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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:07
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JUEVES
SANTO DE 1979
Queridos hermanos sacerdotes: 1. PARA VOSOTROS SOY OBISPO, CON VOSOTROS SOY SACERDOTE Al comienzo de mi nuevo ministerio, siento profundamente la necesidad de
dirigirme a vosotros, a todos vosotros sin excepción, sacerdotes diocesanos y religiosos,
que sois mis hermanos en virtud del sacramento del Orden. Deseo, desde el principio
expresar mi fe en la vocación que os une a vuestros Obispos, en una comunión peculiar de
sacramento y de ministerio, mediante el cual se edifica la Iglesia, cuerpo místico de
Cristo. A todos vosotros, pues, que en virtud de una gracia especial y por una entrega
singular a Nuestro Salvador, soportáis el peso del día y el calor, entre las múltiples
ocupaciones del servicio sacerdotal y pastoral, se dirige mi pensamiento y mi corazón
desde el momento en que Cristo me ha llamado a esta Cátedra, sobre la que en otro tiempo
San Pedro respondió a fondo, con su vida y su muerte, a la pregunta: «¿Me amas? ¿me
amas más que éstos...?». Pienso incesantemente en vosotros, rezo por vosotros y con vosotros busco
los caminos de la unión espiritual y de la colaboración, porque sois hermanos míos en
virtud del Orden, que hace tiempo yo recibí también de manos de mi Obispo (el Arzobispo
de Cracovia, Cardenal Adán Esteban Sapieha, de inolvidable recuerdo). Adaptando, pues,
las palabras de San Agustín, quiero deciros hoy: «Para vosotros soy Obispo, con vosotros
soy Sacerdote». Hoy, en efecto, hay un motivo especial que me impulsa a confiaros algunos
pensamientos que recojo en esta Carta: la inminencia del Jueves Santo. Es esta la fiesta
anual de nuestro sacerdocio, que reúne a todo el Presbiterio de cada Diócesis alrededor
de su Obispo en la celebración en común de la Eucaristía. Es en este día cuando todos
los Sacerdotes son invitados a renovar ante el propio Obispo y junto con él, las promesas
hechas en el momento de la Ordenación sacerdotal; y esto me permite, junto con todos mis
Hermanos en el Episcopado, encontrarme con vosotros asociados en una unidad peculiar y,
sobre todo, encontrarme en el centro mismo del misterio de Jesucristo, del que todos
participamos. El Concilio Vaticano II, que de manera tan explícita ha puesto de
relieve la colegialidad del Episcopado en la Iglesia, ha dado también una nueva forma a
la vida de las comunidades sacerdotales, unidas entre sí por un vínculo especial de
hermandad y unidad con el Obispo de cada Iglesia particular. Toda la vida y el ministerio
sacerdotal sirven para profundizar y reforzar esta vinculación; en cambio por las
distintas funciones concernientes a esta vida v ministerio, asumen, entre otras cosas, una
especial responsabilidad los Consejos Presbiteriales que, en conformidad con el
pensamiento del Concilio y del Motu propio Ecclesiae Sanctae de Pablo VI, deben
actuar en cada diócesis. Todo esto mira a que cada Obispo, en unión de su Presbiterio,
pueda servir de la manera más eficaz a la gran causa de la evangelización. Mediante este
servicio, la Iglesia realiza su misión, es más, su propia naturaleza. La importancia que
tiene aquí la unidad de los Sacerdotes con el propio Obispo está confirmada por las
palabras de San Ignacio de Antioquía: «Os exhorto ahora a que realicéis todas las cosas
en la concordia de Dios; bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; de
los Presbíteros, que representan el Senado de los Apóstoles, y de los diáconos, a
quienes venero con especial predilección y que tiene encomendado el servicio de
Jesucristo...». 2. NOS UNE EL AMOR DE CRISTO Y DE LA IGLESIA No es mi intención exponer en esta carta todo lo que constituye la
riqueza de la vida y del ministerio sacerdotal. Me remito, a este propósito, a toda la
tradición del Magisterio de la Iglesia y de modo particular, a la doctrina del Concilio
Vaticano II, contenida en sus distintos Documentos, sobre todo en la Constitución Lumen
Gentium y en los Decretos Presbiterorum Ordinis y Ad gentes. Me remito
también a la Encíclica de mi Predecesor Pablo VI Sacerdotalis Caelibatus. En
fin, quiero dar gran importancia al Documento De Sacerdotio Ministeriali, que el
mismo Pablo VI aprobó como fruto de los trabajos del Sínodo de los Obispos de 1971, ya
que encuentro en él, aunque aquella Sesión que lo había elaborado tuviera carácter
consultivo una declaración de importancia esencial por lo que se refiere al aspecto
específico de la vida y del ministerio sacerdotal en el mundo contemporáneo. Haciendo pues referencia a todas estas fuentes, conocidas por vosotros,
deseo con la presente Carta señalar solamente algunos puntos que me parecen de capital
importancia en este momento de la historia de la Iglesia y del mundo. Son palabras éstas,
Inspiradas por el amor a la Iglesia, la cual estará en condiciones de cumplir su misión
respecto al mundo, solamente si a pesar de toda la debilidad humana mantiene
la fidelidad a Cristo. Sé que me dirijo a aquéllos a quienes solo el amor de Cristo
concedió con vocación especifica entregarse al servicio de la Iglesia y, en la Iglesia,
al servicio del hombre para la solución de los problemas más importantes, ante todo lo
que mira a su salvación eterna. Aunque al principio de estas consideraciones hago referencia a muchas
fuentes escritas y a documentos oficiales, sin embargo me inspiro en la fuente viva que es
nuestro amor común a Cristo y a su Iglesia, amor que nace de la vocación sacerdotal,
amor que es el don más grande del Espíritu Santo. 3. «TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES... El Concilio Vaticano II ha profundizado la
concepción del sacerdocio, presentándolo en el conjunto de su Magisterio, expresión de
las fuerzas interiores, de ese «dinamismo por medio del cual se configura la misión de
todo el pueblo de Dios en la Iglesia. Conviene hacer referencia aquí, sobre todo a la
Constitución Lumen Gentium, repasando atentamente los párrafos correspondientes.
