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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:40
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JUEVES SANTO DE 1996
Queridos hermanos en el sacerdocio: «Consideremos, hermanos, nuestra vocación»
(cf. 1Co 1, 26). El sacerdocio es una vocación, una vocación particular: «Nadie se
arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios» (Hb 5, 4). La Carta a los Hebreos se
refiere al sacerdocio del Antiguo Testamento, para llevar a la comprensión del misterio
de Cristo sacerdote. «Tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que
la tuvo de quien le dijo: ...Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec»
(5, 5-6). La singular vocación de Cristo
Sacerdote 1. Cristo, Hijo de la misma naturaleza del Padre, es constituido
sacerdote de la Nueva Alianza según el orden de Melquisedec: él también es, pues,
llamado al sacerdocio. Es el Padre quién «llama» a su Hijo, engendrado por El con un
acto de amor eterno, para que «entre en el mundo» (cf. Hb 10, 5) y se haga hombre. El
quiere que su Hijo unigénito, encarnándose, sea «sacerdote para siempre»: el único
sacerdote de la Nueva y eterna Alianza. En la vocación del Hijo al sacerdocio se expresa
la profundidad del misterio trinitario. En efecto, sólo el Hijo, el Verbo del Padre, en
el cual y por medio del cual todo ha sido creado, puede ofrecer incesantemente la
creación como sacrificio al Padre, confirmando que todo lo creado proviene del Padre y
que debe hacerse una ofrenda de alabanza al Creador. Así pues, el misterio del sacerdocio
encuentra su inicio en la Trinidad y es al mismo tiempo consecuencia de la Encarnación.
Haciéndose hombre, el Hijo unigénito y eterno del Padre nace de una mujer, entra en el
orden de la creación y se hace así sacerdote, único y eterno sacerdote. El autor de la Carta a los Hebreos subraya
que el sacerdocio de Cristo está vinculado al sacrificio de la Cruz: «Presentóse Cristo
como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta,
no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario
una vez para siempre, ...con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna» (Hb 9,
11-12). El sacerdocio de Cristo está fundamentado en la obra de la redención. Cristo es
el sacerdote de su propio sacrificio: «Por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo
sin tacha a Dios» (Hb 9, 14). El sacerdocio de la Nueva Alianza, al cual estamos llamados
en la Iglesia, es, pues, la participación en este singular sacerdocio de Cristo. Sacerdocio común y sacerdocio
ministerial 2. El Concilio Vaticano II presenta el concepto de «vocación» en toda
su amplitud. En efecto, habla de vocación del hombre, de vocación cristiana, de
vocación a la vida conyugal y familiar. En este contexto el sacerdocio es una de estas
vocaciones, una de las formas posibles de realizar el seguimiento de Cristo, el cual en el
Evangelio dirige varias veces la invitación: «Sígueme». En la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, el
Concilio enseña que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo; pero al
mismo tiempo, distingue claramente entre el sacerdocio del Pueblo de Dios, común a todos
los fieles, y el sacerdocio jerárquico, es decir, ministerial. A este respecto, merece
ser citado enteramente un fragmento ilustrativo del citado documento conciliar: «Cristo
el Señor, pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5, 1-5), ha hecho del nuevo
pueblo un reino de sacerdotes para Dios, su Padre (Ap 1, 6; cf. 5, 9-10). Los
bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo,
quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de
las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales y anuncien las maravillas del
que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (cf. 1 P 2, 4-10). Por tanto, todos los
discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios (cf. Hch 2, 42-47), han
de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rm 12, 1).
