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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:46
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JUEVES SANTO DE 1988
Queridos Hermanos en el Sacerdocio: Hoy todos nosotros volvemos al Cenáculo. Congregándonos en torno a los
altares en tantos lugares de la tierra, celebramos de modo especial el memorial de la
última Cena en medio de la comunidad del Pueblo de Dios a la que servimos. En la liturgia
vespertina del Jueves Santo las palabras de Cristo, pronunciadas «la víspera de su
Pasión», resuenan en nuestros labios como cada día, y todavía de una manera distinta,
en relación con aquella Tarde única, que precisamente hoy es recordada por la Iglesia.
Como nuestro Señor y al mismo tiempo in persona Christi pronunciamos las palabras
«Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo... Tomad y bebed todos de
él, porque éste es el cáliz de mi Sangre». En efecto, el mismo Señor nos
encomendó esto, cuando dijo a los apóstoles: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc
22,19). Y al hacer esto debe permanecer vivo en nuestra mente y en nuestro
corazón todo el misterio de la encarnación: Cristo, que el Jueves Santo anuncia
que su, Cuerpo será «entregado» y su Sangre «derramada», es el Hijo eterno, el cual
«entrando en este mundo» dice al Padre: «me has preparado un cuerpo... para hacer
¡Oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10, 5-7). Se acerca precisamente aquella Pascua en la que el Hijo de Dios, como
Redentor del mundo, cumplirá la voluntad del Padre mediante la oblación y la Inmolación
de su Cuerpo y Sangre en el Gólgota. Es por medio de este sacrificio que Él, «por
su propia sangre, entró una vez para siempre en el santuario, realizada la redención
eterna» (Heb 9, 12). Pues éste es el sacrificio de la Alianza «nueva y eterna»
que está íntimamente relacionado con el misterio de la encarnación: el Verbo, que se
hizo carne (cf. Jn 1, 14), inmola su humanidad, como «homo assumptus» en la
unidad de la Persona divina. Es conveniente que a lo largo de este año, vivido por toda
la Iglesia como Año Mariano, se recuerde -a propósito de la Institución de la
Eucaristía y, a la vez, del sacramento del Sacerdocio- la realidad misma de la
encarnación. La cual se llevó a cabo por obra del Espíritu Santo, descendiendo sobre
la Virgen de Nazaret, cuando ella pronunció su «fiat» como respuesta al mensaje del
Ángel (cf. Lc 1, 38). «Ave, verdadero cuerpo, nacido de la Virgen María: en verdad has
sufrido y has sido inmolado en la Cruz por el hombre». ¡Sí, es el mismo Cuerpo! Al celebrar la Eucaristía, mediante nuestro
servicio sacerdotal, se hace presente el misterio del Verbo encarnado, Hijo consubstancial
al Padre, que, como hombre «nacido de mujer», es hijo de la Virgen María. 2. En la última Cena no consta que la Madre
de Cristo estuviera en el Cenáculo. Sin embargo estaba presente en el Calvario, al
pie de la Cruz, «en donde -como enseña el Concilio Vaticano II-, no sin designio divino,
se mantuvo de pie (cf. Jn 19, 25), se condolió vehementemente con su Unigénito y
se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación
de la víctima engendrada». Esta es la consecuencia de aquel «fiat, pronunciado por
María en la Anunciación. Cuando nosotros, al actuar in persona
Christi, celebramos el sacramento del mismo y único sacrificio en el que Cristo es y
sigue siendo el único sacerdote y la única víctima, no debemos olvidar este
sufrimiento de la Madre, en la cual se cumplieron las palabras pronunciadas por
Simeón en el templo de Jerusalén: «una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 35).
Eran unas palabras dirigidas directamente a María, cuarenta días después del nacimiento
de Jesús. En el Gólgota, al pie de la Cruz, estas palabras se cumplieron totalmente.
cuando su Hijo en la Cruz se manifestó plenamente como «signo de contradicción», esta
inmolación, la agonía mortal del Hijo afectó también al corazón materno de María.