La misión del Pueblo de Dios se realiza mediante la participación en la función y en la
misión del mismo Jesucristo, que como es sabido tiene una triple dimensión: es misión y
función de Profeta, de Sacerdote y de Rey. Analizando con atención los textos
conciliares, está claro que conviene hablar más bien de una triple dimensión del
servicio y de la misión de Cristo que de tres funciones distintas. De hecho, están
íntimamente relacionadas entre sí, se despliegan recíprocamente, se condicionan
también recíprocamente y recíprocamente se iluminan. Por consiguiente es de esta triple
unidad de donde fluye nuestra participación en la misión y en la función de Cristo.
Como cristianos, miembros del Pueblo de Dios y, sucesivamente, como sacerdotes,
partícipes del orden jerárquico, nuestro origen está en el conjunto de la misión y de
la función de Nuestro Maestro que es Profeta, Sacerdote y Rey, para dar un testimonio
particular en la Iglesia y ante el mundo. El sacerdocio del que participamos por medio
del sacramento del Orden, que ha sido «impreso» para siempre en nuestras almas mediante
un signo especial de Dios, es decir, el «carácter», está relacionado explícitamente
con el sacerdocio común de los fieles, esto es, de todos los bautizados y, al mismo
tiempo se diferencia de éste, «esencialmente y no sólo en grado». De este modo cobran
pleno significado las palabras del autor de la Carta a los Hebreos, sobre el sacerdote,
«tomado de entre los hombres, es instituido en favor de los hombres». A este respecto, es mejor leer una vez más
todo este clásico texto conciliar, que expone las verdades fundamentales sobre el tema de
nuestra vocación en la Iglesia: «Cristo Señor, Pontífice tomado de entre
los hombres , hizo de su nuevo pueblo... un reino y sacerdotes para Dios su Padre. Los
Bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu
Santo para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios
Espirituales y anuncien el poder de Aquél que los llamó de las tinieblas a su admirable
luz. Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando
juntos a Dios , ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios, y den
testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la
esperanza de la vida eterna que hay en ellos». El sacerdocio común de los fieles y el
sacerdocio ministerial y eclesiástico, aunque diferentes esencialmente no sólo en grado,
se ordenan, sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único
sacerdocio de Cristo. El sacerdocio Ministerial, por la potestad sagrada de que goza,
forma y dirige el pueblo sacerdotal, realiza el sacrificio eucarístico en la persona de
Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de
su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la
recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio
de una vida santa, en la abnegación y caridad operante... 4. EL SACERDOTE, Debemos considerar a fondo no solo el significado teórico, sino incluso
el existencial de la mutua «relación», que existe entre el sacerdocio jerárquico y
sacerdocio común de los fieles. Si entre ellos hay diferencia no sólo de grado sino
también de esencia, ello es fruto de una riqueza particular del mismo sacerdocio de
Cristo, que es el único centro y la única fuente tanto de la participación que es
propia de todos los bautizados como de esa otra participación a la que se llega por medio
de un sacramento distinto, precisamente el sacramento del Orden. Este sacramento, queridos
Hermanos, específico para nosotros, fruto de la gracia peculiar de la vocación y base de
nuestra identidad, en virtud de su misma naturaleza y de todo lo que Él produce en
nuestra vida y actividad, ayuda a los fieles a ser conscientes de su sacerdocio común y a
actualizarlo: les recuerda que son Pueblo de Dios y los capacita para «ofrecer
sacrificios Espirituales», mediante los cuales Cristo mismo hace de nosotros don eterno
al Padre. Esto sucede, ante todo, cuando el sacerdote «por la potestad sagrada de que
goza... realiza el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo (in persona Christi) y
lo ofrece en nombre de todo el pueblo», como leemos en el citado texto conciliar. Nuestro sacerdocio sacramental, pues, es
sacerdocio «Jerárquico» y al mismo tiempo «ministerial». Constituye un ministerium
particular, es decir, es «servicio» respecto a la comunidad de los creyentes. Sin
embargo, no tiene su origen en esta comunidad como si fuera ella la que «llama» o
«delega». Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la
plenitud de su sacerdocio. Tal plenitud encuentra su expresión en el hecho de que Cristo
haciéndonos a todos idóneos para ofrecer el sacrificio Espiritual, llama a algunos y los
capacita para ser ministros de su mismo sacrificio sacramental, la Eucaristía, a cuya
oblación concurren todos los fieles y en la que se insertan los sacrificios Espirituales
del Pueblo de Dios. Conscientes de esta realidad comprendemos de
qué modo nuestro sacerdocio es «jerárquico», es decir, relacionado con la potestad de
