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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:05
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JUEVES SANTO DE 1984
«El Espíritu del Señor, Yavé, está sobre mí, pues Yavé me ha
ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de
quebrantado corazón, para anunciar la libertad de los cautivos y la liberación de los
encarcelados. Para publicar el año de gracia de Yavé» (Is 61, 12). Amadísimos Hermanos en la gracia del Sacerdocio: Hace un año me dirigía a vosotros mediante la carta para el Jueves
Santo de 1983, pidiéndoles anunciar, junto conmigo y con todos los Obispos de la
Iglesia, el Año de la Redención: el Jubileo extraordinario, el Año de gracia del
Señor. Hoy deseo agradecerles cuanto habéis hecho para que este Año, que nos
recuerda el 1950 aniversario de la Redención, se convirtiera verdaderamente en «el año
de gracia del Señor», el Año Santo. Y a la vez, al encontrarme con vosotros en esta
concelebración, en la que culmina vuestra peregrinación a Roma con ocasión del Jubileo,
deseo renovar y profundizar en unión con vosotros la conciencia del misterio de
la Redención, que es el manantial vivo y vivificador del sacerdocio sacramental, del
que cada uno de nosotros participa. En vosotros, aquí llegados no sólo de Italia, sino también de otros
Países y Continentes, veo a todos los sacerdotes: a todo el Presbiterio de la Iglesia
universal. Y a todos me dirijo con el aliento y la exhortación de la Carta a los
Efesios: «...os exhorto yo... a andar de una manera digna de la vocación con que
fuisteis llamados» (Ef 4, l). Es necesario que nosotros también -llamados a servir a los demás en la
renovación Espiritual del Año de la Redención- nos renovemos, mediante la gracia de
este Año, en nuestra hermosa vocación. 2. «Cantaré siempre las piedades de Yavé». Este versículo del salmo responsorial (89/88, 2) de la liturgia de hoy
nos recuerda que somos de modo especial «ministros de Cristo y administradores de los
misterios de Dios» (1 Cor 4, l), que somos hombres de la divina economía de
salvación, que somos un « instrumento» consciente de la gracia, o sea de la
acción del Espíritu Santo con el poder de la Cruz y Resurrección de Cristo. ¿Qué es esta economía divina? ¿Qué es la gracia de Nuestro Señor
Jesucristo, gracia que El ha querido unir sacramentalmente a nuestra vida sacerdotal y a
nuestro servicio sacerdotal, aunque sea ofrecida por hombres tan pobres e indignos?. La
gracia, como proclama el Salmo de la liturgia de hoy, es un testimonio de la fidelidad
de Dios mismo a aquel Amor eterno con el que El ha amado la creación, y
particularmente al hombre, en su Hijo eterno. Dice el Salmo: «Porque dijiste: La piedad es eterna. Cimentaste en los
cielos tu fidelidad» (89 / 88, 3). Esta fidelidad de su Amor -del Amor misericordioso- es la fidelidad a
la Alianza que Dios ha realizado, desde el comienzo, con el hombre y que ha renovado
muchas veces, a pesar de que el hombre con frecuencia no haya sido fiel a ella. La gracia es por consiguiente un puro don del Amor, que sólo en el mismo
Amor, y no en otra cosa, encuentra su razón y motivo. El Salmo exalta la Alianza que Dios
ha estrechado con David y al mismo tiempo, a través de su contenido mesiánico,
revela cómo aquella Alianza histórica es solamente una etapa y un anuncio previo a la
Alianza perfecta en Jesucristo: «El me invocará, diciendo: Tú eres mi padre, mi
Dios y la Roca de mi salvación» (89/88, 27). La gracia, como don, es el fundamento de
la elevación del hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios en Cristo, Hijo
Unigénito. «Serán con él mi fidelidad y mi piedad, y en mi nombre se alzará su
poder» (89/88, 25). Precisamente este poder que nos hace hijos de Dios, del que habla el
prólogo del Evangelio de San Juan todo el poder salvífico ha sido otorgado a la
