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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:14
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JUEVES SANTO DE 1998
Queridos hermanos en el sacerdocio: Con la mente y el corazón puestos en el Gran
Jubileo, celebración solemne del bimilenario del nacimiento de Cristo y comienzo del
tercer milenio cristiano, deseo invocar con vosotros al Espíritu del Señor, a quien
está dedicada particularmente la segunda etapa del itinerario espiritual de la
preparación inmediata al Año Santo del 2000. Dóciles a sus suaves inspiraciones, nos disponemos a vivir con una
participación intensa este tiempo favorable, implorando del Dador de los dones
las gracias necesarias para discernir los signos de salvación y responder con plena
fidelidad a la llamada de Dios. Nuestro sacerdocio está íntimamente unido al Espíritu Santo y a su
misión. En el día de la ordenación presbiteral, en virtud de una singular efusión del
Paráclito, el Resucitado ha renovado en cada uno de nosotros lo que realizó con sus
discípulos en la tarde de la Pascua, y nos ha constituido en continuadores de su misión
en el mundo (cf. Jn 20,21-23). Este don del Espíritu, con su misteriosa fuerza
santificadora, es fuente y raíz de la especial tarea de evangelización y santificación
que se nos ha confiado. El Jueves Santo, día en que conmemoramos la Cena del Señor, presenta
ante nuestros ojos a Jesús, Siervo « obediente hasta la muerte» (Fil
2,8), que instituye la Eucaristía y el Orden sagrado como particulares signos de su amor.
Él nos deja este extraordinario testamento de amor para que se perpetúe en todo tiempo y
lugar el misterio de su Cuerpo y de su Sangre y los hombres puedan acercarse a la fuente
inextinguible de la gracia. ¿Existe acaso para nosotros, los sacerdotes, un momento más
oportuno y sugestivo que éste para contemplar la obra del Espíritu Santo en nosotros y
para implorar sus dones con el fin de conformarnos cada vez más con Cristo, Sacerdote de
la Nueva Alianza? 1. El Espíritu Santo
creador y santificador Veni
Creator Spiritus, Mentes
tuorum visita, Imple
superna gratia, Quae
tu creasti pectora. Ven,
Espíritu creador, visita
las almas de tus fieles y
llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo creaste. Este antiguo canto litúrgico recuerda a cada sacerdote el día de su
ordenación, evocando los propósitos de plena disponibilidad a la acción del Espíritu
Santo formulados en circunstancia tan singular. Le recuerda asimismo la especial
asistencia del Paráclito y tantos momentos de gracia, de alegría y de intimidad, que el
Señor le ha hecho gustar a lo largo de su vida. La Iglesia, que en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano proclama su fe
en el Espíritu Santo « Señor y dador de vida», presenta claramente el papel que
Él desempeña acompañando los acontecimientos humanos y, de manera particular, los de
los discípulos del Señor en camino hacia la salvación. Él es el Espíritu creador, que la Escritura presenta en los inicios de
la historia humana, cuando « aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1,2), y en el
comienzo de la redención, como artífice de la Encarnación del Verbo de Dios (cf. Mt
1,20; Lc 1,35). De la misma naturaleza del Padre y del Hijo, Él es « en el misterio
absoluto de Dios uno y trino, la Persona-amor, el don increado, fuente eterna de toda
dádiva que proviene de Dios en el orden de la creación, el principio directo y, en
cierto modo, el sujeto de la autocomunicación de Dios en el orden de la gracia. El
misterio de la Encarnación constituye el culmen de esta dádiva y de esta
autocomunicación divina» (Dominum et vivificantem, 50). El Espíritu Santo orienta la vida terrena de Jesús hacia el Padre.