Deben dar testimonio de Cristo en todas partes y han de dar razón de su esperanza de la
vida eterna a quienes se la pidan (cf. 1 P 3, 15). El sacerdocio común de los fieles y el
sacerdocio ministerial o jerárquico están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto,
participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. Su diferencia, sin
embargo, es esencial y no sólo de grado. En efecto, el sacerdocio ministerial, por el
poder sagrado de que goza, configura y dirige al pueblo sacerdotal, realiza como
representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el
pueblo. Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud
de su sacerdocio real y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y en la
acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se
traduce en obras». El sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los
fieles. En efecto, el sacerdote, cuando celebra la Eucaristía y administra los
sacramentos, hace conscientes a los fieles de su peculiar participación en el sacerdocio
de Cristo. La llamada personal al sacerdocio 3. Está claro, pues, que en el ámbito más amplio de la vocación
cristiana, la sacerdotal es una llamada específica. Esto coincide generalmente con
nuestra experiencia personal de sacerdotes: hemos recibido el bautismo y la confirmación;
hemos participado en la catequesis, en las celebraciones litúrgicas y, sobre todo, en la
Eucaristía. Nuestra vocación al sacerdocio ha surgido en el contexto de la vida
cristiana. Toda vocación al sacerdocio tiene, sin embargo, una historia personal,
relacionada con momentos muy concretos de la vida de cada uno. Al llamar a los Apóstoles,
Cristo decía a cada uno. «Sígueme» (Mt 4, 19; 9, 9; Mc 1, 17; 2,14; Lc 5, 27; Jn 1,
43; 21, 19). Desde hace dos mil años El continúa dirigiendo la misma invitación a
muchos hombres, particularmente a los jóvenes. A veces llama también de manera
insólita, aunque nunca se trata de una llamada totalmente inesperada. La invitación de
Cristo a seguirlo viene normalmente preparada a lo largo de años. Presente ya en la
conciencia del chico, aunque ofuscada luego por la indecisión y el atractivo a seguir
otros caminos, cuando la invitación vuelve a hacerse sentir no constituye una sorpresa.
Entonces uno no se extraña que esta vocación haya prevalecido precisamente sobre las
demás, y el joven puede emprender el camino indicado por Cristo: deja la familia e inicia
la preparación específica al sacerdocio. Existe una tipología de la llamada a la que quiero referirme ahora.
Encontramos un esbozo en el Nuevo Testamento. Con su «Sígueme», Cristo se dirige a
varias personas: hay pescadores como Pedro o los hijos del Zebedeo (cf. Mt 4, 19.22), pero
también está Leví, un publicano, llamado después Mateo. La profesión de cobrador de
impuestos era considerada en Israel como pecaminosa y despreciable. No obstante Cristo
llama para formar parte del grupo de los Apóstoles precisamente a un publicano (cf. Mt 9,
9). Mucha sorpresa causa ciertamente la llamada de Saulo de Tarso (cf. Hch 9, 1-19),
conocido y temido perseguidor de los cristianos, que odiaba el nombre de Jesús.
Precisamente este fariseo es llamado en el camino de Damasco: el Señor quiere hacer de
él «un instrumento de elección», destinado a sufrir mucho por su nombre (cf. Hch 9,
15-16). Cada uno de nosotros, sacerdotes, se reconoce a sí mismo en la original
tipología evangélica de la vocación; al mismo tiempo, cada uno sabe que la historia de
su vocación, camino por el cual Cristo lo guía durante su vida, es en cierto modo
irrepetible. Queridos hermanos en el sacerdocio: debemos
estar a menudo en oración, meditando el misterio de nuestra vocación, con el corazón
lleno de admiración y gratitud hacia Dios por este don tan inefable. La vocación sacerdotal de los Apóstoles 4. La imagen de la vocación transmitida por los Evangelios está
vinculada particularmente a la figura del pescador. Jesús llamó consigo a algunos
pescadores de Galilea, entre ellos Simón Pedro, e ilustró la misión apostólica
