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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:25
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JUEVES SANTO DE 1994
Queridos Hermanos en el Sacerdocio: 1. En este día nos encontramos en torno a la Eucaristía, el tesoro más
grande de la Iglesia, como recuerda el Concilio Vaticano II (cfr. Sacrosanctum Concilium,
10). Cuando en la liturgia del Jueves Santo hacemos memoria de la institución de la
Eucaristía, está muy claro para nosotros lo que Cristo nos ha dejado en tan sublime
Sacramento. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo» (Jn 13,1). Esta expresión de san Juan encierra, en un cierto sentido, toda la
verdad sobre la Eucaristía: verdad que constituye contemporáneamente el corazón de la
verdad sobre la Iglesia. En efecto, es como si la Iglesia naciera cotidianamente de la
Eucaristía celebrada en muchos lugares de la tierra, en condiciones tan variadas, entre
culturas tan diversas, como para hacer de esta manera que el renovarse del misterio
eucarístico casi se convierta en una «creación» diaria. Gracias a la celebración de
la Eucaristía cada vez madura más la conciencia evangélica del pueblo de Dios, ya sea
en las naciones de secular tradición cristiana, ya sea en los pueblos que han entrado,
desde hace poco, en la dimensión nueva que, siempre y en todas partes, es conferida a la
cultura de los hombres por el misterio de la encarnación del Verbo, de su muerte en cruz
y de su resurrección. El Triduo Santo nos introduce de modo único en este misterio para todo
el año litúrgico. La liturgia de la institución de la Eucaristía constituye una
singular anticipación de la Pascua, que se celebra comenzando el Viernes Santo, a través
de la Vigilia Pascual, hasta el Domingo y la Octava de la Resurrección. En el umbral de este gran misterio de la fe, queridos Hermanos en el
Sacerdocio, os encontráis hoy, en torno a vuestros Obispos respectivos en las catedrales
de las Iglesias diocesanas, para reavivar la institución del Sacramento del Sacerdocio
junto al de la Eucaristía. El Obispo de Roma celebra esta liturgia rodeado por el
Presbiterio de su Iglesia, así como hacen mis Hermanos en el Episcopado junto con los
presbíteros de sus Comunidades diocesanas. He aquí el motivo del encuentro de hoy.
Deseo que en esta circunstancia os llegue una especial palabra mía, para que todos juntos
podamos vivir plenamente el gran don que Cristo nos ha dejado. En efecto, para nosotros
presbíteros, el Sacerdocio constituye el don supremo, una particular llamada para
participar en el misterio de Cristo, que nos confiere la inefable posibilidad de hablar y
actuar en su nombre. Cada vez que celebramos la Eucaristía, esta posibilidad se hace
realidad. Obramos «in persona Christi» cuando, en el momento de la consagración,
pronunciamos las palabras: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Éste
es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por
vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en
conmemoración mía». Precisamente hacemos esto: con gran humildad y profunda gratitud.
