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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:51
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JUEVES SANTO DE 1982
Queridos hermanos en el sacerdocio: Desde el comienzo de mi ministerio de Pastor de la Iglesia universal, he
deseado que el Jueves Santo de cada año sea un día de particular comunión Espiritual,
para compartir con vosotros la oración, las inquietudes pastorales, las esperanzas, para
alentar vuestro servicio generoso y fiel, y para darles las gracias en nombre de toda la
Iglesia. Este año no os escribo una carta, sino que
os envío el texto de una oración inspirada por la fe y nacida del corazón, para
dirigirla a Cristo juntamente con vosotros en el día del nacimiento del sacerdocio mío y
vuestro, y para proponer una meditación común que esté iluminada y sostenida por ella. Que cada uno de vosotros pueda reavivar el
carisma de Dios que lleva en sí por la imposición de las manos (cfr. 2 Tim 1, 6),
y gustar con renovado fervor el gozo de haberse entregado totalmente a Cristo. Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor del
año 1982, cuarto de mi Pontificado. - 1. Nos dirigimos a Ti, Cristo del Cenáculo y del Calvario, en este día
que es la fiesta de nuestro sacerdocio. Nos dirigimos a Ti todos nosotros, Obispos y
Presbíteros, reunidos en las asambleas sacerdotales de nuestras Iglesias y asociados en
la unidad universal de la Iglesia santa y apostólica. El Jueves Santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. En este
día hemos nacido todos nosotros. Como un hijo nace del seno de la madre, así hemos
nacido nosotros, ¡Oh, Cristo!, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en la
gracia y fuerza de la nueva y eterna Alianza; del Cuerpo y Sangre de tu sacrificio
redentor; del Cuerpo que es «entregado por nosotros» y de la Sangre «que es derramada
por muchos». Hemos nacido en la última Cena y, a la vez, a los pies de la cruz sobre el
Calvario. Donde está la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia,
allí está también el principio de nuestro sacerdocio. Hemos nacido junto con todo el
pueblo de Dios de la Nueva Alianza que Tú, Hijo del amor del Padre, has hecho un reino de
reyes y sacerdotes de Dios. Hemos sido llamados como servidores de este Pueblo, que va a los eternos
tabernáculos del Dios tres veces Santo «para ofrecer sacrificios Espirituales». El sacrificio eucarístico es «fuente y cumbre de toda la vida
cristiana». Es un sacrificio único que abarca todo. Es el bien más grande de la
Iglesia. Es su vida. Te damos gracias, ¡Oh Cristo!: · Porque nos has elegido Tú mismo, asociándonos de manera especial a tu
sacerdocio y marcándonos con un carácter indeleble que capacita a cada uno de nosotros
para ofrecer tu mismo sacrificio, como sacrificio de todo el Pueblo: sacrificio de
reconciliación, en el cual Tú te ofreces incesantemente al Padre y, en Ti, al hombre y
al mundo; · Porque nos has hecho ministros de la Eucaristía y de tu perdón;
partícipes de tu misión evangelizadora; servidores del Pueblo de la Nueva Alianza. 2. Señor Jesucristo: Cuando el día del Jueves Santo tuviste que
separarte de aquéllos a quienes habías amado «hasta el fin», Tú les prometiste el
Espíritu de verdad, diciéndoles: «Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere,
el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os lo enviaré». Te fuiste mediante la cruz, haciéndote «obediente hasta la muerte» y
te anonadaste, tomando la forma de siervo por el amor con el que nos amaste hasta el fin;
de esta manera después de tu resurrección fue dado a la Iglesia el Espíritu Santo, que
vino y se quedó para habitar en ella «para siempre». El Espíritu Santo es el que «con la fuerza del Evangelio rejuvenece la
Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada» contigo. Conscientes cada uno de nosotros de que mediante el Espíritu Santo, que
actúa con la fuerza de tu cruz y resurrección, hemos recibido el sacerdocio ministerial
para servir la causa de la salvación humana de tu Iglesia, -
imploramos hoy, en este día tan santo para nosotros, la renovación continua de tu