formar y dirigir el pueblo sacerdotal y precisamente por esto, «ministerial». Realizamos
esta función mediante la cual Cristo mismo «sirve» incesantemente al Padre en la obra
de nuestra salvación. Toda nuestra existencia está y debe estar impregnada profundamente
por este servicio, si queremos realizar de manera real y adecuada el Sacrificio
eucarístico in persona Christi. El sacerdocio requiere una peculiar Integridad de vida y de servicio, y
precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En
ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la «disponibilidad»
adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu
Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles
la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la
existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos
y en los ambientes humanos. Ya que el sacerdocio nos es dado para servir incesantemente a los demás,
como hacía Jesucristo, no se puede renunciar al mismo a causa de dificultades que
encontramos y de los sacrificios que se nos exigen. Igual que los Apóstoles, «nosotros
lo hemos dejado todo y hemos seguido a Cristo»; debemos, por eso, perseverar junto a él
en el momento de la cruz. 5. AL SERVICIO DEL BUEN PASTOR Mientras escribo, tengo ante mis ojos, en lo hondo de mi alma, los más
amplios sectores de la vida humana, a la que, queridos Hermanos, sois enviados como
obreros de la viña del Señor. Sirve también para vosotros la comparación del
rebaño», dado que gracias al carácter sacerdotal, participáis del carisma pastoral ,
lo cual es señal de una peculiar relación de semejanza a Cristo, Buen Pastor. Vosotros
precisamente estáis revestidos de esta condición de una manera muy especial. Aunque la
solicitud por la salvación de los demás sea y deba ser también tarea de cada miembro de
la gran comunidad del Pueblo de Dios, o sea de todos nuestros hermanos y hermanas seglares
como ha declarado tan ampliamente el Concilio Vaticano II, sin embargo se espera de
vosotros, Sacerdotes, una solicitud y un empeño mayor diverso que el del seglar; y esto
porque vuestra participación en el sacerdocio de Jesucristo difiere de la suya
«esencialmente, y no solo en grado». De hecho, el sacerdocio de Jesucristo es la primera fuente y la
expresión de una diligencia incesante y siempre eficaz para nuestra salvación que nos
permite mirar particularmente a El como al Buen Pastor. Las palabras «El Buen Pastor da
su vida por las ovejas», ¿No se refieren tal vez al Sacrificio de la Cruz, al acto
definitivo del Sacerdocio de Cristo? ¿No nos indican tal vez a todos nosotros, a quienes
Cristo Señor mediante el sacramento del Orden ha hecho participantes de su Sacerdocio, el
camino que también nosotros debemos recorrer?. ¿Estas palabras no nos dicen tal vez que
nuestra vocación es una singular solicitud por la salvación de nuestro prójimo? ¿Que
esta solicitud es una particular razón de ser» de nuestra vida sacerdotal? ¿Que
precisamente ella le da sentido, y que sólo a través de ella podemos encontrar pleno
sentido de nuestra propia vida, de nuestra perfección y de nuestra santidad? Este tema lo
trata, en diversos capítulos, el Decreto Conciliar Optatam Totius. Este problema, sin embargo, se hace más comprensible a la luz de las
palabras de nuestro mismo Maestro, que dice: Quien quiera salvar su vida, la perderá, y
quien pierda la vida por mí y el Evangelio, ése la salvará». Son, éstas, palabras
misteriosas, y parecen una paradoja. Pero dejan de ser misteriosas, si intentamos ponerlas
en práctica. Entonces, la paradoja desaparece y se manifiesta plenamente la profunda
sencillez de su significado. Que a todos nosotros se nos conceda esta gracia en nuestra
vida sacerdotal y en nuestro servicio lleno de celo. 6. «ARTE DE LAS ARTES ES LA GUIA DE LAS ALMAS» La solicitud particular por la salvación de los demás, por la verdad,
por el amor y la santidad de todo el Pueblo de Dios, por la unidad espiritual de la
Iglesia, que nos ha sido encomendada por Cristo junto con la potestad sacerdotal, se
realiza de varias maneras. Ciertamente son diversos los caminos a lo largo de los cuales,
queridos Hermanos, desarrolláis vuestra vocación sacerdotal. Unos en la pastoral común
parroquial; otros en tierras de misión; otros en el campo de las actividades relacionadas
con la enseñanza, la instrucción y la educación de la juventud, trabajando en ambientes
y organizaciones diversas, y acompañando al desarrollo de la vida social y cultural:
finalmente, otros junto a los que sufren, a los enfermos, a los abandonados; a veces,
vosotros mismos clavados en el lecho del dolor. Son varios estos caminos, y resulta casi
imposible citar separadamente cada uno de ellos. Necesariamente estos son numerosos y
diferentes, ya que la estructura de la vida humana, de los procesos sociales, de las
tradiciones históricas y del patrimonio de las distintas culturas y civilizaciones son
diversos. No obstante, en medio de estas diferencias, sois siempre y en todo lugar