Este acto sublime, y al mismo tiempo sencillo, de nuestra misión cotidiana de sacerdotes
extiende, se podría decir, nuestra humanidad hasta los últimos confines. Participamos en el misterio del Verbo
«Primogénito de toda la creación» (Col 1,15), que en la Eucaristía restituye al Padre
todo lo creado, el mundo del pasado y el del futuro y, ante todo, el mundo contemporáneo,
en el cual El vive junto a nosotros, está presente por nuestra mediación y, precisamente
por nuestra mediación, ofrece al Padre el sacrificio redentor. Participamos en el
misterio de Cristo, «el Primogénito de entre los muertos» (Col 1,18), que en su Pascua
transforma incesantemente el mundo haciéndolo progresar hacia «la revelación de los
hijos de Dios» (Rom 8,19). Así pues, la entera realidad, en cualquiera de sus ámbitos,
se hace presente en nuestro ministerio eucarístico, que se abre contemporáneamente a
toda exigencia personal concreta, a todo sufrimiento, esperanza, alegría o tristeza,
según las intenciones que los fieles presentan para la Santa Misa. Nosotros recibimos
estas intenciones con espíritu de caridad, introduciendo así todo problema humano en la
dimensión de la redención universal. Queridos Hermanos en el Sacerdocio, este
ministerio nuestro forma una nueva vida en nosotros y en torno a nosotros. La Eucaristía
evangeliza los ambientes humanos y nos consolida en la esperanza de que las palabras de
Cristo no pasan (cfr. Lc 21,33). No pasan sus palabras, enraizadas como están en el
sacrificio de la Cruz: de la perpetuidad de esta verdad y del amor divino, nosotros somos
testigos particulares y ministros privilegiados. Entonces podemos alegrarnos juntos, si
los hombres sienten la necesidad del nuevo Catecismo, si toman en sus manos la Encíclica
«Veritatis Splendor». Todo esto nos confirma en la convicción de que nuestro
ministerio del Evangelio se hace fructífero en virtud de la Eucaristía. Por otra parte,
durante la Ultima Cena, Cristo dijo a los Apóstoles: «No os llamo ya siervos...; a
vosotros os he llamado amigos... No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto
permanezca» (Jn 15,15-16). ¡Qué inmensa riqueza de contenidos nos
ofrece la Iglesia durante el Triduo Santo, y especialmente hoy, Jueves Santo, en la
liturgia crismal! Estas palabras mías son solamente un reflejo parcial de la riqueza que
cada uno de vosotros lleva ciertamente en el corazón. Y quizás esta Carta para el Jueves
Santo servirá para hacer que las múltiples manifestaciones del don de Cristo, esparcidas
en el corazón de tantos, confluyan ante la majestad del «gran misterio de la fe» en una
significativa condivisión de lo que el Sacerdocio es y para siempre permanecerá en la
Iglesia. Que nuestra unión en torno al altar pueda incluir a cuantos llevan en sí el
signo indeleble de este Sacramento, recordando también a aquellos hermanos nuestros que,
de alguna manera, se han alejado del sagrado ministerio. Confío que este recuerdo
conduzca a cada uno de nosotros a vivir aún más profundamente la sublimidad del don
constituido por el Sacerdocio de Cristo. 2. Hoy deseo entregaros idealmente, queridos
Hermanos, la Carta que he dirigido a las Familias en el Año dedicado a ellas. Considero
una circunstancia providencial que la Organización de las Naciones Unidas haya proclamado
el 1994 como Año Internacional de la Familia. La Iglesia, fijando la mirada en el
misterio de la Sagrada Familia de Nazaret, participa en tal iniciativa, casi encontrando
en ella una ocasión propicia para anunciar el «evangelio de la familia». Cristo lo ha
proclamado con su vida escondida en Nazaret en el seno de la Sagrada Familia. Este
evangelio ha sido anunciado después por la Iglesia apostólica, como es bien evidente en
las Cartas de los apóstoles, y más tarde ha sido testimoniado por la Iglesia
postapostólica, de la cual hemos heredado la costumbre de considerar a la familia como
«ecclesia domestica». En nuestro siglo, el «evangelio de la familia» es presentado por la
Iglesia con la voz de tantos sacerdotes, párrocos, confesores, Obispos; en particular,
con la voz de la Sede Apostólica. ¡Casi todos mis Predecesores han dedicado a la familia
