![]() |
![]() |
![]() |
|
|
Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:09
|
|||
![]() |
![]() |
|
|
|
|
JUEVES SANTO DE 1986
Queridos hermanos sacerdotes: Henos aquí de nuevo en la proximidad del Jueves Santo, día en que
Jesús instituyó la Eucaristía y al mismo tiempo nuestro sacerdocio ministerial. Cristo,
«habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». Como Buen
Pastor, dio su vida por sus ovejas, para salvar a los hombres, reconciliarlos con su Padre
e introducirlos en una nueva vida. A los Apóstoles ofreció como alimento su Cuerpo,
entregado por ellos, y su Sangre, derramada por ellos. Cada año, éste es un día grande para todos los cristianos. Como los
primeros discípulos, vienen a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la liturgia
vespertina que renueva la Cena. Reciben del Salvador el testamento del amor fraterno que
deberá inspirar toda su vida, y empiezan a velar con El, para unirse a su Pasión.
Vosotros los reuniréis y guiaréis en su plegaria. Pero este día es especialmente grande para nosotros, queridos hermanos
sacerdotes. Es la fiesta de los sacerdotes. Es el día en que nació nuestro Sacerdocio,
el cual es participación del único Sacerdocio de Cristo Mediador. En este día, los
sacerdotes del mundo entero son invitados a concelebrar la Eucaristía con sus obispos y a
renovar a su alrededor las promesas de sus compromisos sacerdotales al servicio de Cristo
y de su Iglesia. Bien sabéis cuan cercano me siento a cada uno de vosotros en esta
ocasión. Y como cada año, en señal de nuestra unión sacramental en el mismo
Sacerdocio, movido por la afectuosa estima que os tengo y por mi deber de confirmar a
todos mis hermanos en su servicio al Señor, os envío esta carta para ayudaros a reavivar
el don inefable que os ha sido conferido por la imposición de las manos. Este sacerdocio
ministerial, que es nuestra heredad, es también nuestra vocación y nuestra gracia. Marca
toda nuestra vida con el sello de un servicio, sumamente necesario y exigente, como es la
salvación de las almas. A ello nos sentimos arrastrados por el ejemplo de tantos
sacerdotes que nos han precedido. El ejemplo sin igual del Cura de Ars 2. Uno de estos sacerdotes está muy presente en la memoria de la
Iglesia, y será especialmente conmemorado este año en el segundo centenario de su
nacimiento: San Juan María Vianney, Cura de Ars. Deseamos dar gracias a Cristo, Príncipe de los Pastores, por ese modelo
extraordinario de vida y de servicio sacerdotal, que el santo Cura de Ars ofrece a toda la
Iglesia y, ante todo, a nosotros los sacerdotes. ¡Cuántos de nosotros se han preparado al sacerdocio, o ejercen hoy su
difícil labor de cura de almas, teniendo a la vista la figura de San Juan María Vianney!
Su ejemplo no debería caer en el olvido. Hoy más que nunca tenemos necesidad de su
testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a
pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una
creciente secularización descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las
perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una
atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales. El Cura de
Ars debió afrontar en el siglo pasado dificultades que posiblemente tenían otro cariz,
pero que no eran menos grandes. Por su vida y por su actividad, el representó, para la
sociedad de su tiempo, como un gran reto evangélico que ha dado frutos de conversión
sorprendentes. No dudamos de que Él nos ofrece todavía hoy ese gran reto evangélico. Os invito pues a meditar entre tanto sobre nuestro sacerdocio ante este
pastor sin igual, que ha ilustrado a la vez el cumplimiento pleno del ministerio
sacerdotal y la santidad del ministro. Ya sabéis que Juan María Vianney murió en
Ars el 4 de agosto de 1859, después de unos cuarenta años de entrega abnegada. Tenía
setenta y tres años. A su llegada, Ars era un pueblecito olvidado de la arquidiócesis de
Lyón, actualmente de Belley. Al final de su vida, acudía allí gente de toda Francia, y
su fama de santidad, después de su muerte, pronto llamó la atención de la Iglesia
universal. San Pío XI lo beatificó en 1905, Pío XI 10 canonizó en 1925; luego, en 1929
lo declaró patrono de los sacerdotes de todo el mundo. Durante el centenario de su
muerte, Juan XXIII escribió la Encíclica Sacerdortii nostri primordia,
presentando en ella al Cura de Ars como modelo de vida y ascesis sacerdotal, modelo de