sacerdocio en la Iglesia a través de tu Espíritu que debe «rejuvenecer» en cada
momento de la historia a tu querida Esposa; -
imploramos que cada uno de nosotros encuentre de nuevo en su corazón y confirme
continuamente con la propia vida el auténtico significado que su vocación sacerdotal
personal tiene, tanto para sí como para todos los hombres; -
para que de modo cada vez más maduro vea con los ojos de la fe la verdadera dimensión y
la belleza del sacerdocio; -
para que persevere en la acción de gracias por el don de la vocación como una gracia no
merecida; - para que, dando gracias
incesantemente, se corrobore en la fidelidad a este santo don que, precisamente porque es totalmente gratuito, obliga más. 3. Te damos gracias por habernos hecho
semejantes a Ti como ministros de tu sacerdocio, llamándonos a edificar tu Cuerpo, la
Iglesia, no solo mediante la administración de los sacramentos, sino también y antes que
nada, con el anuncio de tu mensaje de salvación», haciéndonos partícipes de tu
responsabilidad de Pastor. Te damos gracias por haber tenido
confianza en nosotros, a pesar de nuestra debilidad y fragilidad humana, infundiéndonos
en el Bautismo la llamada y la gracia de una perfección a conquistar día tras día. Pedimos saber cumplir siempre nuestros
deberes sagrados según la medida del corazón puro y de la conciencia recta. Que seamos
«hasta el fin» fieles a Ti, que nos has amado «hasta el fin». Que no tengan acceso a nuestras almas
aquellas corrientes de ideas, que disminuyen la importancia del sacerdocio ministerial,
aquellas opiniones y tendencias que atacan la naturaleza misma de la santa vocación y del
servicio, al cual Tú, Cristo, nos llamas en tu Iglesia. Cuando el Jueves Santo, instituyendo la
Eucaristía y el Sacerdocio, dejabas a aquellos que habías amado hasta el fin, les
prometiste el nuevo «Abogado» -«el Espíritu de verdad»- esté en nosotros con sus
santos dones. Que estén en nosotros la sabiduría e inteligencia, la ciencia y el
consejo, la fortaleza, la piedad y el santo temor de Dios, para que sepamos discernir
siempre lo que procede de Ti, y distinguir lo que procede del «espíritu del mundo»,
incluso, del «príncipe de este mundo». 4. Haz que no «entristezcamos» tu
Espíritu - con nuestra poca fe y falta de disponibilidad para testimoniar
tu Evangelio de obra y de verdad; - con el secularismo o con el querer conformarnos
a este siglo a cualquier precio; - finalmente, con la falta de aquella caridad, que es
paciente, es benigna... , que no es jactanciosa... y no busca lo
suyo... , que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera...
, de aquella caridad que «se complace en la verdad» y sólo de la verdad. Haz que no «entristezcamos» al Espíritu - con todo aquello que lleva en sí tristeza interior y estorbos
para el alma, - con lo que hace nacer complejos y causa rupturas con los otros, - con lo que hace de nosotros un terreno preparado para toda
tentación, - con lo que se manifiesta como un deseo de esconder el propio
sacerdocio ante los hombres y evitar toda señal externa, - con lo que, en último término, puede llegar a la tentación de
la huida bajo el pretexto del «derecho a la libertad». Haz que no empobrezcamos la plenitud y la
riqueza de nuestra libertad, que hemos ennoblecido y realizado entregándonos a Ti y
aceptando el don del sacerdocio. Haz que no separemos nuestra libertad de
Ti, a quien debemos el don de esta gracia inefable. Haz que no «entristezcamos» tu
Espíritu. Concédenos amar con el amor con el cual
tu Padre «amó al mundo», cuando entregó «su Unigénito Hijo, para que todo el que
crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna». Hoy, día en el que Tú mismo prometiste a
tu Iglesia el Espíritu de verdad y de amor, todos nosotros, uniéndonos a los primeros
que, durante la última Cena, recibieron de Ti el encargo de celebrar la Eucaristía,
clamamos: «Envía tu Espíritu... y renueva la faz
de la tierra, también de la tierra sacerdotal, que Tú has hecho fértil con el
sacrificio del Cuerpo y Sangre, que cada día renuevas sobre los altares mediante nuestras