humanidad en Cristo, mediante la Redención, la Cruz y la Resurrección. Y nosotros -siervos de Cristo- somos sus administradores. El sacerdote es
el hombre de la economía salvífica. El sacerdote es el hombre plasmado por la
gracia. El sacerdote es el administrador de la gracia. 3. «Cantaré siempre las piedades de
Yavé». Precisamente ésta es nuestra vocación. En
esto consiste la peculiaridad y la originalidad de la vocación sacerdotal. Está arraigada
de manera especial en la misión de Cristo mismo, de Cristo Mesías. «El Espíritu del Señor, Yavé, está
sobre mí, pues Yavé me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena
nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad de
los cautivos y la liberación de los encarcelados... para consolar a todos los tristes» (Is
61, 12). Precisamente en lo íntimo de esta misión mesiánica de Cristo Sacerdote
está arraigada también nuestra vocación y misión: vocación y misión de
sacerdotes de la Nueva y Eterna Alianza. Es la vocación y la misión de los mensajeros de
la Buena Nueva; de los que tienen que curar las heridas de los corazones humanos; de los
que tienen que proclamar la liberación en medio de múltiples aflicciones, en medio del
mal que de tantas maneras «tiene» esclavizado al hombre; de los que tienen que consolar. Esta es nuestra vocación y misión de servidores. Nuestra
vocación, queridos hermanos, encierra en sí un gran y fundamental servicio respecto de
cada hombre. Ninguno puede prestar este servicio en lugar nuestro. Ninguno puede
sustituirnos. Debemos alcanzar con el Sacramento de la Nueva y Eterna Alianza las raíces
mismas de la existencia humana sobre la tierra. Debemos, día tras día, introducir en ella la dimensión de la
Redención y de la Eucaristía. Debemos reforzar la conciencia de la filiación divina mediante la
gracia. ¿Qué perspectiva más alta y qué destino más excelso podría tener el
hombre?. Debemos finalmente administrar la realidad sacramental de la
reconciliación con Dios y de la sagrada Comunión, en la que se sale al encuentro de la
más profunda aspiración del «insaciable» corazón humano. Verdaderamente nuestra unción
sacerdotal está enraizada profundamente en la misma unción mesiánica de Cristo. Nuestro sacerdocio es ministerial. Sí, debemos servir. Y «servir»
significa llevar al hombre a los fundamentos mismos de su humanidad, al meollo más
profundo de su dignidad. Precisamente allí debe resonar -mediante nuestro servicio- el
canto de alabanza en vez de un espíritu abatido para usar una vez más las palabras
del texto de Isaías (61, 3). 4. Amadísimos hermanos: Redescubramos, día a día y año tras año el
contenido y la esencia, verdaderamente inefables, de nuestro sacerdocio en las
profundidades del misterio de la Redención. Yo deseo que a esto ayude de modo particular
el Año en curso del Jubileo extraordinario. - Abramos cada vez más ampliamente los ojos -la mirada del alma-
para comprender mejor lo que quiere decir celebrar la Eucaristía, el Sacrificio de
Cristo mismo, confiado a nuestros labios y a nuestras manos de sacerdotes en la
comunidad de la Iglesia. - Abramos cada vez más ampliamente los ojos -la mirada del alma- para
comprender mejor lo que significa perdonar los pecados y reconciliar las conciencias
humanas con Dios Infinitamente Santo, con el Dios de la Verdad y del Amor. - Abramos cada vez más ampliamente los ojos -la mirada del alma- para
comprender mejor lo que quiere decir actuar «in persona Christi, en
nombre de Cristo: actuar con su poder, con el poder que, en definitiva, se
arraiga en la realidad salvífica de la Redención. - Abramos cada vez más ampliamente los ojos -la mirada del alma- para
comprender mejor lo que es el misterio de la Iglesia. ¡Somos hombres de Iglesia! «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la
esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un
