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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:20
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JUEVES SANTO DE 1983
Queridos Hermanos en el sacerdocio de
Cristo: Deseo dirigirme a vosotros, al comienzo del
Año Santo de la Redención y del Jubileo extraordinario, que ha quedado abierto tanto en
Roma como en toda la Iglesia el día 25 de este mes. La elección de este día, solemnidad
de la Anunciación del Señor y, a la vez, de la Encarnación, es singularmente elocuente.
En efecto, el misterio de la Redención tuvo su comienzo cuando el Verbo se hizo carne en
el seno de la Virgen de Nazaret por obra del Espíritu Santo, y alcanzó su punto
culminante en el evento pascual con la muerte y resurrección del Salvador. A partir de
esta fecha calculamos nuestro Año jubilar, deseando que precisamente durante este año el
misterio de la Redención se haga particularmente presente y sea fructuoso en la vida de
la Iglesia. Sabemos que está siempre presente y es fructuoso, que acompaña siempre la
peregrinación terrena del Pueblo de Dios, lo penetra y lo modela desde el interior. Sin
embargo, la costumbre de hacer referencia a períodos de cincuenta años en esta
peregrinación corresponde a una antigua tradición. Queremos ser fieles a esta tradición
confiando a la vez que ella encierre en sí misma una parte del misterio del tiempo
elegido por Dios: aquel Kairós, en el que se realiza la economía de la salvación. He aquí pues que, al comienzo de este nuevo
Año de la Redención y del Jubileo extraordinario, a los pocos días de su apertura,
llega el Jueves Santo de 1983. Esta fecha nos recuerda -como todos sabemos- el día, en
que junto con la Eucaristía fue instituido por Cristo el sacerdocio ministerial. Este a
su vez fue instituido para la Eucaristía y, por consiguiente, para la Iglesia, que, como
comunidad del Pueblo de Dios, se forma en la Eucaristía. Este sacerdocio ministerial y
jerárquico es participado por nosotros. Nosotros lo recibimos el día de la Ordenación a
través del ministerio del Obispo, que nos ha transmitido a cada uno de nosotros el
sacramento iniciado con los Apóstoles -durante la última Cena, en el Cenáculo- el
Jueves Santo. Por consiguiente, aunque las fechas de nuestra Ordenación sean diversas, el
Jueves Santo permanece cada año como el día del nacimiento de nuestro sacerdocio
ministerial. En ese santo día cada uno de nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza,
ha nacido en el sacerdocio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros ha nacido en la
revelación del único y eterno sacerdocio del mismo Jesucristo. En efecto, esta
revelación tuvo lugar en el Cenáculo del Jueves Santo, la víspera del Gólgota.
Precisamente allí, Cristo dio comienzo a su ministerio pascual: lo «abrió». Y lo
abrió concretamente con la llave de la Eucaristía y del Sacerdocio. Por esto, el día del Jueves Santo nosotros,
«ministros de la Nueva Alianza», nos unimos, junto con los Obispos, en las catedrales de
nuestras Iglesias; nos unimos ante Cristo única y eterna fuente de nuestro sacerdocio. En
esta unión del Jueves Santo nos encontramos en El y, al mismo tiempo por El, con El y en
El nos encontramos a nosotros mismos. Sea bendito Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por
la gracia de esta unión.. Por tanto, en este momento importante, deseo una vez más
anunciar el Año conmemorativo de la Redención y el Jubileo extraordinario. Deseo
anunciarlo singularmente a vosotros y ante vosotros, venerados y queridos Hermanos en el
sacerdocio de Cristo, y deseo meditar, al menos brevemente, junto con vosotros sobre su
significado. En efecto, a todos nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza, se refiere
de manera especial este Jubileo. Si para todos los creyentes, hijos e hijas de la Iglesia,