manos, en la viña de tu Iglesia. 5. Hoy todo nos habla de este amor, con el
cual «amaste a la Iglesia y te entregaste por ella, para santificarla». Mediante el amor redentor de tu entrega
definitiva hiciste a la Iglesia tu esposa, llevándola por el camino de sus experiencias
terrenas, para prepararla a las eternas «bodas del Cordero» en la casa del Padre. Este amor nupcial del Redentor, este amor
salvífico del Esposo hace fructíferos todos los «dones jerárquicos y carismáticos,»
con los cuales el Espíritu Santo «provee y gobierna» la Iglesia. ¿Es lícito, Señor, que nosotros dudemos
de este amor? Quienquiera que se deje guiar por la fe
viva en el Fundador de la Iglesia ¿puede acaso dudar de este amor al cual la Iglesia debe
toda su vitalidad Espiritual? ¿Es lícito
acaso dudar de: - que Tú puedas y desees dar a tu Iglesia
verdaderos «administradores de los misterios de Dios» y, sobre todo, verdaderos
ministros de la Eucaristía? - que Tú puedas y desees despertar en las
almas de los hombres, especialmente de los jóvenes, el carisma del servicio sacerdotal,
del modo como éste ha sido acogido y actuado en la tradición de la Iglesia? que Tú
puedas y quieras despertar en estas almas, junto con la aspiración al sacerdocio, la
disponibilidad al don del celibato por el Reino de los Cielos, del que han dado y dan
todavía hoy prueba generaciones enteras de sacerdotes en la Iglesia Católica? ¿Es conveniente -en contra de lo dicho
por el reciente Concilio Ecuménico y el Sínodo de los Obispos- seguir proclamando que la
Iglesia debería renunciar a esta tradición y a esta herencia? ¿No es en cambio un deber nuestro como
sacerdotes vivir con generosidad y alegría nuestro compromiso contribuyendo con nuestro
testimonio y nuestra labor a la difusión de este ideal? ¿No es cometido nuestro hacer que crezca
el número de los futuros presbíteros al servicio del pueblo de Dios, empeñándonos con
todas nuestras fuerzas en despertar vocaciones y sosteniendo la función insustituible de
los Seminarios, donde los llamados al sacerdocio ministerial puedan prepararse
adecuadamente a la donación total de sí mismos a Cristo? 6. En esta meditación del Jueves Santo me
atrevo a plantear a mis hermanos estos interrogantes que llevan muy lejos, precisamente
porque este día sagrado parece exigir de nosotros una total y absoluta sinceridad frente
a Ti, Sacerdote eterno y buen Pastor de nuestras almas. Si. Nos
entristece que los años siguientes al Concilio, -indudablemente ricos en fermentos
benéficos, pródigos e iniciativas edificantes, fecundos para la renovación Espiritual
de todos los sectores de la Iglesia- hayan visto, por otro lado, surgir una crisis y
manifestarse no raras resquebrajaduras. Pero... ¿es
posible acaso que en cualquier crisis, dudemos de tu amor, del amor con el que «has amado
a la Iglesia entregándote a Ti mismo por ella»?. Este amor y
la fuerza del Espíritu de verdad ¿no son quizá más fuertes que toda debilidad humana?;
¿incluso cuando ésta parece prevalecer, presentándose además como signo de
«progreso»? El amor que
Tú das a la Iglesia está destinado siempre al hombre débil y expuesto a las
consecuencias de su debilidad. Y, no obstante, Tú no renuncias jamás a este amor, que
ensalza al hombre y a la Iglesia, imponiendo a uno y a otra precisas exigencias. ¿Podemos nosotros «disminuir» este
amor?. Y ¿no lo disminuimos cuantas veces, a causa de la debilidad del hombre,
sentenciamos que se debe renunciar a las exigencias que él impone? 7. «Orad pues al dueño de la mies para
que mande obreros a su mies...». En el día del Jueves Santo, día del
nacimiento del sacerdocio de cada uno de nosotros, vemos con los ojos de la fe toda la
inmensidad de este amor que en el Misterio pascual te ha impulsado a hacerte «obediente
hasta la muerte» y en esta luz vemos también mejor nuestra indignidad. Sentimos
necesidad de decir, hoy más que nunca: «Señor, yo no soy digno...» Verdaderamente «somos siervos
inútiles». Procuramos no obstante ver esta nuestra
indignidad e «inutilidad» con una sencillez tal que nos haga hombres de gran esperanza.
