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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:43
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JUEVES SANTO DE 1980
Venerados y queridos hermanos: 1. También este año, os dirijo a vosotros, para el próximo Jueves
Santo, una carta que tiene una relación inmediata con la que habéis recibido el año
pasado, en la misma ocasión, junto con la Carta para los sacerdotes. Deseo ante todo
agradeceros cordialmente que hayáis acogido mis cartas precedentes con aquel espíritu de
unidad que el Señor ha establecido entre nosotros y que hayáis transmitido a vuestro
Presbiterio los pensamientos que deseaba expresar al principio de mi pontificado. Durante la Liturgia Eucarística del Jueves Santo, habéis renovado -
junto con vuestros sacerdotes- las promesas y compromisos asumidos en el momento de la
ordenación. Muchos de vosotros, venerados y queridos Hermanos, me lo habéis comunicado
después, añadiendo palabras de agradecimiento personal y mandando a veces las de vuestro
propio Presbiterio. Además, muchos sacerdotes han manifestado su alegría, tanto por el
carácter profundo y solemne del Jueves Santo, en cuanto «fiesta anual de los
sacerdotes», como por la importancia de los problemas tratados en la Carta a ellos
dirigida. Tales respuestas forman una rica colección que, una vez más, indican cuán
querida es para la gran mayoría del Presbiterio de la Iglesia católica la senda de la
vida sacerdotal por la que esta Iglesia camina desde hace siglos, cuán amada y estimada
es para los sacerdotes y cómo desean proseguirla en el futuro. He de añadir aquí que en la Carta a los sacerdotes han hallado eco
solamente algunos problemas, como ya se ha señalado claramente al principio de la misma. Además ha sido puesto principalmente de relieve el carácter pastoral
del ministerio sacerdotal, lo cual no significa ciertamente que no hayan sido tenidos
también en cuenta aquellos grupos de sacerdotes que no desarrollan una actividad
directamente pastoral. A este propósito quiero recordar una vez más el magisterio del
Concilio Vaticano II, así como las enunciaciones del Sínodo de los Obispos del 1971. El carácter pastoral del ministerio sacerdotal no deja de acompañar la
vida de cada sacerdote, aunque las tareas cotidianas que desarrolla no estén orientadas
explícitamente a la pastoral de los sacramentos. En este sentido, la Carta dirigida a los
sacerdotes con ocasión del Jueves Santo iba dirigida a todos sin excepción, aunque, como
he insinuado antes, ella no haya tratado todos los problemas de la vida y actividad de los
sacerdotes. Creo útil y oportuna tal aclaración al principio de esta Carta. I EL MISTERIO EUCARÍSTICO EN LA
VIDA Eucaristía y sacerdocio 2. La Carta presente que dirijo a vosotros, venerados y queridos
Hermanos en el Episcopado, - y que, como he dicho, es en cierto modo una continuación de
la precedente- está también en estrecha relación con el misterio del Jueves Santo y
asimismo con el sacerdocio. En efecto, quiero dedicarla a la Eucaristía y, más en
concreto, a algunos aspectos del misterio eucarístico y de su incidencia en la vida de
quien es su ministro. Por ello los directos destinatarios de esta Carta sois vosotros,
Obispos de la Iglesia; junto con vosotros, todos los Sacerdotes; y, según su orden,
también los Diáconos. En realidad, el sacerdocio ministerial o jerárquico, el sacerdocio de
los Obispos y de los Presbíteros y, junto a ellos, el ministerio de los Diáconos -
ministerios que empiezan normalmente con el anuncio del evangelio- están en relación muy
estrecha con la Eucaristía. Esta es la principal y central razón de ser del Sacramento
del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y
a la vez que ella. No sin razón las palabras «Haced esto en conmemoración mía» son
pronunciadas inmediatamente después de las palabras de la consagración eucarística y
nosotros las repetimos cada vez que celebramos el Santo Sacrificio. Mediante nuestra ordenación -cuya celebración está vinculada a la
Santa Misa desde el primer testimonio litúrgico- nosotros estamos unidos de manera
singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, «por ella» y «para
ella». Somos, de modo particular, responsables «de ella», tanto cada sacerdote en su
propia comunidad como cada obispo en virtud del cuidado que debe a todas las comunidades
que le son encomendadas, por razón de la «sollicitudo omnium ecclesiarum»
de la que habla San Pablo. Está pues encomendado a nosotros, obispos y sacerdotes, el
gran «Sacramento de nuestra fe», y si él es entregado también a todo el Pueblo de
Dios, a todos los creyentes en Cristo, sin embargo se nos confía a nosotros la
Eucaristía también «para» los otros, que esperan de nosotros un particular testimonio
de veneración y de amor hacia este Sacramento, para que ellos puedan igualmente ser
edificados y vivificados «para ofrecer sacrificios espirituales». De esta manera nuestro culto eucarístico, tanto en la celebración de
la Misa como en lo referente al Santísimo. Sacramento, es como una corriente vivificante,
que une nuestro sacerdocio ministerial o jerárquico al sacerdocio común de los fieles y
lo presenta en su dimensión vertical y con su valor central. El sacerdote ejerce su
misión principal y se manifiesta en toda su plenitud celebrando la Eucaristía, y tal
manifestación es más completa cuando él mismo deja traslucir la profundidad de este
misterio, para que sólo él resplandezca en los corazones y en las conciencias humanas a
través de su ministerio. Este es el ejercicio supremo del «sacerdocio real», la
«fuente y cumbre de toda la vida cristiana». Culto del misterio eucarístico 3. Tal culto está dirigido a Dios Padre por medio de Jesucristo en el
Espíritu Santo. Ante todo al Padre, como afirma el evangelio de San Juan: «Porque tanto
amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no
perezca, sino que tenga la vida eterna». Se dirige también en el Espíritu Santo a aquel Hijo encarnado, según
la economía de salvación, sobre todo en aquel momento de entrega suprema y de abandono
total de sí mismo, al que se refieren las palabras pronunciadas en el cenáculo: «esto
es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros»... «éste es el cáliz de mi Sangre...
