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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:19
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JUEVES SANTO DE 1992
«Yo soy la vid
verdadera y mi Padre es el viñador» (Jn 15,1) Queridos hermanos
sacerdotes: 1. Permitidme que recuerde hoy estas palabras del evangelio de san
Juan. Están relacionadas con la liturgia del Jueves santo: «Antes de la fiesta de
Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora» (Jn 13, 1), lavó los pies a
sus discípulos y luego les habló de manera muy íntima y cordial, como nos lo relata el
evangelista. En el marco de este discurso de despedida está también la alegoría de la
vid y los sarmientos: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y
yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn
15, 5). Deseo referirme precisamente a estas palabras de Cristo al ofrecer
a la Iglesia, con ocasión de este Jueves Santo de 1992, la exhortación apostólica sobre
la formación sacerdotal. Es el fruto del trabajo colegial del Sínodo de los obispos de
1990, que estuvo dedicado por entero a este tema. Juntos hemos elaborado un documento, muy
necesario y esperado, del magisterio de la Iglesia, que recoge la doctrina del concilio
Vaticano II y también la reflexión sobre las experiencias de los veinticinco años
transcurridos desde su clausura. 2. Hoy deseo depositar a los pies de Cristo, sacerdote y pastor de
nuestras almas (cf. 1 P 2, 25), este texto, fruto de la plegaria y de la reflexión
de los padres sinodales. Junto con vosotros deseo recogerlo del altar de aquel único y
eterno sacerdocio del Redentor, del cual hemos participado sacramentalmente durante la
última cena. Cristo es la vid verdadera. Si el Padre eterno cultiva en este
mundo su viña, lo hace con la fuerza de la verdad y de la vida que están en el Hijo.
Aquí se hallan el inicio permanente y la fuente inagotable de la formación de todo
cristiano y especialmente de todo sacerdote. En el día de Jueves santo tratemos de
renovar de modo particular esta convicción y, a la vez, la disposición indispensable
para poder permanecer, en Cristo, bajo el aliento del Espíritu de verdad y dar fruto
abundante en la viña del Padre. 3. Unidos en la liturgia del Jueves santo a todos los pastores de
la Iglesia, damos gracias por el don del sacerdocio del que participamos. Al mismo tiempo,
elevamos nuestras plegarias para que los muchos llamados por la gracia de la vocación en
todo el mundo respondan generosamente a este don. Y también para que no falten obreros
para la mies, que es mucha (cf. Mt 9, 37). Con estos deseos, envío a todos mi saludo afectuoso y la
bendición apostólica. Vaticano, 29 de marzo,
cuarto domingo de Cuaresma del año 1992, decimocuarto de pontificado.
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