piedad y de culto a la Eucaristía, modelo de celo pastoral para nuestro tiempo. Hoy
desearía llamar vuestra atención sobre algunos aspectos esenciales a fin de que nos
ayuden a redescubrir y a vivir mejor nuestro sacerdocio. Su voluntad tenaz de prepararse al sacerdocio 3. El Cura de Ars es, en primer lugar, un modelo de voluntad para los que
se preparan al sacerdocio. Muchas pruebas que encontraría posteriormente habrían podido
descorazonarlo: los efectos de la revolución, la falta de instrucción en el ambiente
rural, la reticencia de su padre, la necesidad de hacer su parte en los trabajos
agrícolas, los azares de la vida militar, y, sobre todo, a pesar de su inteligencia
intuitiva y su viva sensibilidad, su gran dificultad en aprender y memorizar, y por tanto
a seguir los cursos de teología en latín; finalmente, por esta razón, fue apartado
temporalmente del seminario de Lyón. Sin embargo, habiendo comprobado la autenticidad de su vocación, a los
29 años pudo ser ordenado sacerdote. Por su tenacidad en el trabajo y en la oración,
triunfó sobre todos los obstáculos y limitaciones, como más tarde en su vida sacerdotal
lo lograría en el preparar laboriosamente sus sermones y continuar por la noche la
lectura de obras teológicas y de autores Espirituales. Ya desde su juventud le movía un
gran deseo de «ganar almas para Dios» haciéndose sacerdote, y estaba apoyado por el
vecino párroco de Ecully el cual, no dudando de su vocación, tomó a su cargo una parte
de su preparación. ¡Qué ejemplo de valentía para aquéllos que, actualmente, reciben
la gracia de ser llamados al sacerdocio! Profundidad de su amor a Cristo y a las almas 4. El Cura de Ars es un modelo de celo sacerdotal para todos los
pastores, El secreto de su generosidad se encuentra sin duda alguna en su amor a Dios,
vivido sin límites, en respuesta constante al amor manifestado en Cristo crucificado. En
ello funda su deseo de hacer todas las cosas para salvar las almas rescatadas por Cristo a
tan gran precio y encaminarlas hacia el amor de Dios. Recordemos una de aquellas frases
lapidarias cuyo secreto bien conocía: «El sacerdocio es el amor del Corazón de
Jesús». En sus sermones y catequesis se refería siempre a este amor: «Oh Dios mío,
prefiero morir amándoos que vivir un solo instante sin amaros... Os amo, mi divino
Salvador, porque habéis sido crucificado por mí... porque me tenéis crucificado para
vos». Por Cristo, trata de conformarse fielmente a las exigencias radicales que
Jesús propone en el Evangelio a los discípulos que envía en misión: oración, pobreza,
humildad, renuncia a sí mismo y penitencia voluntaria. Y, como Cristo, siente por sus
fieles un amor que le lleva a una entrega pastoral sin límites y al sacrificio de sí
mismo. Raramente, un pastor ha sido hasta este punto consciente de sus responsabilidades,
devorado por el deseo de arrancar a sus fieles del pecado o de la tibieza. «Oh Dios mío,
concédeme la conversión de mi parroquia: acepto sufrir todo lo que queráis, toda mi
vida». Amados hermanos sacerdotes, alimentados por
el Concilio Vaticano II, que felizmente ha situado la consagración del sacerdote en el
marco de su misión pastoral, busquemos el dinamismo de nuestro celo pastoral, con San
Juan María Vianney, en el Corazón de Jesús, en su amor por las almas. Si no acudimos a
la misma fuente, nuestro ministerio correrá el riesgo de dar muy pocos frutos. Frutos sorprendentes y abundantes de su ministerio 5. Precisamente en el caso del Cura de Ars los frutos han sido
sorprendentes, un poco como con Jesús en el Evangelio. A Juan María Vianney, que
consagra a Jesús todas sus fuerza y todo su corazón, el Salvador, en cierto modo, le
entrega las almas. Y se las confía en abundancia. Su parroquia que solamente tenía 230
personas a su llegada será cambiada profundamente. Ahora bien, se recuerda que en aquel
pueblo había mucha indiferencia y muy poca práctica religiosa entre los hombres. El
obispo había advertido a Juan María Vianney: «No hay mucho amor a Dios en esta
parroquia, tú lo pondrás». Pero muy pronto, incluso fuera de su pueblo, el cura llega a
ser el pastor de una multitud que llega de toda la región, de diversas partes de Francia
y de otros países. Se habla de 80.000 personas en el año 1858. Tienen que esperar a
veces muchos días para poder verlo y confesarse. Lo que atrae no es ciertamente la
curiosidad ni la misma reputación justificada. Por unos milagros y curaciones