significa una invitación a releer nuevamente su propia vida y su vocación a la luz del
misterio de la Redención, entonces esta misma invitación se dirige a nosotros con una
intensidad, yo diría aún mayor. Por consiguiente, el Año Santo de la Redención y el
Jubileo extraordinario quieren decir que debemos ver nuevamente nuestro sacerdocio
ministerial a aquella luz, bajo la cual ha sido inscrito por Cristo mismo en el misterio
de la Redención. «Ya no os llamó siervos... os digo
amigos». Estas palabras fueron pronunciadas en el Cenáculo, en el contexto inmediato de
la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial Cristo dio a conocer a los
Apóstoles y a todos los que, de ellos heredan el sacerdocio ordenado, que en esta
vocación y por este ministerio deben convertirse en sus amigos, convertirse en amigos de
aquel misterio que El ha venido ha dar cumplimiento. Ser sacerdote quiere decir estar
singularmente en amistad con el misterio de Cristo, con el misterio de la Redención en el
que El da su «carne por la vida del mundo». Nosotros que celebramos cada día la
Eucaristía, el sacramento salvador del Cuerpo Y Sangre, debemos estar en intimidad
especial con el misterio, del que este sacramento se origina. El sacerdocio ministerial se
despliega solo y exclusivamente bajo el perfil de este misterio divino y únicamente se
realiza bajo este aspecto. En lo profundo de nuestro «yo» sacerdotal,
gracias a aquello en que cada uno de nosotros se ha convertido en el momento de la
Ordenación, nosotros somos «amigos»: somos testigos particularmente cercanos a este
Amor, que se manifiesta en la Redención. El se manifestó «al principio» en la
creación y junto con la caída del hombre se manifiesta siempre en la redención. «Por
que tanto ama Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en
El no perezca, sino que tenga la vida eterna». Esta es la definición del amor en su
significado redentor. Este es el misterio de la Redención definido por el amor. El Hijo
Unigénito es el que recoge este amor del Padre y lo da al Padre, llevándolo al mundo. El
Hijo Unigénito es el que, por este amor, se da a sí mismo por la salvación del mundo:
por la vida eterna de cada hombre, su hermano y hermana. Y nosotros, sacerdotes, ministros de la Eucaristía, somos «amigos»:
nos encontramos particularmente cercanos a este Amor redentor, que el Hijo Unigénito
trajo al mundo y que trae continuamente, Aunque todo esto nos embarga de un santo temor,
no obstante debemos reconocer que junto con la Eucaristía el misterio de aquel Amor
redentor se encuentra, en cierto modo, en nuestras manos. Que vuelve cada día a nuestros
labios. Que está inscrito permanentemente en nuestra vocación y en nuestro ministerio. ¡Oh! ¡Cuán profundamente está
constituido cada uno de nosotros en el propio «yo» sacerdotal a través del misterio de
la Redención! De esto, concretamente de todo esto, nos hace conscientes la liturgia del
Jueves Santo. Y precisamente esto debemos hacer objeto de nuestras meditaciones a lo largo
del Año jubilar. Alrededor de esto debe concentrarse nuestra personal renovación
interior, porque el Año jubilar es entendido por la Iglesia como un tiempo de renovación
para los demás, para nuestros hermano y hermanas en la vocación cristiana, entonces
debemos ser también sus testigos y como portavoces ante nosotros mismos: el Año Santo de
la Redención Año de La renovación en la vocación sacerdotal. Operando tal renovación interior en nuestra
santa vocación, podremos mayormente y con más eficacia predicar, «un añade gracia del
Señor». En efecto, el misterio de la Redención no es una mera abstracción teológico
sino que es una incesante realidad mediante la cual Dios abraza al hombre en Cristo con su
eterno amor y el hombre, reconoce este amor, se deja guiar e impregnar por él, permite
ser transformado interiormente por él, y por medio de él se convierte en criatura nueva.
