![]() |
![]() |
![]() |
|
|
Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:15
|
|||
![]() |
![]() |
|
|
|
|
JUEVES SANTO DE 1990
Ven, Espíritu Creador 1. Con estas palabras la Iglesia ha rezado el día de nuestra Ordenación
sacerdotal. Hoy, cuando comienza el Triduo Pascual del año del Señor 1990, recordamos
juntos el día de nuestra Ordenación. Nos dirigimos al Cenáculo con Cristo y los
Apóstoles para celebrar la Eucaristía in cena Domini y para encontrar las comunes
raíces que unen en sí la Eucaristía de la Pascua de Cristo y nuestro sacerdocio
sacramental, heredado de los Apóstoles: «Sabiendo Jesús que había llegado su hora
de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). ¡Ven, Espíritu Creador! 2. En este Jueves Santo, al volver a los orígenes del sacerdocio de la
nueva y eterna Alianza, cada uno de nosotros recuerda, al mismo tiempo, aquel día que
está grabado en la historia de nuestra propia vida como comienzo de su sacerdocio
sacramental, como servicio en la Iglesia de Cristo. La voz de la Iglesia, que invoca al
Espíritu Santo en este día decisivo para nosotros, hace mención de la promesa de
Cristo en el Cenáculo: «Yo pediré al Padre (por vosotros) y os dará otro Paráclito,
para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,
16-17). ¡El Consolador, el Paráclito! La Iglesia está convencida de su presencia
salvífica y santificadora. El «es el que da vida « (Jn 6, 63). «El Espíritu
de la verdad, que procede del Padre... que yo os enviaré de junto al Padre» (cfr. Jn
15, 26), precisamente El ha engendrado en nosotros aquella nueva vida que se Rama y es el
sacerdocio ministerial de Cristo. El mismo dice: «El.. recibirá de lo mío y os lo
anunciará a vosotros» (Jn 16, 14). Así ha sucedido concretamente. El
Espíritu de la verdad, el Paráclito, «ha recibido» de aquel único sacerdocio de
Cristo y nos lo ha revelado como el camino de nuestra vocación y de nuestra vida. Fue
aquel el día en que cada uno de nosotros se vio a sí mismo, en el sacerdocio de
Cristo en el Cenáculo, como ministro de la Eucaristía y, viéndose así, comenzó a
caminar en esa dirección. Fue aquel el día en que cada uno de nosotros, en virtud
del sacramento, vio este sacerdocio como realizado en uno mismo, como impreso en la propia
alma bajo la forma de un sello indeleble: «Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza
de Melquisedec» (Heb 5, 6). 2. Todo esto se presenta de nuevo cada año ante nuestros ojos el día
del aniversario de nuestra ordenación, pero vuelve a presentarse también el día
del Jueves Santo. Hoy, en efecto, en la liturgia matutina de la Misa crismal, nos
reunimos, en nuestras respectivas Comunidades sacerdotales, en torno a nuestros Obispos para
fortalecer la gracia sacerdotal del Orden. Nos reunimos para renovar, ante el pueblo
sacerdotal de la Nueva Alianza, aquellas promesas que desde el día de la Ordenación
constituyen el carácter específico de nuestro ministerio en la Iglesia. Y, al renovar
estas promesas, invocamos al Espíritu de la verdad, el Paráclito, para que conceda la
fuerza salvífica y santificadora a las palabras que la Iglesia pronuncia en su himno de
invocación: «Visita las almas de tus fieles y llena de la divina gracia los corazones que tu mismo creaste». ¡Sí! Hoy abrimos nuestros corazones, estos corazones que El ha vuelto a
crear con su obrar divino. El los ha vuelto a crear con la gracia de la vocación
sacerdotal y en ellos actúa constantemente. El crea cada día; crea en nosotros, siempre
de nuevo, aquella realidad que constituye la esencia de nuestro sacerdocio, que confiere a
cada uno de nosotros la plena identidad y autenticidad en el servicio sacerdotal, que nos
permite «ir y dar fruto» y que este fruto «permanezca» (cfr. Jn 15, 16). Es Él, el Espíritu del Padre y del Hijo, que nos permite descubrir cada
vez con mayor profundidad el misterio de aquella amistad a la que Cristo nos ha llamado en
el Cenáculo: «No os llamo ya siervos.... a vosotros os he llamado amigos» (Jn
15,15). Pues si el siervo no sabe lo que hace su amo, el amigo, en cambio, conoce los
secretos de su amigo. El siervo sólo puede ser obligado a trabajar, mas el amigo se
alegra de la elección hecha por aquel que se le ha entregado y al cual también él se
entrega, y se le entrega totalmente. Hoy, por tanto, pedimos al Espíritu Santo que esté
siempre presente en nuestros pensamientos y en nuestros corazones. Su presencia es
condición necesaria para mantener la amistad con Cristo y nos garantiza también un
conocimiento cada vez más íntimo y conmovedor del misterio de nuestro Maestro y Señor.