bautismo. Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo
invade todo» (Ef 4, 46). Por tanto: esforzarse «en mantener la unidad del Espíritu, con
el vínculo de la paz» (Ef 4, 3). Sí. Precisamente esto depende, de manera
particular, de vosotros: «mantener la unidad del Espíritu». En una época de grandes tensiones, que sacuden el cuerpo terreno de la
humanidad, el servicio más importante de la Iglesia nace de la «unidad del
Espíritu», a fin de que no sólo no sufra ella misma una división desde fuera, sino que
además reconcilie y una a los hombres en medio de las contrariedades que se
acumulan en torno a ellos mismos en el mundo actual. Hermanos míos: A cada uno de vosotros «ha sido dada la gracia en
la medida del don de Cristo... para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef
4, 7.12). ¡Seamos fieles a esta gracia! ¡Seamos heroicamente fieles a ella! Hermanos míos: El don de Dios ha sido grande para con nosotros, para
cada uno de nosotros. Tan grande que todo sacerdote puede descubrir dentro de sí los
signos de una predilección divina. Cada uno conserve fundamentalmente su don con toda la
riqueza de sus expresiones; también el don magnífico del celibato voluntariamente
consagrado al Señor -y de El recibido- para nuestra santificación y para la edificación
de la Iglesia. 5. Jesucristo está en medio de nosotros y nos dice: «Yo soy el
buen pastor « (Jn 11. 14). Es precisamente El quien nos ha «constituido « pastores también
a nosotros. Y es El quien recorre todas las ciudades y pueblos (cfr. Mt 9, 35), a
donde somos enviados para desarrollar nuestro servicio sacerdotal y pastoral. Es El, Jesucristo, quien enseña, predica el evangelio del Reino y cura
toda enfermedad (cfr. ibidem) del hombre, a donde somos enviados para el
servicio del Evangelio y la administración de los Sacramentos. Es precisamente Él, Jesucristo, quien siente continuamente compasión de
las multitudes y de cada hombre cansado y rendido, como «ovejas sin pastor» (Cfr. Mt
9, 36). Queridos hermanos: En esta asamblea litúrgica pidamos a Cristo
una sola cosa: que cada uno de nosotros sepa servir mejor, más límpida y
eficazmente, su presencia de Pastor en medio de los hombres en el mundo actual.
Esto es también muy importante para nosotros, a fin de que no nos entre la tentación de
la «inutilidad», es decir, la de sentirnos no necesarios. Porque no es verdad. Somos
más necesarios que nunca, porque Cristo es más necesario que nunca. El Buen Pastor
es necesario más que nunca. Nosotros tenemos en la mano -precisamente en nuestras «manos
vacías»- la fuerza de los medios de acción que nos ha dado el Señor. Pensar en la Palabra de Dios, más tajante que una espada de doble filo
(cfr. Heb 4, 12); pensar en la oración litúrgica, particularmente en la de las
Horas, en la que Cristo mismo pide con nosotros y por nosotros; y pensar en los
Sacramentos, en particular en el de la Penitencia, verdadera tabla de salvación para
tantas conciencias, meta hacia la que tienden tantos hombres de nuestro tiempo. Conviene
que los sacerdotes den nuevamente gran importancia a este Sacramento, para la propia vida
Espiritual y para la de los fieles. Es cierto, amadísimos hermanos: con el buen uso de estos «medios
pobres» (pero divinamente poderosos) veréis florecer en vuestro camino las maravillas de
la infinita Misericordia. ¡Incluso el don de nuevas vocaciones! Con tal conciencia, en esta oración común, escuchemos de nuevo las
palabras del Maestro, dirigidas a sus discípulos: « la mies es mucha, pero los obreros
pocos. Rogar, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt
9, 3738). ¡Cuánta actualidad tienen estas palabras también en nuestra época! Roguemos pues. Que pida con nosotros toda la Iglesia. Y que en esta
oración se manifieste la conciencia, renovada por el Jubileo, del misterio de la
Redención.
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