Merced a su misteriosa intervención, el Hijo de Dios fue concebido en el seno de la
Virgen María (cf. Lc 1,35) y se hizo hombre. Es también el Espíritu el que,
descendiendo sobre Jesús en forma de paloma durante su bautismo en el Jordán, le
manifiesta como Hijo del Padre (cf. Lc 3,21-22) y, acto seguido, le conduce al
desierto (cf. Lc 4,1). Tras la victoria sobre las tentaciones, Jesús da comienzo a
su misión « por la fuerza del Espíritu» (Lc 4, 14), en Él se llena de gozo y
bendice al Padre por su bondadoso designio (cf. Lc 10,21) y con su fuerza expulsa
los demonios (cf. Mt 12,28; Lc 11,20). En el momento dramático de la cruz
se ofrece a sí mismo « por el Espíritu eterno» (Hb 9,14), por el cual es
resucitado después (cf. Rm 8,11) y « constituido Hijo de Dios con poder» (Rm
1,4). En la tarde de Pascua, Jesús resucitado dice a los Apóstoles reunidos
en el Cenáculo: « Recibid el Espíritu Santo» (Jn 29,22) y, tras haberles
prometido una nueva efusión, les confía la salvación de los hermanos, enviándolos por
los caminos del mundo: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). La presencia de Cristo en la Iglesia de todos
los tiempos y lugares se hace viva y eficaz en los creyentes por obra del Consolador
(cf. Jn 14,26). El Espíritu es « también para nuestra época el agente principal
de la nueva evangelización... construye el Reino de Dios en el curso de la historia y
prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y
haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva
que se dará al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente, 45). 2. Eucaristía y Orden, frutos del Espíritu Qui diceris Paraclitus, Altissimi donum Dei, Fons vivus, ignis, caritas et spiritalis unctio. Tú eres nuestro
Consolador, Don de Dios Altísimo, fuente viva, fuego,
caridad y espiritual unción. Con estas palabras la Iglesia invoca al Espíritu Santo como spiritalis
unctio, espiritual unción. Por medio de la unción del Espíritu en el seno
inmaculado de María, el Padre ha consagrado a Cristo como sumo y eterno Sacerdote de la
Nueva Alianza, el cual ha querido compartir su sacerdocio con nosotros, llamándonos a ser
su prolongación en la historia para la salvación de los hermanos. El Jueves Santo, Feria quinta in Coena Domini, los sacerdotes
estamos invitados a dar gracias con toda la comunidad de los creyentes por el don de la
Eucaristía y a ser cada vez más conscientes de la gracia de nuestra especial vocación.
Asimismo, nos sentimos impulsados a confiarnos a la acción del Espíritu Santo, con
corazón joven y plena disponibilidad, dejando que Él nos conforme cada día con Cristo
Sacerdote. El
Evangelio de san Juan, con palabras llenas de ternura y misterio, nos cuenta el relato de
aquel primer Jueves Santo, en el cual el Señor, estando a la mesa con sus discípulos en
el Cenáculo, « habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo» (13,1). ¡Hasta el extremo!: hasta la institución de la Eucaristía,
anticipación del Viernes Santo, del sacrificio de la cruz y de todo el misterio pascual.
Durante la Última Cena, Cristo toma el pan con sus manos y pronuncia las primeras
palabras de la consagración: « Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros».
Inmediatamente después pronuncia sobre el cáliz lleno de vino las siguientes palabras de
la consagración: « Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados»;
y añade a continuación: « Haced esto en conmemoración mía». Se realiza así en el
Cenáculo, de manera incruenta, el Sacrificio de la Nueva Alianza que tendrá lugar con
sangre al día siguiente, cuando Cristo dirá desde la cruz: « Consummatum est»,
« ¡Todo está cumplido!» (Jn 19,30). Este Sacrificio ofrecido una vez por todas en el Calvario es confiado a
los Apóstoles, en virtud del Espíritu Santo, como el Santísimo Sacramento de la
Iglesia. Para impetrar la intervención misteriosa del Espíritu, la Iglesia, antes de las
palabras de la consagración, implora: « Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques
por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y
Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos
misterios» (Plegaria Eucarística III). En efecto, sin la potencia del Espíritu
divino, ¿cómo podrían unos labios humanos hacer que el pan y el vino se conviertan en
el Cuerpo y la Sangre del Señor hasta el fin de los tiempos? Solamente por el poder
del Espíritu divino puede la Iglesia confesar incesantemente el gran misterio de la
fe: « Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!». La Eucaristía y el Orden son frutos del mismo Espíritu: « Al igual que
en la Santa Misa el Espíritu Santo es el autor de la transubstanciación del pan y del
vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así en el sacramento del Orden es el artífice
de la consagración sacerdotal o episcopal» (Don y Misterio, p. 59). 3. Los dones del Espíritu Santo Tu septiformis munere Digitus paternae dexterae Tu rite promissum Patris Sermone ditans guttura. Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú, el dedo de la mano de Dios; Tú, el prometido del Padre; Tú, que pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra. ¿Cómo no dedicar una reflexión particular
a los dones del Espíritu Santo, que la tradición de la Iglesia, siguiendo las fuentes
bíblicas y patrísticas, denomina sacro Septenario? Esta doctrina ha sido
estudiada con atención por la teología escolástica, ilustrando ampliamente su
significado y características. « Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que
clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6). « En efecto, todos los que son guiados por el
Espíritu de Dios son hijos de Dios... El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para
dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8,14.16). Las palabras del apóstol
Pablo nos recuerdan que la gracia santificante (gratia gratum faciens) es un don
fundamental del Espíritu, con la cual se reciben las virtudes teologales: fe, esperanza y
caridad, y todas las virtudes infusas (virtutes infusae), que capacitan para obrar
bajo el influjo del mismo Espíritu. En el alma, iluminada por la gracia celestial, esta
capacitación sobrenatural se completa con los dones del Espíritu Santo. Estos se
diferencian de los carismas, que son concedidos para el bien de los demás, porque se
ordenan a la santificación y perfección de la persona y, por tanto, se ofrecen a todos. Sus nombres son conocidos. Los menciona el profeta Isaías trazando la
figura del futuro Mesías: « Reposará sobre él el espíritu del Señor: espíritu de
sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor
del Señor. Y le inspirará en el temor del Señor» (11, 2-3). El número de los dones
será fijado en siete por la versión de los Setenta y la Vulgata, que incorporan la piedad,
eliminando del texto de Isaías la repetición del temor de Dios. Ya san Ireneo recuerda el Septenario y añade: « Dios ha dado
este Espíritu a la Iglesia, (...) enviando el Paráclito sobre toda la tierra» (Adv.
