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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:23
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JUEVES SANTO DE 1997
1. Iesu, Sacerdos in aeternum, miserere nobis! Queridos Sacerdotes: Siguiendo la tradición de dirigiros la palabra en el día en que os
reunís alrededor de vuestro Obispo, para conmemorar gozosamente la institución del
sacerdocio en la Iglesia, renuevo ante todo mis sentimientos de gratitud al Señor por las
celebraciones jubilares en las que, de los días 1 al 10 de noviembre del año pasado,
participaron muchos hermanos Sacerdotes. A todos doy cordialmente las gracias. Un recuerdo particular dirijo a los sacerdotes que el año pasado, igual
que yo, celebraron el 50o aniversario de su Ordenación. Muchos de ellos no vacilaron, a
pesar de los años y la distancia, en venir a Roma para concelebrar con el Papa sus Bodas
de Oro. Doy las gracias al Cardenal Vicario, a los Obispos sus colaboradores, a
los sacerdotes y fieles de la diócesis de Roma, los cuales manifestaron de varias maneras
su unión con el Sucesor de Pedro, alabando a Dios por el don del sacerdocio. Mi
reconocimiento se hace extensivo a los Señores Cardenales, Arzobispos, Obispos y
Sacerdotes, a los Consagrados y Consagradas, y a todos los Fieles de la Iglesia por el don
de su cercanía, de su oración y por el Te Deum de acción de gracias, que juntos
hemos cantado. Deseo, además, agradecer a todos los Colaboradores de la Curia Romana lo
que hicieron para que estas Bodas de Oro sacerdotales del Papa pudiesen servir para
reavivar la conciencia del gran don y misterio del sacerdocio. Pido constantemente al
Señor que siga encendiendo la llama de la vocación sacerdotal en el alma de muchos
jóvenes. En aquellos días, me dirigí varias veces, con el recuerdo y el
corazón, a la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia, donde el 1 de noviembre de
1946 el inolvidable Metropolitano de Cracovia Adam Stefan Sapieha, después Cardenal,
impuso sus manos sobre mi cabeza, transmitiéndome la gracia sacramental del sacerdocio.
Con emoción he vuelto espiritualmente a la Catedral del Wawel, en la cual celebré la
Primera Misa, el día siguiente de la Ordenación. En los días jubilares, todos hemos sentido de manera particular la
presencia de Cristo Sumo Sacerdote, meditando las palabras de la liturgia: « Este es el
sumo sacerdote que en sus días agradó a Dios y fue encontrado justo». Ecce Sacerdos
magnus. Estas palabras tienen su plena aplicación en Cristo mismo. El es el Sumo
Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, el único Sacerdote del que todos nosotros
sacerdotes recibimos la gracia de la vocación y del ministerio. Me alegra el hecho de que
en las celebraciones del jubileo de mi Ordenación, el sacerdocio de Cristo haya podido
brillar en su inefable verdad como don y misterio en favor de los hombres de todos los
tiempos, hasta la consumación de los siglos. A los cincuenta años de mi Ordenación sacerdotal, cada día, como
siempre, recuerdo a mis coetáneos, tanto de Cracovia como de todas las demás Iglesias
del mundo, que no han podido llegar a este jubileo. Pido a Cristo, Sacerdote eterno, que
les conceda en herencia la recompensa imperecedera, acogiéndolos en la gloria de su
Reino. 2. Iesu, Sacerdos in aeternum,
miserere nobis! Os escribo esta Carta, queridos Hermanos, durante el primer año de
preparación inmediata al inicio del tercer milenio: Tertio millenio adveniente. En
la Carta apostólica que empieza con estas palabras puse de relieve el significado del
paso del segundo al tercer milenio después del nacimiento de Cristo y establecí que los
últimos tres años antes del 2000 se dedicaran a la Santísima Trinidad. El primer año,
inaugurado solemnemente el pasado primer domingo de Adviento, tiene como centro a Cristo.