extraordinarias, que el santo trataba de ocultar. Es más bien el Presentimiento de
encontrar un santo, sorprendente por su penitencia, tan familiar con Dios en la oración,
sobresaliente por su paz y su humildad en medio de los éxitos populares, y sobre todo tan
intuitivo para corresponder a las disposiciones interiores de las almas y librarlas de su
carga, particularmente en el confesionario. Si, Dios escogió como modelo de pastores a
aquel que habría podido parecer pobre, débil, sin defensa y menospreciable a los ojos de
los hombres, Dios lo gratificó con sus mejores dones como guía y médico de almas. Reconociendo también la gracia particular
en el Cura de Ars, ¿no hay en ello un signo de esperanza para los pastores que sufren hoy
un cierto desierto Espiritual? Actividades apostólicas diversas orientadas hacia lo esencial 6. Juan María Vianney se consagró esencialmente a la enseñanza de la
fe y a la purificación de las conciencias; estos dos ministerios convergían hacia la
Eucaristía. ¿No habrá que ver en ello, también hoy, los tres polos del servicio
pastoral del sacerdote?. Si bien el objetivo es ciertamente agrupar al pueblo de Dios en torno al
misterio eucarístico con la catequesis y la penitencia, son también necesarias, otras
actividades apostólicas, según las circunstancias: a veces, durante años, hay una
simple presencia, con un testimonio silencioso de la fe en ambientes no cristianos; o bien
una cercanía a las personas, a las familias. Y sus preocupaciones; tiene lugar un primer
anuncio que trata de despertar a la fe a los incrédulos y a los tibios; se da un
testimonio de caridad y de justicia compartida con los seglares cristianos, que hace más creíble la fe y la pone en
práctica. De ahí toda una serie de trabajos o de obras apostólicas que preparan y
fomentan la formación cristiana. El Cura de Ars se las ingeniaba en tomar iniciativas
adecuadas a su tiempo y a sus feligreses. Sin embargo, todas sus actividades sacerdotales
estaban centradas en la Eucaristía, la catequesis y el sacramento de la reconciliación. El sacramento de la reconciliación 7. Es sin duda alguna su incansable entrega al sacramento de la
penitencia lo que ha puesto de manifiesto el carisma principal del Cura de Ars y le ha
dado justamente su fama. Es bueno que ese ejemplo nos impulse hoy a restituir al
ministerio de la reconciliación toda la importancia que le corresponde, y que el Sínodo
de los Obispos de 1983 ha puesto justamente en evidencia. Sin el paso de conversión, de
penitencia y de petición de perdón que los ministros de la Iglesia deben alentar y
acoger incansablemente, la tan deseada puesta al día sería superficial e ilusoria. El Cura de Ars trataba de formar a los fieles en el deseo del
arrepentimiento. Subrayaba la bondad del perdón de Dios. Toda su vida sacerdotal y sus
fuerzas, ¿no estaban consagradas a la conversión de los pecadores?. Ahora bien, es en el
confesionario donde se manifiesta sobre todo la misericordia de Dios. Estaba totalmente
disponible a los penitentes que venían de todas partes y a los que dedicaba a menudo diez
horas al día, y a veces quince o más. Esta era sin duda para él la mayor de sus
ascesis, un verdadero «martirio»; físicamente, por el calor, el frío o la atmósfera
sofocante; también sufría moral mente por los pecados de que se acusaban y mas aún por
la falta de arrepentimiento: «Lloro por todo lo que vosotros no lloráis». Además de
los indiferentes, a quienes acogía de la mejor manera posible tratando de despertarlos al
amor de Dios, el Señor le concedía reconciliar a grandes pecadores arrepentidos, y
también guiar hacia la perfección a las almas que lo deseaban. Era sobre todo en esto en
lo que Dios le pedía su participación en la Redención. Nosotros en efecto, hemos descubierto, más que en el siglo pasado, el
aspecto comunitario de la penitencia, de la preparación al perdón y de la acción de
gracias después del perdón. Pero el perdón sacramental exigirá siempre un encuentro
personal con Cristo crucificado por mediación de su ministro. Frecuentemente, por
desgracia, los penitentes no se presentan con fervor al confesionario como en los tiempos
del Cura de Ars. Ahora bien, donde haya muchas personas que por diversas razones parecen
abstenerse totalmente de la confesión, se hace urgente una pastoral del sacramento de la
reconciliación, que ayude a los cristianos a redescubrir las exigencias de una verdadera
