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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:50
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JUEVES SANTO DE 1991
¡Venerados y queridos hermanos en el
sacerdocio ministerial de Cristo! 1. «El Espíritu del Señor está sobre
mí» (Lc 4, 18; cfr. Is 6 1, 1). Mientras estamos recogidos en las
catedrales de nuestras diócesis, alrededor del Obispo, para la liturgia de la Misa
crismal, escuchamos estas palabras pronunciadas por Cristo en la sinagoga de Nazaret. Al
presentarse por primera vez ante la. comunidad de su pueblo de origen, Jesús lee en el
libro del profeta Isaías las palabras del anuncio mesiánico: «El Espíritu del Señor
está sobre mí; por esto me ha consagrado con la unción y me ha enviado» (Lc
4, 18). En su significado inmediato, estas palabras indican la misión profética, del
Señor, como anunciador de la Buena Noticia; pero podemos aplicarlas a la gracia
multiforme que nos comunica. La renovación de las promesas
sacerdotales, el día de Jueves Santo, va unida al rito de la bendición de los santos
Oleos, los cuales, en algunos sacramentos de la Iglesia, expresan aquella unción del
Espíritu Santo, que emana de la plenitud de Cristo. La unción con el Espíritu Santo
pone en acción primeramente el don sobrenatural de la gracia santificante,
mediante el cual el hombre se hace partícipe, en Cristo, de la naturaleza divina y de la
vida de la Santísima Trinidad. Tal donación constituye en cada uno de nosotros la fuente
interior de la vocación cristiana, y de toda vocación dentro de la comunidad de la
Iglesia, como Pueblo de Dios de la Nueva Alianza. En este día miramos, pues, a Cristo,
que es la plenitud, la fuente y el modelo de todas las vocaciones, en particular al
servicio sacerdotal, en cuanto participación peculiar en su sacerdocio mediante el
carácter del sacramento del Orden. Solamente en él se da la plenitud de la
unción, la plenitud del don que es para todos y para cada uno. Es inagotable. En
los comienzos del Triduo Sacro, cuando la Iglesia entera, a través de la liturgia, se
adentra de manera especial en el misterio pascual de Cristo, nosotros leemos ahí cuán
profunda es nuestra vocación, que es ministerial y debe ser vivida a ejemplo del
Maestro quien, antes de la última Cena, lava los pies a los Apóstoles. , De la plenitud del don del Padre que hay en
él y que por mediación suya es otorgado al hombre, Cristo instituirá durante ,esta
misma Cena el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, bajo las especies de pan y de vino,
y lo pondrá confiadamente -el sacramento de la Eucaristía- en manos de los apóstoles
y, por mediación de ellos, en manos de la Iglesia, para todos los tiempos, hasta su
venida definitiva en la gloria. En virtud del Espíritu Santo, operante en
la Iglesia desde el día de Pentecostés, este sacramento, a través de la larga serie de
las generaciones sacerdotales, se nos ha confiado también a nosotros en el momento
presente de la historia del hombre y del mundo que, en Cristo, se ha convertido ya para
siempre en historia de la salvación. Cada uno de nosotros, queridos
hermanos, ha de repasar hoy con su mente y con el corazón en la mano la propia vía hacia
el sacerdocio y, después, la vía seguida en el sacerdocio, que es la vía de la vida y
del servicio, que nos ha venido del Cenáculo. Todos recordamos el día y la hora en que,
después de haber recitado juntos las Letanías de los Santos, postrados sobre el
pavimento del templo, el Obispo impuso sus manos sobre cada uno de nosotros, en profundo
silencio. Desde los tiempos apostólicos, la imposición de manos es el signo de la
transmisión del Espíritu Santo, el cual es, en sí mismo, supremo artífice de la santa
potestad sacerdotal: autoridad sacramental y ministerial. Toda la liturgia del Triduum
Sacrum nos acerca al misterio pascual, en el cual esta autoridad tiene su comienzo
para ser servicio y misión: aquí podemos aplicar las palabras del Libro de Isaías
(cfr. Is 61, 1), pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret. «El Espíritu
del Señor está sobre mí; por esto me ha consagrado con la unción y me ha enviado». 2. Venerados y queridos hermanos: al
escribirles el año pasado para el día de Jueves Santo, trataba de orientar vuestra
atención hacia la asamblea del Sínodo de los Obispos que iba a ser dedicada a la formación
sacerdotal. La asamblea tuvo lugar en el pasado mes de octubre y ahora mismo se está
preparando, con la colaboración del Consejo de la Secretaría del Sínodo, la
publicación del correspondiente documento. Antes de que este texto sea publicado, ya
hoy quiero anticiparles que el Sínodo ha sido una gracia extraordinaria.