una significativa parte de su «magisterio petrino»! Además, el Concilio Vaticano II ha
expresado su amor por la institución familiar a través de la Constitución Pastoral «Gaudium
et Spes», en la cual ha confirmado la necesidad de sostener la dignidad del
matrimonio y la familia en el mundo contemporáneo. El Sínodo de los Obispos de 1980 está en
el origen de la Exhortación Apostólica «Familiaris Consortio», que puede
considerarse la «magna charta» del apostolado y de la pastoral de la familia. Las
dificultades del mundo contemporáneo, y especialmente de la familia, afrontadas con
valentía por Pablo VI en la Encíclica «Humanae vitae», exigían una mirada
global sobre la familia humana y sobre la «ecclesia domestica» en el mundo de
hoy. La Exhortación Apostólica se ha propuesto precisamente esto. Ha sido necesario
elaborar nuevos métodos de acción pastoral según las exigencias de la familia
contemporánea. En síntesis, se podría decir que en nosotros, sacerdotes y confesores,
la solicitud por la familia, y en particular por los cónyuges, maridos y mujeres, por los
niños y los jóvenes, por las generaciones adultas y por las más jóvenes, exige ante
todo el descubrimiento y la constante promoción del apostolado de los laicos en ese
ámbito. La pastoral familiar -lo sé por mi experiencia personal- constituye en cierto
sentido la quintaesencia de la actividad de los sacerdotes en todo ámbito y a cualquier
nivel. De todo esto habla la «Familiaris Consortio». La Carta a las Familias no
es otra cosa que el recuerdo y la actualización de tal patrimonio de la Iglesia
postconciliar. Deseo que esta Carta resulte útil a las
familias en la Iglesia y fuera de la Iglesia; que os sirva a vosotros, queridos
Sacerdotes, en vuestro ministerio pastoral dedicado a las familias. Sucede un poco como
con la Carta a los Jóvenes, de 1985, que dio inicio a una gran animación apostólica y
pastoral de los jóvenes en todas las partes del mundo. De esta renovación son expresión
las Jornadas Mundiales de la Juventud, celebradas en las parroquias, en las diócesis y a
nivel de toda la Iglesia, como la desarrollada recientemente en Denver, en los Estados
Unidos. Esta Carta a las Familias es más amplia.
Más rica y universal es, en efecto, la problemática de la familia. Preparando su texto,
me he convencido una vez más de que el magisterio del Concilio Vaticano II, y en
particular la Constitución Pastoral «Gaudium et Spes», es una rica fuente de
pensamiento y de vida cristiana. Espero que esta Carta pueda constituir para vosotros una
ayuda no menor que para todas las familias de buena voluntad, a las cuales aquélla va
dirigida. Para una correcta aproximación a este texto convendrá volver a aquel
pasaje de los Hechos de los Apóstoles donde se lee que las primeras Comunidades
«acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción
del pan y a las oraciones» (Act 2,42). La Carta a las Familias no es tanto un tratado
doctrinal cuanto, y sobre todo, una preparación y una exhortación a la oración con las
familias y por las familias. Ésta es la primera tarea a través de la cual vosotros,
queridos Hermanos, podéis iniciar o desarrollar la pastoral y el apostolado de las
familias en vuestras Comunidades parroquiales. Si os encontráis ante la pregunta:
«¿Cómo realizar las tareas del Año de la Familia?», la exhortación a la oración,
contenida en la Carta, os indica en un cierto sentido la dirección más sencilla que hay
emprender. Jesús ha dicho a los Apóstoles: «separados de mí no podéis hacer nada»
(Jn 15,5). Por tanto, está claro que debemos «hacer con El»; es decir, de rodillas y en
oración. «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos» (Mt 18,20). Estas palabras de Cristo se traducen en cada comunidad mediante
iniciativas concretas. De ellas se puede extraer un buen programa pastoral, un programa
rico, aun con gran escasez de medios. ¡Cuántas familias rezan en el mundo! Rezan
los niños, a los cuales pertenece en primer lugar el Reino de los cielos (cfr. Mt
18,2-5); gracias a ellos rezan no solamente las madres, sino también los padres,
volviendo a encontrar, a veces, la práctica religiosa de la que se habían alejado.
