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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:34
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JUEVES SANTO DE 1987
I. Entre el Cenáculo y Getsemaní 1. «Dichos los Himnos, salieron para el monte de los Olivos» (Mc
14, 26). Permitirme, queridos hermanos en el sacerdocio, que empiece mi Carta para
el Jueves Santo de este año con las palabras que nos remiten al momento en que, después
de la Última Cena, Jesucristo salió para ir al Monte de los Olivos. Todos nosotros que,
por medio del sacramento del Orden, gozamos de una participación especial, ministerial,
en el sacerdocio de Cristo, el Jueves Santo nos recogemos interiormente en recuerdo de la institución
de la Eucaristía, porque este acontecimiento señala el principio y la fuente de lo
que, por la gracia de Dios, somos en la Iglesia y en el mundo. El Jueves Santo es el día
del nacimiento de nuestro sacerdocio y, por eso, es también nuestra fiesta anual. Es un día importante y sagrado no sólo para nosotros, sino para toda la
Iglesia, para todos los que Dios constituyó para sí en Cristo «un reino de sacerdotes»
(Ap 1, 6). Para nosotros esto es especialmente importante y decisivo ya que el
sacerdocio común del Pueblo de Dios está vinculado al servicio de los dispensadores
de la Eucaristía, que es nuestra labor más santa. Por eso hoy, cuando os reunáis en
torno a vuestros Obispos, renovar junto a ellos, queridos hermanos, en vuestros corazones la
gracia que se os ha concedido «por la imposición de manos» (Cfr. 2 Tim 1, 6)
en el sacramento del Presbiterado. En este día tan extraordinario, deseo como cada año estar con vosotros,
así como con vuestros Obispos, puesto que todos sentimos una profunda necesidad de
renovar en nosotros la conciencia de la gracia de este sacramento que nos une íntimamente
a Cristo, sacerdote y víctima. Precisamente con este fin deseo, por medio de esta Carta, expresar
algunos pensamientos sobre la importancia de la oración en nuestra vida, sobre
todo en relación con nuestra vocación y misión. 2. Después de la última Cena, Jesús se dirige con los Apóstoles al
monte de los Olivos. En la sucesión de los acontecimientos salvíficos de la Semana
Santa, la Cena constituye para Cristo el comienzo de «su hora». Precisamente
durante la cena comienza la realización definitiva de todo lo que va a constituir esta
«hora». En el Cenáculo Jesús instituye el sacramento, signo de una realidad que
aún ha de verificarse en la sucesión de los acontecimientos. Por eso dice: «Este es mi
Cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19); «Este cáliz es la nueva
alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20). Así nace
el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Redentor, al que está íntimamente unido el
sacramento del sacerdocio, en virtud del mandato confiado a los Apóstoles: «Haced esto
en memoria mía» (Lc 22, 19). Las palabras que instituyen la Eucaristía no sólo anticipan lo que se
realizará el día siguiente, sino que también subrayan expresamente que esa realización
ya cercana tiene el sentido y el alcance del sacrificio. En efecto, «El Cuerpo es
entregado... y la Sangre es derramada por vosotros». De este modo Jesús, en la última Cena, deja en manos de los Apóstoles
y de la Iglesia el verdadero sacrificio. Lo que en el momento de la institución
representa todavía un anuncio, que, aunque definitivo, es también la anticipación
efectiva de la realidad sacrificial del Calvario, se convertirá después, mediante el
ministerio de los sacerdotes, en el «memorial» que perpetúa de modo sacramental
la misma realidad redentora. Es una realidad central en el orden de toda la economía
divina de la salvación. 3. Al salir con los Apóstoles hacia el Monte de los Olivos, Jesús
camina precisamente hacia la realidad de su «hora que es el tiempo del cumplimiento