que será derramada por vosotros». La aclamación litúrgica: «Anunciamos tu muerte»
nos hace recordar aquel momento. Al proclamar a la vez su resurrección, abrazamos en el
mismo acto de veneración a Cristo resucitado y glorificado «a la derecha del Padre»,
así como la perspectiva de su «venida con gloria». Sin embargo, es su anonadamiento
voluntario, agradable al Padre y glorificado con la resurrección, lo que, al ser
celebrado sacramentalmente junto con la resurrección, nos lleva a la adoración del
Redentor que «se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Esta adoración nuestra contiene otra característica particular: está
compenetrada con la grandeza de esa Muerte Humana, en la que el mundo, es decir, cada uno
de nosotros, es amado «hasta el fin». Así pues, ella es también una respuesta que
quiere corresponder a aquel Amor inmolado que llega hasta la muerte en la cruz: es nuestra
«Eucaristía», es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido
con su muerte y hecho participantes de su vida inmortal mediante su resurrección. Tal culto, tributado así a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo,
acompaña y se enraiza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe
asimismo llenar nuestros templos, incluso fuera del horario de las Misas. En efecto, dado
que el misterio eucarístico ha sido instituido por amor y nos hace presente
sacramentalmente a Cristo, es digno de acción de gracias y de culto. Este culto debe
manifestarse en todo encuentro nuestro con el Santísimo Sacramento, tanto cuando
visitamos las iglesias como cuando las sagradas Especies son llevadas o administradas a
los enfermos. La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar
expresión en diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el
Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales (las cuarenta
horas), bendiciones eucarísticas, procesiones eucarísticas, Congresos eucarísticos. A
este respecto merece una mención particular la solemnidad del «Corpus Christi» como
acto de culto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía, establecida por mi
Predecesor Urbano IV en recuerdo de la institución de este gran Misterio. Todo ello
corresponde a los principios generales y a las normas particulares existentes desde hace
tiempo y formuladas de nuevo durante o después del Concilio Vaticano II. La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de
esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto
central. Esto, venerados y queridos Hermanos, merece una reflexión aparte. La Iglesia y
el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este
Sacramento del Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la
contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No
cese nunca nuestra adoración. Eucaristía e Iglesia 4. Gracias al Concilio nos hemos dado cuenta, con mayor claridad, de
esta verdad: como la Iglesia «hace la Eucaristía» así «la Eucaristía construye» la
Iglesia; esta verdad está estrechamente unida al misterio del Jueves Santo. La Iglesia ha
sido fundada, en cuanto comunidad nueva del Pueblo de Dios, sobre la comunidad apostólica
de los Doce que, en la última Cena, han participado del Cuerpo y de la Sangre del Señor
bajo las especies del pan y del vino. Cristo les había dicho: «tomad y comed»...
«tomad y bebed». Y ellos, obedeciendo este mandato, han entrado por primera vez en
comunión sacramental con el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna. Desde
aquel momento hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma
comunión con el Hijo de Dios, que es prenda de la Pascua eterna. Como maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía,
debemos, queridos y venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes
este significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo.
Ellos constituyen, en efecto, la substancia misma del culto eucarístico. El sentido de
esta verdad antes expuesta no disminuye en modo alguno, sino que facilita el carácter
eucarístico de acercamiento espiritual y de unión entre los hombres que participan en el
Sacrificio, el cual con la Comunión se convierte luego en banquete para ellos. Este
acercamiento y esta unión, cuyo prototipo es la unión de los Apóstoles en torno a
Cristo durante la última Cena, expresan y realizan la Iglesia. Pero ella no se realiza sólo mediante el hecho de la unión entre los
hombres a través de la experiencia de la fraternidad a la que da ocasión el banquete
eucarístico. La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternas,
celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo, cuando anunciamos «la muerte del Señor
hasta que El venga», y luego cuando, compenetrados profundamente en el misterio de
nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos
sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión
eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con El, que es don
y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es la
Iglesia. Solamente de esta manera, mediante tal fe y disposición de ánimo, se
realiza esa construcción de la Iglesia, que, según la conocida expresión del Concilio
Vaticano II, halla en la Eucaristía la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana».