Esta es la agonía del corazón de la Madre, que sufría con Él, «consintiendo en la
inmolación de la víctima engendrada por Ella misma». Se alcanza aquí el ápice de
la presencia de María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia en la tierra. Este
ápice se encuentra en el camino de la «peregrinación de la fe», a la que nos referimos
especialmente en el Año Mariano. Amadísimos Hermanos, ¿a quién más que a nosotros es indispensable una
fe profunda y firme, a nosotros, que en virtud de la sucesión apostólica comenzada en el
Cenáculo celebramos el sacramento del sacrificio de Cristo? Conviene, pues, que
profundice constantemente nuestro vínculo Espiritual con la Madre de Dios, que en la
peregrinación de la fe «precede», a todo el Pueblo de Dios. Y de modo particular, cuando celebrando la Eucaristía nos encontramos
cada día en el Gólgota, conviene que esté a nuestro lado Aquella que, mediante una fe
heroica, realizó al máximo su unión con el Hijo, precisamente allí en el Gólgota. 3. Además, Cristo ¿no nos ha dejado quizá una indicación especial al
respecto? Ciertamente, durante su agonía en la Cruz, pronunció las palabras que para
nosotros tienen el sentido de un testamento. «Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a
quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al
discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su
casa» (Jn 19, 26-27). Aquel discípulo, el Apóstol Juan, estaba con Cristo en la última Cena.
Era uno de los «doce», a los que el Maestro dio, junto con las palabras que instituían
la Eucaristía, la recomendación: «Haced esto en conmemoración mía». El apóstol Juan
recibió la potestad de celebrar el sacrificio eucarístico instituido en el Cenáculo la
víspera de su Pasión, como santísimo sacramento de la Iglesia. En el momento de su
muerte, Jesús confía su Madre a este discípulo. Juan «la recibió en su casa» (Jn.
19, 27): la recibió como primera testigo del misterio de la encarnación. Y él, como
evangelista, expresó precisamente de la manera más profunda, y al mismo tiempo más
sencilla, la verdad sobre el Verbo que «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn
1, 14): la verdad de la encarnación y la verdad del Emmanuel. Y así, al recibir «en su
casa» a la Madre que estaba al pie de la cruz del Hijo, acogió al mismo tiempo todo
lo que ella tenía dentro de sí en el Gólgota: el hecho de que ella «sufrió
profundamente en unión con su Unigénito y se asoció con espíritu materno a su
sacrificio, consintiendo amorosamente en la importancia de la víctima engendrada por
ella». Todo esto -toda la sobrehumana experiencia del sacrificio de nuestra
redención, impresa en el corazón de la misma Madre de Cristo Redentor- fue confiado
al hombre, que en el Cenáculo recibió el poder de hacer realidad este sacrificio
mediante el ministerio sacerdotal de la Eucaristía. ¿No posee esto un significado particular para cada uno de nosotros? Si
Juan al pie de la Cruz representa en cierto sentido a todos los hombres, a cada uno y a
cada una, sobre los cuales se extiende espiritualmente la maternidad de la Madre de Dios,
¡cuánto más no será válido esto para cada uno de nosotros, llamados sacramentalmente
al servicio sacerdotal de la Eucaristía en la Iglesia! De veras, es estremecedora la realidad del Gólgota, el sacrificio de
Cristo por la redención del mundo. Es estremecedor el misterio de Dios, del cual somos
ministros en el orden sacramental (cf. 1 Cor 4, 1). Sin embargo, ¿no estamos
amenazados por el peligro de ser ministros no suficientemente dignos; por el peligro de no
presentarnos con suficiente fidelidad al pie de la Cruz de Cristo, al celebrar la
Eucaristía?. Procuremos estar cerca de esta Madre, en cuyo corazón está grabado de
modo único e incomparable el misterio de la redención del mundo. 4. «La Bienaventurada Virgen, por el don y
la prerrogativa de la maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor... está
unida también íntimamente a la Iglesia» -proclama el Concilio-. «La Madre de Dios
es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio, a saber: en el orden de la fe,
de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia, que
con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la
precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre». Más adelante el texto conciliar desarrolla esta analogía tipológica:
«Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y
cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre, por la
palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo engendra
para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de
Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fe prometida
al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo conserva
virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad». Al pie de la Cruz en el Gólgota el discípulo «recibió en su casa» a
María, señalada por Cristo con las palabras: «He ahí a tu Madre». La enseñanza del
Concilio demuestra cómo toda la Iglesia ha recibido a María «en su casa»;
cuando profundamente el misterio de esta Madre-Virgen pertenezca al misterio de la
Iglesia, a su intima realidad. Todo esto tiene una importancia fundamental para todos los hijos e hijas
de la Iglesia. Todo esto tiene un significado especial para nosotros, que hemos
sido marcados con el signo sacramental del Sacerdocio, el cual, aunque sea
«jerárquico», es al mismo tiempo «ministerial» a ejemplo de Cristo, primer servidor
de la redención del mundo. Si todos en la Iglesia -hombres y mujeres, que por medio del bautismo
participan en la función de Cristo sacerdote- poseen el «sacerdocio real» común, del
que habla el Apóstol Pedro (cf. 1 Pe 2, 9); todos deben aplicarse las palabras de
la Constitución conciliar citadas hace poco; estas palabras también se refieren de
manera especial a nosotros. El Concilio ve la maternidad de la Iglesia -según el modelo de la
maternidad de María- en el hecho de que «engendra para la vida nueva e inmortal a
los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios». Notamos aquí como un eco
de las palabras de San Pablo sobre los «hijos por quienes de nuevo sufre dolores de
parto» (cf. Gál 4, 19), del mismo modo que sufre una madre en el parto. Cuando en
la Carta a los Efesios leemos de Cristo-Esposo que «nutre y cuida» a la Iglesia
como a su cuerpo (cf. 5, 29), debemos relacionar este cuidado esponsal de Cristo sobre
todo con el don del alimento eucarístico, comparable a los muchos cuidados maternos de
«aumentar y cuidar» al niño. Merece la pena recordar estas expresiones bíblicas, para que la verdad
de la maternidad de la Iglesia, a ejemplo de la Madre de Dios, se haga más cercana a
nuestra conciencia sacerdotal. Y si cada uno de nosotros vive esta maternidad
Espiritual más bien en cuanto hombres, como «paternidad en el Espíritu», María,
como «figura» de la Iglesia, tiene su parte en esta experiencia. Los textos citados
demuestran cuan profundamente está grabada esta parte en el corazón mismo de nuestro
servicio sacerdotal y pastoral. La analogía de Pablo sobre «los dolores de parto» ¿no
se refiere a nosotros en muchas ocasiones en las que también estamos implicados en el
proceso Espiritual de la «generación» y de la «regeneración» del hombre por
obra del Espíritu dador de la vida? Las experiencias más intensas al respecto las viven
los confesores y no solamente ellos. Con ocasión del Jueves Santo, es necesario profundizar de nuevo en esta
verdad misteriosa de nuestra vocación: esta «paternidad en el espíritu», que a nivel
humano es semejante a la maternidad. Por lo demás, Dios Creador y Padre ¿no hace él
mismo la comparación entre su amor y el de las madres? (cf. Is 49, 15; 66, 13). Se
trata, por tanto, de una característica de nuestra personalidad sacerdotal, que expresa
precisamente su madurez apostólica y su fecundidad espiritual. Si toda la Iglesia
«aprende de María la propia maternidad», ¿no es conveniente que lo hagamos también
nosotros? Es preciso, pues, que cada uno de nosotros «la reciba en su casa». Así como
la recibió el Apóstol Juan en el Gólgota, es decir, que cada uno de nosotros permita a
María que ocupe un lugar «en la casa» del propio sacerdocio sacramental, como madre y
mediadora de aquel «gran misterio» (cf. Ef 5, 32), que todos deseamos servir con
nuestra vida. 5. María es Madre-Virgen, y la Iglesia, dirigiéndose a ella como
a su propia figura, se reconoce en la misma porque también es «llamada madre y virgen».