pascual del designio de Dios y de todos los anuncios, lejanos y cercanos, contenidos en
las «Escrituras» a este respecto (cfr. Lc 24, 27). Esta «hora» marca también el tiempo en que el sacerdocio se
llena de un contenido nuevo y definitivo como vocación y servicio, sobre la base
de la revelación y de la institución divina. Podremos encontrar una exposición más
amplia de esa verdad sobre todo en la Carta a los Hebreos, texto fundamental para
el conocimiento del sacerdocio de Cristo y de nuestro sacerdocio. Pero en el marco de estas consideraciones aparece como esencial el hecho
de que Jesús se dirija mediante la oración hacia el cumplimiento de la realidad,
que culmina en «su hora». 4. La oración de Getsemaní se comprende no sólo en relación
con todos los acontecimientos del Viernes Santo -es decir, la pasión y muerte en Cruz-,
sino también, y no menos íntimamente, en relación con la última Cena. Durante la Cena de despedida, Jesús llevó a término lo que era la
eterna voluntad del Padre al respecto, y era también su voluntad: su voluntad de Hijo:
«¡Para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12, 27). Las palabras de la institución del
sacramento de la nueva y eterna Alianza, la Eucaristía, constituyen en cierto modo el
sello sacramental de esa eterna voluntad del Padre y del Hijo, que ha llegado a la
«hora» del cumplimiento definitivo. En Getsemaní, la palabra «Abbá» que en boca de Jesús posee siempre
una profundidad trinitaria en efecto, es el nombre que utiliza al hablar al Padre y del
Padre, y especialmente en la oración refleja en los dolores de la pasión el sentido de
las palabras de la institución de la Eucaristía. En efecto, Jesús va a Getsemaní para
revelar un aspecto más de la verdad sobre Él como Hijo, y lo hace especialmente mediante
la palabra: Abbá. Y esta verdad, esta inaudita verdad sobre Jesucristo, consiste en que
Él, «siendo igual al Padre», como Hijo consustancial al Padre, es al mismo
tiempo verdadero hombre. Pues frecuentemente se llama a sí mismo «el Hijo del
hombre». Nunca como en Getsemaní se manifiesta la realidad del Hijo de Dios, que «asume
la condición de siervo» (cfr. Fil 2, 7), según la profecía de Isaías (cfr. Is
53). La oración del Getsemaní, más que
cualquier otra oración de Jesús, revela la verdad sobre la identidad, vocación y
misión del Hijo, que ha venido al mundo para cumplir la voluntad paterna de Dios hasta el
final, cuando diga: «Todo está cumplido» (Jn 19,30). Esto es importante para todos los que entran
a formar parte de la «escuela de oración» de Cristo: es especialmente importante para
nosotros los sacerdotes. 5. Por lo tanto, Jesucristo, el Hijo
consustancial, se presenta al Padre y dice: «Abbá». Y así, al manifestar, de un modo
que podríamos decir radical, su condición de verdadero hombre, «Hijo del hombre», pide
el alejamiento del amargo cáliz: « «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta
copa» (Mt 26, 39; cf. Mc 14,36, Lc 22,42) Jesús sabe que eso «no es posible» que
«el cáliz» se le ha dado para que lo «beba» totalmente. Sin embargo dice precisamente
esto: «Si es posible, pase de mí». Lo dice precisamente en el momento en que ese
«cáliz deseado ardientemente por él (cfr. Lc 22, 15), ya se ha convertido en
signo sacramental de la nueva y eterna Alianza en la sangre del Cordero. Cuando todo eso,
que ha sido «establecido» desde la eternidad, está ya «instituido»
sacramentalmente en el tiempo: introducido para siempre en la Iglesia. Jesús, que ha realizado esta institución en el Cenáculo, ciertamente
no desea revocar la realidad expresada por el sacramento de la última Cena. Es más,
desea de corazón su cumplimiento. No obstante esto, si ora para que «pase de él este
cáliz», es para manifestar de ese modo ante Dios y ante los hombres el gran peso de la
tarea que ha de asumir: sustituirnos a todos nosotros en la expiación del pecado.