Esta verdad, que por obra del mismo Concilio ha recibido un nuevo y vigoroso relieve, debe
ser tema frecuente de nuestras reflexiones y de nuestra enseñanza. Nútrase de ella toda
actividad pastoral, sea también alimento para nosotros mismos y para todos los sacerdotes
que colaboran con nosotros, y finalmente para todas las comunidades encomendadas a nuestro
cuidado. En esta praxis ha de revelarse, casi a cada paso, aquella estrecha relación que
hay entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía, entendida
en su significado profundo y bajo todos los puntos de vista. Eucaristía y caridad 5. Antes de pasar a observaciones más detalladas sobre el tema de la
celebración del Santo Sacrificio, deseo recordar brevemente que el culto eucarístico
constituye el alma de toda la vida cristiana. En efecto, si la vida cristiana se
manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al
prójimo, este amor encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado
generalmente Sacramento del amor. La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace
presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera
consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que
encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace
continuamente, según las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso
obro yo también». Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada
hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios -del que la Eucaristía es
señal indeleble- nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor,
sino que nosotros mismos comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo, en la vía del
amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se
desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza. El culto eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor,
que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto
brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo
de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que
corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre
«en espíritu y verdad», maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez
más unidos a Él y -si podemos emplear esta expresión- somos más solidarios con Él. La doctrina de la Eucaristía, «signo de unidad» y «vínculo de
caridad», enseñada por San Pablo, ha sido luego profundizada en los escritos de tantos
santos, que son para nosotros un ejemplo vivo de culto eucarístico. Hemos de tener
siempre esta realidad ante los ojos y, al mismo tiempo, debemos esforzarnos continuamente
para que también nuestra generación añada a esos maravillosos ejemplos del pasado otros
ejemplos nuevos, no menos vivos y elocuentes, que reflejen la época a la que
pertenecemos. Eucaristía y prójimo 6. El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte de por sí en
escuela de amor activo al prójimo. Sabemos que es éste el orden verdadero e integral del
amor que nos ha enseñado el Señor: «En esto conoceréis todos que sois mis discípulos:
si tenéis amor unos para con otros». La Eucaristía nos educa para este amor de modo
más profundo; en efecto, demuestra qué valor debe de tener a los ojos de Dios todo
hombre, nuestro hermano y hermana, si Cristo se ofrece a sí mismo de igual modo a cada
uno, bajo las especies de pan y de vino. Si nuestro culto eucarístico es auténtico, debe
hacer aumentar en nosotros la conciencia de la dignidad de todo hombre. La conciencia de
esta dignidad se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el
prójimo. Asimismo debemos hacernos particularmente sensibles a todo sufrimiento y
miseria humana, a toda injusticia y ofensa, buscando el modo de repararlos de manera
eficaz. Aprendamos a descubrir con respeto la verdad del hombre interior, porque
precisamente este interior del hombre se hace morada de Dios presente en la Eucaristía.
Cristo viene a los corazones y visita las conciencias de nuestros hermanos y hermanas.
¡Cómo cambia la imagen de todos y cada uno, cuando adquirimos conciencia de esta
realidad, cuando la hacemos objeto de nuestras reflexiones! El sentido del Misterio
eucarístico nos impulsa al amor al prójimo, al amor a todo hombre. Eucaristía y vida 7. Siendo pues fuente de caridad, la Eucaristía ha ocupado siempre el
centro de la vida de los discípulos de Cristo. Tiene el aspecto de pan y de vino, es
decir, de comida y de bebida; por lo mismo es tan familiar al hombre, y está tan
estrechamente vinculada a su vida, como lo están efectivamente la comida y la bebida. La
veneración a Dios que es Amor nace del culto eucarístico de esa especie de intimidad en
la que el mismo, análogamente a la comida y a la bebida, llena nuestro ser espiritual,
asegurándole, al igual que ellos, la vida. Tal veneración «eucarística» de Dios
corresponde pues estrictamente a sus planes salvíficos. El mismo, el Padre, quiere que
los «verdaderos adoradores» lo adoren precisamente así, y Cristo es intérprete de este
querer con sus palabras a la vez que con este sacramento, en el cual nos hace posible la
adoración al Padre, de la manera más conforme a su voluntad. De tal concepción del culto eucarístico brota todo el estilo
sacramental de la vida del cristiano. En efecto, conducir una vida basada en los
sacramentos, animada por el sacerdocio común, significa ante todo por parte del
cristiano, desear que Dios actúe en él para hacerle llegar en el Espíritu «a la plena
madurez de Cristo». Dios, por su parte, no lo toca solamente a través de los
acontecimientos y con su gracia interna, sino que actúa en él, con mayor certeza y
fuerza, a través de los sacramentos. Ellos dan a su vida un estilo sacramental. Ahora bien, entre todos los sacramentos, es el de la Santísima
Eucaristía el que conduce a plenitud su iniciación de cristiano y confiere al ejercicio
del sacerdocio común esta forma sacramental y eclesial que lo pone en conexión - como
hemos insinuado anteriormente- con el ejercicio del sacerdocio ministerial. De este modo
el culto eucarístico es centro y fin de toda la vida sacramental. Resuenan continuamente
en él, como un eco profundo, los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo y
Confirmación. ¿Dónde está mejor expresada la verdad de que además de ser «llamados
hijos de Dios», lo «somos realmente», en virtud del Sacramento del Bautismo, sino
precisamente en el hecho de que en la Eucaristía nos hacemos partícipes del Cuerpo y de
la Sangre del unigénito Hijo de Dios? Y ¿qué es lo que nos predispone mayormente a
«ser verdaderos testimonios de Cristo», frente al mundo, como resultado del Sacramento
de la Confirmación, sino la comunión eucarística, en la que Cristo nos da testimonio a
nosotros y nosotros a Él? Es imposible analizar aquí en sus pormenores los lazos existentes entre
la Eucaristía y los demás Sacramentos, particularmente con el Sacramento de la vida
familiar y el Sacramento de los enfermos. Acerca de la estrecha vinculación, existente
entre el Sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía llamé ya la atención en la
Encíclica «Redemptor hominis». No es solamente la Penitencia la que conduce a la
Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos
damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros
casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y
con la necesidad interior de purificación. No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con
Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que
no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. La práctica de la
virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia son indispensables a fin de
sostener en nosotros y profundizar continuamente el espíritu de veneración, que el
hombre debe a Dios mismo y a su Amor tan admirablemente revelado. Estas palabras quisieran presentar algunas reflexiones generales sobre
el culto del Misterio eucarístico, que podrían ser desarrolladas más larga y
ampliamente. Concretamente, se podría enlazar cuanto se dijo acerca de los efectos de la
Eucaristía sobre el amor por el hombre con lo que hemos puesto de relieve ahora sobre los
compromisos contraídos para con el hombre y la Iglesia en la comunión eucarística, y
consiguientemente delinear la imagen de la «tierra nueva» que nace de la Eucaristía a
través de todo «hombre nuevo». Efectivamente en este Sacramento del pan y del vino, de la comida y de
la bebida, todo lo que es humano sufre una singular transformación y elevación. El culto
eucarístico no es tanto culto de la trascendencia inaccesible, cuanto de la divina
condescendencia y es a su vez transformación misericordiosa y redentora del mundo en el
corazón del hombre. Recordando todo esto, sólo brevemente, deseo, no obstante la
concisión, crear un contexto más amplio para las cuestiones que deberé tratar
enseguida: ellas están estrechamente vinculadas a la celebración del Santo Sacrificio.