haereses III, 17, 3). San Gregorio Magno, por su parte, ilustra la dinámica
sobrenatural introducida por el Espíritu en el alma, enumerando los dones en orden
inverso: « Mediante el temor nos elevamos a la piedad, de la piedad a la ciencia, de la
ciencia obtenemos la fuerza, de la fuerza el consejo, con el consejo progresamos hacia la
inteligencia y con la inteligencia hacia la sabiduría, de tal modo que, por la gracia
septiforme del Espíritu, se nos abre al final de la ascensión el ingreso a la vida
celeste» (Hom. in Hezech. II, 7, 7). Los dones del Espíritu Santo comenta
el Catecismo de la Iglesia Católica, al ser una especial sensibilización
del alma humana y de sus facultades a la acción del Paráclito, « completan y llevan a
su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para
obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas» (n. 1831). Por tanto, la vida moral
de los cristianos está sostenida por esas « disposiciones permanentes que hacen al
hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (íbid., n. 1830). Con
ellos llega a la madurez la vida sobrenatural que, por medio de la gracia, crece en todo
hombre. Los dones, en efecto, se adaptan admirablemente a nuestras disposiciones
espirituales, perfeccionándolas y abriéndolas de manera particular a la acción de Dios
mismo. 4. Influjo de los dones del Espíritu Santo sobre el hombre Accende lumen sensibus Infunde amorem cordibus; Infirma nostri corporis Virtute firmans perpeti. Enciende con tu luz nuestros sentidos; infunde tu amor en nuestros corazones; y, con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra débil carne. Por medio del Espíritu, Dios entra en intimidad con la persona y penetra
cada vez más en mundo humano: « Dios uno y trino, que en sí mismo «existe» como
realidad trascendente de don interpersonal al comunicarse por el Espíritu Santo como don
al hombre, transforma el mundo humano desde dentro, desde el interior de los
corazones y de las conciencias» (Dominum et vivificantem, 59). En la gran tradición escolástica, esta
verdad lleva a privilegiar la acción del Espíritu en las vicisitudes humanas y a
resaltar la iniciativa salvífica de Dios en la vida moral: aunque sin anular nuestra
personalidad ni privarnos de la libertad, Él nos salva más allá de nuestras
aspiraciones y proyectos. Los dones del Espíritu Santo siguen esta lógica, siendo «
perfecciones del hombre que lo disponen a seguir prontamente la moción divina» (S.
Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q. 68, a. 2). Con los siete dones se da al creyente
la posibilidad de una relación personal e íntima con el Padre, en la libertad que es
propia de los hijos de Dios. Es lo que subraya santo Tomás, poniendo de relieve cómo el
Espíritu Santo nos induce a obrar no por fuerza sino por amor: « Los Hijos de Dios
afirma él son movidos por el Espíritu Santo libremente, por amor, no en
forma servil, por temor» (Contra gentiles IV, 22). El Espíritu convierte las
acciones del cristiano en deiformes, esto es, en sintonía con el modo de pensar,
de amar y de actuar divinos, de tal modo que el creyente llega a ser signo reconocible de
la Santísima Trinidad en el mundo. Sostenido por la amistad del Paráclito, por la luz
del Verbo y por el amor del Padre, puede proponerse con audacia imitar la perfección
divina (cf. Mt 5,48). El Espíritu actúa en dos ámbitos, como recordaba mi venerado
predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI: « El primer campo es el de cada una de las
almas... nuestro yo: en esa profunda celda de la propia existencia, misteriosa incluso
para nosotros mismos, entra el soplo del Espíritu Santo. Se difunde en el alma con el
primer y gran carisma que llamamos gracia, que es como una nueva vida, y rápidamente la
habilita para realizar actos que superan su actividad natural». El segundo campo « en
que se difunde la virtud de Pentecostés» es « el cuerpo visible de la Iglesia...