Manifiesta también la inmensidad del sufrimiento, que llena su corazón humano. De
este modo el Hijo del hombre se revela solidario con todos sus hermanos y hermanas que
forman parte de la gran familia humana, desde el principio hasta el final de los tiempos. El
mal es el sufrimiento para el hombre; y Jesucristo lo siente en Getsemaní con todo su
peso, el que corresponde a nuestra experiencia común, a nuestra espontánea actitud
interior. El permanece ante el Padre con toda la verdad de su humanidad, la verdad
de su corazón humano oprimido por el sufrimiento, que está a punto de alcanzar su culmen
dramático: «Triste está mi alma hasta la muerte «(Me 14, 34). Sin embargo, nadie es
capaz de expresar la medida adecuada de este sufrimiento como hombre sirviéndose sólo de
criterios humanos. En efecto, en Getsemaní quien reza al Padre es un hombre, que a la vez
es Dios y consustancial al Padre. 6. Las palabras del evangelista: «Comenzó a entristecerse y
angustiarse» (Mt 26, 37), igual que todo el desarrollo de la oración en
Getsemaní, parecen indicar no sólo el miedo ante el sufrimiento, sino también el temor
característico del hombre, una especie de temor unido al sentido de responsabilidad.
¿Acaso no es el hombre ese ser singular, cuya vocación consiste en «superarse
constantemente a sí mismo»? En la oración con que comienza la pasión, Jesucristo, «Hijo del
hombre», expresa el típico esfuerzo de la responsabilidad, unida a la aceptación de las
tareas en las que el hombre se ha de «superar a sí mismo». Los Evangelios recuerdan varias veces que Jesús rezaba, más aún, que
«pasaba las noches en oración» (cfr. Lc 6, 12); pero ninguna de estas oraciones
ha sido presentada de modo tan profundo y penetrante como la de Getsemaní. Lo cual es
comprensible. Pues en la vida de Jesús no hubo otro momento tan decisivo. Ninguna otra oración
entraba de modo tan pleno en la que había de ser «su hora». De ninguna otra
decisión de su vida tanto como de ésta dependía el cumplimiento de la voluntad del
Padre, el cual «tanto amó al mundo que le dio a su Unigénito Hijo, para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Cuando Jesús dice en Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la
tuya» (Lc 22, 42), revela la voluntad del Padre y de su amor salvífico al hombre.
La «voluntad del Padre» es precisamente el amor salvífico: la salvación del mundo se
ha de realizar mediante el sacrificio redentor del Hijo. Es muy comprensible que el
Hijo del hombre, al asumir esta tarea, manifieste en su decisivo coloquio con el Padre la
conciencia que tiene de la dimensión sobrehumana de esta tarea con la que cumple la
voluntad del Padre en la divina profundidad de su unión filial. «He llevado a cabo la obra que me
encomendaste realizar», (cfr. Jn 17, 4). Añade el Evangelista: «Lleno de
angustia, oraba con más insistencia» (Lc 22, 44). Y esta angustia mortal se
manifestó también con el sudor que, como gotas de sangre, empapaba el rostro de Jesús
(cfr. Lc 22, 44). Es la máxima expresión de un sufrimiento que se traduce en
oración, y de una oración que, a su vez, conoce el dolor, al acompañar el sacrificio
anticipado sacramentalmente en el Cenáculo, vivido profundamente en el espíritu de
Getsemaní y que está a punto de consumarse en el Calvario. Precisamente sobre estos momentos de la oración sacerdotal y sacrificial
es sobre los que deseo llamar vuestra atención, queridos hermanos, en relación con
nuestra oración y nuestra vida. II. La oración como centro 7. Si en nuestra meditación del Jueves Santo de este año unimos el
Cenáculo con Getsemaní, es para comprender como nuestro sacerdocio debe estar
profundamente vinculado a la oración: enraizado en la oración. En efecto, la afirmación no requiere demostración, sino que más bien
necesita ser cultivada constantemente con la mente y con el corazón, para que la verdad
que hay en ella pueda llevarse a cabo en la vida de un modo cada vez más profundo. Se trata, pues, de nuestra vida, de la misma existencia sacerdotal,
en toda su riqueza, que se encierra, antes que nada, en la llamada al sacerdocio, y que se