De este modo, el hombre creado de nuevo por el amor que le ha sido revelado en Cristo,
levanta la mirada de su alma hacia Dios y profesa con el salmista: Copiosa apud eum
redemptio! «En él hay redención abundante». En el Año Jubilar, esta profesión debe
brotar del corazón de toda la Iglesia con fuerza singular. Y esto debe cumplirse,
queridos Hermanos, por obra de vuestro testimonio y de vuestro ministerio sacerdotal. La redención permanece unida al perdón de
la manera más estricta. Dios nos ha redimido en Cristo Jesús, porque nos ha perdonado en
Cristo Jesús; Dios ha hecho que nos convirtamos en una «nueva criatura porque en él nos
ha agraciado con el perdón Dios reconcilió consigo el mundo en Cristo. Y precisamente
porque lo ha reconciliado en Jesucristo, en cuanto primogénito de toda criatura, la
unión del hombre con Dios se ha consolidada irreversiblemente. Tal unión que, en un
tiempo, el «primer» Adán consintió fuese arrebatada en él a toda la humanidad, no
puede ser quitada ya por nadie a la humanidad, desde que queda enraizada y consolidada en
Cristo, el «segundo Adán». Por esto mismo, la humanidad se convierte sin cesar, en
Cristo, en una «nueva criatura». Y esto es así, porque en él y por él la gracia de la
remisión de los pecados sigue siendo inagotable para todo hombre: copiosa apud eum
redemptio! En el Año Jubilar, queridos Hermanos,
debemos hacernos particularmente conscientes de que estamos al servicio de esta
reconciliación con Dios que se ha cumplido en Cristo de una vez para siempre. Somos
siervos y administradores de este sacramento, en el que la Redención se manifiesta y
realiza como perdón, como remisión de los pecados. ¡Oh! ¡Cuán elocuente es el hecho de que
Cristo, después de su resurrección, entrase de nuevo en aquel Cenáculo donde el día de
Jueves Santo había dejado a los Apóstoles, junto con la Eucaristía, el sacramento del
sacerdocio ministerial y le dijo entonces: «Recibir el Espíritu Santo; a quienes
perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan, les serán
retenidos». Así como antes les había dado la facultad de celebrar la Eucaristía,
esto es, de renovar de manera sacramental su propio Sacrificio pascual, así ahora, les da
la facultad de perdonar los pecados. Cuando ya en el Año Jubilar meditéis sobre cómo vuestro sacerdocio
ministerial ha sido inscrito en el misterio de la Redención de Cristo, tened esto siempre
presente ante vuestros ojos. El Jubileo es en efecto ese tiempo singular en que la
Iglesia, según una antiquísima tradición, renueva, en la entera comunidad del Pueblo de
Dios, la conciencia de la Redención mediante una peculiar intensidad de la remisión y
del perdón de los pecados: justamente de la remisión y del perdón de que nosotros,
sacerdotes de la Nueva Alianza, somos después de los Apóstoles los legítimos herederos. Como consecuencia de la remisión de los pecados en el Sacramento de la
Penitencia, todos aquellos que, valiéndose de nuestro servicio total, reciben este
Sacramento, pueden beneficiarse aún más plenamente de la generosidad de la Redención de
Cristo, consiguiendo la remisión de las penas temporales que, después de la remisión de
los pecados, quedan aún por expiar en la vida presente o en la futura. La Iglesia cree
que toda remisión proviene de la Redención llevada a cabo en Cristo. Al mismo tiempo,
cree también y espera que el mismo Cristo acepta la mediación de su Cuerpo Místico en
la remisión de los pecados y de las penas temporales. Y dado que, en base al misterio del
Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, se va desarrollando el misterio de la
Comunión de los Santos, en perspectiva de la eternidad, la Iglesia durante el Año
Jubilar mira con singular confianza hacia este Misterio. La Iglesia desea beneficiarse, ahora más
que nunca, de los méritos de María Santísima y de los Santos, así como de su
mediación para hacer más actual aún la Redención cumplida en Cristo con todos sus
efectos y frutos de la salvación. De este modo la praxis de las Indulgencias, en
conexión con el Año Jubilar, desvela su profundo significado, evangélico, en cuanto el
bien, dimanado del Sacrificio redentor de Cristo en todas las generaciones de Mártires y
de Santos de la Iglesia desde su comienzo hasta nuestros días, fructifica de nuevo en las
almas de los hombres de nuestra época por la gracia de la remisión de los pecados y de
los efectos del pecado. ¡Queridos Hermanos míos en el Sacerdocio
de Cristo! En el curso del Año Jubilar saber ser de manera especial los maestros de la
verdad de Dios sobre el perdón y la remisión, tal como ha sido proclamada incesantemente
por la Iglesia. Presentar esta verdad en toda su riqueza Espiritual. Buscad caminos para
ella en los ánimos y en las conciencias de los hombres de nuestros tiempos. Y a la vez
que maestros, saber ser en este Año Santo, de manera singularmente servicial y generosa,