portadores de vuestra especifica vocación: sois portadores de la gracia de Cristo, Eterno
Sacerdote, y del carisma del Buen Pastor. No lo olvidéis jamás; no renunciéis nunca a
esto; debéis actuar conforme a ello en todo tiempo, lugar y modo. En esto consiste el
arte máxima a la que Jesucristo os ha llamado. «Arte de las artes es la guía de las
almas», escribía S. Gregorio Magno. Os digo, por tanto, siguiendo sus palabras: esforzarse por ser los
«maestros» de la pastoral. Ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. ¿Es
necesario citarlos?. Nos siguen hablando a cada uno de nosotros, por ejemplo, San Vicente
de Paúl, San Juan de Ávila, el Santo Cura de Ars, San Juan Bosco, el Beato Maximiliano
KoIbe, y tantos otros. Cada uno de ellos era distinto de los otros, era él mismo, era
hijo de su época y estaba al día con respecto a su tiempo. Pero el «estar al día» de
cada uno era una respuesta original al Evangelio, una respuesta particularmente necesaria
para aquellos tiempos, era la respuesta de la santidad y del celo. No existe otra regla
fuera de ésta para «estar al día» en nuestro tiempo y en la actualidad del mundo.
Indudablemente, no pueden considerarse un adecuado «estar al día» los diversos ensayos
y proyectos de «laicización» de la vida sacerdotal. 7. DISPENSADOR Y TESTIGO La vida sacerdotal está construida sobre la base del sacramento del
Orden, que imprime en nuestra alma el signo de un carácter indeleble. Este signo, marcado
en lo más profundo de nuestro ser humano, tiene su dinámica «personal». La
personalidad sacerdotal debe ser para los demás un claro y límpido signo a la vez que
una indicación. Es ésta la primera condición de nuestro servicio pastoral. Los hombres,
de entre los cuales hemos sido elegidos y para los cuales somos constituidos, quieren
sobre todo ver en nosotros tal signo e indicación, y tienen derecho a ello. Podrá
parecernos tal vez que no lo quieran, o que deseen que seamos en todo «como ellos»; a
veces parece incluso que nos lo exigen. Es aquí necesario poseer un profundo sentido de
fe y el don del discernimiento. De hecho, es muy fácil dejarse guiar por las apariencias
y ser víctima de una ilusión en lo fundamental. Los que piden la laicización de la vida
sacerdotal y aplauden sus diversas manifestaciones, nos abandonarán sin duda cuando
sucumbamos a la tentación. Entonces dejaremos de ser necesarios y populares. Nuestra
época está caracterizada por varias formas de «manipulación» del hombre, pero no
podemos ceder a ninguna de ellas. En definitiva, resultará siempre necesario a los
hombres únicamente el sacerdote que es consciente del sentido pleno de su sacerdocio: el
sacerdote que cree profundamente, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor,
que enseña con íntima convicción, que sirve, que pone en práctica en su vida el
programa de las Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de
todos y especialmente de los más necesitados. Nuestra actividad pastoral exige que estemos cerca de los hombres y de
sus problemas, tanto personales y familiares como sociales, pero exige también que
estemos cerca de estos problemas «como sacerdotes». Sólo entonces, en el ámbito de
todos esos problemas, somos nosotros mismos. Si, por lo tanto, servimos verdaderamente a
estos problemas humanos, a veces muy difíciles, entonces conservamos nuestra identidad y
somos de veras fieles a nuestra vocación. Debemos buscar con gran perspicacia, junto con
todos los hombres, la verdad y la justicia, cuya dimensión verdadera y definitiva sólo
la podemos encontrar en el Evangelio, más aun, en Cristo mismo. Nuestra tarea es la de
servir a la verdad y a la justicia en las dimensiones de la «temporalidad» humana, pero
siempre dentro de una perspectiva que sea la de la salvación eterna. Esta tiene en cuenta
las conquistas temporales del espíritu humano en el ámbito del conocimiento y de la
moral, como ha recordado admirablemente el Concilio Vaticano II, pero no se identifica con
ellas y, en realidad las supera: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del
hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman». Los hombres, nuestros hermanos en
la fe y también los no creyentes, esperan de nosotros que seamos capaces de señalarles
esta perspectiva, que seamos testimonios auténticos de ella, que seamos dispensadores de
la gracia que seamos servidores de la Palabra de Dios. Esperan que seamos hombres de
oración. Entre nosotros están también los que han unido su vocación sacerdotal
con una intensa vida de oración y de penitencia, en la forma estrictamente contemplativa
de las respectivas Ordenes religiosas. Recuerden ellos que su ministerio sacerdotal, aun
bajo esta forma, está «ordenado» de manera particular a la gran solicitud del Buen
Pastor, que es la solicitud por la salvación de todo hombre. Todos debemos recordar esto:
que a ninguno de nosotros es lícito merecer el nombre de «mercenario» o sea uno «al
que las ovejas no le pertenecen» uno «que ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y
