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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:57
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JUEVES SANTO DE 1985
Queridos hermanos sacerdotes: En la liturgia del Jueves Santo nos unimos de manera particular a
Cristo, que es la fuente eterna e incesante de nuestro sacerdocio en la Iglesia. El es
el único Sacerdote del propio sacrificio, como es también la inefable víctima
(hostia) del propio sacerdocio en el sacrificio del Gólgota. Durante la última Cena, El ha dejado a su Iglesia este sacrificio el
sacrificio de la nueva y eterna Alianza como Eucaristía: el sacramento de su Cuerpo y
Sangre bajo las especies del pan y del vino «según el orden de Melquisedec» Cuando dice a los Apóstoles: «Haced esto en memoria mía», El
constituye a los ministros de este Sacramento en la Iglesia, en la que a lo largo de los
tiempos debe continuar, renovarse y realizarse el sacrificio ofrecido por El para la
redención del mundo. A estos mismos ministros les ordena obrar en virtud del sacerdocio
sacramental recibido en su lugar, «In persona Christi». Todo ello, queridos hermanos, nos es comunicado en la Iglesia mediante la
sucesión apostólica. El Jueves Santo es cada año el día del nacimiento de la
Eucaristía, y a la vez del nacimiento de nuestro sacerdocio, que es ante todo
ministerial y al mismo tiempo jerárquico. Es ministerial, porque en virtud del Orden
sagrado ejercemos en la Iglesia aquel servicio que sólo los sacerdotes pueden realizar:
ante todo el servicio de la Eucaristía. Y es también jerárquico porque este servicio
nos permite, mientras servimos, guiar pastoralmente a cada comunidad del Pueblo de Dios,
en comunión con los Obispos, quienes han heredado de los Apóstoles el poder y el carisma
pastoral en la Iglesia. 2. El día solemne del Jueves Santo la comunidad sacerdotal, es decir, el
Presbiterio de cada Iglesia comenzando por la de Roma, da una particular expresión a
su unión en el sacerdocio de Cristo. En este día me dirijo también no por vez
primera, y en unión colegial con mis Hermanos en el episcopado a vosotros que sois mis
y nuestros hermanos en el sacerdocio ministerial de Cristo, en todo lugar de la
tierra, en cada nación, pueblo, lengua y cultura. Como os escribí ya otra vez, adaptando
las conocidas palabras de San Agustín, os repito otra vez: «vobis sum episcopus», y al
mismo tiempo «vobiscum sum sacerdos». En el día solemne del Jueves Santo, junto con
todos vosotros, queridos hermanos, renuevo como cada obispo en su propia Iglesia con la
mayor humildad y gratitud, la conciencia de la realidad del Don que mediante la
Ordenación sacerdotal nos ha sido comunicado, a cada uno y a todos, en el Presbiterio de
la Iglesia universal. El sentimiento de humilde gratitud debe cada año prepararnos mejor a
la multiplicación del talento que el Señor nos ha confiado antes de partir, a fin de
que podamos presentarnos ante El, en el día de su segunda venida, nosotros a quienes ha
dicho: «Ya no os llamo siervos, os llamo amigos... No me habéis elegido vosotros a mí,
sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y
vuestro fruto permanezca». 3. Al hacer referencia a estas palabras de nuestro Maestro, que contienen
en si los mejores votos en el día del nacimiento de nuestro sacerdocio, en esta Carta del
Jueves Santo deseo tocar uno de los problemas que encontramos necesariamente en el camino
de nuestra vocación sacerdotal, así como en la misión apostólica. De este problema habla más ampliamente la Carta
a los jóvenes que acompaña el presente mensaje anual para el Jueves Santo. El año
1985, por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas, es celebrado en todo el
mundo como el Año Internacional de la Juventud. Me ha parecido que esta iniciativa no
podía quedar al margen de la Iglesia, como no han quedado otras nobles iniciativas de
carácter Internacional, por ejemplo, la del año del anciano, de los minusválidos y
otras semejantes. En tales iniciativas, la Iglesia no puede ni debe quedar al margen, por
que ellas se hallan en el centro de su misión y servicio que es construirse y crecer como
comunidad de creyentes, como bien indica la Constitución dogmática Lumen Gentium del
Concilio Vaticano II. A su manera, cada una de estas iniciativas confirma la realidad de
la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo, a la que el último Concilio ha
dado expresión magistral en la Constitución pastoral Gaudium et Spes. Deseo, por tanto, también en la Carta para el Jueves Santo de este año,
expresar algunos pensamientos sobre el tema de la juventud en el trabajo pastoral de los
sacerdotes y, en general, en el apostolado propio de nuestra vocación. 4. Jesucristo es también en este campo el
modelo perfecto. Su coloquio con el joven, que encontramos en el texto de los tres
sinópticos constituye una fuente inagotable de reflexión sobre este tema. A tal fuente
me refiero sobre todo en la «Carta a los Jóvenes» de este año. A ella hay que recurrir
también para servirnos de la misma, especialmente cuando pensamos en nuestro empeño
sacerdotal y pastoral con los jóvenes. En ello, Jesucristo debe ser para nosotros la
primera y fundamental fuente de inspiración. El texto del Evangelio indica que el Joven tuvo fácil acceso a Jesús.