Es virgen porque «guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo». Cristo,
según la enseñanza de la Carta a los Efesios (cf. 5, 32), es el esposo de la
Iglesia. El significado esponsal de la redención nos impulsa a cada uno de nosotros a
guardar fidelidad a esta vocación, mediante la cual hemos sido hechos partícipes de la
misión salvífica de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. La analogía entre la Iglesia y María Virgen es especialmente elocuente
para nosotros, que unimos nuestra vocación sacerdotal al celibato, es decir, «a
hacernos eunucos para el Reino de los Cielos». Recordemos el coloquio con los apóstoles
en el que Cristo les explicaba el significado de esta elección (cf. Mt 19, 12) y
tratemos de comprender plenamente sus motivos. Renunciamos libremente al matrimonio, a
fundar una familia, para poder servir mejor a Dios en los hermanos. Se puede decir que nosotros renunciamos a la paternidad «según la
carne», para que madure y se desarrolle en nosotros la paternidad «según el
espíritu», que, como ya se ha dicho, tiene al mismo tiempo características maternas. La
fidelidad. virginal al Esposo, que encuentra su expresión particular en esta forma de
vida, nos permite participar en la vida íntima de la Iglesia, la cual, a ejemplo de la
Virgen, trata de guardar «pura e íntegramente la fe prometida al Esposo». Ante este modelo -es decir, el prototipo que la Iglesia encuentra en
María- es necesario que nuestra elección sacerdotal del celibato para toda la vida
esté depositada también en su corazón. Es necesario recurrir a esta Madre-Virgen
cuando encontremos dificultades en el camino elegido. Es necesario que con su ayuda
busquemos una comprensión cada vez más profunda de este camino, su afirmación cada vez
más completa en nuestros corazones. Es necesario, finalmente, que se desarrolle en
nuestra vida aquella paternidad «según el espíritu que es uno de los frutos del
«hacerse eunucos por el reino de Dios». En María, que representa el «cumplimiento» singular de la «mujer»
bíblica del Protoevangelio (cf. Gén 3, 15) y del Apocalipsis (12,
1), busquemos obtener también la capacidad de una justa relación con las mujeres
y el comportamiento ante ellas demostrado por el mismo Jesús de Nazaret. Esto se
ve en muchos pasajes del Evangelio. Este es un tema importante en la vida de cada
sacerdote, y el Año Mariano nos lleva a considerarlo y a profundizarlo de modo especial.
El sacerdote, en virtud de su vocación y de su servicio, debe descubrir de una manera
nueva el problema de la dignidad y de la vocación de la mujer, tanto en la Iglesia
como en el mundo actual. Debe comprender profundamente qué es lo que Cristo quería
decirnos a todos hablando con la Samaritana (cf. Jn 4, 1-42), defendiendo a la
adúltera amenazada con ser apedreada (cf. Jn 8, 1 - 11), dando testimonio de
aquella a la que le fueron perdonados muchos pecados, porque había amado mucho (cf. Lc
7, 36-50), conversando con María y Marta en Betania (cf. Lc 10, 38-42; Jn
11, 1-44) y, finalmente, transmitiendo a las mujeres, antes que a los demás, «la Buena
Nueva» pascual de su resurrección (cf, Mt 28, 1-10). La misión de la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, fue asumida de
diversas maneras por los hombres y por las mujeres. En nuestros días, después del
Concilio Vaticano II, este hecho supone una nueva llamada a cada uno de nosotros, para que
el Sacerdocio que ejercemos en las diversas comunidades de la Iglesia sea verdaderamente
ministerial y, por esto mismo, apostólicamente eficaz y fructífero. 6. Al encontrarnos hoy, Jueves Santo, en el lugar del nacimiento de
nuestro Sacerdocio, deseamos releer profundamente su significado a través del prisma de
la doctrina conciliar sobre la Iglesia y su misión. La figura de la Madre de Dios
pertenece a esta doctrina en su conjunto. De ahí pues las reflexiones de la presente
meditación. Hablando desde lo alto de la Cruz en el Gólgota, Cristo dijo al
discípulo: «He ahí a tu Madre». Y el discípulo «la recibió en su casa» como Madre.