el lobo arrebata y dispersa las ovejas, porque es asalariado y no le da cuidado de las
ovejas». La solicitud de todo Buen Pastor es que los hombres «tengan vida, y la tengan
abundante», para que ninguno se pierda, sino tenga la vida eterna. Esforcémonos para que
esta solicitud penetre profundamente en nuestras almas: tratemos de vivirla. Sea ella la
que caracterice nuestra personalidad, y esté en la base de nuestra identidad sacerdotal. 8. SIGNIFICADO DEL CELIBATO Permitid que me refiera aquí al problema del celibato sacerdotal. Lo
trataré sintéticamente, porque ha sido expuesto ya de manera profunda y completa durante
el Concilio, luego en la Encíclica Sacerdotalis Caelibatus y después en la sesión
ordinaria del Sínodo de los Obispos del año 1971. Tal reflexión se ha demostrado
necesaria tanto para presentar el problema de modo aún más maduro, como para motivar
todavía más profundamente el sentido de la decisión que la Iglesia Latina ha asumido
desde hace siglos y a la que ha tratado de permanecer fiel, queriendo también en el
futuro mantener esta fidelidad. La importancia del problema en cuestión es tan grave y su
unión con el lenguaje del mismo Evangelio tan íntima, que no podemos en este caso pensar
con categorías diversas de las que se han servido el Concilio, el Sínodo de los Obispos
y el mismo gran Papa Pablo VI. Podemos solo intentar comprender ese problema más
profundamente y responder de manera más madura, liberándonos de las varias objeciones
que siempre -como sucede hoy también- se han levantado contra el celibato sacerdotal,
como de las diversas interpretaciones que se refieren a criterios extraños al Evangelio,
a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia; criterios, añadamos, cuya exactitud y base
«antropológica» se revelan muy dudosos y de valor relativo. No debemos, por lo demás, maravillarnos
demasiado de estas objeciones y críticas que en el período postconciliar se han
intensificado, aunque da la impresión de que actualmente, en algunas partes, van
atenuándose. Jesucristo, después de haber presentado a los discípulos la cuestión de
la renuncia al matrimonio «por el Reino de los Cielos» ¿no ha añadido tal vez aquellas
palabras significativas: «el que pueda entender, que entienda?» La Iglesia Latina ha
querido y sigue queriendo, refiriéndose al ejemplo del mismo Cristo Señor, a la
enseñanza de los Apóstoles y a toda la tradición auténtica, que abracen esta renuncia
«por el Reino de los Cielos» todos los que reciben el sacramento del Orden. Esta
tradición, sin embargo, está unida al respeto por las diferentes tradiciones de la otras
Iglesias. De hecho, ella constituye una característica, una peculiaridad y una herencia
de la Iglesia Latina, a la que ésta debe mucho y en la que está decidida a perseverar, a
pesar de las dificultades, a las que una tal fidelidad podría estar expuesta, a pesar
también de los síntomas diversos de debilidad y crisis de determinados sacerdotes. Todos
somos conscientes de que «llevamos este tesoro en vasos de barro», no obstante, sabemos
muy bien que es precisamente un «tesoro». ¿Por qué un tesoro? ¿Queremos tal vez
disminuir el valor del matrimonio y la vocación a la vida familiar? ¿0 bien sucumbimos
al desprecio maniqueo por el cuerpo humano y por sus funciones? ¿Queremos tal vez
despreciar de algún modo el amor que lleva al hombre y a la mujer a la unión conyugal
del cuerpo, para formar así «una carne sola? ¿Cómo podremos pensar y razonar de tal
manera, si sabemos, creemos y proclamamos, siguiendo a San Pablo, que el matrimonio es un
«misterio grande», refiriéndose a Cristo y a la Iglesia?. Ninguno, sin embargo, de los
motivos con los que a veces se intenta «convencernos» acerca de la inoportunidad del
celibato corresponde a la verdad que la Iglesia proclama y que trata de realizar en la
vida a través de un empeño concreto, al que se obligan los Sacerdotes antes de la
Ordenación sagrada. Al contrario, el motivo esencial, propio y adecuado está contenido
en la verdad que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el reino de
los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que cada uno en la Iglesia tiene su
propio don. El celibato es precisamente un «don del Espíritu». Un don semejante, aunque
diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y fiel, orientado a la
procreación según la carne, en el contexto tan amplio del sacramento del Matrimonio. Es
sabido que este don es fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo
de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su vocación en Jesucristo,
será necesario que se realice también en ella, en proporción adecuada, ese otro
«don», el don del celibato «por el Reino de los Cielos». ¿Por qué motivo la Iglesia Católica
Latina une este don no sólo a la vida de las personas que aceptan el estricto programa de
los consejos evangélicos en los institutos religiosos, sino además a la vocación al
