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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:34
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Jueves Santo de 1981 La misión
suprema de Cristo y la misión de sus sacerdotes El Ungido, el Enviado 1. «Hoy se cumple esta
Escritura (Lc 4,21). Venerables y queridos hermanos: No fue demasiado largo el tiempo que, en la vida de Jesucristo, separó
el día, en que El pronunció por vez primera estas palabras en la sinagoga de Nazaret,
del día en que comenzó a cumplirse en El la misión suprema de Ungido. Cristo, el Ungido Aquel que viene en la plenitud del Espíritu del
Señor, tal como dijo de El, el Profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado...» He aquí: el Ungido, o el Enviado;
está en el final de su misión terrena. Suenan ya la horas de los días espantosos y, a la vez, santos, en el
curso de los cuales la Iglesia, cada año, acompaña, mediante la fe y la liturgia, el
último Paso del Señor, Pascha Domini. Y la Iglesia lo hace, encontrando en El siempre de
nuevo el principio de la vida del Espíritu y de la Verdad, de la Vida que debía
revelarse sólo mediante la muerte. Todo lo que había precedido a esta muerte del Ungido,
fue solamente una preparación a esta única Pascua. La Pascua de la Iglesia 2. Nosotros también nos hemos reunido hoy, en la mañana del Jueves
Santo, para preparar la Pascua. Los cardenales y los obispos, los presbíteros y los
diáconos, juntamente con el Obispo de Roma, celebran la liturgia de la bendición del
crisma del óleo de los catecúmenos y del óleo de los enfermos. La liturgia matutina del
Jueves Santo constituye la preparación anual a la Pascua de Cristo, que vive en la
Iglesia, comunicando a todos esa plenitud del Espíritu Santo, que está en El mismo,
comunicando a todos la plenitud de su unción. ¡Los cristianos son uncti ex Uncto! Nos hemos reunido aquí para preparar, de acuerdo con el carácter de
nuestro ministerio, la Pascua de Cristo en la Iglesia: para preparar la Pascua de la
Iglesia en cada uno de los que participan en su misión, desde el niño recién nacido
hasta el venerable anciano gravemente enfermo que se acerca al fin de su vida. Cada uno
participa en la misión consignada a toda la Iglesia por el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, misión suscitada por obra del misterio pascual de Jesucristo. La unión y la misión son propias de todo el Pueblo de Dios. Y nosotros
hemos venido para preparar la Pascua y la Iglesia de la cual toma inicio, siempre de
nuevo, la unión y la misión de todo el Pueblo de Dios. «A aquel que nos amó, nos ha liberado de nuestros pecados por su
sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a El la
gloria y el poder por los siglos de los Siglos». Fidelidad a la alianza sacerdotal 3. Estamos, pues, aquí juntos en la comunidad de la concelebración.
Estamos juntos nosotros, los humildes adoradores e indignos administradores del misterio
pascual de Jesucristo. Nosotros, servidores de la incesante Pascua de la iglesia, elegidos por
la gracia de Dios. Estamos presentes para renovar el vínculo vivificante de nuestro
sacerdocio con el único Sacerdote, con el Sacerdote eterno, con Aquel «que nos ha
convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre». Estamos presentes para prepararnos a descender juntos con El al «abismo
de la pasión, que se abre con el Triduum Sacrum, para sacar de nuevo fuera de este abismo
el sentido de nuestra indignidad y la infinita gratitud por el don, del que participa cada
uno de nosotros. Estamos aquí, queridos hermanos, para renovar los compromisos de nuestra
fidelidad presbiteriana. «Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean
fieles». ¡Somos uncti ex Uncto! Hemos sido ungidos, igual que todos nuestros hermanos y hermanas, con la
gracia del bautismo y de la confirmación. Pero, además de esto, también han sido ungidas nuestras manos, con las
cuales debemos renovar su propio Sacrificio sobre tantos altares de esta basílica, de la
Ciudad Eterna, de todo el mundo. Y han sido ungidas también nuestras cabezas, puesto que el Espíritu
Santo ha elegido a algunos de entre nosotros y los ha llamado a presidir a la Iglesia, a
la solicitud apostólica por todas las Iglesias (sollicitudo omnium Ecclesiarum). ¡Uncti ex Uncto! ¡Qué inestimable es para nosotros este
día! Qué especial es la fiesta de hoy: el día en el que hemos nacido todos y ha nacido
cada uno de nosotros como sacerdote ministerial por obra del Ungido Divino. «Vosotros os llamaréis sacerdotes del
Señor, dirán de vosotros: ministros de nuestro Dios». Así dice el Señor: «Les daré su salario
fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Su estirpe será célebre entre las
naciones, y sus vástagos entre los pueblos. Los que los vean reconocerán que son la
estirpe que bendijo el Señor». Así se expresa el Profeta Isaías en la
primera lectura. Queridísimos hermanos: Que se cumplan estas
palabras en cada uno de nosotros y sobre nosotros. Recemos también por aquellos que han roto
la fidelidad a la alianza con el Señor y a la unción de las manos sacerdotales. Oremos pensando en aquellos que, después de
nosotros, deben asumir la unción y la misión. Que lleguen de diversas partes y entren en
la viña del Señor, sin tardar y sin mirar atrás. ¡Uncti ex Uncto! Amén
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