones con Jesucristo Rey. En lugar de dudar, agradezcamos al Padre que no haya querido instaurar un reino como hubiésemos querido los hombres, a la medida de nuestros deseos y de nuestras mezquinas concepciones de las cosas. Cristo reina según su designio y su medida, no según la nuestra. El Reino de Cristo se recibe como un regalo, como una revelación del cielo; no es fruto de una mente humana privilegiada ni del acuerdo decisorio de los hombres. El Reino de Cristo se instala en la vida de los hombres, pero no es un árbol ya hecho, sino una planta que crece. Desde el momento que ponemos el reino de Cristo bajo la ley del condicional, estemos seguros de que estamos corriendo el riesgo de no entenderlo y de quedarnos fuera.

¡Venga tu Reino!. Tertuliano en su comentario al padrenuestro escribe: “Que tu Reino venga lo antes posible es el deseo de los cristianos, es la confusión para las naciones. Nosotros sufrimos por esto, más aún nosotros rezamos por su llegada”. Es un deseo que los cristianos venimos repitiendo desde hace 21 siglos. Venga a nuestra tierra tu reino de paz en los Balcanes, en la tierra de Israel, en Malasia, en el cuerno de África o de los grandes lagos, en todas las naciones. Venga a nuestra tierra tu reino de justicia frente a la corrupción invadente, frente a tantas diferencias sociales y económicas, frente a tanta degradación moral. Venga tu reino de amor entre los esposos, entre padres e hijos, entre miembros de diferentes razas o religiones; de amor hacia los niños y hacia los ancianos, hacia los pobres y enfermos, hacia todos los más necesitados de atención, cariño, ternura. Sabemos que el Reino de Cristo vive en una situación de tensión permanente, porque lo exige su mismo crecimiento, porque encuentra resistencias a su acción transformadora. Con todo, porque llegue este reino de paz, de justicia y de amor trabajamos, sufrimos, oramos los cristianos y todos los hombres de buena voluntad. ¡Venga tu Reino! Sea ese el grito con el que amanezcamos a un nuevo día y con que cerremos el duro bregar de la jornada. “Para que, digamos con san Cipriano, nosotros que lo hemos servido en esta vida, reinemos en la otra con Cristo Rey, como él mismo nos ha prometido”.

ANEXO

JESÚS ES EL SEÑOR

Al igual que el Padre y el Espíritu Santo, Jesús, incluida su humanidad glorificada, es Señor y Rey del universo. Kirios es el nombre propio dado a Jesús, y aunque se aplica a los tres, normalmente se refiere a Jesús en el Nuevo Testamento.

“Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado”. Hechos 2,36.

“Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Señor, dado a Jesús, toda rodilla se doble, y toda lengua confiese: Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre” Filipenses 9,10- 11.

“Tomaron ramos de palmas y salieron a su encuentro aclamando: ¡Hosanna!, ¡Bendito el que viene en nombre de Yahveh, el Rey de Israel” Juan 12,13.

Después de su resurrección y exaltación a la derecha del Padre, Jesús recibe el Nombre que está sobre todo nombre: Adonai, Kirios, Señor, nombre dado únicamente a Yahveh en el Antiguo Testamento.

“Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, tendrás salvación”. Romanos 10,9.

“Pero nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino por influjo del Espíritu Santo”. 1Cor 12,3.

Rey y Señor no es un simple título; significa jefe, centro, cabeza, punto de referencia y convergencia, principio y fin, alfa y omega.

“El designio amoroso del Padre es poner todo bajo una sola cabeza: Cristo” Efesios 1,10.

Al igual que el Padre y el Espíritu Santo, Jesús es Señor: “Vive y reina por los siglos de los siglos” terminan todas las oraciones de la Liturgia. Reino de Dios, Reinado del Espíritu Santo y Señorío de Jesús es lo mismo.

¿CÓMO HACER A JESÚS TU SEÑOR?

Reconocerlo como Señor. Reconocer que es Dios, que es el centro y el Jefe, el Camino, la Verdad y la Vida; la clave de la historia y de la realización del hombre, el único Salvador de la sociedad y del mundo.

Aceptarlo como Señor para ti, en tu corazón y en tu vida, invitándolo expresamente a que sea el Señor y el centro de tu vida.

Confesarlo con los labios, lo cual es una declaración pública, con el ser entero, de que Jesús es mi Señor.

Consagrar y rendir el ser entero, y luego cada área de tu persona y de tu vida a su Señorío; entregarle las llaves de cada apartado de tu persona y de tu vida.

“Los exhorto hermanos a que ofrezcan su ser entero como víctima viva, consagrada, agradable a Dios, y que tal sea su culto interior” Romanos 12,1.

Oblación de su ser entero en unión con la Cruz de Jesús, ofrecida al Padre, impulsados por el Espíritu Santo, para salvación del mundo.

Consagración y entrega de cada área: el tiempo y la eternidad; salud y enfermedad; penas y alegrías, trabajo y descanso; vocación y estado de vida; vida conyugal y familiar: vida relacional, espíritu, alma y cuerpo; bienes y posesiones; vida y muerte (Lumen Gentium 34). Esto es el sentido de la cruz.

Consagración y entrega total. Especialmente tres áreas son importantes porque de alguna manera en ellas se engloba lo demás: tiempo, trabajo y dinero. Vivir efectivamente el Señorío implicaría:

· todo en Su presencia,

· todo sintonizado con Su voluntad,

· parte, como primicia, lo primero y lo mejor, como ofrenda reservada a Él, un diezmo, la décima parte.

“Ninguno de nosotros vive para sí mismo: como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” Rom 14,7- 9.

Para que Jesús sea más y más el Señor de nuestra existencia no basta haber renacido sacramentalmente por el agua del bautismo, ni haberlo aceptado inicialmente en un acto explícito y consciente como el Señor.

Es necesario permitir que Jesús sea de hecho el centro de todo, dando muerte al actuar independiente de la voluntad de Dios. Eso implica ir rompiendo toda atadura, adición y dependencia, sometidos y dependientes sólo de Él.

Debe haber un primer momento explícito en que expresemos nuestra conversión, confesemos nuestra fe, aceptemos a Jesús como Salvador, y luego consagremos nuestro ser entero a Él como Señor.

Hay un momento inicial, pero todo esto debe seguir como actitud permanente y como realización progresiva a la luz y bajo la moción del Espíritu Santo.

En esto sigamos el ejemplo y el modelo de María siempre dócil y disponible a la voz y a la acción de Dios. El “fiat

Con la acción del Espíritu Santo en nosotros iremos abriendo y descubriendo cada área, cada rincón y cada aspecto de nuestra vida, y con su poder seremos capaces de entregárselo y consagrárselo, haciendo a Jesús realmente Señor de todo.

El aceptar a Jesús como Señor, es la condición previa para poder pedir el Don del Espíritu Santo.

En grupo hay que ejemplificar como vivir efectivamente el Señorío de Jesús en cada área de la vida. Involucrando al Espíritu Santo que es el que nos ilumina y nos señala muy clara y concretamente aquellos aspectos o áreas que necesitamos entregarle al Señor.

Se forman grupos de diez personas, uniendo dos grupitos, uno de hombres y otro de mujeres, quedando juntos los esposos. Después de un momento de alabanza, pasan a esa ejemplificación concreta del Señorío de Jesús.