Introduzcamos también nosotros a María como Madre en la «casa» interior de nuestro
sacerdocio. En efecto, también nosotros pertenecemos a «los fieles, a cuya
generación y educación» la Madre de Dios «coopera con amor materno». Sí, nosotros
tenemos, en cierto modo, un «derecho» especial a este amor en virtud del misterio del
Cenáculo. Cristo decía: «No os llamo ya siervos... os he llamado amigos» (Jn
15, 15). Sin esta «amistad« sería difícil pensar que El nos haya confiado,
después de los Apóstoles, el sacramento de su Cuerpo y Sangre, el sacramento de su
muerte redentora y de su resurrección, para que celebrásemos este inefable sacramento en
su nombre, más aún, in persona Christi. Sin esta «amistad» especial seria
difícil pensar también en la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se presentó en medio
de los apóstoles diciéndoles: «Recibir el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn
20, 22-23). Esta amistad compromete. Esta amistad debería infundir un santo
temor, un mayor sentido de responsabilidad, una mayor disponibilidad en el dar de sí todo
lo que seamos capaces, con la ayuda de Dios. En el Cenáculo esta amistad se consolidó
profundamente mediante la promesa del Paráclito: El «os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho. El dará testimonio de mí. También vosotros
daréis testimonio» (Jn 14, 26; 15, 26-27). Nos sentimos siempre indignos de la amistad de Cristo. Pero es
bueno que tengamos el santo temor de no permanecer fieles a la misma. La Madre de Cristo sabe todo esto. Ella misma comprendió más plenamente
lo que significaban las palabras pronunciadas por su Hijo en el momento de la agonía en
la Cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre». Se referían a ella y
al discípulo, uno de aquellos a quienes Cristo dijo en el Cenáculo: «Vosotros sois mis
amigos» (Jn 15, 14): a Juan y a todos los que, mediante el misterio de la última
Cena, participan de la misma «amistad». La Madre de Dios, la cual (como enseña el
Concilio) coopera con amor materno a la generación y educación de todos los que llegan a
ser hermanos de su Hijo -que llegan a ser sus amigos- hará todo lo posible para que
éstos no defrauden esta santa amistad. Para que estén a la altura de la misma. 7. Junto con Juan, apóstol y evangelista, dirijamos también la mirada
de nuestro espíritu hacia aquella «mujer vestida de sol», que aparece en el
horizonte escatológico de la Iglesia y del mundo en el Libro del Apocalipsis (cf.
12, 1 ss). No es difícil reconocer en ella la misma figura que, al comienzo de la
historia humana, después del pecado original, fue anunciada como Madre del Redentor (cf. Gén
3, 15). En el Apocalipsis la vemos, por un lado, como la mujer excelsa en medio de
la creación visible y, por otro, como la que sigue tomando parte en la lucha
Espiritual por la victoria del bien sobre el mal. Este es el combate conducido por la
Iglesia, unida a la Madre de Dios como «modelo» suyo, «contra los Dominadores de este
mundo tenebroso, contra los Espíritus del mal», como leemos en la Carta a los Efesios
(6, 12). Esta lucha Espiritual empieza en el momento en que el hombre «por instigación
del demonio... abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su
propio fin al margen de Dios». Se puede decir que el hombre, ofuscado por la
perspectiva de ser elevado por encima de su límite de criatura como era tentador:
«seréis como dioses»: (cf. Gén 3, 5), ha dejado de buscar la verdad de la
propia existencia y de su progreso en aquel que es «Primogénito de toda la creación» (Col
1, 15) y ha dejado de entregar esta creación y a sí mismo en Cristo a Dios, en el cual
todo tiene su comienzo. El hombre ha perdido la conciencia de ser el sacerdote de todo
el mundo visible, al orientarlo exclusivamente hacia sí. Las palabras del Protoevangelio al principio de la Sagrada
Escritura y las del Apocalipsis al final se refieren a la misma lucha en la que
está implicado el hombre. En la perspectiva de esta lucha Espiritual, que se desarrolla
en la historia, el Hijo de la mujer es el Redentor del mundo. La redención se realiza
mediante el sacrificio, en el que Cristo -mediador de la nueva y eterna Alianza-