haciendo referencia a su profesión. Después de la pesca milagrosa, cuando Pedro se echó
a sus pies exclamando: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador», Cristo
respondió: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5, 8.10). Pedro y los demás Apóstoles vivían con Jesús y recorrían con él los
caminos de su misión. Escuchaban las palabras que pronunciaba, admiraban sus obras, se
asombraban de los milagros que hacía. Sabían que Jesús era el Mesías, enviado por Dios
para indicar a Israel y a toda la humanidad el camino de la salvación. Pero su fe había
de pasar a través del misterioso acontecimiento salvífico que El había anunciado varias
veces: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al
tercer día resucitará» (Mt 17, 22-23). Todo esto sucedió con su muerte y su
resurrección, en los días que la liturgia llama el Triduo sacro. Precisamente durante este acontecimiento
pascual Cristo mostró a los Apóstoles que su vocación era la de ser sacerdotes como El
y en El. Esto sucedió cuando en el Cenáculo, la víspera de su muerte en cruz, El tomó
el pan y luego el cáliz del vino, pronunciando sobre ellos las palabras de la
consagración. El pan y el vino se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, ofrecidos en
sacrifico para toda la humanidad. Jesús terminó este gesto ordenando a los Apóstoles:
«Haced esto en conmemoración mía» (cf. 1 Co 11, 24). Con estas palabras les confió su
propio sacrificio y lo transmitió, por medio de sus manos, a la Iglesia de todos los
tiempos. Confiando a los Apóstoles el Memorial de su sacrificio, Cristo les hizo también
partícipes de su sacerdocio. En efecto, hay un estrecho e indisoluble vínculo entre la
ofrenda y el sacerdote: quien ofrece el sacrificio de Cristo debe tener parte en el
sacerdocio de Cristo. La vocación al sacerdocio es, pues, vocación a ofrecer in persona
Christi su sacrificio, gracias a la participación de su sacerdocio. Por esto, hemos
heredado de los Apóstoles el ministerio sacerdotal. El sacerdote se realiza a sí mismo mediante una respuesta siempre
renovada y vigilante 5. «El Maestro está ahí y te llama» (Jn 11, 28). Estas palabras se
pueden leer con referencia a la vocación sacerdotal. La llamada de Dios está en el
origen del camino que el hombre debe recorrer en la vida: ésta es la dimensión primera y
fundamental de la vocación, pero no la única. En efecto, con la ordenación sacerdotal
inicia un camino que dura hasta la muerte y que es todo un itinerario «vocacional». El
Señor llama a los presbíteros para varios cometidos y servicios derivados de esta
vocación. Pero hay un nivel aún más profundo. Además de las tareas que son la
expresión del ministerio sacerdotal, queda siempre, en el fondo de todo, la realidad
misma del «ser sacerdote». Las situaciones y circunstancias de la vida invitan
incesantemente al sacerdote a ratificar su opción originaria, a responder siempre y de
nuevo a la llamada de Dios. Nuestra vida sacerdotal, como toda vida cristiana auténtica,
es una sucesión de respuestas a Dios que nos llama. A este respecto, es emblemática la parábola de los criados que esperan
el regreso de su amo. Como éste tarda, ellos deben vigilar para que, cuando llegue, los
encuentre despiertos (cf. Lc 12, 35-40). ¿No podría ser esta vigilancia evangélica otra
definición de la respuesta a la vocación? En efecto, ésta se realiza gracias a un
vigilante sentido de responsabilidad. Cristo subraya: «Dichosos los siervos que, el
señor al venir, encuentre despiertos... Que venga en la segunda vigilia o en la tercera,
si los encuentra así, ¡dichosos ellos!» (Lc 12, 37-38). Los presbíteros de la Iglesia latina asumen el compromiso de vivir en el
celibato. Si la vocación es vigilancia, un aspecto significativo de la misma es
ciertamente la fidelidad a este compromiso durante toda la vida. Sin embargo, el celibato
es sólo una de las dimensiones de la vocación, la cual se realiza a lo largo de vida en
el contexto de un compromiso global ante los múltiples cometidos que derivan del
sacerdocio. La vocación no es una realidad estática: tiene su propia dinámica.