«La esperanza no queda confundida» porque el amor de Dios se ha derramado en nuestros
corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado». Este Don es precisamente fruto de tu amor:
es el fruto del Cenáculo y del Calvario. Fe, esperanza y caridad deben ser la
medida adecuada para nuestras valoraciones e iniciativas. Hoy, en el día de la institución de la
Eucaristía, Te pedimos con la más profunda humildad y con todo el fervor de que somos
capaces que ella sea celebrada en toda la tierra por los ministros llamados a ello, para
que a ninguna comunidad de discípulos y confesores tuyos falte este santo sacrificio y
alimento Espiritual. 8. La Eucaristía es sobre todo un don
para la Iglesia. Don inefable. También el sacerdocio es un don para la Iglesia, en
función de la Eucaristía. Hoy, cuando se dice que la comunidad tiene
derecho a la Eucaristía, se debe recordar particularmente que Tú has recomendado a tus
discípulos «orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Si no se reza con fervor, si no nos
empeñamos con todas las fuerzas a fin de que el Señor mande a las comunidades buenos
ministros de la Eucaristía, ¿se puede entonces afirmar con convicción interna, que «la
comunidad tiene derecho»? Si tiene derecho... entonces tiene derecho
al don. Un don no puede tratarse como si no fuera don. Se debe rezar con insistencia para
conseguir tal don. Se debe pedirlo de rodillas. Por consiguiente, considerando que la
Eucaristía es el don más grande del Señor a la Iglesia es preciso pedir sacerdotes,
puesto que el sacerdocio es un don para la Iglesia. En este Jueves Santo, reunidos junto con
los Obispos en nuestras asambleas sacerdotales, Te pedimos, Señor, que nos invada siempre
la grandeza del Don, que es el Sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre. Haz que
nosotros, en conformidad interior con la economía de la gracia y con la ley del don,
roguemos sin cesar al dueño de la mies, y que nuestra invocación brote de un corazón
puro, que tenga en sí la sencillez y la sinceridad de los verdaderos discípulos.
Entonces Tú, Señor, no rechazarás nuestra súplica. 9. Tenemos que clamar hacia Ti con una voz
tan fuerte como lo exigen la grandeza de la causa y la elocuencia de la necesidad de los
tiempos. Y por eso, clamamos suplicantes. No obstante, tenemos plena conciencia de
que no sabemos pedir lo que nos conviene». ¿No es quizá así, dado que tocamos un
problema que nos desborda?. Precisamente, éste es nuestro problema. No hay otro que sea
tan nuestro como este. El día del
Jueves Santo es nuestra fiesta. Pensamos al mismo tiempo en aquellos campos, que «ya
están amarillos para la siega». Por esto, tenemos confianza en que el Espíritu vendrá
«en ayuda de nuestra flaqueza el que «aboga por nosotros con gemidos inefables». Porque
es siempre el Espíritu que «rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la
conduce a la unión consumada con su Esposo». 10. No consta que tu Madre estuviera en el
Cenáculo del Jueves Santo. Sin embargo, nosotros te imploramos principalmente por su
intercesión. ¿Qué puede serle más querido que el Cuerpo y la Sangre de su propio Hijo,
entregado a los Apóstoles en el Misterio Eucarístico, el Cuerpo y la Sangre que nuestras
manos sacerdotales ofrecen incesantemente en sacrificio por la «vida del mundo»?. Por esto, a
través de Ella, especialmente hoy, todos nosotros te damos gracias. -
Y a través de Ella imploramos que se renueve nuestro sacerdocio en la fuerza del
Espíritu Santo; -
que brille en él la humilde y fuerte certeza de la vocación y de la misión; - que crezca la
disponibilidad al servicio sagrado. ¡Cristo del Cenáculo y del Calvario!
acógenos a todos nosotros, que somos los sacerdotes del Año del Señor 1982 y
santifícanos nuevamente con el misterio del Jueves Santo. Amén.
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