Eclesialmente, todo Sínodo supone siempre una gracia de especial ejercicio de la
colegialidad del episcopado de toda la Iglesia. Esta vez, la experiencia ha sido de una
riqueza singular, debido a que, efectivamente, en esta asamblea sinodal han tomado la
palabra los Obispos de países donde, por así decirlo, la Iglesia acaba de salir de las
catacumbas. Otra gracia del Sínodo ha sido una nueva madurez por lo que se
refiere a la visión del servicio sacerdotal dentro de la Iglesia: una madurez a
medida de los tiempos en que se está desplegando nuestra misión. Una madurez que se
expresa como una honda lectura de la esencia misma del sacerdocio sacramental y, por tanto
también de la vida personal de cada sacerdote, esto es, de su participación en el
misterio salvífico de Cristo: «Sacerdos alter Christus». Es ésta una expresión
que nos está indicando cuán necesario sea partir de Cristo para leer la realidad
sacerdotal. Solamente así podemos corresponder plenamente a la verdad sobre el sacerdote,
el cual, «tomado de entre los hombres, es constituido para intervenir a favor de los
hombres en sus relaciones con Dios « (Heb 5, 1). La dimensión humana del
servicio sacerdotal, para ser plenamente auténtica, necesita estar enraizada en Dios. En
efecto, a través de todo eso en que ella interviene « a favor de los hombres»,
tal servicio «se relaciona con Dios», es decir, acrecienta la múltiple riqueza
de esta relación. De ahí que, si no hace un esfuerzo por corresponder a la «unción con
el espíritu del Señor», por la que es constituido en el sacerdocio ministerial, el
sacerdote no puede dar satisfacción a las esperanzas que los hombres -la Iglesia y el
mundo- relacionan justamente con él. Todo esto está en estrecha conexión con la cuestión de la identidad
sacerdotal. Es difícil decir por qué razones, en el período postconciliar, la
conciencia de esta identidad se ha vuelto incierta en algunos ambientes. Esto podía
depender de una lectura impropia del Magisterio conciliar de la Iglesia en el contexto de
ciertas premisas ideológicas extrañas a la Iglesia y de ciertas tendencias que provienen
del ambiente cultural. Da la impresión de que en los últimos tiempos -aunque tales
premisas y tendencias siguen teniendo fuerza- se está dando una significativa transformación
dentro de las mismas Comunidades eclesiales. Los seglares sienten la insoslayable
necesidad de sacerdotes como condición de su vida propia y de su propio apostolado. A su
vez, esta necesidad se hace notar, es más, se vuelve más impelente, en múltiples
situaciones, debido a la falta o al número insuficiente de ministros para dispensar los misterios
de Dios. Esto afecta también, bajo otros aspectos, a las tierras de la primera
evangelización, tal como se expone en la reciente Encíclica sobre las misiones. Esta necesidad de sacerdotes -fenómeno variadamente en
crecimiento- deberá ayudar a superar la crisis de la identidad sacerdotal. La experiencia
de los últimos decenios demuestra cada vez más claramente, cuánta necesidad hay de
sacerdotes en la Iglesia y en el mundo, y esto no ya en una forma «laicizada» sino
precisamente en aquella que se desprende del Evangelio y de la rica Tradición de la
Iglesia. El Magisterio del Concilio Vaticano II da expresión y, a la vez, corrobora esta
Tradición en el sentido de una oportuna puesta al día («accommodata renovativo»);
en este mismo rumbo se han orientado en sus intervenciones los Participantes en el último
Sínodo, así como los representantes de los sacerdotes, invitados de varias partes del
mundo. El proceso de renacimiento de las vocaciones sacerdotales suple
sólo parcialmente la falta de sacerdotes. Y aunque, a escala global, este proceso es
positivo, sin embargo se dan desproporciones entre las diversas partes de la comunidad de
la Iglesia en todo el mundo. El cuadro se presenta bastante diversificado. En ocasión del Sínodo este cuadro ha sido sometido a los más
pormenorizados análisis, no sólo con fines de estadística, sino también con miras a un
posible «intercambio de dones», esto es, de ayuda recíproca. La
oportunidad de esta ayuda se impone por sí misma, ya que, como es sabido, hay lugares
donde existe un solo sacerdote para pocos centenares de fieles y, en cambio, hay otros en
que un sacerdote ha de atender a diez mil e incluso a un número todavía mayor. A este
respecto quisiera recordar algunas expresiones del Decreto del Concilio Vaticano II sobre
«el ministerio y la vida sacerdotal»: «El don Espiritual que los presbíteros han
recibido en la Ordenación no les prepara a una misión limitada y restringida, sino a la
misión universal y amplísima de salvación hasta lo último de la tierra (Hch 1,
8). Recuerden, pues, los presbíteros que a ellos les incumbe la solicitud por todas las
Iglesias» (Presbyterorum Ordinis, n. 10). La angustiosa falta de sacerdotes en
algunas Regiones hace hoy más actuales que nunca estas palabras del Concilio. Espero que,
sobre todo en las Diócesis más ricas de clero, sean meditadas seriamente y actuadas de
la manera más generosa posible. De todos modos, por doquiera y en cualquier lugar, es indispensable la
oración para que «el Padre de la mies envíe obreros a su mies» (cfr. Mt
9, 38). Esta es la oración por las vocaciones y es también la oración por todo
sacerdote para que consiga una madurez cada día mayor en su vocación: en su vida y en Su
ministerio. Esta madurez contribuye de modo especial al aumento de las vocaciones.