Queridos hermanos en el sacerdocio: nosotros confirmamos y realizamos cada vez más
nuestra vocación en la medida en que vivimos fielmente el «mysterium» de la alianza de
Dios con el hombre y, particularmente, el «mysterium» de la Eucaristía; la realizamos
en la medida en que con mayor intensidad amamos el sacerdocio y el ministerio sacerdotal,
que estamos llamados a desempeñar. Entonces descubrimos que, en el ser sacerdotes, «nos
realizamos» nosotros mismos, ratificando la autenticidad de nuestra vocación, según el
singular y eterno designio de Dios sobre cada uno de nosotros. Este proyecto divino se
realiza en la medida en que es descubierto y acogido por nosotros, como nuestro proyecto y
programa de vida. El sacerdocio como «officium laudis» 6. Gloria Dei vivens homo. Las palabras de san Ireneo relacionan
profundamente la gloria de Dios con la autorrealización del hombre. «Non nobis, Domine,
non nobis, sed nomini tuo da gloriam» (Sal 113, B, 1): repitiendo a menudo estas palabras
del salmista, nos damos cuenta de que el «realizarse a sí mismos» en la vida tiene una
relación y un fin trascendentes, contenidos en el concepto de «gloria de Dios»: nuestra
vida está llamada a ser officium laudis. La vocación sacerdotal es una llamada
especial al «officium laudis». Cuando el sacerdote celebra la Eucaristía, cuando en el
sacramento de la Penitencia concede el perdón de Dios o cuando administra los otros
sacramentos, siempre da gloria a Dios. Conviene, pues, que el sacerdote ame la gloria del
Dios vivo y que, junto con la comunidad de los creyentes, proclame la gloria divina, que
resplandece en la creación y en la redención. El sacerdote está llamado a unirse de
manera particular a Cristo, Verbo eterno y verdadero Hombre, Redentor del mundo. En
efecto, en la redención se manifiesta la plenitud de la gloria que la humanidad y la
creación entera dan al Padre en Jesucristo. Officium laudis no son solamente las palabras del salterio, los himnos
litúrgicos y los cantos del Pueblo de Dios que resuenan en tantas lenguas diversas ante
la mirada del Creador; officium laudis es sobre todo el incesante descubrimiento de la
verdad, del bien y de la belleza, que el mundo recibe como don del Creador y, a la vez, es
el descubrimiento del sentido de la vida humana. El misterio de la redención ha realizado
y revelado plenamente este sentido, acercando la vida del hombre a la vida de Dios. La
redención, llevada a cabo de modo definitivo en el misterio pascual mediante la pasión,
muerte y resurrección de Cristo, no sólo pone en evidencia la santidad trascendente de
Dios, sino que también, como enseña el Concilio Vaticano II, manifiesta «el hombre al
propio hombre». La gloria de Dios está inscrita en el orden
de la creación y de la redención; el sacerdote está llamado a vivir totalmente este
misterio para participar en el gran officium laudis, que se lleva a cabo incesantemente en
el universo. Sólo viviendo en profundidad la verdad de la redención del mundo y del
hombre, éste puede acercarse a los sufrimientos y los problemas de las personas y de las
familias, y afrontar sin temor la realidad, incluso del mal y del pecado, con las
energías espirituales necesarias para superarla. El sacerdote acompaña a los fieles hacia la plenitud de la vida en
Dios 7. Gloria Dei vivens homo. El sacerdote, cuya vocación es dar gloria a
Dios, está al mismo tiempo influenciado profundamente por la verdad contenida en la
segunda parte de la ya citada expresión de san Ireneo: vivens homo. El amor por la gloria
de Dios no aleja al sacerdote de la vida y de todo lo que la conforma; al contrario, su
vocación lo lleva a descubrir su pleno significado. ¿Qué quiere decir vivens homo? Significa el hombre en la plenitud de su
verdad, es decir, el hombre creado por Dios a su propia imagen y semejanza; el hombre al
cual Dios ha confiado la tierra para que la domine; el hombre revestido de una múltiple
riqueza de naturaleza y de gracia; el hombre liberado de la esclavitud del pecado y