Para él, el Maestro de Nazaret era alguien a quien podía dirigirse con confianza;
alguien a quien podía confiar sus Interrogantes esenciales; alguien de quien podía
esperar una respuesta verdadera. Todo esto es también para nosotros una indicación de
fundamental importancia. Cada uno de nosotros ha de distinguirse por una accesibilidad
parecida a la de Cristo; es necesario que los jóvenes no encuentren dificultad en
acercarse al sacerdote y que noten en él la misma apertura, benevolencia y disponibilidad
frente a los problemas que le agobian. Es más, cuando son de temperamento un poco
reservado o se cierran en si mismos, el comportamiento del sacerdote les ha de facilitar
la superación de las resistencias que de aquel hecho se derivan. Por lo demás, son
diversos los caminos para instaurar y crear aquel contacto que, en su conjunto, puede
definirse como «diálogo de salvación». Sobre ese tema los sacerdotes comprometidos en la pastoral juvenil
podrían decir mucho; deseo, pues, referirme simplemente a su propia experiencia. Una
importancia especial tiene, naturalmente, la experiencia de los Santos; y sabemos que no
faltan entre las generaciones de sacerdotes o los santos pastores de la juventud». La accesibilidad del sacerdote respecto a los jóvenes significa no
solamente facilidad de contacto con ellos, ya sea en el templo o también fuera de él, en
aquellos lugares a donde los Jóvenes se sienten atraídos de acuerdo con las sanas
características propias de su edad (pienso, por ejemplo, en el turismo; en el deporte y,
en general, en la esfera de los intereses culturales). La accesibilidad de que nos da
ejemplo el mismo Cristo consiste en algo más. El sacerdote no sólo por su preparación
ministerio, sino también por la competencia adquirida en las ciencias de la educación,
debe despertar confianza como confidente en los problemas de carácter fundamental, en las
cuestiones que se refieren a su vida Espiritual, en las dudas de conciencia. El joven que
se acerca a Jesús de Nazaret pregunta directamente: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer
para alcanzar la vida eterna?». La misma pregunta puede ser planteada de modo distinto y
no siempre tan explícito; con frecuencia se hace de modo indirecto y aparentemente
indiferente. Sin embargo, la pregunta contenida en el Evangelio abarca, en cierto sentido,
un amplio espacio en cuyo ámbito se desarrolla nuestro diálogo pastoral con la juventud. Muchísimos son los problemas comprendidos en este espacio; en él vienen
comprendidos numerosos interrogantes posibles y numerosas posibles respuestas, ya que la
vida humana, especialmente durante la juventud, es multiforme en su riqueza de
interrogantes, y el Evangelio por su parte es rico en posibilidades de respuesta. 5. Hace falta que el sacerdote que está en contacto con los jóvenes sepa
escuchar y sepa responder. Hace falta que ambas cosas sean fruto de una madurez
interior; hace falta que ello se plasme en una clara coherencia entre vida y enseñanza;
es más, es necesario que esto sea fruto de la oración, de la unión con Cristo el Señor
y de docilidad a la acción del Espíritu Santo. Naturalmente en ello es importante una
instrucción adecuada, pero ante todo importa el sentido de responsabilidad frente a la
verdad, frente al interlocutor El coloquio que relatan los sinópticos prueba, en primer
lugar, que el Maestro a quien el joven interlocutor se dirige, goza a sus ojos de un
especial credibilidad y autoridad, es decir, de autoridad moral. El joven espera de El la verdad y acepta su respuesta como expresión de
una verdad que obliga. Dicha verdad puede ser exigente. No hemos de tener miedo de exigir