¿Quizás no se experimenta esto con ocasión de la Primera Comunión? ¿Y no se advierte,
quizás, cómo sube la «temperatura espiritual» de los jóvenes, y no solamente de
ellos, con ocasión de peregrinaciones a santuarios? Los antiquísimos itinerarios de
peregrinación en Oriente y Occidente, comenzando por aquéllos hacia Roma, Jerusalén y
Compostela, hasta aquéllos hacia los santuarios marianos de Lourdes, Jasna Góra y otros
muchos, se han convertido, a lo largo de los siglos, en ocasión de descubrimiento de la
Iglesia por parte de multitud de creyentes y también ciertamente por parte de numerosas
familias. El Año de la Familia debe confirmar, ampliar y enriquecer esta experiencia. Que
vigilen sobre esto todos los Pastores y todas las instancias responsables de la pastoral
familiar, de acuerdo con el Pontificio Consejo para la Familia, al cual está confiado
este ámbito en la dimensión de la Iglesia universal. Como es sabido, el Presidente de
este Consejo ha inaugurado en Nazaret el Año de la Familia en la Solemnidad de la Sagrada
Familia, el 26 de diciembre de 1993. 3. «Acudían asiduamente a la enseñanza de
los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Act 2,42).
Según la Constitución «Lumen Gentium», la Iglesia es la «casa de Dios (cfr. 1
Tim 3,15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (cfr. Ef
2,19-22), tienda de Dios con los hombres (cfr. Ap 21,3)» (n. 6). De esta manera, la
imagen «casa de Dios», entre las otras tantas imágenes bíblicas, es recordada por el
Concilio para describir a la Iglesia. Por otra parte, tal imagen está, de alguna manera,
está comprendida en todas las demás; está encerrada también en la analogía paulina
del Cuerpo de Cristo (cf. 1 Cor 12, 13.27: Rom 12, 5), a la cual se refería Pío XII en
su histórica encíclica; entra en las dimensiones del Pueblo de Dios, según las
referencias del Concilio. El Año de la Familia es para todos nosotros una llamada a hacer
todavía más de la Iglesia «casa en la que habita la familia de Dios». Es una llamada, es una invitación que puede
revelarse extraordinariamente fecunda para la evangelización del mundo contemporáneo.
Como he escrito en la Carta a las Familias, la dimensión fundamental de la existencia
humana, constituida por la familia, está seriamente amenazada desde varias partes por la
civilización contemporánea. Y, sin embargo, éste «ser familia» de la vida humana
representa un gran bien para el hombre. La Iglesia desea servirlo. El Año de la familia
constituye, por tanto, una ocasión significativa para renovar «el ser familia» de la
Iglesia en sus varios ámbitos. Queridos hermanos en el sacerdocio, cada uno
de vosotros encontrará seguramente en la oración la luz necesaria para saber cómo poner
en práctica todo esto; vosotros, en vuestras parroquias y en los varios campos de trabajo
evangélico; los Obispos en sus Diócesis; la Sede Apostólica respecto de la Curia
Romana, siguiendo la Constitución Apostólica «Pastor bonus». A pesar de algunas connotaciones (rilievi)
de centralismo y de autocracia, la Iglesia, conforme a la voluntad de Cristo, se hace cada
vez más «familia» y el esfuerzo de la Sede Apostólica se orienta a favorecer un
crecimiento en este sentido. Lo saben bien los Obispos, que vienen en visita «ad limina
Apostolorum». Sus visitas, tanto al Papa como a los Dicasterios, aunque conservando
cuanto prescrito por la ley y exigido por el ordenamiento de la Iglesia, pierde cada vez
más el antiguo sabor jurídico-administrativo. Se asiste cada vez más a un consolador
clima de «intercambio de dones», según la Constitución «Lumen Gentium» (n. 13). Los
Hermanos en el Episcopado con frecuencia dan testimonio de ello durante nuestros
encuentros. Deseo en esta circunstancia aludir al
Directorio preparado por la Congregación para el Clero y que precisamente hoy se entrega
a los Obispos, a los Consejos presbiterales y a todo el presbiterio. Ello se contribuirá