elevado a la dignidad de hijo adoptivo de Dios. Este es el hombre y la humanidad que el sacerdote tiene delante cuando
celebra los divinos misterios: desde el recién nacido que los padres llevan a bautizar,
hasta los niños y chicos que encuentra en la catequesis o en la enseñanza de la
religión, como también los jóvenes que, durante el período más delicado de su vida,
buscan su camino, la propia vocación, y se preparan a formar nuevas familias o bien a
consagrarse por el Reino de Dios entrando en el Seminario o en un Instituto de vida
consagrada. Es necesario que el sacerdote esté muy cerca de los jóvenes. En esta época
de la vida a menudo ellos se dirigen al sacerdote para buscar el apoyo de un consejo, la
ayuda de la oración, un prudente acompañamiento vocacional. De este modo el sacerdote
puede constatar cómo su vocación está abierta y entregada a las personas. Al acercarse
a los jóvenes encuentra a los futuros padres y madres de familia, a los futuros
profesionales o, en todo caso, a personas que podrán contribuir con la propia capacidad a
construir la sociedad del mañana. Cada una de estas múltiples vocaciones pasa a través
de su corazón sacerdotal y se manifiesta como un camino particular a lo largo del cual
Dios guía a las personas y las lleva a encontrarse con El. El sacerdote participa así de tantas opciones de vida, de sufrimientos y
alegrías, de desilusiones y esperanzas. En cada situación, su cometido es mostrar Dios
al hombre como el fin último de su destino personal. El sacerdote es aquél a quien las
personas confían las cosas más queridas y sus secretos, a veces tan dolorosos. Llega a
ser el esperado por los enfermos, por los ancianos y los moribundos, conscientes de que
sólo él, partícipe del sacerdocio de Cristo, puede ayudarlos en el último momento que
ha de llevarlos hasta Dios. El sacerdote, testigo de Cristo, es mensajero de la vocación
suprema del hombre a la vida eterna en Dios. Y mientras acompaña a los hermanos, se
prepara a sí mismo: el ejercicio del ministerio le permite profundizar en su vocación de
dar gloria a Dios para tomar parte en la vida eterna. El se encamina así hacia el día en
que Cristo le dirá: «¡Bien, siervo bueno y fiel!; ...entra en el gozo de tu señor»
(Mt 25, 21). El jubileo sacerdotal: tiempo de alegría y de acción de gracias 8. «Considerad, hermanos, vuestra vocación» (1Co 1, 26). La
exhortación de Pablo a los cristianos de Corinto tiene un significado particular para
nosotros sacerdotes. Debemos «considerar» a menudo nuestra vocación, descubriendo su
sentido y grandeza, que siempre nos superan. Ocasión privilegiada para esto es el Jueves
Santo, día en que se conmemora la institución de la Eucaristía y del sacramento del
Orden. Ocasión propicia son también los aniversarios de la Ordenación sacerdotal y,
especialmente, los jubileos sacerdotales. Queridos hermanos sacerdotes: al compartir con vosotros estas
reflexiones, pienso en el 50 aniversario de mi Ordenación sacerdotal que cae este año.
Pienso en mis compañeros de seminario que, como yo, llevan tras de sí un camino hacia el
sacerdocio marcado por el dramático período de la segunda guerra mundial. Entonces los
seminarios estaban cerrados y los clérigos vivían en la diáspora. Algunos de ellos
perdieron la vida en los conflictos bélicos. El sacerdocio alcanzado en aquellas
condiciones tuvo para nosotros un valor particular. Está vivo en mi memoria aquel gran
momento en que, hace cincuenta años, la asamblea eclesial invocaba: «Veni Creator
Spiritus» sobre nosotros jóvenes Diáconos, postrados en tierra en el centro del templo,
antes de recibir la Ordenación sacerdotal por la imposición de manos del Obispo. Damos
gracias al Espíritu Santo por aquella efusión de gracia que marcó nuestra vida. Y
seguimos implorando: «Imple superna gratia, quae tu creasti pectora». Deseo, queridos hermanos en el sacerdocio, invitaros a participar en mi
Te Deum de acción de gracias por el don de la vocación. Los jubileos, como sabéis, son
momentos importantes en la vida de un sacerdote, es decir, como unas piedras miliares en