En efecto, en esta celebración se expresa de manera más directa el culto de la
Eucaristía. Este emana del corazón como preciosísimo homenaje inspirado por la fe, la
esperanza y la caridad, infundidas en nosotros en el Bautismo. Es precisamente de ella,
venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, de lo que quiero
escribiros en esta Carta, a la que la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el
Culto Divino hará seguir indicaciones más concretas. II SACRALIDAD DE LA EUCARISTÍA Y
SACRIFICIO Sacralidad 8. La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por
el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia.
En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no
obstante, ha permanecido inmutada la esencia del «Mysterium», instituido por el Redentor
del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas
modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en
cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias;
por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia
eucarística. Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de
«sacrum» de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque
en ella está continuamente presente y actúa Cristo, «el Santo» de Dios, «ungido por
el Espíritu Santo», «consagrado por el Padre», para dar libremente y recobrar su vida,
«Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza». Es El, en efecto, quien, representado por el
celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El «el oferente y
el ofrecido, el consagrante y el consagrado». Acción santa y sagrada, porque es
constitutiva de las especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir, de las «cosas
santas - Cristo el Santo- dadas a los santos», como cantan todas las liturgias de Oriente
en el momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del
Señor. El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización», es
decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena
del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo,
comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el
misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia,
nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté
diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El
«Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción
de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la
asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueves Santo. El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual
quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es
decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote»,
que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad,
no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser
siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris... sed etiam totius
mundi». Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza
propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de
conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el
significado del sacerdote - celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y
obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al
mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia
espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística Ese «Sacrum», actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir
de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad
y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y
controladas por la Iglesia. Ese «Sacrum» no puede tampoco ser instrumentalizado para
otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y
sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación «profana», que se
convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que
recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una
tendencia a borrar la distinción entre «sacrum» y «profanum», dada la difundida
tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo. En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y
corroborar el «sacrum» de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces
también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana - fe
consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten
la misma fe- garantiza a este «sacrum» el derecho de ciudadanía. El deber de respetar
la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad
de conciencia y de religión. La sacralidad de la Eucaristía ha encontrado y encuentra siempre
expresión en la terminología teológica y litúrgica. Este sentido de la sacralidad
objetiva del Misterio eucarístico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con
ella se ha enriquecido y robustecido. 45 Los ministros de la Eucaristía deben por tanto,
sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz
de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal,
por voluntad de Cristo y de su Iglesia. Sacrificio 9. La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la
Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, como creemos y como
claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual - afirmó hace siglos
la Iglesia griega- es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es
ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio». Por esto, y
precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y
el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta
restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con
el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio
bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien
sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero
sacrificio, obra esa restitución a Dios. Se sigue de ahí que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio,
es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo en virtud del poder específico de la sagrada
ordenación- el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En
cambio todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen
con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales,
representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar.
Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, «tiene su
valor y su significado espiritual». El pan y el vino se convierten en cierto sentido en
símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y
que ofrece en espíritu. Es importante que este primer momento de la liturgia eucarística, en
sentido estricto, encuentre su expresión en el comportamiento de los participantes. A
esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma
litúrgica , y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es
necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este
acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante. La conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida
durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la
consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del
momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración
eucarística que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquí algunas
expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el
carácter sacrificial de la Eucaristía y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de
Cristo: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo
y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un
solo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente». Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las
palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles
que oren para que «este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre
todopoderoso». Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el
carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como
eclesial. Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que
ella es «Sacrificium», es decir, una «Ofrenda consagrada». En efecto, el pan y el
vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios
espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan
verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de
Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino,
«representan», de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio
ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto,
ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha
reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, «borrando
el acta de los decretos que nos era contraria». A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar,
las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una
contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en
las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la
oración eucarística, sobre todo durante la consagración, y también cuando la
celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la
conciencia de que «el Maestro está ahí y te llama». Esta llamada del Señor, dirigida
a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el
Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarística, que da a la
participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana:
«la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que
aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de
Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos». Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en
práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en
la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio
Vaticano II ha dado al sacrificio eucarístico una mayor visibilidad. Entre otras cosas,
contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística recitadas por el celebrante en
voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea
inmediatamente después de la elevación. Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos
cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante-
sobre todo hoy que celebra «de cara al pueblo»- como por parte de los fieles. El culto
eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y
especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de
manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto
esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un
recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del
misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento. III LAS DOS MESAS DEL SEÑOR Mesa de la Palabra de Dios 10. Sabemos bien que la celebración de la Eucaristía ha estado
vinculada, desde tiempos muy antiguos, no sólo a la oración, sino también a la lectura
de la Sagrada Escritura, y al canto de toda la asamblea. Gracias a esto ha sido posible,
desde hace mucho tiempo, relacionar con la Misa el parangón hecho por los Padres con las
dos mesas, sobre las cuales la Iglesia prepara para sus hijos la Palabra de Dios y la
Eucaristía, es decir, el Pan del Señor. Debemos pues volver a la primera parte del
Sagrado Misterio que, con frecuencia, en el presente se le llama Liturgia de la Palabra, y
dedicarle un poco de atención. La lectura de los fragmentos de la Sagrada Escritura, escogidos para
cada día, ha sido sometida por el Concilio a criterios y exigencias nuevas. Como
consecuencia de tales normas conciliares se ha hecho una nueva selección de lecturas, en
las que se ha aplicado, en cierta medida, el principio de la continuidad de los textos, y
también el principio de hacer accesible el conjunto de los Libros Sagrados. La
introducción de los salmos con los responsorios en la liturgia familiariza a los
participantes con los más bellos recursos de la oración y de la poesía del Antiguo
Testamento. Además el hecho de que los relativos textos sean leídos y cantados en la
propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente. No
faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín,
sienten la falta de esta «lengua única», que ha sido en todo el mundo una expresión de
la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del
Misterio Eucarístico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también
pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos,
como está previsto además en las nuevas disposiciones. La Iglesia romana tiene
especiales deberes, con el latín, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe
manifestarlo siempre que se presente ocasión. De hecho las posibilidades creadas actualmente por la renovación
posconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la
auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que
toman parte activa en esta celebración. Surgen grupos de lectores y de cantores, más
aún, de «scholae cantorum», masculinas o femeninas, que con gran celo se dedican a
ello. La Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, comienza a pulsar con nueva vida en muchas
comunidades cristianas. Los fieles, reunidos para la liturgia, se preparan con el canto
para escuchar el Evangelio, que es anunciado con la debida devoción y amor. Constatando todo esto con gran estima y agradecimiento, no puede sin
embargo olvidarse que una plena renovación tiene otras exigencias. Estas consisten en una
nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios transmitida mediante la liturgia, en
diversas lenguas, y esto corresponde ciertamente al carácter universal y a las
finalidades del Evangelio. La misma responsabilidad atañe también a la ejecución de las
relativas acciones litúrgicas, la lectura o el canto, lo cual debe responder también a
los principios del arte. Para preservar estas acciones de cualquier artificio, conviene
expresar en ellas una capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que
haga resplandecer, desde el mismo modo de leer o de cantar, el carácter peculiar del
texto sagrado. Por tanto, estas exigencias, que brotan de la nueva responsabilidad ante
la Palabra de Dios en la liturgia, llegan todavía más a lo hondo y afectan a la
disposición interior con la que los ministros de la Palabra cumplen su función en la
asamblea litúrgica. La misma responsabilidad se refiere finalmente a la selección de los
textos. Esa selección ha sido ya hecha por la competente autoridad eclesiástica, que ha
previsto incluso los casos, en que se pueden escoger lecturas más adecuadas a una
situación especial. Además, conviene siempre recordar que en el conjunto de los textos
de las Lecturas de la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la
Escritura no puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran
indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio podrán utilizarse, con
gran provecho, en las homilías. Efectivamente, la homilía es especialmente idónea para
la utilización de esos textos, con tal de que respondan a las requeridas condiciones de
contenido, por cuanto es propio de la homilía, entre otras cosas, demostrar la
convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por
distintos caminos busca la verdad. Mesa del Pan del Señor 11. La segunda mesa del misterio eucarístico, es decir, la mesa del Pan
del Señor, exige también un adecuada reflexión desde el punto de vista de la
renovación litúrgica actual. Es éste un problema de grandísima importancia,
tratándose de un acto particular de fe viva, más aún, como se atestigua desde los
primeros siglos, de una manifestación de culto a Cristo, que en la comunión eucarística
se entrega a sí mismo a cada uno de nosotros, a nuestro corazón, a nuestra conciencia, a
nuestros labios y a nuestra boca, en forma de alimento. Y por esto, en relación con ese
problema, es particularmente necesaria la vigilancia de la que habla el Evangelio, tanto
por parte de los Pastores responsables del culto eucarístico, como por parte del Pueblo
de Dios, cuyo «sentido de la fe» debe ser precisamente en esto muy consciente y agudo. Por esto, deseo confiar también este problema al corazón de cada uno
de vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado. Vosotros debéis sobre todo
insertarlo en vuestra solicitud por todas las Iglesias, confiadas a vosotros. Os lo pido
en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los Apóstoles: la unidad
colegial. Esta unidad ha nacido, en cierto sentido, en la mesa del Pan del Señor, el
Jueves Santo. Con la ayuda de vuestros Hermanos en el sacerdocio, haced todo lo que
podáis, para garantizar la dignidad sagrada del ministerio eucarístico y el profundo
espíritu de la comunión eucarística, que es un bien peculiar de la Iglesia como Pueblo
de Dios, y al mismo tiempo la herencia especial transmitida a nosotros por los Apóstoles,
por diversas tradiciones litúrgicas y por tantas generaciones de fieles, a menudo
testigos heroicos de Cristo, educados en la «escuela de la Cruz» (Redención) y de la
Eucaristía. Conviene pues recordar que la Eucaristía, como mesa del Pan del Señor,
es una continua invitación, como se desprende de la alusión litúrgica del celebrante en
el momento del «Este es el Cordero de Dios. Dichosos los llamados a la cena del Señor»
y de la conocida parábola del Evangelio sobre los invitados al banquete de bodas.