ciertamente a la renovación de la vida y del ministerio de los Sacerdotes. 4. La llamada a la oración con las familias
y por las familias, queridos Hermanos, mira (riguarda) a cada uno de vosotros en un modo
muy personal. Debemos la vida a nuestros padres y les debemos una deuda constante de
gratitud. Con ellos, todavía vivos, o que ya pasaron a mejor vida, estamos unidos por un
estrecho vínculo que el tiempo no puede destruir. Si bien debemos a Dios nuestra
vocación, una parte significativa de ella ha de atribuirse también a ellos. La decisión
de un hijo de dedicarse al ministerio sacerdotal, especialmente en tierras de misión,
constituye un sacrificio no pequeño para los padres. Así fue también para nuestros
seres queridos, los cuales, a pesar de todo, presentaron a Dios la ofrenda de sus
sentimientos, dejándose guiar por la fe profunda, y nos siguieron luego con la oración,
como hizo María con Jesús, cuando dejó la casa de Nazaret para ir a realizar su misión
mesiánica. ¡Qué experiencia fue para cada uno de
nosotros, y también para nuestros padres, para nuestros hermanos y hermanas y demás
seres queridos el día de la Primera Misa! ¡Qué acontecimiento para las parroquias en
las que fuimos bautizados y para los ambientes que nos vieron crecer! Cada vocación nueva
hace a la parroquia consciente de la fecundidad de su maternidad espiritual; cuanto más
frecuentemente sucede esto, tanto más grande es el aliento que se infunde en los demás.
Cada sacerdote puede decir de sí mismo: «Soy deudor de Dios y de los hombres». Son
numerosas las personas que nos han acompañado con el pensamiento y con la plegaria, como
son numerosas las que acompañan con el pensamiento y la oración mi ministerio en la Sede
de Pedro. Esta gran solidaridad orante es para mí fuente de fuerza. Sí, los hombres
ponen su confianza en nuestra vocación al servicio de Dios. La Iglesia reza
constantemente por las nuevas vocaciones sacerdotales, se alegra por su aumento, se
entristece por la escasez en los lugares donde esto sucede, se entristece por la poca
generosidad de las almas. En este día renovamos cada año las promesas
que van unidas al sacramento del Sacerdocio. Es grande el alcance de tales promesas. Se
trata de la palabra dada al mismo Cristo. La fidelidad a la vocación edifica la Iglesia;
cada infidelidad, por el contrario, es una dolorosa herida al Cuerpo místico de Cristo.
Mientras nos recogemos hoy en torno al misterio de la institución de la Eucaristía y del
Sacerdocio, imploramos al Sumo Sacerdote, que -como dice la Sagrada Escritura- fue fiel
(cf. Heb 2,17), para que consigamos también nosotros mantenernos fieles. En el espíritu
de esta «fraternidad sacramental» oremos unos por otros como sacerdotes. Que el Jueves
Santo sea para nosotros una renovada llamada a cooperar con la gracia del Sacramento del
Sacerdocio. Oremos por nuestras familias espirituales, por las personas confiadas a
nuestro ministerio; oremos especialmente por aquellos que esperan de modo particular
nuestra oración, que tanto necesitan. La fidelidad a la plegaria haga que Cristo sea cada
vez más la vida de nuestras almas. ¡Oh gran Sacramento de la Fe, oh santo
Sacerdocio del Redentor del mundo! Cuánto te estamos agradecidos, Señor, por habernos
admitido a la comunión contigo, por habernos hecho una comunidad única entorno a ti, por
permitirnos celebrar tu sacrificio incruento y ser ministros de los divinos misterios en
todo lugar: en el altar, en el confesonario, en el púlpito, con ocasión de las visitas a
los enfermos, en las aulas escolares, en las cátedras universitarias, en los despachos en
que trabajamos. ¡Alabada sea la Trinidad Santísima! ¡Te saludo, Iglesia de Dios, que es
el pueblo sacerdotal (cf. 1 Ped 2,9), el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, redimido en
virtud de su preciosísima Sangre! Vaticano, a 13 de marzo -domingo cuarto de Cuaresma- del año 1994,
décimo sexto de Pontificado.
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