sacerdocio conjuntamente jerárquico y ministerial?. Lo hace porque el celibato «por el
Reino» no es sólo un «signo escatológico» sino porque tiene un gran sentido social en
la vida actual para el servicio del Pueblo de Dios. El sacerdote, con su celibato, llega a
ser «el hombre para los demás», de forma distinta a como lo es uno que, uniéndose
conyugalmente con la mujer, llega a ser también él, como esposo y padre, «hombre para
los demás» especialmente en el área de su familia: para su esposa, y junto con ella,
para los hijos, a los que da la vida. El Sacerdote, renunciando a esta paternidad que es
propia de los esposos, busca otra paternidad y casi otra maternidad, recordando las
palabras del Apóstol sobre los hijos, que él engendra en el dolor. Ellos son hijos de su
espíritu, hombres encomendados por el Buen Pastor a su solicitud. Estos hombres son
muchos, más numerosos de cuantos pueden abrazar una simple familia humana. La vocación
pastoral de los sacerdotes es grande y el Concilio enseña que es universal: está
dirigida a toda la Iglesia y, en consecuencia, es también misionera. Normalmente, ella está unida al servicio de una determinada comunidad
del Pueblo de Dios, en la que cada uno espera atención, cuidado y amor. El corazón del
Sacerdote, para estar disponible a este servicio, a esta solicitud y amor, debe estar
libre. El celibato es signo de una libertad que es para el servicio. En virtud de este
signo, el sacerdocio jerárquico, o sea «ministerial», está -según la tradición de
nuestra Iglesia- más estrechamente ordenado al sacerdocio común de los fieles. 9. PRUEBA Y RESPONSABILIDAD Fruto de un equívoco, por no decir de mala
fe, es la opinión a menudo difundida, según la cual el celibato sacerdotal en la Iglesia
Católica sería simplemente una institución impuesta por la ley a todos los que reciben
el sacramento del Orden. Todos sabemos que no es así. Todo cristiano que recibe el
sacramento del Orden acepta el celibato con plena conciencia y libertad, después de una
preparación de años, de profunda reflexión y de asidua oración. El toma la decisión
de vivir por vida el celibato, solo después de haberse convencido de que Cristo le
concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Solo entonces
se compromete a observarlo durante toda la vida. Es natural que tal decisión obliga no
solo en virtud de la «Ley», establecida por la Iglesia, sino también en función de la
responsabilidad personal. Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la
Iglesia. La fidelidad a la palabra es, conjuntamente, deber y comprobación de la madurez
interior del Sacerdote y expresión de su dignidad personal. Esto se manifiesta con toda
claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo, a través de un responsable
y libre compromiso celibal para toda la vida, encuentra dificultades, es puesto a prueba,
o bien está expuesto a la tentación, cosas todas ellas a las que no escapa el sacerdote,
como cualquier otro hombre y cristiano. En tal circunstancia, cada uno debe buscar ayuda
en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella
actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es
precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila. Es entonces cuando nace
una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: «Todo lo puedo
en Aquel que me conforta». Estas verdades son confirmadas por la experiencia de numerosos
sacerdotes y probadas por la realidad de la vida. La aceptación de las mismas constituye
la base de la fidelidad a la palabra dada a Cristo y a la Iglesia, que es al mismo tiempo
la comprobación de la auténtica fidelidad a sí mismo, a la propia conciencia, a la
propia humanidad y dignidad. Es necesario pensar en todo esto, especialmente en los
momentos de crisis y no recurrir a la dispensa, entendida como «intervención
administrativa» como si en realidad no se tratara, por el contrario, de una profunda
cuestión de conciencia y de una prueba de humanidad. Dios tiene derecho a tal prueba con
respecto a cada uno de nosotros, dado que la vida terrenal es un período de prueba para
todo hombre. Pero Dios quiere igualmente que salgamos victoriosos de tales pruebas, y nos
da la ayuda necesaria. Tal vez, no sin razón, es preciso añadir aquí que el compromiso de la
fidelidad conyugal, que deriva del sacramento del Matrimonio, crea en ese terreno
obligaciones análogas, y que tal vez llega a ser un campo de pruebas similares y de
experiencias para los esposos, hombres y mujeres, los cuales precisamente en estas
«pruebas de fuego» tienen posibilidad de comprobar el valor de su amor. En efecto, el
amor en toda su dimensión no es solo llamada, sino también deber. Añadamos finalmente
que nuestros hermanos y hermanas, unidos en el matrimonio, tienen derecho a esperar de
nosotros, Sacerdotes y pastores, el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a la
vocación hasta la muerte, fidelidad a la vocación que nosotros elegimos mediante el
sacramento del Orden, como ellos la eligen a través del sacramento del Matrimonio.