manifiesta también en ese ser vicio de la salvación que surge de ella. Sabemos que el
sacerdocio -sacramental y ministerial- es una participación especial en el sacerdocio de
Cristo. No existe sin él y fuera de él. «Sin mi no podéis hacer nada» (Jn
15, 5), dijo Jesús en la última Cena, como conclusión de la parábola sobre la vid y
los sarmientos. Cuando más tarde, durante su oración solitaria en el huerto de
Getsemaní, Jesús se acerca a Pedro, a Juan y a Santiago y los encuentra dormidos, los
despierta y les dice: «Vigilar y orad para no caer en tentación» (Mt 26, 41). La oración, pues, había de ser para los Apóstoles el modo
concreto y eficaz de participar en la «hora de Jesús», de enraizarse en Él y en
su misterio pascual Así será siempre para nosotros 108 sacerdotes. Sin la oración
existe el peligro de aquella «tentación» en la que cayeron por desgracia los Apóstoles
cuando se encontraron cara a cara con el «escándalo de la cruz» (cfr. Gál 5, 1
l). 8. En nuestra vida sacerdotal la oración tiene una variedad de formas y
significados, tanto la personal, como la comunitaria, o la litúrgica
(pública y oficial). No obstante, en la base de esta oración multiforme siempre hay que
encontrar ese fundamento profundísimo que pertenece a nuestra existencia en
Cristo, como realización especifica de la misma existencia cristiana, y más aún, de
modo más amplio de la humana. La oración, pues, es la expresión connatural de la
conciencia de haber sido creados por Dios, y más aún -como revela la Biblia- de que el Creador
se ha manifestado al hombre como Dios de la Alianza. La oración, que pertenece a nuestra
existencia sacerdotal, comprende naturalmente dentro de todo lo que deriva de nuestro ser
cristianos, o también simplemente del ser hombres hechos «a imagen y semejanza» de
Dios. Incluye, además, la conciencia de nuestro ser hombres y cristianos como
sacerdotes. Y esto es precisamente lo que quiere descubrir el Jueves Santo,
llevándonos con Cristo, después de la última Cena, a Getsemaní. En efecto, allí somos
testigos de la oración del mismo Jesús, que precede inmediatamente al
cumplimiento supremo de su sacerdocio por medio del sacrificio, de sí mismo en la Cruz.
Él, «constituido Sumo Sacerdote de los bienes futuros.... entró una vez para siempre en
el santuario... por su propia sangre», (Heb 9, 11 12). De hecho, si bien era
sacerdote desde el primer momento de su existencia, sin embargo «llegó a ser» de modo
pleno el único sacerdote de la nueva y eterna Alianza mediante el sacrificio redentor,
que tuvo su comienzo en Getsemaní. Este comienzo tuvo lugar en un contexto de oración. 9. Para nosotros, queridos hermanos, esto es un descubrimiento de
importancia fundamental el día del Jueves Santo, al que justamente consideramos como el
día del nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial en Cristo. Entre las palabras de la
institución: «Este es mi Cuerpo que es entregado por vosotros»; «Este cáliz es la
nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» y el cumplimiento efectivo de
lo que esas palabras expresan, se interpone la oración de Getsemaní. ¿Quizá no
es verdad que, a lo largo de los acontecimientos pascuales, ella nos lleva a la
realidad, también visible, que el sacramento significa y renueva al mismo tiempo? El sacerdocio, que ha llegado a ser nuestra herencia en virtud de un
sacramento tan estrechamente unido a la Eucaristía, es siempre una llamada a participar
de la misma realidad divino-humana, salvífica y redentora, que precisamente por medio de
nuestro ministerio debe dar siempre nuevos frutos en la historia de la salvación: «Para
que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). El santo Cura
de Ars, cuyo centenario de su nacimiento celebramos el año pasado, se nos presenta
precisamente como el hombre de esta llamada, reavivando su conciencia también en
nosotros. En su vida heroica la oración fue el medio que le permitía permanecer
constantemente en Cristo, «velar» con Cristo de cara a su «hora». Esta «hora» es decisiva para la salvación de tantos hombres, confiados