Recordemos que en esta parábola hay muchos que se excusan de aceptar la invitación por
distintas circunstancias. Ciertamente también en nuestras comunidades católicas no
faltan aquellos que podrían participar en la Comunión eucarística, y no participan, aun
no teniendo en su conciencia impedimento de pecado grave. Esa actitud, que en algunos va
unida a una exagerada severidad, se ha cambiado, a decir verdad, en nuestro tiempo, aunque
en algunos sitios se nota aún. En realidad, más frecuente que el sentido de indignidad,
se nota una cierta falta de disponibilidad interior - si puede llamarse así -, falta de
«hambre» y de «sed» eucarística, detrás de la que se esconde también la falta de
una adecuada sensibilidad y comprensión de la naturaleza del gran Sacramento del amor. Sin embargo, en estos últimos años, asistimos también a otro
fenómeno. Algunas veces, incluso en casos muy numerosos, todos los participantes en la
asamblea eucarística se acercan a la comunión, pero entonces, como confirman pastores
expertos, no ha habido la debida preocupación por acercarse al sacramento de la
Penitencia para purificar la propia conciencia. Esto naturalmente puede significar que los
que se acercan a la Mesa del Señor no encuentren, en su conciencia y según la ley
objetiva de Dios, nada que impida aquel sublime y gozoso acto de su unión sacramental con
Cristo. Pero puede también esconderse aquí, al menos alguna vez, otra convicción: es
decir el considerar la Misa sólo como un banquete, en el que se participa recibiendo el
Cuerpo de Cristo, para manifestar sobre todo la comunión fraterna. A estos motivos se
pueden añadir fácilmente una cierta consideración humana y un simple «conformismo». Este fenómeno exige, por parte nuestra, una vigilante atención y un
análisis teológico y pastoral, guiado por el sentido de una máxima responsabilidad. No
podemos permitir que en la vida de nuestras comunidades se disipe aquel bien que es la
sensibilidad de la conciencia cristiana, guiada únicamente por el respeto a Cristo que,
recibido en la Eucaristía, debe encontrar en el corazón de cada uno de nosotros una
digna morada. Este problema está estrechamente relacionado no sólo con la práctica del
Sacramento de la Penitencia, sino también con el recto sentido de responsabilidad de cara
al depósito de toda la doctrina moral y de cara a la distinción precisa entre bien y
mal, la cual viene a ser a continuación, para cada uno de los participantes en la
Eucaristía, base de correcto juicio de sí mismos en la intimidad de la propia
conciencia. Son bien conocidas las palabras de San Pablo: «Examínese, pues, el hombre a
sí mismo»; ese juicio es condición indispensable para una decisión personal, a fin de
acercarse a la comunión eucarística o bien abstenerse. La celebración de la Eucaristía nos sitúa ante muchas otras
exigencias, por lo que respecta al ministerio de la Mesa eucarística, que se refieren, en
parte, tanto a los solos sacerdotes y diáconos, como a todos los que participan en la
liturgia eucarística. A los sacerdotes y a los diáconos es necesario recordar que el
servicio de la mesa del Pan del Señor les impone obligaciones especiales, que se
refieren, en primer lugar, al mismo Cristo presente en la Eucaristía y luego a todos los
actuales y posibles participantes en la Eucaristía. Respecto al primero, no será quizás
superfluo recordar las palabras del Pontifical que, en el día de la ordenación, el
Obispo dirige al nuevo sacerdote, mientras le entrega en la patena y en el cáliz el pan y
el vino ofrecidos por los fieles y preparados por el diácono: «Accipe oblationem plebis
sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio
dominicae crucis conforma». Esta última amonestación hecha a él por el Obispo debe
quedar como una de las normas más apreciadas en su ministerio eucarístico. En ella debe inspirarse el sacerdote en su modo de tratar el Pan y el
Vino, convertidos en Cuerpo y Sangre del Redentor. Conviene pues que todos nosotros, que
somos ministros de la Eucaristía, examinemos con atención nuestras acciones ante el
altar, en especial el modo con que tratamos aquel Alimento y aquella Bebida, que son el
Cuerpo y la Sangre de nuestro Dios y Señor en nuestras manos; cómo distribuimos la Santa
Comunión; cómo hacemos la purificación. Todas estas acciones tienen su significado. Conviene naturalmente evitar
la escrupulosidad, pero Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa
inoportuna, de una impaciencia escandalosa. Nuestro honor más grande consiste - además
del empeño en la misión evangelizadora- en ejercer ese misterioso poder sobre el Cuerpo
del Redentor, y en nosotros todo debe estar claramente ordenado a esto. Debemos, además,
recordar siempre que hemos sido sacramentalmente consagrados para ese poder, que hemos
sido escogidos entre los hombres y «en favor de los hombres». Debemos reflexionar sobre
ello especialmente nosotros sacerdotes de la Iglesia Romana latina, cuyo rito de
ordenación añade, en el curso de los siglos, el uso de ungir las manos del sacerdote. En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano.
Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la
aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas
deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las
personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia,
que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la
Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y
voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en
la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el
contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados.
Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al
Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en
los Países donde esta praxis ha sido autorizada. Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes,
que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso
sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por
eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas
Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los
consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea.
Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez
consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea
primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si
precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu
Santo. El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos
es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio
de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no
son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus
futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero
siempre después de una adecuada preparación. Bien común de la Iglesia 12. No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía
es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la
gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y,
precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espíritu de fe profunda,
dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. Un don nos
obliga tanto más profundamente porque nos habla, no con la fuerza de un rígido derecho,
sino con la fuerza de la confianza personal, y así -sin obligaciones legales- exige
correspondencia y gratitud. La Eucaristía es verdaderamente tal don, es tal bien. Debemos
permanecer fieles en los pormenores a lo que ella expresa en sí y a lo que nos pide, o
sea la acción de gracias. La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de
su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que
concierne a la participación y celebración de la misma. Debemos, por lo tanto, actuar
según los principios establecidos por el último Concilio que, en la Constitución sobre
la Sagrada Liturgia, ha definido las autorizaciones y obligaciones, sea de los respectivos
Obispos en sus diócesis, sea de las Conferencias Episcopales, dado que unos y otras
actúan unidos colegialmente con la Sede Apostólica. Además debemos seguir las instrucciones emanadas en este campo de los
diversos Dicasterios : sea en materia litúrgica, en las normas establecidas por los
libros litúrgicos, en lo concerniente al misterio eucarístico, y en las Instrucciones
dedicadas al mismo misterio, sea en lo que tiene relación con la «communicatio in
sacris», en las normas del «Directorium de re oecumenica» y en la «Instructio de
peculiaribus casibus admittendi alios christianos ad communionem eucharisticam in Ecclesia
catholica». Y aunque, en esta etapa de renovación, se ha admitido la posibilidad de una
cierta autonomía «creativa», sin embargo ella misma debe respetar estrictamente las
exigencias de la unidad substancial. Por el camino de este pluralismo (que brota ya entre
otras cosas por la introducción de las distintas lenguas en la liturgia) podemos
proseguir únicamente hasta allí donde no se hayan cancelado las características
esenciales de la celebración de la Eucaristía y se hayan respetado las normas
prescriptas por la reciente reforma litúrgica. Hay que realizar en todas partes un esfuerzo indispensable, para que
dentro del pluralismo del culto eucarístico, programado por el Concilio Vaticano II, se
manifieste la unidad de la que la Eucaristía es signo y causa. Esta tarea sobre la cual,
obligada por las circunstancias, debe vigilar la Sede Apostólica, debería ser asumida no
sólo por cada una de las Conferencias Episcopales, sino también, por cada ministro de la
Eucaristía, sin excepción. Cada uno debe además recordar que es responsable del bien
común de la Iglesia entera. El sacerdote como ministro, como celebrante, como quien
preside la asamblea eucarística de los fieles, debe poseer un particular sentido del bien
común de la Iglesia, que él mismo representa mediante su ministerio, pero al que debe
también subordinarse, según una recta disciplina de la fe. El no puede considerarse como
«propietario», que libremente dispone del texto litúrgico y del sagrado rito como de un
bien propio, de manera que pueda darle un estilo personal y arbitrario. Esto puede a veces
parecer de mayor efecto, puede también corresponder mayormente a una piedad subjetiva;
sin embargo, objetivamente, es siempre una traición a aquella unión que, de modo
especial, debe encontrar la propia expresión en el sacramento de la unidad. Todo sacerdote, cuando ofrece el Santo Sacrificio, debe recordar que,
durante este Sacrificio, no es únicamente él con su comunidad quien ora, sino que ora la
Iglesia entera, expresando así, también con el uso del texto litúrgico aprobado, su
unidad espiritual en este sacramento. Si alguien quisiera tachar de «uniformidad» tal
postura, esto comprobaría sólo la ignorancia de las exigencias objetivas de la
auténtica unidad y sería un síntoma de dañoso individualismo. Esta subordinación del ministro, del celebrante, al «Mysterium»,
que le ha sido confiado por la Iglesia para el bien de todo el Pueblo de Dios, debe
encontrar también su expresión en la observancia de las exigencias litúrgicas relativas
a la celebración del Santo Sacrificio. Estas exigencias se refieren, por ejemplo, al
hábito y, particularmente, a los ornamentos que reviste el celebrante. Es obvio que hayan
existido y existan circunstancias en las que las prescripciones no obligan. Hemos leído
con conmoción, en libros escritos por sacerdotes ex-prisioneros en campos de exterminio,
relatos de celebraciones eucarísticas sin observar las mencionadas normas, o sea sin
altar y sin ornamentos. Pero si en tales circunstancias esto era prueba de heroísmo y
debía suscitar profunda estima, sin embargo en condiciones normales, omitir las
prescripciones litúrgicas puede ser interpretado como una falta de respeto hacia la
Eucaristía, dictada tal vez por individualismo o por un defecto de sentido crítico sobre
las opiniones corrientes, o bien por una cierta falta de espíritu de fe. Sobre todos nosotros, que somos, por gracia de Dios, ministros de la
Eucaristía, pesa de modo particular la responsabilidad por las ideas y actitudes de
nuestros hermanos y hermanas, encomendados a nuestra cura pastoral. Nuestra vocación es
la de suscitar, sobre todo con el ejemplo personal, toda sana manifestación de culto
hacia Cristo presente y operante en el Sacramento del amor. Dios nos preserve de obrar