Nosotros participamos de este misterio de un modo singular: somos sus heraldos y, sobre
todo, sus dispensadores. Este misterio penetra en nosotros y, por nuestro medio, a
semejanza de la vid, hace nacer los sarmientos de la vida divina. Por consiguiente,
¡cuánto hemos de desear el tiempo de la venida de este Espíritu que «da la vida»!
¡Cuán profundamente debe estar unido a El nuestro sacerdocio para «permanecer en la
vida que es Cristo» (cfr. Jn 15, 5)! 3. ¡Ven, Espíritu Creador! Dentro de unos meses estas mismas palabras del himno litúrgico
inaugurarán la asamblea del Sínodo de los Obispos, dedicada al sacerdocio y a la
formación sacerdotal en la Iglesia. Este tema surgió en la anterior asamblea del
Sínodo celebrada hace tres años, en 1987. Fruto de los trabajos de aquella sesión
sinodal ha sido la Exhortación Apostólica, Christifideles Laici, que en muchos
ambientes ha sido acogida con gran satisfacción. Este fue un tema obligado, y los
trabajos del Sínodo, desarrollados con una notable participación del laicado católico
-hombres y mujeres de todos los continentes- se revelaron particularmente útiles de cara
a los problemas del apostolado en la Iglesia. Conviene añadir también que a las
sugerencias sinodales debe su origen el documento Mulieris Dignitatem, que
constituyó, en cierto modo, el complemento del Año Mariano. Pero ya entonces en el horizonte de aquellos trabajos estuvo presenté el
tema del sacerdocio y de la formación sacerdotal. «Sin los Presbíteros que pueden
llamar a los laicos a desarrollar su cometido en la Iglesia y en el mundo, y que pueden
ayudar en la formación de los laicos para el apostolado, sosteniéndoles en su difícil
vocación, faltaría un testimonio esencial en la vida de la Iglesia». Con estas palabras
un benemérito y experto representante del laicado se expresó sobre lo que sería luego
el tema de la próxima asamblea sinodal de los Obispos de todo el mundo. Pero esta voz no
fue la única. Siente la misma necesidad el Pueblo de Dios, tanto en los Países donde el
cristianismo y la Iglesia existen desde hace siglos, como en los Países de misión donde
la Iglesia y el cristianismo están echando sus raíces. Si en los primeros años después
del Concilio se notó cierta desorientación en este aspecto por parte de los laicos y de
los pastores de almas, hoy día la necesidad de sacerdotes es obvia y urgente para todos. En esta problemática está implícita también la justa relectura de la
misma enseñanza del Concilio sobre la relación entre el «sacerdocio de los fieles»,
-que deriva de su fundamental, inserción, por medio del bautismo, en la realidad de la
misión sacerdotal de Cristo- y el «sacerdocio ministerial», del cual
participan -en grado diverso- los Obispos, los Presbíteros y los Diáconos (cfr. Const.
dogm. Lumen Gentium, 10 y 28). Esta relación corresponde a la estructura
comunitaria de la Iglesia. El sacerdocio no es una institución que existe «junto» al
laicado o bien «por encima» del mismo. El sacerdocio de los Obispos y de los
Presbíteros, igual que el ministerio de los Diáconos, es «para» los Laicos y,
precisamente por esto, posee su carácter « ministerial», es decir, «de servicio».