Simplemente hay que amar el propio sacerdocio, hay que comprometerse uno a sí mismo, para
que de esta manera la verdad sobre el sacerdocio ministerial se haga atrayente para los
demás. En la vida de cada uno de nosotros debe ser visible el misterio de Cristo, de
donde arranca el « sacerdos «como «alter Christi». 3) Al despedirse de los Apóstoles en el Cenáculo, Jesucristo les
prometió el Paráclito, otro Consolador, el Espíritu Santo, «que procede del Padre y
del Hijo». Así dijo en efecto: «Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me voy, el
Consolador no vendrá a vosotros; y si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). En
concreto, estas palabras ponen de especial relieve la relación existente entre la última
Cena y Pentecostés. A costa de su «despedida», por el sacrificio de la cruz en el
Calvario (e incluso antes de la «despedida» para volver al Padre, cuarenta días
después de la resurrección), Cristo permanece en la Iglesia: permanece mediante el
poder del Paráclito, del Espíritu Santo que «da la vida» (Jn 6, 63). Es el
Espíritu Santo quien «da» esta vida divina; vida, que en el misterio pascual de Cristo
se ha revelado mas poderosa que la muerte; vida que ha comenzado, con la resurrección de
Cristo, en la historia del hombre. El sacerdocio está totalmente al servicio de esta vida: da
testimonio de ella mediante el servicio de la Palabra, la crea, la regenera y multiplica ,
mediante el servicio de los sacramentos., El propio sacerdote vive antes que nada de esta
vida, la cual es la fuente más profunda de su madurez sacerdotal y también la garantía
de fecundidad Espiritual para todo su servicio. El sacramento del Orden imprime en el alma
del sacerdote un carácter particular, el cual, una vez recibido, permanece en él como fuente
de la gracia sacramental, de todos los dones y carismas que corresponden a la
vocación al servicio sacerdotal en la Iglesia.. La liturgia del Jueves Santo es un momento
especial del año, en el que podemos y debemos renovar y reavivar dentro de
nosotros la gracia sacramental del sacerdocio. Lo hacemos en unión con el Obispo y
con todo el Presbiterio, teniendo ante los ojos la realidad misteriosa del Cenáculo: la
del Jueves Santo y la de Pentecostés. Entrando en las profundidades divinas del
sacrificio de Cristo, nos abrimos al mismo tiempo al Espíritu Santo Paráclito, cuyo don
es nuestra participación característica en el único sacerdocio de Cristo, el eterno
Sacerdote. Es por obra del Espíritu Santo como podemos obrar «in persona Christi»
cuando celebramos la Eucaristía y cuando ejercemos todos los servicios sacramentales para
la salvación de los demás. Nuestro testimonio de Cristo es a menudo muy imperfecto y defectuoso.
¡Qué consuelo para nosotros estar seguros de que fundamentalmente es él, el Espíritu
de verdad, el que da testimonio de Cristo! (cfr. Jn 15, 26). ¡Ojalá nuestro
testimonio humano se abra, por encima de todo, a su testimonio! En efecto, él mismo
«escruta las profundidades de Dios» (cfr. 1 Cor 2, 10), y solamente él puede
acercar estas «profundidades», estas «grandezas de Dios» (cfr. Hch 2, 11) a las
mentes y a los corazones de los hombres, a los cuales somos enviados como servidores del
Evangelio de la salvación. Cuanto más sintamos que nos rebasa nuestra misión, tanto
más debemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo. Especialmente cuando la
resistencia de las mentes y de los corazones, la resistencia de una civilización generada
bajo el influencia del «espíritu del mundo» (cfr. 1 Cor 2, 12), se hace
particular mente perceptible y fuerte. «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza... intercede por
nosotros con gemidos inefables» (Rom 8, 26). No obstante la resistencia de las
mentes, de los corazones y de la civilización impregnada del «espíritu del mundo», sin
embargo perdura en toda la creación «la espera», de la que habla el Apóstol en la Carta
a los Romanos: «Toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento
presente» (Rom 8, 22), « para ser admitida a la libertad de la gloria de los
hijos de Dios» (íbid. 8, 21). ¡Que esta visión paulina no abandone nunca
nuestra conciencia sacerdotal y que nos sirva de apoyo para nuestra vida y nuestro
servicio! Entonces comprenderemos por qué el sacerdote es necesario para el mundo y para
los hombres. 4. «El Espíritu del Señor está sobre mí». Antes de que llegue a
nuestras manos el texto de la Exhortación postsinodal sobre el tema de la formación
sacerdotal, os ruego que acojáis, venerados y queridos hermanos en el sacerdocio
ministerial, esta Carta del Jueves Santo. Sea ella el signo y la expresión de la
comunión que nos une a todos, Obispos y sacerdotes, y también diáconos, mediante un
vínculo sacramental. Que ella nos ayude a seguir con la fuerza del Espíritu Santo a
Cristo Jesús, «autor y perfeccionador de la fe» (Heb 12, 2). Con mi Bendición Apostólica. Vaticano, a 10 de marzo domingo cuarto de Cuaresma del año 1991, décimo
tercero de Pontificado.
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