diversamente, de debilitar aquel culto, desacostumbrándonos de varias manifestaciones y
formas de culto eucarístico, en las que se expresa una tal vez tradicional pero sana
piedad, y sobre todo aquel «sentido de la fe», que el Pueblo de Dios entero posee, como
ha recordado el Concilio Vaticano II. Llegando ya al término de mis reflexiones, quiero pedir perdón - en mi
nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado- por todo
lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia,
en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas
del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la
interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento. Y pido al
Señor Jesús para que en el futuro se evite, en nuestro modo de tratar este sagrado
Misterio, lo que puede, de alguna manera, debilitar o desorientar el sentido de reverencia
y amor en nuestros fieles. Que el mismo Cristo nos ayude a continuar por el camino de la verdadera
renovación hacia aquella plenitud de vida y culto eucarístico, a través del cual se
construye la Iglesia en esa unidad que ella misma ya posee y que desea poder realizar aun
más para gloria del Dios vivo y para la salvación de todos los hombres. CONCLUSIÓN 13. Permitidme, venerables y queridos Hermanos, que termine ya estas
consideraciones, que se han limitado a profundizar sólo algunas cuestiones. Al
proponerlas he tenido delante toda la obra desarrollada por el Concilio Vaticano II, y he
tenido presente en mi mente la Encíclica de Pablo VI «Mysterium Fidei», promulgada
durante el Concilio, así como todos los documentos emanados después del mismo Concilio
para poner en práctica la renovación litúrgica postconciliar. Existe, en efecto, un
vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de
toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia,
vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida. Y por ello, la
renovación litúrgica, realizada de modo justo, conforme al espíritu del Vaticano II,
es, en cierto sentido, la medida y la condición para poner en práctica las enseñanzas
del Concilio Vaticano II, que queremos aceptar con fe profunda, convencidos de que,
mediante el mismo, el Espíritu Santo «ha dicho a la Iglesia» las verdades y ha dado las
indicaciones que son necesarias para el cumplimiento de su misión respecto a los hombres
de hoy y de mañana. También en el futuro habremos de tener una particular solicitud para
promover y seguir la renovación de la Iglesia, conforme a la doctrina del Vaticano II, en
el espíritu de una Tradición siempre viva. En efecto, pertenece también a la sustancia
de la Tradición, justamente entendida, una correcta «relectura» de los «signos de los
tiempos», según los cuales hay que sacar del rico tesoro de la Revelación «cosas
nuevas y cosas antiguas». Obrando en este espíritu, según el consejo del Evangelio, el
Concilio Vaticano II ha realizado un esfuerzo providencial para renovar el rostro de la
Iglesia en la sagrada liturgia, conectando frecuentemente con lo que es «antiguo», con
lo que proviene de la herencia de los Padres y es expresión de la fe y de la doctrina de
la Iglesia unida desde hace tantos siglos. Para continuar poniendo en práctica, en el futuro, las normas del
Concilio en el campo de la liturgia, y concretamente en el campo del culto eucarístico,
es necesaria una íntima colaboración entre el correspondiente Dicasterio de la Santa
Sede y cada Conferencia Episcopal, colaboración atenta y a la vez creadora, con la mirada
fija en la grandeza del santísimo Misterio y, al mismo tiempo, en las evoluciones
espirituales y en los cambios sociales, tan significativos para nuestra época, dado que
no sólo crean a veces dificultades, sino que disponen además a un modo nuevo de
participar en ese gran Misterio de la fe. Me apremia sobre todo el subrayar que los problemas de la liturgia, y en
concreto de la Liturgia eucarística, no pueden ser ocasión para dividir a los católicos
y amenazar la unidad de la Iglesia. Lo exige una elemental comprensión de ese Sacramento,
que Cristo nos ha dejado como fuente de unidad espiritual. Y ¿cómo podría precisamente
la Eucaristía, que es en la Iglesia «sacramentum pietatis, signum unitatis, vinculum
caritatis» constituir en este momento, entre nosotros, punto de división y fuente de
disconformidad de pensamientos y comportamientos, en vez de ser centro focal y
constitutivo, cual es verdaderamente en su esencia, de la unidad de la misma Iglesia? Somos todos igualmente deudores hacia nuestro Redentor. Todos juntos
debemos prestar oído al Espíritu de verdad y amor, que El ha prometido a la Iglesia y
que obra en ella. En nombre de esta verdad y de este amor, en nombre del mismo Cristo
Crucificado y de su Madre, os ruego y suplico que, dejando toda oposición y división,
nos unamos todos en esta grande y salvífica misión, que es precio y a la vez fruto de
nuestra redención. La Sede Apostólica hará todo lo posible para buscar, también en el
futuro, los medios que puedan garantizar la unidad de la que hablamos. Evite cada uno, en
su modo de actuar, «entristecer al Espíritu Santo». Para que esta unidad y la colaboración constante y sistemática que a
ella conduce, puedan proseguirse con perseverancia, imploro de rodillas para todos
nosotros la luz del Espíritu Santo, por intercesión de María, su Santa Esposa y Madre
de la Iglesia. Al bendecir a todos de corazón, me dirijo una vez más a vosotros,
venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, con un saludo fraterno y plena confianza.
En esta unidad colegial de la que participamos, hagamos el máximo esfuerzo para que,
dentro de la unidad universal de la Iglesia de Cristo sobre la tierra, la Eucaristía se
convierta cada vez más en fuente de vida y luz para la conciencia de todos nuestros
hermanos, en todas las comunidades. Con espíritu de fraterna caridad, me es grato impartir la Bendición
Apostólica a vosotros y a todos los hermanos en el sacerdocio. Vaticano, 24 de febrero, domingo I de Cuaresma, del año 1980, segundo
de mi Pontificado.
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