«penetró en el santuario una vez para siempre... con su propia sangre», abriendo en la
casa del Padre -en el seno de la Santísima Trinidad- el espacio para que todos «los que
han sido llamados reciban la herencia eterna» (cf. Heb 9, 12.15). Precisamente por
esto Cristo, crucificado y resucitado, es «el sumo sacerdote de los bienes
futuros» (cf. Heb 9, 11), y su sacrificio significa una nueva orientación de
la historia espiritual del hombre hacia Dios, Creador y Padre, hacia el cual el
Primogénito de la creación conduce a todos en el Espíritu Santo. El Sacerdocio, que tiene su principio en la última Cena, nos permite
participar en esta transformación esencial de la historia espiritual del hombre. En
efecto, en la Eucaristía presentamos el sacrificio de la redención, el mismo que Cristo
ofreció en la Cruz «con su propia sangre». Por medio de este sacrificio también
nosotros, sus dispensadores sacramentales, junto con todos a quienes servimos por medio de
su celebración, alcanzamos continuamente el momento decisivo de aquel combate
espiritual que, según el Génesis y el Apocalipsis, está relacionado
con la «mujer». En esta lucha ella está completamente unida al Redentor, y por esto
nuestro servicio sacerdotal está también unido a ella: a ella, Madre del Redentor y
«modelo» de la Iglesia. De este modo todos permanecemos unidos a ella en esta lucha
Espiritual, que se desarrolla a través de toda la historia del hombre. En esta lucha
nosotros tenemos una parte especial en virtud de nuestro Sacerdocio sacramental.
Realizamos un servicio especial en la obra de redención del mundo. El Concilio enseña que María, avanzando en la peregrinación de la
fe mediante su perfecta unión con el Hijo hasta la Cruz precedió, presentándose de
forma eminente y singular, a todo el Pueblo de Dios, a lo largo del mismo camino,
siguiendo a Cristo en el Espíritu Santo. ¿No deberíamos unirnos a ella especialmente
nosotros sacerdotes que, como pastores de la Iglesia, debemos guiar también
a las comunidades, confiadas a nosotros, por el camino que desde el Cenáculo de
Pentecostés sigue a Cristo a través de la historia del hombre? 8. Queridos Hermanos en el Sacerdocio, mientras nos reunimos hoy junto
con los Obispos en tantos lugares de la tierra, he deseado desarrollar en esta Carta anual
precisamente este motivo que, además, me parece relacionado particularmente con el
contenido del Año Mariano. Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo, agradecemos
al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del Sacerdocio. Y que
en esta acción de gracias se puedan escuchar las palabras puestas por el evangelista en
boca de María con ocasión de la visita a su prima Isabel: «Ha hecho en mi favor
maravillas el Poderoso, Santo es su nombre» (Lc 1, 49). Demos también gracias
a María por el inefable don del Sacerdocio por el cual podemos servir en la Iglesia a
cada hombre. ¡Que el agradecimiento despierte también nuestro celo! ¿No se
realiza quizás, mediante nuestro servicio sacerdotal, lo que se dice en los versículos
siguientes del Magnificat de María? El Redentor, el Dios de la Cruz y de la Eucaristía,
verdaderamente «exalta a los humildes»; «a los hambrientos colma de bienes». El, que
«siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que nos enriqueciéramos con su
pobreza» (cf. 2 Cor 8, 9), ha entregado a la humilde Virgen de Nazaret el
admirable misterio de su pobreza, que hace ser ricos. Y nos entrega también a
nosotros el mismo misterio mediante el sacramento del Sacerdocio. Demos gracias incesantemente por esto; con toda nuestra vida; con todo
aquello de que somos capaces. Juntos demos gracias a María, Madre de los sacerdotes. ¿Cómo
podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré
e invocaré el nombre del Señor» (Sal 116/ 114-115, 12-13). A todos mis hermanos en el Sacerdocio y en el Episcopado envío, con
caridad fraterna y en el día de nuestra fiesta común, mi cordial saludo y mi Bendición
Apostólica. Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del
año 1988, décimo de mi Pontificado.
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