Este, además, hace resaltar también el mismo «sacerdocio bautismal», es decir, el
sacerdocio común de todos los fieles: lo hace resaltar y al mismo tiempo ayuda a que se
realice en la vida sacramental. Se ve así cómo el tema del sacerdocio y de la formación sacerdotal
surge de la misma temática del precedente Sínodo de los Obispos. Se ve también cómo
este tema, en ese sentido, es algo tan justificado y obligado como urgente. 4. Por tanto, conviene que el Triduo Pascual de este año, de manera
especial el Jueves Santo, sea un día clave para la preparación de la próxima asamblea
del Sínodo de los Obispos. Durante la fase preparatoria, que dura desde hace casi dos
años, se ha pedido a los Presbíteros diocesanos y religiosos que intervengan activamente
y presenten observaciones, sugerencias y conclusiones. Aunque el tema atañe a la Iglesia
en su conjunto, sin embargo son los sacerdotes del mundo entero los que tienen el derecho
y el deber de considerar este Sínodo como «propio»: verdaderamente, res nostra
agitur. Y ya que todo esto es, al mismo tiempo, res sacra, conviene
entonces que la preparación para el Sínodo se apoye no solamente sobre el intercambio de
reflexiones, experiencias y sugerencias, sino que tenga también un carácter sacral. Es
necesario rezar mucho por los trabajos del Sínodo. De ellos depende mucho para un
ulterior proceso de renovación, iniciado con el Concilio Vaticano II. En este campo,
mucho depende de aquellos operarios que «el Dueño envíe a su mies» (cfr. Mt
9,38). Hoy, cercanos ya al tercer Milenio de la venida de Cristo, quizás experimentamos
de manera más profunda la magnitud y las dificultades de la mies: «La mies es mucha»;
pero vemos también la escasez de obreros: «Los obreros son pocos» (Mt 9,
37). «Pocos»: y esto atañe no sólo a la cantidad, sino también a la calidad. De ahí
pues la necesidad de la formación. Por eso tienen un significado decisivo las palabras
del Maestro: «Rogar, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt
9, 38). El Sínodo al que nos preparamos debe tener un carácter de oración. Sus
trabajos deben transcurrir en una atmósfera de oración por parte de los mismos
participantes. Pero no basta. Conviene que estos trabajos estén acompañados por la
oración de todos los Sacerdotes de la Iglesia entera. Las reflexiones que he propuesto en
el Ángelus dominical, desde hace algunas semanas, están encaminadas a suscitar
esa oración. 5. Por esto, el Jueves Santo de 1990 -dies sacerdotalis de
toda la Iglesia- tiene en este período preparatorio un significado fundamental.
Desde hoy es necesario invocar al Espíritu Santo que da la vida: ¡Ven, Espíritu
Creador! Ningún otro tiempo ayuda a percibir tan íntimamente la profunda verdad
sobre el sacerdocio de Cristo. Aquel, que con su propia sangre penetró en el santuario
una vez para siempre, consiguiendo una redención eterna» (cfr. Heb 9, 12), es el
sacerdote de la nueva y eterna Alianza, que al mismo tiempo «amó hasta el extremo a los
suyos que estaban en el mundo» (cfr. Jn 13, 1). Y la medida de este amor es el
don de la Ultima Cena: la Eucaristía y el Sacerdocio. Reunidos en torno a este don mediante la liturgia de hoy, y en la
perspectiva del Sínodo dedicado al sacerdocio, dejemos actuar en nosotros al Espíritu
Santo para que la misión de la Iglesia siga madurando hasta llegar a la plenitud en
Jesucristo (cfr. Ef 4, 13). Que podamos conocer cada vez más perfectamente
«el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (Ef 3. 19). Que en El y por El
podamos ser colmados «hasta la total plenitud de Dios» (íbid.) en nuestra vida y en
nuestro servicio sacerdotal. A todos los Hermanos en el sacerdocio de Cristo deseo manifestar mi
estima y mi amor con una especial Bendición Apostólica. Vaticano, 12 de abril, Jueves Santo del año 1990, duodécimo de mi
Pontificado.
|
||