mucho a los jóvenes. Puede ser que alguno se marche «entristecido» cuando le parezca
que no es capaz de hacer frente a alguna de esta exigencias; a pesar de todo, una tristeza
puede ser también «salvífica». A veces, los jóvenes tienen que abrirse camino
a través de tales tristezas salvíficas para llegar gradualmente a la verdad y a
la alegría que la verdad lleva consigo. Por lo demás, los jóvenes saben que el
verdadero bien no puede ser «fácil» sino que debe «costar». Ellos poseen una especie
de sano instinto cuando de valores se trata. Si el terreno del alma no ha cedido todavía
a la corrupción, ellos reaccionan directamente según este sano juicio. Si, por el
contrario, la depravación ya ha penetrado, hace falta reconstruir este terreno, cosa que
no es posible llevar a cabo sino dando respuestas verdaderas y proponiendo verdaderos
valores. En el modo de actuar de Cristo existe algo
muy instructivo. Cuando el joven se dirige a El («Maestro bueno»), Jesús en cierta
manera se «hace a un lado» porque le responde: «Nadie es bueno sino solo Dios». En
efecto, en todos nuestros contactos con los jóvenes esto parece ser de una particular
importancia. Nosotros, ante todo, hemos de estar personalmente comprometidos; hemos
de comportarnos con la naturalidad propia del interlocutor, del amigo, del guía; y, a la
vez, no podemos ni por un momento oscurecer a Dios poniéndonos, a nosotros en primer
plano; no podemos empañar a quien «sólo El es bueno», a quien es Invisible y, a la
vez, está muy presente: «Interior íntimo meo», como dice San Agustín. Comportándonos
con toda naturalidad «en primera persona» no hemos de olvidar que, en cualquier diálogo
de salvación la «primera persona» solamente puede ser Aquél que por sí solo salva
y santifica. Todo contacto con los jóvenes, tipo de pastoral incluso la externamente
«laica» ha de servir con toda humildad para abrir y ampliar el espacio a Dios, a
Jesucristo, ya que «mi Padre sigue obrando todavía y por eso obro yo también». 6. En la redacción evangélica de la
conversación de Cristo con el joven, hay una expresión que hemos de asimilar de un modo
particular. El evangelista dice que Jesús oponiendo en él los ojos, «le amó». Tocamos
aquí el punto verdaderamente neurálgico. Si se preguntase a aquellos sacerdotes que a lo
largo de generaciones han hecho más por las almas jóvenes, por los muchachos y las
muchachas; si se preguntase a quienes han recogido un fruto duradero en su trabajo con lo
jóvenes, nos convenceríamos de que la fuente primera y la más profunda de su
eficacia está en aquel «poner los ojos con amor» como hizo Cristo. Es necesario identificar bien este amor en nuestro ánimo
sacerdotal. Es sencillamente el amor «al prójimo»: el amor del hombre en Cristo, que
abraza a cada uno y cada una, a todos. Este amor no es -cuando hablamos de la
juventud- algo exclusivo, como si no debiera extenderse a los otros, como por
ejemplo los adultos, los ancianos o los enfermos. Si, el amor por la juventud tiene un
carácter evangélico sólo cuando nace del amor por cada uno y por todos. Al mismo
tiempo, éste posee, en cuanto amor, una característica específica y, podría decirse,
carismática. Este amor nace de un interés particular por lo que es la juventud en la
vida del hombre. Los jóvenes indudablemente tienen mucho atractivo, propio de su
edad; a veces tienen también no pocas debilidades y defectos. Un amor así es verdaderamente
desinteresado. Suscita confianza en los jóvenes. Es más, estos tienen una enorme
necesidad de ella en la fase de la vida que atraviesan. Cada uno de nosotros,
Sacerdotes, debería estar de manera especial preparado para tal amor gratuito.