el camino de nuestra vocación. Según la tradición bíblica, el jubileo es tiempo de
alegría y de acción de gracias. El agricultor da gracias al Creador por la cosecha;
nosotros, con ocasión de nuestros jubileos, queremos agradecer al Pastor eterno los
frutos de nuestra vida sacerdotal, el servicio dado a la Iglesia y a la humanidad en los
distintos lugares del mundo y en las condiciones más diversas y en las múltiples
situaciones de trabajo en que la Providencia nos ha puesto y guiado. Sabemos que «somos
siervos inútiles» (Lc 17, 10), sin embargo estamos agradecidos al Señor porque ha
querido hacer de nosotros sus ministros. Estamos agradecidos también a los hombres: ante todo a quienes nos han
ayudado a llegar al sacerdocio y a quienes la divina Providencia ha puesto en el camino de
nuestra vocación. Damos las gracias a todos, empezando por nuestros padres, que han sido
para nosotros un multiforme don de Dios. ¡Cuántas y qué diversas riquezas de
enseñanzas y buenos ejemplos nos han transmitido! Al dar gracias, pedimos también perdón a Dios y a los hermanos por las
negligencias y las faltas, fruto de la debilidad humana. El jubileo, según la Sagrada
Escritura, no podía ser sólo una acción de gracias por la cosecha; conllevaba también
la remisión de las deudas. Imploremos, pues, a Dios misericordioso que nos perdone las
deudas contraídas a lo largo de la vida y en el ejercicio del ministerio sacerdotal. «Considerad, hermanos, vuestra vocación», nos exhorta el Apóstol.
Alentados por su palabra, nosotros «consideramos» el camino recorrido hasta ahora,
durante el cual nuestra vocación se ha confirmado, profundizado y consolidado.
«Consideramos» para tomar clara conciencia de la acción amorosa de Dios en nuestra
vida. Al mismo tiempo, no podemos olvidar a nuestros hermanos en el sacerdocio que no han
perseverado en el camino emprendido. Los confiamos al amor del Padre, a la vez que los
tenemos presentes en nuestra oración. El «considerar» se transforma así, casi sin darnos cuenta, en
oración. Es en esta perspectiva que deseo invitaros, queridos hermanos sacerdotes, a
uniros a mi acción de gracias por el don de la vocación y del sacerdocio. Gracias, Señor, por el don del sacerdocio 9.
«Te Deum laudamus, Te
Dominum confitemur...» Nosotros te alabamos y te damos gracias, Señor: toda la tierra te adora. Nosotros, tus ministros, con las voces de los Profetas y con el coro de los Apóstoles, te proclamamos Padre y Señor de la vida, de cada vida que sólo de ti procede. Te reconocemos, Trinidad Santísima, regazo e inicio de nuestra vocación: Tú, Padre, desde la eternidad nos has pensado, querido y amado; Tú, Hijo, nos has elegido y llamado a participar de tu único y eterno sacerdocio; Tú, Espíritu Santo, nos has colmado con tus dones y nos has consagrado con tu santa unción. Tú, Señor del tiempo y de la historia, nos has puesto en el umbral del tercer milenio cristiano, para ser testigos de la salvación, realizada por ti en favor de toda la
humanidad. Nosotros, Iglesia que proclama tu gloria, te imploramos: que nunca falten sacerdotes santos al servicio del Evangelio; que resuene en cada Catedral y en cada rincón del mundo el himno «Veni Creator Spiritus». ¡Ven, Espíritu Creador! Ven a suscitar nuevas generaciones de
jóvenes, dispuestos a trabajar en la viña del Señor, para difundir el Reino de Dios hasta los confines de la tierra. Y tú, María, Madre de Cristo, que nos has acogido junto a la Cruz como hijos predilectos con el Apóstol Juan, sigue velando sobre nuestra vocación. Te confiamos los años de ministerio que la Providencia nos conceda vivir aún. Permanece a nuestro lado para guiarnos por los caminos del mundo, al encuentro de los hombres y mujeres que tu Hijo ha redimido con su Sangre. Ayúdanos a cumplir hasta el final la voluntad de Jesús, nacido de ti para la salvación del hombre. Cristo, ¡Tú eres nuestra esperanza! «In Te, Domine, speravi, non confundar in aeternum». Vaticano, 17 de marzo, IV domingo de Cuaresma, del año 1996,
decimoctavo de mi Pontificado.
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