En efecto, El es el Hijo eterno de Dios, hecho hombre y nacido de María Virgen, que nos
lleva al Padre. El próximo año estará dedicado al Espíritu Santo Paráclito, prometido
a los Apóstoles en el momento de su paso de este mundo al Padre. Finalmente, el año 1999
estará dedicado al Padre, al cual el Hijo quiere llevarnos por medio del Espíritu, el
Consolador. Queremos terminar así el segundo milenio con una gran alabanza a la
Santísima Trinidad. En este itinerario encontrará eco la trilogía de Encíclicas que,
gracias a Dios, he podido publicar al inicio del Pontificado: Redemptor hominis,
Dominum et vivificantem y Dives in misericordia, las cuales os exhorto,
queridos Hermanos, a meditar nuevamente durante este trienio. En nuestro ministerio,
especialmente el litúrgico, debemos ser siempre conscientes de estar en camino hacia el
Padre, guiados por el Hijo en el Espíritu Santo. Nos recuerdan precisamente esto las
palabras con que terminamos cada oración: « Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que
vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los
siglos. Amén». 3. Iesu, Sacerdos in aeternum,
miserere nobis! Esta invocación está tomada de las Letanías a Cristo Sacerdote y
Víctima, que se recitaban en el Seminario de Cracovia el día antes de la Ordenación
sacerdotal. Las he querido poner como apéndice en el libro Don y misterio,
publicado con ocasión de mi jubileo sacerdotal. En esta Carta deseo ponerlas también en
evidencia, pues me parece que ilustran de manera particularmente rica y profunda el
sacerdocio de Cristo y nuestra relación con el mismo. Están basadas en textos de la
Sagrada Escritura, en particular la Carta a los Hebreos, pero no solamente. Por ejemplo,
cuando recitamos: Iesu, Sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech,
volvemos idealmente al Antiguo Testamento, al Salmo 110109. Todos sabemos lo que significa
para Cristo ser sacerdote según el orden de Melquisedec. Su Sacerdocio se expresó en el
ofrecimiento de su propio cuerpo, « hecho de una vez para siempre» (Hb 10,10).
Habiéndose ofrecido en sacrificio cruento en la cruz, El mismo instituyó su « memoria»
incruenta para todos los tiempos, bajo las especies de pan y vino. Y bajo estas especies
El encomendó este Sacrificio suyo a la Iglesia. Así pues, la Iglesia y en ella
cada sacerdote celebra el único Sacrificio de Cristo. Mantengo un vivo recuerdo de los sentimientos que suscitaron en mí las
palabras de la consagración pronunciadas por vez primera junto con el Obispo que me
acababa de ordenar, palabras que repetí al día siguiente en la Santa Misa celebrada en
la Cripta de San Leonardo. Tantas veces desde entonces resulta difícil contarlas
estas palabras han resonado en mis labios para hacer presente, bajo las especies de pan y
vino, a Cristo en el acto salvífico de sacrificarse a sí mismo en la cruz. Contemplemos juntos, una vez más, este sublime misterio. Jesús tomó el
pan y se lo dio a sus discípulos diciendo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es
mi cuerpo...». Tomó después en sus manos el cáliz con el vino, lo bendijo y lo dio a
sus discípulos diciendo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi
Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos
los hombres para el perdón de los pecados». Y añadió: « Haced esto en conmemoración
mía». ¿Cómo pueden dejar de ser estas maravillosas palabras el corazón que
impulsa toda vida sacerdotal? ¡Repitámoslas cada vez como si fuera la primera! Que
jamás sean pronunciadas por rutina. Estas palabras expresan la más plena actualización
de nuestro sacerdocio. 4. Al celebrar el Sacrificio de Cristo, seamos siempre conscientes de lo
que leemos en las palabras de la Carta a los Hebreos: « Presentóse Cristo como Sumo
Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no
fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una
vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia
sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de
toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la
purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno
se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra
conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza»