al servicio sacerdotal y al cuidado pastoral de cada presbítero. En la vida de San Juan
María Vianney, esta «hora» se realizó especialmente con su servicio en el
confesionario. 10. La oración en Getsemaní es como una
piedra angular, puesta por Cristo al servicio de la causa «que el Padre le ha
confiado»: obra de la redención del mundo mediante el sacrificio ofrecido en la Cruz. Partícipes del sacerdocio de Cristo, que está unido indisolublemente a
su sacrificio, también nosotros debemos poner la Piedra angular de la oración como base
de nuestra existencia sacerdotal. Nos permitirá sintonizar nuestra existencia con el
servicio sacerdotal, conservando intacta la identidad y la autenticidad de esta
vocación, que se ha convertido en nuestra herencia especial en la Iglesia, como comunidad
del Pueblo de Dios. La oración sacerdotal -especialmente la Liturgia de las Horas y la
adoración Eucarística- nos ayudará a conservar antes que nada la conciencia profunda de
que, como «siervos de Cristo», somos de modo especial y excepcional «administradores
de los misterios de Dios» (1 Cor 4, l). Cualquiera que sea nuestra tarea
concreta, cualquiera que sea el tipo de compromiso en que desarrollamos el servicio
pastora la oración nos asegurará la conciencia de esos misterios de Dios, de los que
somos «administradores», y la llevará a manifestarse en todas nuestras obras. De este modo seremos también para los hombres un signo visible de
Cristo y de su Evangelio. ¡Queridísimos hermanos! Tenemos necesidad de oración, de oración
profunda y, en cierto sentido, «orgánica», para poder ser ese signo. «En esto
conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros». ¡Sí! Concretamente,
ésta es una cuestión de amor, de amor «a los demás»; efectivamente, el
«ser», como sacerdotes «administradores de los misterios de Dios», significa ponerse a
disposición de los demás y, así, dar testimonio de ese amor supremo que está en
Cristo, de ese amor que es Dios mismo. 11. Si la oración sacerdotal reaviva esta conciencia y esta actitud en
la vida de cada uno de nosotros, al mismo tiempo, de acuerdo con la «lógica» profunda
de ser administradores de los misterios de Dios, la oración debe ampliarse y
extenderse constantemente a todos aquellos que «el Padre nos ha dado» (cfr. Jn
17, 6). Esto es lo que sobresale claramente en la oración sacerdotal de Jesús
en el Cenáculo: «He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado.
Tuyos eran y tú me los diste, y han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). A ejemplo de Jesús, el Sacerdote, «administrador de los
misterios de Dios», es Él mismo cuando es «para los demás». La oración le da
una especial sensibilidad hacia los demás haciéndolo sensible a sus necesidades,
a su vida y a su destino. La oración permite también al sacerdote reconocer a los «que
el Padre le ha dado»... Estos son, ante todo, los que, por así decirlo, son puestos por
el Buen Pastor en el camino de su servicio sacerdotal, de su labor pastoral. Son
los niños, los adultos, los ancianos. Son la juventud, las parejas de novios, las
familias, pero también las personas solas. Son los enfermos, los que sufren, los
moribundos. Son los que están Espiritualmente cercanos, dispuestos a la colaboración
apostólica, pero también los lejanos, los ausentes, los indiferentes, muchos de los
cuales, sin embargo, pueden encontrarse en una fase de reflexión y de búsqueda. Son los
que están mal dispuestos por varias razones, los que se encuentran en medio de
dificultades de naturaleza diversa, los que luchan contra los vicios y pecados, los
que luchan por la fe y la esperanza. Los que buscan la ayuda del sacerdote y los que lo
rechazan. ¿Cómo ser sacerdote «para» todos ellos y para cada uno de ellos
según el modelo de Cristo? ¿Cómo ser sacerdote «para» aquéllos que «el Padre nos
ha dado», confiándonoslos como un encargo? Nuestra prueba será siempre una prueba
de amor, una prueba que hemos de aceptar, antes que nada, en el terreno de la oración. 12. Queridos hermanos: Todos sabemos bien cuánto cuesta esta prueba.