También en este ámbito y en este sentido debemos entender nuestro sacerdocio ministerial
como «subordinación» al sacerdocio común de todos los fieles, de los seglares,
especialmente de los que viven en el matrimonio y forman una familia. De este modo,
nosotros servimos «a la edificación del Cuerpo de Cristo»; en caso contrario, más que
cooperar a su edificación, debilitamos su unión Espiritual. A esta edificación del
cuerpo de Cristo está íntimamente unido el desarrollo auténtico de la personalidad
humana de todo cristiano como también de cada sacerdote que se realiza según la medida
del don de Cristo. La desorganización de la estructura Espiritual de la Iglesia no
favorece ciertamente al desarrollo de la personalidad humana y no constituye su justa
verificación. 10. ES NECESARIO CONVERTIRSE CADA DIA «¿Qué hemos de hacer?»: así parece que preguntáis vosotros,
queridos Hermanos, como tantas veces preguntaban al mismo Cristo Señor los discípulos y
los que le escuchaban. ¿Qué debe hacer la Iglesia, cuando parece que faltan sacerdotes,
cuando su falta se hace notar especialmente en algunos países y regiones del mundo?. ¿En
qué manera debemos responder a las inmensas necesidades de evangelización y cómo
podemos saciar el hambre de la Palabra y del Cuerpo del Señor? La Iglesia, que se empeña en mantener el celibato de los Sacerdotes como
don particular por el reino de Dios, profesa la fe y expresa la esperanza en su Maestro,
Redentor y Esposo, y a la vez en el que es «dueño de la mies» y «dador del don». En
efecto, «todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de
las luces». Nosotros no podemos debilitar esta fe y esta confianza con nuestra duda
humana o con nuestra pusilanimidad. En consecuencia, todos debemos convertirnos cada día. Sabemos que ésta
es una exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres, y tanto más
debemos considerarla como dirigida a nosotros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás
a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida. Convertirse significa
retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor
infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros, y llamándonos por nuestro
nombre, ha dicho: «Sígueme». Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de
nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor de nuestros
corazones, para que seamos «ministros de Cristo y administradores de los misterios de
Dios». Convertirse significa dar cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de
la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente «de modo humano» y no
«divino». Recordemos, a este propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro.
Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en
el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día,
dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremente, porque «Dios ama al que
da con alegría». Convertirse quiere decir «orar en todo tiempo y no desfallecer». La oración es, en cierta manera; la primera y última condición de la
conversión, del progreso Espiritual y de la santidad. Tal vez en los últimos años por
lo menos en determinados ambientes se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la
«identidad» del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo,
etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor para
realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico
dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que
señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración
nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra
vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de
perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer
en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a
los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo
dificulta nuestra debilidad humana. La oración nos concierne, además, nos permite descubrir continuamente
las dimensiones de aquel Reino, por cuya venida rezamos cada día, repitiendo las palabras
que Cristo nos ha enseñado. En este caso advertimos cuál es nuestro lugar en la
realización de esta petición: «Venga tu Reino», y vemos cómo somos necesarios para
que ella se realice. Y tal vez, cuando rezamos, percibiremos con más facilidad aquellos
«campos que ya están blanquecinos para la siega», y comprenderemos el significado que
tienen las palabras que Cristo pronunció a la vista de los mismos: «Rogad, pues, al
dueño de la mies que envíe obreros a su mies». La oración debemos unirla a un trabajo
continuo sobre nosotros mismos: es la formación permanente. Como recuerda justamente el
Documento emanado acerca de este tema por la Sagrada Congregación para el Clero, tal
formación debe ser tanto interior, o sea que mire a la vida Espiritual del sacerdote,
como pastoral e intelectual (filosófica y teológica). Por consiguiente, si nuestra
actividad pastoral, el anuncio de la Palabra y el conjunto del ministerio sacerdotal
dependen de la intensidad de nuestra vida interior, ella debe igualmente encontrar su
apoyo en el estudio continuo. No podemos conformarnos con lo que hemos aprendido un día
en el seminario, aun cuando se haya tratado de estudios a nivel universitario, hacia los
cuales orienta decididamente la Sagrada Congregación para la Educación Católica. Este
proceso de formación intelectual debe continuar durante toda la vida, especialmente en el