(9,11-15). Las invocaciones de las Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima se
relacionan, en cierto modo, con estas palabras o con otras de la misma Carta: Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte, ...pro hominibus constitute, Pontifex confessionis nostrae, ...amplioris prae Moysi gloriae, Pontifex tabernaculi veri, Pontifex futurorum bonorum, ...sancte, innocens et impollute, Pontifex fidelis et misericors, ...Dei et animarum zelo succense, Pontifex in aeternum perfecte, Pontifex qui (...) caelos penetrasti... Mientras repetimos estas invocaciones, vemos con los ojos de la fe
aquello de lo que habla la Carta a los Hebreos: Cristo que mediante la propia sangre entra
en el eterno santuario. Como Sacerdote consagrado para siempre por el Padre Spiritu
Sancto et virtute, ahora se ha sentado « a la diestra de la Majestad en las alturas»
(Hb 1,3). Y desde allí intercede por nosotros como Mediador semper vivens
ad interpellandum pro nobis, para trazarnos el camino de una vida nueva y
eterna: Pontifex qui nobis viam novam initiasti. El nos ama y derramó su sangre
para limpiar nuestros pecados: Pontifex qui dilexisti nos et lavisti nos a peccatis in
sanguine tuo. Se entregó a sí mismo por nosotros: tradidisti temetipsum Deo
oblationem et hostiam. En efecto, Cristo introduce el sacrificio de sí mismo, que es el precio
de nuestra redención, en el santuario eterno. La ofrenda, esto es, la víctima, es
inseparable del sacerdote. Me han ayudado a comprender mejor todo esto precisamente las
Letanías a Cristo Sacerdote y Víctima, recitadas en el Seminario. Vuelvo constantemente
a esta lección fundamental. 5. Hoy es Jueves Santo. Toda la Iglesia se congrega espiritualmente en el
Cenáculo, donde se reunieron los Apóstoles con Jesús para la Última Cena. Leamos de
nuevo en el Evangelio de Juan las palabras pronunciadas por Jesús en el discurso de
despedida. Entre tantas riquezas de este texto, encontramos la siguiente frase dirigida
por Jesús a los Apóstoles: « Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus
amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos,
porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo
lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (15,13-15). « Amigos»: así llamó Jesús a los Apóstoles. Así también quiere
llamarnos a nosotros que, gracias al sacramento del Orden, somos partícipes de su
Sacerdocio. Escuchemos estas palabras con gran emoción y humildad. Ellas contienen la
verdad. Ante todo la verdad sobre la amistad, pero también una verdad sobre nosotros
mismos que participamos del Sacerdocio de Cristo, como ministros de la Eucaristía.
¿Podía Jesús expresarnos su amistad de manera más elocuente que permitiéndonos, como
sacerdotes de la Nueva Alianza, obrar en su nombre, in persona Christi Capitis?
Pues esto es precisamente lo que acontece en todo nuestro servicio sacerdotal, cuando
administramos los sacramentos y, especialmente, cuando celebramos la Eucaristía.
Repetimos las palabras que El pronunció sobre el pan y el vino y, por medio de nuestro
ministerio, se realiza la misma consagración que El hizo. ¿Puede haber una
manifestación de amistad más plena que ésta? Esta amistad constituye el centro mismo de
nuestro ministerio sacerdotal. Cristo dice: « No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto
permanezca» (Jn 15,16). Al final de esta Carta, os ofrezco estas palabras como un
augurio. En el día conmemorativo de la institución del sacramento del Sacerdocio,
deseémonos mutuamente, queridos Hermanos, que podamos ir y llevar fruto, como los
Apóstoles, y que nuestro fruto permanezca. Que María, Madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, sostenga con su
asidua protección las andaduras de nuestro ministerio, sobre todo 0cuando el camino es
arduo y las dificultades son mayores. Que la Virgen fiel interceda ante su Hijo, para que
no nos falte nunca el valor de ser sus testigos en los diversos campos de nuestro
apostolado, colaborando con El para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia (cf. Jn
10,10). En el nombre de Cristo, y con profundo afecto, os bendigo a todos. Vaticano, 16 de marzo, V Domingo de Cuaresma, del año 1997,
decimonono de mi Pontificado.
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