¡Cuánto cuestan a veces los coloquios aparentemente normales con las distintas
personas!. ¡Cuánto cuesta el servicio a las conciencias en el confesionario. Cuánto
cuesta la solicitud «por todas las iglesias» (cfr. 2 Cor 11, 28): Sollicitudo
omnium ecclesiarum): ya se trate de las «iglesias domésticas» (Cfr. LG, 11),
es decir, las familias, especialmente en sus dificultades y crisis actuales; ya se trate
de cada persona «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6, 19): de cada hombre o
mujer en su dignidad humana y cristiana; y finalmente, ya se trate de una iglesia-comunidad
como la parroquia, que sigue siendo la comunidad fundamental, o bien de aquellos grupos,
movimientos, asociaciones, que sirven a la renovación del hombre y de la sociedad
según el espíritu del Evangelio florecientes hoy en la Iglesia y por los que hemos de
estar agradecidos al Espíritu Santo, que hace surgir iniciativas tan hermosas. Tal
empeño tiene su «coste», que hemos de sostener con la ayuda de la oración.. Por lo tanto, la oración nos permitirá, a pesar de muchas
contrariedades, dar esa prueba de amor que ha de ofrecer la vida de cada hombre, y
de modo especial la del sacerdote. Y cuando parezca que esa prueba supera nuestras
fuerzas, recordemos lo que el evangelista dice de Jesús en Getsemaní: «Lleno de
angustia, oraba con más insistencia» (Lc 22, 44). 13. El Concilio Vaticano II presenta la vida de la Iglesia como
peregrinación en la fe (cfr. const. dogm. Lumen Gentium, 48 ss.). Cada uno de
nosotros, queridos hermanos, en razón de su vocación y ordenación sacerdotal, tiene una
participación especial en esta peregrinación. Estamos llamados a avanzar guiando a los
demás, ayudándolos en su camino como ministros del Buen Pastor. Como administradores de
los misterios de Dios debemos, pues, tener una madurez de fe, adecuada a nuestra
vocación y a nuestras funciones. Pues, «lo que se busca en los administradores es que
sean fieles» (1 Cor 4, 2), desde el momento en que el Señor les confía su
patrimonio. Por lo tanto, es conveniente que en esta peregrinación de la fe, cada
uno de nosotros fije la mirada de su alma en la Virgen María, Madre de Jesucristo,
Hijo de Dios. Pues ella -como enseña el Concilio siguiendo a los Padres- nos «precede»
en esta peregrinación (cfr. const. dogm. Lumen Gentium, 58) y nos ofrece un
ejemplo sublime, que he deseado poner también de relieve en mi reciente Encíclica,
publicada en vistas al Año Mariano, al que nos estamos preparando. En María, que es la
Virgen Inmaculada, descubrimos también el misterio de esa fecundidad
sobrenatural por obra del Espíritu Santo, por el que ella es «figura» de la
Iglesia. En efecto, la Iglesia «se hace también madre mediante la palabra de Dios
aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios» (const.
dogm. Lumen Gentium, 64), según el testimonio del Apóstol Pablo: «Hijos míos,
por quienes sufro de nuevo dolores de parto» (Gál 4, 19); y llega a serlo
sufriendo como una madre, que «cuando pare, siente tristeza porque llega su hora; pero
cuando ha dado a luz un hijo no se acuerda de la tribulación, por el gozo que tiene de
haber venido al mundo un hombre» (Jn 16, 21). ¿Acaso este testimonio no toca también la esencia de nuestra especial
vocación en la Iglesia?. Sin embargo -digámoslo al concluir-, para que podamos hacer
nuestro el testimonio del Apóstol, tenemos que mirar constantemente al Cenáculo y a
Getsemaní, y volver a encontrar el centro mismo de nuestro sacerdocio en la
oración y mediante la oración. Cuando, con Cristo, clamamos: «Abbá, Padre», entonces «el Espíritu
da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (Rom 8, 1516). «Y
asimismo, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no
sabemos pedir lo que nos conviene; mas el mismo Espíritu aboga por nosotros con
gemidos inenarrables, y el que escudriña los corazones conoce cuál es el deseo del
Espíritu» (Rom 8, 2627). Recibid, queridos hermanos, el saludo pascual y el beso de la paz en
Jesucristo Nuestro Señor. Vaticano, 13 de abril del año 1987.
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