Puede decirse que toda la ascesis de la vida sacerdotal, el constante esfuerzo por
mejorarse, el espíritu de oración, la unión con Cristo, la entrega a su Madre
encuentran precisamente en este punto su verificación cotidiana. Las almas jóvenes son
particularmente sensibles. Las mentes jóvenes son a veces muy críticas. Por esto es
importante en el sacerdote la preparación intelectual. Al mismo tiempo, sin embargo, la
experiencia confirma que aún más importantes son la bondad, la dedicación y también
la firmeza, las cualidades del carácter y del corazón. Pienso, queridos hermanos, que cada uno de
nosotros debe pedir insistentemente al Señor Jesús que su contacto con los jóvenes sea
esencialmente una participación de aquella mirada con que El «miró» a su joven
Interlocutor del Evangelio, y una participación en aquel amor con que El lo
«amó». También se debe rezar insistentemente para
que este amor sacerdotal, desinteresado, corresponda de manera concreta a las esperanzas
de toda la juventud, tanto masculina como femenina, de los muchachos y de las muchachas.
En efecto, se sabe cuán diferenciada es la riqueza propia de la masculinidad y de la
femineidad para el desarrollo de una persona humana concreta e irrepetible. Nosotros
debemos aprender de Cristo el amor a cada uno y a cada una con el que El mismo «amó». 7. El amor hace capaces de proponer el
bien. Jesús miró con amor a su joven interlocutor del Evangelio y le dijo:
«Sígueme». Este bien que podemos proponer a los jóvenes, se expresa siempre en esta
exhortación: ¡Sigue a Cristo! No tenemos otro bien que proponer; nadie puede
proponer un bien mayor. Seguir a Cristo quiere decir: trata de encontrarte a ti mismo
de la manera más profunda y auténtica posible. Trata de encontrarte a ti mismo como
hombre. En efecto, Cristo es precisamente Aquel que como enseña el Concilio «manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Por tanto, sigue a Cristo. Lo cual significa: trata de encontrar
aquella vocación que Cristo muestra al hombre; la vocación en la que se realizan el
hombre y su propia dignidad. Sólo a la luz de Cristo y de su Evangelio podemos
comprender plenamente que quiere decir que el hombre ha sido creado a imagen y
semejanza de Dios mismo. Solamente siguiéndole, podemos llenar esta imagen eterna con
un contenido de vida concreta. Este contenido es multiforme; son muchas las
vocaciones y las ocupaciones de la vida con las cuales los jóvenes deben precisar su propio
camino. Sin embargo, en cada uno de estos caminos se trata de realizar una vocación
fundamental: ¡ser hombre! ¡Serlo como cristiano! Ser hombre «en la medida del don de
Cristo». Si en nuestros corazones sacerdotales se encuentra el amor por los
jóvenes, sabremos ayudarlos en la búsqueda de la respuesta a lo que es la vocación de
vida de cada uno y de cada una de ellos. Sabremos ayudarlos dejándoles plena
libertad de búsqueda y de elección, mostrándoles al mismo tiempo el valor
esencial en sentido humano y cristiano de cada una de estas opciones. Sabremos también estar con ellos, con cada una y cada uno, en
medio de las pruebas y de los sufrimientos, de los que la juventud no está
ciertamente exenta. Si, a veces las ha de soportar pesadamente. Son sufrimientos y pruebas
de diverso tipo; son desilusiones, desengaños, verdaderas crisis. La
juventud es particularmente sensible y no siempre está preparada para los golpes que la
vida conlleva. Hoy, la amenaza a la existencia humana a nivel de enteras sociedades, más
aún, de toda la humanidad, produce justamente inquietud en muchos jóvenes. Hay
que ayudarles en estas inquietudes a descubrir su vocación. Es necesario a la vez
sostenerlos y afianzarlos en el deseo de transformar el mundo y de hacerlo más
humano y fraterno. Aquí no se trata únicamente de meras palabras; se trata de toda