tiempo actual, caracterizado por lo menos en muchas zonas del mundo por un desarrollo
general de la instrucción y de la cultura. A la vista de los hombres, que gozan del
beneficio de este desarrollo, nosotros debemos ser testimonios de Jesucristo, altamente
cualificados. Como maestros de la verdad y de la moral, tenemos que dar cuenta a ellos, de
modo convincente y eficaz, de la esperanza que nos vivifica». Y esto forma parte también
del proceso de conversión diaria al amor, a través de la verdad. ¡Queridos Hermanos!. ¡Vosotros que «soportáis el peso del día y el
calor» que habéis puesto la mano sobre el sobre el arado y no miráis atrás, y tal vez
todavía más, vosotros que dudáis del sentido de vuestra vocación o del valor de
vuestro servicio. Pensad en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde
desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna
vez que se reúnen en un Santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún
conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el
momento que corresponde a la transubstanciación desciende en medio de ellos un profundo
silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo... ¡Con tanto ardor desean escuchar las
palabras, que solo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan
vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio
sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas
del perdón: yo te absuelvo de tus pecados. ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un
Sacerdote en medio de ellos. Estos lugares no faltan en el mundo. ¡Si, en consecuencia,
alguno entre vosotros duda del sentido de un sacerdocio, si piensa que ello es
«socialmente» infructuoso o inútil, medite en esto! Es necesario convertirse a diario, descubrir cada día de nuevo el don
obtenido de Cristo mismo en el sacramento del Orden, profundizando en la importancia de la
misión salvadora de la Iglesia y reflexionando sobre el gran significado de nuestra
vocación a la luz de esta misión 11. MADRE DE LOS SACERDOTES Queridos Hermanos, al comienzo de mi ministerio os encomiendo a todos a
la Madre de Cristo, que de modo particular es nuestra Madre: la Madre de los Sacerdotes.
De hecho, al discípulo predilecto, que siendo uno de los Doce había escuchado en el
Cenáculo las palabras: «Haced esto en memoria mía». Cristo, desde lo alto de la Cruz,
lo señaló a su Madre, diciéndole: «He ahí a tu hijo». El hombre, que el Jueves Santo
recibió el poder de celebrar la Eucaristía, con estas palabras del Redentor agonizante
fue dado a su Madre como «hijo». Todos nosotros, por consiguiente, que recibimos el
mismo poder mediante la Ordenación sacerdotal, en cierto sentido somos los primeros en
tener el derecho a ver en ella a nuestra Madre. Deseo, por consiguiente, que todos
vosotros, junto conmigo, encontréis en María la Madre del sacerdocio, que hemos recibido
de Cristo. Deseo, además, que confiéis particularmente a Ella vuestro sacerdocio.
Permitid que yo mismo lo haga, poniendo en manos de la Madre de Cristo a cada uno de
vosotros sin excepción alguna de modo solemne y, al mismo tiempo, sencillo y humilde. Os
ruego también, amados Hermanos, que cada uno de vosotros lo realice personalmente, como
se lo dicte su corazón, sobre todo el propio amor a Cristo Sacerdote, y también la
propia debilidad, que camina a la par con el deseo del servicio y de la santidad. Os lo
ruego encarecidamente. La Iglesia de hoy habla de sí misma sobre todo en la Constitución
dogmática Lumen Gentium. También aquí, en el último Capítulo, ella confiesa
que mira a María como Madre de Cristo, porque se llama a sí misma madre y desea ser
madre, engendrando para Dios los hombres a una vida nueva. Oh, queridos Hermanos. ¡Qué
cerca de esta causa de Dios estáis vosotros! ¡Cuán profundamente ella está impresa en
vuestra vocación, ministerio y misión! En consecuencia, junto con el Pueblo de Dios, que
mira a María con tanto amor y esperanza, vosotros debéis recurrir a Ella con esperanza y
amor excepcionales. De hecho, debéis anunciar a Cristo que es su hijo; ¿Y quién mejor
que su Madre os transmitirá la verdad acerca de El? Tenéis que alimentar los corazones
humanos con Cristo; ¿Y quién puede hacerles más conscientes de lo que realizáis, si no
la que lo ha alimentado? «Salve, o verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María». Se da
en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a
la Madre de Cristo. Tratemos pues de vivir en esta dimensión. Si es lícito recurrir
aquí a la propia experiencia, os diré que, escribiéndoles, recurro sobre todo a mi
experiencia personal. Al comunicarles esto, al comienzo de mi servicio a la Iglesia universal,
pido continuamente a Dios que os llene a vosotros. Sacerdotes de Jesucristo, de su
bendición y gracia y, como prenda y afirmación de tal comunión orante, os bendigo de
corazón en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Recibid esta bendición. Recibid las palabras del nuevo Sucesor de Pedro,
de aquel Pedro, a quien el Señor ordenó: «Y tú, una vez convertido, confirma a tus
hermanos». No ceséis de rezar por mí, junto con la Iglesia entera, para que yo responda
a aquella exigencia de un primado de amor, que el Señor ha puesto como fundamento de la
misión de Pedro, cuando le dijo: «Apacienta mis ovejas». Que así sea. Vaticano, 8 de abril, domingo de Ramos en la Pasión del Señor del
año 1979, primero de mi Pontificado.
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