relación con Dios, el sentido del pecado que nos cierra a Dios y a los hermanos, la
necesidad de convertirse y de recibir, en la Iglesia, el perdón como un don gratuito del
Señor, y también las condiciones que ayuden a celebrar mejor el sacramento, superando
así los prejuicios, los falsos temores y la rutinas. Una situación de este tipo requiere
al mismo tiempo que estemos muy disponibles para este ministerio del perdón, dispuestos a
dedicarle el tiempo y la atención necesarios, y, diría también, a darle la prioridad
sobre otras actividades. De esta manera, los mismos fieles serán la recompensa al
esfuerzo que, como el Cura de Ars, les dedicamos. Ciertamente, como escribía en la exhortación postsinodal sobre la
penitencia , el ministerio de la reconciliación es sin duda el más difícil y el más
delicado, el más agotador y el más exigente, sobre todo cuando los sacerdotes son pocos.
Supone también, en el confesor, grandes cualidades humanas, principalmente una vida
Espiritual intensa y sincera; es necesario que el mismo sacerdote se acerque también
regularmente a este sacramento. Estad siempre seguros, queridos hermanos sacerdotes, de que el ministerio
de la misericordia es uno de los más hermosos y consoladores. Os permitirá iluminar las
conciencias, perdonarlas y vivificarlas en nombre del Señor Jesús, siendo para ellas
médico y consejero Espiritual; es la «insustituible manifestación y verificación del
sacerdocio ministerial». La Eucaristía: Ofrecimiento de la Misa, comunión y adoración 8. El sacramento de la reconciliación y el de la Eucaristía están
estrechamente unidos. Sin una conversión constantemente renovada, junto con la acogida de
la gracia sacramental del perdón, la participación en la Eucaristía no logrará su
plena eficacia redentora. Al igual que Cristo, que comenzó su ministerio con la
exhortación «arrepentíos y creed en el Evangelio», el Cura de Ars comenzaba
generalmente su actividad diaria con el sacramento del perdón. Mas, él gozaba
conduciendo a la Eucaristía a sus penitentes ya reconciliados. La Eucaristía ocupaba
ciertamente el centro de su vida Espiritual y de su labor pastoral. Acostumbraba a decir:
«Todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues
son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios». En ella se hace
presente el sacrificio del Calvario para la redención del mundo. Evidentemente, el
sacerdote debe unir al ofrecimiento de la Misa la donación cotidiana de si mismo. «Por
tanto, es bueno que el sacerdote se ofrezca a Dios en sacrificio todas las mañanas».
«La comunión y el santo sacrificio de la Misa son los dos actos más eficaces para
conseguir la transformación de los corazones». De este modo, la Misa era para Juan María Vianney la grande alegría y
aliento en su vida de sacerdote. A pesar de la afluencia de penitentes, se preparaba con
toda diligencia y en silencio durante más de un cuarto de hora. Celebraba con
recogimiento, dejando entrever su actitud de adoración en los momentos de la
consagración y de la comunión. Con gran realismo hacía notar: «La causa del
relajamiento del sacerdote está en que no dedica suficiente atención a la Misa». El Cura de Ars se dejaba embargar particularmente ante la presencia real
de Cristo en la Eucaristía. Ante el tabernáculo pasaba frecuentemente largas horas de
adoración, antes de amanecer o durante la noche; durante sus homilías solía señalar al
Sagrario diciendo con emoción: «El esta ahí». Por ello, él, que tan pobremente vivía
en su casa rectoral, no dudaba en gastar cuanto fuera necesario para embellecer la
iglesia. Pronto pudo verse el buen resultado: los feligreses tomaron por costumbre el
venir a rezar ante el Santísimo Sacramento descubriendo, a través de la actitud de su
párroco, el grande misterio de la fe. Ante tal testimonio, viene a nuestra mente lo que el Concilio Vaticano II
nos dice hoy acerca de los sacerdotes: «Su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en el
culto o asamblea Eucarística». Y, más recientemente, el Sínodo extraordinario
(diciembre de 1985) recordaba: «La liturgia debe fomentar el sentido de lo sagrado y
hacerlo resplandecer. Debe estar imbuida de reverencia y de glorificación de Dios... La
Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida cristiana». Queridos hermanos sacerdotes, el ejemplo del Cura de Ars nos invita a un
serio examen de conciencia. ¿Qué lugar ocupa la santa Misa en nuestra vida cotidiana?