la realidad del «camino» que Cristo indica para un mundo hecho precisamente así. En el
Evangelio, este mundo se llama el Reino de Dios. El Reino de Dios es, al mismo
tiempo, el verdadero «reino del hombre»; el mundo nuevo donde se realiza la auténtica
«realeza del hombre». El amor es capaz de proponer el bien. Cuando Cristo dice al joven
«Sígueme», en ese caso evangélico hay una llamada a «dejar todo» y a seguir el
camino de sus apóstoles. El diálogo de Cristo con el joven es el prototipo
de tantos diálogos diversos, en los que se abre ante un alma joven la perspectiva de
la vocación sacerdotal o religiosa. Nosotros, queridos hermanos sacerdotes y
pastores, debemos saber identificar bien estas vocaciones. «La mies -verdaderamente- es
mucha, pero los obreros pocos». En algunas partes son poquísimos. Pidamos nosotros
mismos al «dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Oremos nosotros mismos,
pidamos a los demás que recen por esta intención. Y, ante todo, intentemos mediante
nuestra vida crear un punto concreto de referencia para la vocaciones sacerdotales y
religiosas: un modelo concreto. Los jóvenes tienen necesidad inevitable de este modelo concreto para
descubrir en sí mismos la posibilidad de seguir un camino parecido. En este terreno
nuestro sacerdocio puede dar frutos de modo singular. Esforzarse para lograr esto y orad
para que el Don que habéis recibido se convierta en fuente de una dádiva semejante para
los demás y, concretamente, para los jóvenes. 8. Se podría decir y escribir aún mucho más sobre este tema. La
educación y la pastoral juvenil son objeto de muchos estudios sistemáticos y de muchas
publicaciones, Al escribirles con ocasión del Jueves Santo, queridos hermanos Sacerdotes,
deseo limitarme solo a algunos pensamientos. Deseo, en cierto modo, indicar uno de
los temas comprendidos en la múltiple riqueza de nuestra vocación y misión sacerdotal.
Sobre este mismo tema abunda más la Carta a los jóvenes, que junto con la
presente pongo a vuestra disposición, para que podáis hacer uso de ella, especialmente
durante este año de la juventud. En la antigua liturgia que los sacerdotes de más edad recuerdan
todavía, la Santa Misa comenzaba con la oración al pie del altar, y las primeras
palabras del salmo decían: «Introibo ad altare Dei, ad Deum, qui laetificat
iuventutem meam» («Me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud»). El Jueves Santo todos nosotros volvemos a la fuente de nuestro sacerdocio
en el Cenáculo. Meditamos cómo ha nacido en el corazón de Jesucristo durante la última
Cena. Meditamos también de qué modo ha nacido en el corazón de cada uno de nosotros. En este día, queridos hermanos, deseo a todos vosotros y a cada uno en
particular independientemente de la edad y de la generación a la que pertenecéis que «el
acercarse al altar de Dios» (como se expresa el salmo) sea para vosotros la fuente de
la sobrenatural juventud de espíritu, que proviene del mismo Dios. El «nos alegra con la
juventud» de su misterio eterno en Jesucristo. Como sacerdotes de este misterio
salvífico, participamos en la fuente misma de la juventud de Dios, o sea en
esa inagotable «novedad de vida» que a través de Cristo se derramen nuestros
corazones. Que llegue a ser para todos nosotros y, por nuestro medio, para los
demás, especialmente para los jóvenes, una fuente de vida y santidad. Estos deseos
los deposito en el corazón de Aquélla, en quien pensamos al cantar: «Ave verum
Corpus, natum de Maria Virgine. Vere
passum, immolatum in Cruce pro homine. Esto nobis praegustatum mortis in examine». Con todo el afecto de mi corazón y con una renovada Bendición
Apostólica, que os conforte en vuestro ministerio. Vaticano, día 31 de marzo, Domingo de Ramos de «Passione Domini»
del año 1985, séptimo de mi Pontificado.
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