los ministros del Sacramento de la Penitencia, por el que los hijos e hijas de la Iglesia
obtienen la remisión de los pecados. Buscad en el servicio del confesionario la
insustituible manifestación y verificación del sacerdocio ministerial, cuyo modelo nos
han legado tantos Sacerdotes santos y Pastores de almas en la historia de la Iglesia,
hasta nuestros días. La fatiga de este ministerio sagrado os ayude a comprender aún más
cómo el sacerdocio ministerial de cada uno de nosotros está inscrito en el misterio de
la Redención de Cristo mediante la cruz y la resurrección. 4. Con las palabras que os estoy
escribiendo, deseo proclamar, de manera peculiar para vosotros, el Jubileo del Año Santo
de la Redención. Como ya sabéis por los documentos hasta ahora publicados, el Jubileo se
celebra contemporáneamente en Roma y en toda la Iglesia, desde el 25 de este mes hasta al
Día de Pascua del próximo año. De este modo la gracia singular del Año de la
Redención queda confiada a todos mis Hermanos en el Episcopado, en cuanto Pastores de las
Iglesias locales, en la comunidad universal de la Iglesia católica. Contemporáneamente
la misma gracia del Jubileo extraordinario se confía también a vosotros queridos
hermanos en el sacerdocio de Cristo. En efecto, vosotros en unión de vuestros Obispos
sois pastores de las parroquias y de las demás comunidades del Pueblo de Dios, existentes
en todas las partes del mundo. Y así, es preciso que el Año de la
Redención sea vivido en la Iglesia, partiendo justamente de estas comunidades
fundamentales del Pueblo de Dios. A este respecto, quiero reproducir aquí algunos pasos
de la Bula de convocación del Año Jubilar, que testimonian explícitamente esta
exigencia. «El año de la Redención he escrito debe
dejar una huella particular en toda la vida de Iglesia, para que los cristianos sepan
descubrir de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la
salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo». En efecto «en el
descubrimiento y en la práctica vivida de la economía sacramental de la Iglesia, a
través de la cual llega a cada uno y a la comunidad la gracia de Dios en Cristo, hay que
ver el profundo significado y la belleza arcana de este Año que el Señor nos concede
celebrar». En una palabra, el Año Jubilar quiere ser «una llamada al
arrepentimiento y a la conversión», en orden «a una renovación Espiritual en cada uno
de los fieles, en las parroquias, en las diócesis, en las comunidades religiosas y en
otros centros de vida cristiana y de apostolado». Si esta llamada será escuchada
generosamente, se producirá una especie de movimientos «desde abajo» que, partiendo de
las parroquias y de las variadas comunidades -como he dicho recientemente ante mi querido
Presbiterio de Roma- reavivará las diócesis y de este modo no dejará de tener positiva
influencia en la Iglesia entera. Precisamente para favorecer este dinamismo ascendente, en
la Bula me he limitado a ofrecer algunas orientaciones de carácter general dejando «a
las Conferencias Episcopales y a los Obispos de cada diócesis el cometido de establecer
indicaciones y sugerencias pastorales de acuerdo con la mentalidad y costumbres de cada
lugar y con las finalidades del 1950º aniversario de la muerte y resurrección de
Cristo». 5. Por esto, queridos Hermanos, os ruego encarecidamente que
reflexionéis sobre como se puede y debe celebrar el Santo Jubileo del Año de la
Redención en cada parroquia, así como en las demás comunidades del Pueblo de Dios,
entre las cuales ejercéis el ministerio sacerdotal y pastoral. Os ruego que reflexionéis
sobre cómo se puede y debe celebrar en el marco de tales comunidades y al mismo tiempo en
unión con la Iglesia local y universal. Os ruego que prestéis singular atención a los
ambientes que la Bula recuerda expresamente, como son el de los Religiosos y Religiosas de
clausura, el de los enfermos, de los encarcelados, de los ancianos u otros que sufren.
Sabemos en efecto que continuamente y de modos diversos se están actuando las palabras
del Apóstol: «Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo
que es la Iglesia». Ojalá el Jubileo extraordinario pueda convertirse así de verdad gracias
a esta solicitud y esmero pastoral, en «el año de misericordia del Señor», según las
palabras del Profeta para cada uno de vosotros, queridos Hermanos, y también para todos
aquellos que Cristo, Sacerdote y Pastor, ha confiado a vuestro servicio sacerdotal y
pastoral. Aceptar la Presente carta para el día sagrado de Jueves Santo como
manifestación de amor cordial; y orad también por quien la escribe, para que no le falte
nunca este amor, en torno al cual Cristo Señor interrogó por tres veces a Simón Pedro.
Con estos sentimientos os doy a todos mi bendición. Dado en Roma, junto a San Pedro, el Domingo de Ramos, día 27 de marzo
de 1983, quinto de Pontificado.
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