¿Continúa siendo la Misa, como en el día de nuestra Ordenación ¡fue nuestro primer
acto como sacerdotes! el principio de nuestra labor apostólica y de nuestra
santificación personal?. ¿Cómo es nuestra oración ante el Santísimo Sacramento y
cómo la inculcamos a los fieles?. ¿Cuál es nuestro empeño en hacer de nuestras
iglesias la Casa de Dios para que la presencia divina atraiga a los hombres de hoy, que
con tanta frecuencia sienten que el mundo está vacío de Dios? Predicación y catequesis 9. El Cura de Ars ponía toda su atención en no descuidar nunca el
ministerio de la Palabra, absolutamente necesario para acoger la fe y la conversión; y
solía decir: «Nuestro Señor, que es la verdad misma, no da menos importancia a su
Palabra que a su Cuerpo». Es bien sabido cuánto tiempo consagraba él, sobre todo al
principio, a elaborar cuidadosamente sus predicaciones del domingo. Más tarde, podía ya
expresarse con mayor espontaneidad, con convicción viva y clara, y con comparaciones
sacadas de la experiencia cotidiana, tan sugestivas para los fieles. El catecismo a los
niños constituía igualmente una parte importante de su ministerio, y no era raro ver a
adultos que con gusto se unían a los niños para aprovecharse también de aquel
testimonio sin par, que brotaba del corazón. Tenia la valentía de denunciar el mal bajo todas sus formas y sin
condescendencias, pues estaba en juego la salvación eterna de sus fieles: «Si un pastor
permanece mudo viendo a Dios ultrajado y que las almas se descarrían, ¡ay de él! Si no
quiere condenarse, ante cualquier clase de desorden en su parroquia, deberá pasar por
encima del respeto humano y del temor a ser menospreciado u odiado». Esta responsabilidad
constituía para él su angustia como párroco. Pero, generalmente, «él prefería
presentar la cara atractiva de la virtud más que la fealdad del vicio», y si ponía ante
los ojos a veces incluso llorando, el pecado y sus peligros para la salvación, no dejaba
de insistir en la ternura de Dios ofendido, y en la dicha de sentirse amado por Dios,
unido a El y vivir en su presencia. Queridos hermanos sacerdotes, vosotros estáis convencidos de la
importancia del anuncio del Evangelio, que el Concilio Vaticano II ha puesto entre las
funciones primordiales de los sacerdotes. Mediante la catequesis, la predicación y las
diversas formas de expresión que abarcan también los medios de comunicación social,
tratáis de llegar al corazón de los hombres de hoy, con sus esperanzas e incertidumbres,
para avivar y alimentar su fe. A ejemplo del Cura de Ars y siguiendo la exhortación del
Concilio, poned todo vuestro empeño en enseñar la Palabra de Dios que llama a todos los
hombres a la conversión y a la santidad. LA
IDENTIDAD DEL SACERDOTE Ministerio específico del sacerdote 10. San Juan María Vianney viene a darnos una elocuente respuesta a
algunos interrogantes sobre la identidad del sacerdote, que han aparecido durante los
últimos veinte años; si bien, a lo que parece, se está llegando a posiciones más
equilibradas. El sacerdote encuentra siempre, e invariablemente, la fuente de su propia
identidad en Cristo Sacerdote. No es el mundo quien debe fijarle su estatuto o identidad
según las necesidades o concepciones de las funciones sociales. El sacerdote está
marcado con el sello del Sacerdocio de Cristo, para participar en su función de único
Mediador y de Redentor. Debido a esa vinculación fundamental, se abre ante el sacerdote el
inmenso campo del servicio a las almas para llevarles la salvación en Cristo y en la
Iglesia. Un servicio que debe inspirarse totalmente en el amor a las almas, a ejemplo del
Señor que entrega su vida por ellas. Dios quiere que todos los hombres se salven y que
ninguno de sus hijos se pierda. «El sacerdote debe estar siempre dispuesto a responder a
las necesidades de las almas», acostumbraba a decir el Cura de Ars. «El no es para sí
mismo, sino para vosotros». El Sacerdote es para los seglares. Los anima y sostiene en el ejercicio
del sacerdocio común de los bautizados, puesto muy de relieve por el Concilio Vaticano II
el cual consiste en hacer de su vida una ofrenda Espiritual, dar testimonio del espíritu
cristiano en el seno de la familia, tomar la responsabilidad en las cosas temporales y
participar en la evangelización de sus hermanos. Mas, el ministerio del sacerdote es de
un orden diverso. El ha sido ordenado para actuar en nombre de Cristo-Cabeza, para ayudar
a los hombres a entrar en la vida nueva abierta por Cristo, para dispensarles sus
misterios la Palabra, el perdón y el Pan de Vida, para reunirles en su cuerpo y ayudarles
a formarse interiormente, para vivir y actuar según el designio salvífico de Dios. En
una palabra, nuestra identidad de sacerdotes se manifiesta irradiando, en modo creativo,
el amor a las almas que Cristo Jesús nos ha comunicado. Los intentos de laicización del
sacerdote son perjudiciales para la Iglesia. Esto, sin embargo, no quiere decir que el
sacerdote pueda mantenerse alejado de las preocupaciones humanas de los seglares; por el
contrario, ha de estar muy cerca de ellos, como Juan María Vianney, pero como sacerdote,
mirando siempre a su salvación y al progreso del Reino de Dios. Es testigo y dispensador
de una vida distinta de la terrestre. Es algo esencial para la Iglesia que la identidad
del sacerdote esté salvaguardada, con su dimensión vertical. La vida y la personalidad
del Cura de Ars son, a este respecto, un ejemplo luminoso y atrayente. Su configuración íntima con Cristo y su solidaridad con los pecadores 11. San Juan María Vianney no se contentó con el cumplimiento ritual de
los actos propios de su ministerio. Trató de conformar su corazón y su vida al modelo de
Cristo. La oración fue el alma de su vida. Una oración silenciosa, contemplativa; las
más de las veces en su iglesia, al pie del tabernáculo. Por Cristo, su alma se abría a
las tres Personas Divinas, a las que en el testamento él entregaría «su pobre alma».
«El conservó una unión constante con Dios en medio de una vida sumamente ocupada». Y
nunca descuidó ni el oficio divino ni el rosario. De modo espontáneo se dirigía
constantemente a la Virgen. Su pobreza era extraordinaria. Se despojó literalmente en favor de los
pobres. Rehuía los honores. La castidad brillaba en su rostro. Sabía lo que costaba la
pureza para «encontrar la fuente del amor que está en Dios». La obediencia a Cristo se
traducía, para Juan María Vianney, en obediencia a la Iglesia y especialmente a su
Obispo. La encarnaba en la aceptación de la pesada carga de párroco, que con frecuencia
le sobrecogía. Pero el Evangelio insiste especialmente en la renuncia a sí mismo, en la
aceptación de la cruz... Cuántas cruces se le presentaron al Cura de Ars en su
ministerio: calumnias de la gente, incomprensiones de un vicario coadjutor o de otros
sacerdotes, contradicciones, una lucha misteriosa contra los poderes del infierno y, a
veces, incluso la tentación de la desesperanza en la noche Espiritual del alma. No
obstante, no se contentó con aceptar estas pruebas sin quejarse; salía al encuentro de
la notificación imponiéndose ayunos continuos, así como otras rigurosas maneras de
«reducir su cuerpo a servidumbre», como dice San Pablo. Mas, lo que hay que ver en estas
formas de penitencia a las que, por desgracia, nuestro tiempo no esta acostumbrado son sus
motivaciones: el amor a Dios y la conversión de los pecadores. Así interpela a un
hermano sacerdote desanimado: «Ha rezado.... ha gemido.... pero ¿ha ayunado, ha pasado
noches en vela...?». Es la evocación de aquella admonición de Jesús a los Apóstoles:
«Esta raza no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno». En definitiva, Juan María Vianney se santificaba para ser más apto para
santificar a los demás. Ciertamente, la conversión sigue siendo el secreto de los
corazones libres en sus decisiones y el secreto de la gracia de Dios. Mediante su
ministerio el sacerdote ilumina a las personas, guiándolas en sus conciencias y dándoles
los sacramentos. Estos sacramentos son, en efecto, actos del mismo Cristo, cuya eficacia
no disminuye por las imperfecciones o por la indignidad del ministro. Pero el resultado
depende también de las disposiciones personales de quien los recibe, y éstas son
favorecidas en gran manera por la santidad personal del sacerdote, por su visible
testimonio, así como por el misterioso intercambio de méritos en la comunión de los
santos. San Pablo decía: «Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo
por su cuerpo, que es la Iglesia». Podría decirse que Juan María Vianney quería, en
cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones,
sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquéllos
que no le amaban y a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos no hacían.
Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador. Amados hermanos sacerdotes, no tengamos miedo a este compromiso personal
marcado por la ascesis e inspirado por el amor que Dios nos pide para ejercer dignamente
nuestro sacerdocio. Recordemos la reciente reflexión de los Padres sinodales: «Nos
parece que en las dificultades actuales Dios quiere enseñarnos, la manera más profunda,
el valor, la importancia y la centralidad de la cruz de Jesucristo». En el sacerdote,
Cristo vuelve a vivir su Pasión por las almas. Demos gracias a Dios que de este modo nos
permite participar en la Redención con nuestro corazón y con nuestra propia carne. Por todas estas razones, San Juan María Vianney no cesa de ser un
testimonio vivo y actual de la verdad sobre la vocación y sobre el servicio sacerdotal.
Conviene recordar la convicción con la que solía hablar de la grandeza del sacerdocio y
de la absoluta necesidad. Los sacerdotes, al igual que quienes se preparan al sacerdocio y
aquéllos que recibirán la llamada, necesitar¡ fijar la mirada en su ejemplo para
seguirlo. También los fieles, gracias a él, comprenderán mejor el misterio del
sacerdocio de sus sacerdotes. La figura del Cura de Ars sigue siendo actual. Conclusión para el Jueves Santo 12. Queridos hermanos, que estas reflexiones reaviven vuestro gozo de ser
sacerdotes, vuestro deseo de serlo todavía más profundamente. El testimonio del Cura de
Ars contiene aún muchas otras riquezas por profundizar. Volveremos nuevamente, y con
mayor amplitud, sobre estos temas con ocasión de la peregrinación que, Dios mediante,
tendré la dicha de llevar a cabo en octubre próximo, acogiendo la invitación que los
Obispos franceses me han hecho para celebrar en Ars el segundo centenario del nacimiento
de Juan María Vianney. Os dirijo esta primera meditación, amados hermanos, en la solemnidad del
Jueves Santo. En este día del nacimiento de nuestro sacerdocio nos reuniremos en nuestras
comunidades diocesanas para renovar la gracia del sacramento del Orden y para reavivar el
amor que caracteriza nuestra vocación. Oiremos a Cristo que, como a los Apóstoles, nos dice: «Nadie tiene amor
mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos... Ya no os llamo siervos... os llamo
amigos». Ante El, que manifiesta el Amor en toda su plenitud, sacerdotes y
obispos, renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Oremos los unos por los otros, cada cual por su hermano, y todos por
todos. Roguemos al Sacerdote Eterno que el recuerdo del Cura de Ars nos ayude a reavivar
nuestro celo en su servicio. Supliquemos al Espíritu Santo que llame a su Iglesia a
muchos sacerdotes del temple y santidad del Cura de Ars; nuestra época tiene gran
necesidad de ellos y ha de ser capaz de hacer germinar estas vocaciones. Confiemos nuestro sacerdocio a la Virgen María, Madre de los sacerdotes,
a quien Juan María Vianney recurría sin cesar con tierno afecto y total confianza. Para
él esto era un ulterior motivo de acción de gracias: «Jesucristo -decía- tras habernos
dado cuanto nos podía dar, quiere aún dejarnos en herencia lo más precioso que él
tenía: su Santa Madre». Con todo mi afecto, y junto con vuestro obispo, os imparto de corazón,
mi Bendición Apostólica. Vaticano, 16 de marzo, quinto domingo de Cuaresma del año 1986, octavo
de mi Pontificado.
|
||