Ciertamente «Spiritus ubi vult spirat» (Jn 3,8), pero en la economía
establecida por Cristo, el Espíritu recorre el canal del ministerio apostólico». En
virtud de este ministerio a los sacerdotes se les da la potestad de trasmitir el Espíritu
a los fieles « por medio del anuncio autorizado y garantizado de la Palabra de Dios, en
la guía del pueblo cristiano y en la distribución de los sacramentos (cf. 1 Cor
4,1), fuente de la gracia, es decir, de la acción santificante del Paráclito» (Homilía
en la fiesta de Pentecostés, 25 de mayo 1969). 5. Los dones del Espíritu en la vida del
sacerdote Hostem repellas longius Pacemque dones protinus: Ductore sic te praevio Vitemus omne noxium. Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto la paz, sé Tú mismo nuestro guía y, puestos bajo tu dirección, evitaremos todo lo nocivo. El Espíritu Santo restablece en el corazón humano la plena armonía con
Dios y, asegurándole la victoria sobre el Maligno, lo abre a la dimensión universal del
amor divino. De este modo hace pasar al hombre del amor de sí mismo al amor de la
Trinidad, introduciéndole en la experiencia de la libertad interior y de la paz, y
encaminándole a vivir toda su existencia como un don. Con el sacro Septenario el
Espíritu guía de este modo al bautizado hacia la plena configuración con Cristo y la
total sintonía con las perspectivas del Reino de Dios. Si éste es el camino hacia el que el Espíritu encauza suavemente a todo
bautizado, dispensa también una atención especial a los que han sido revestidos del
Orden sagrado para que puedan cumplir adecuadamente su exigente ministerio. Así, con el
don de la sabiduría, el Espíritu conduce al sacerdote a valorar cada cosa a la
luz del Evangelio, ayudándole a leer en los acontecimientos de su propia vida y de la
Iglesia el misterioso y amoroso designio del Padre; con el don de la inteligencia,
favorece en él una mayor profundización en la verdad revelada, impulsándolo a proclamar
con fuerza y convicción el gozoso anuncio de la salvación; con el consejo, el
Espíritu ilumina al ministro de Cristo para que sepa orientar su propia conducta según
la Providencia, sin dejarse condicionar por los juicios del mundo; con el don de la fortaleza
lo sostiene en las dificultades del ministerio, infundiéndole la necesaria «parresía»
en el anuncio del Evangelio (cf. Hch 4, 29.31); con el don de la ciencia, lo
dispone a comprender y aceptar la relación, a veces misteriosa, de las causas segundas
con la causa primera en la realidad cósmica; con el don de piedad, reaviva en él
la relación de unión íntima con Dios y la actitud de abandono confiado en su
providencia; finalmente, con el temor de Dios, el último en la jerarquía de los
dones, el Espíritu consolida en el sacerdote la conciencia de la propia fragilidad humana
y del papel indispensable de la gracia divina, puesto que « ni el que planta es algo, ni
el que riega, sino Dios que hace crecer» (1 Co 3,7). 6. El Espíritu introduce en la vida
trinitaria Per te sciamus da Patrem Noscamus atque Filium, Teque utriusque Spiritum Credamus omni tempore. Por Ti conozcamos al Padre, y también al Hijo; y que en Ti, espíritu de entrambos, creamos en todo tiempo. ¡Qué sugestivo es imaginar estas palabras en los labios del sacerdote
que, junto con los fieles confiados a su cura pastoral, camina al encuentro con su Señor!
Suspira llegar con ellos al verdadero conocimiento del Padre y del Hijo, y pasar así de
la experiencia de la obra del Paráclito en la historia « per speculum in aenigmate»
(1 Co 13,12) a la contemplación « facie ad faciem» (íbid.) de la
viva y palpitante Realidad trinitaria. Él es muy consciente de emprender « una larga
travesía con pequeñas barcas» y de volar hacia el cielo « con alas cortas» (S.
Gregorio Nacianceno, Poemas teológicos, 1); pero sabe también que puede contar
con Aquel que ha tenido la misión de enseñar todas las cosas a los discípulos (cf. Jn
14,26). Al haber aprendido a leer los signos del amor de Dios en su historia
personal, el sacerdote, a medida que se acerca la hora del encuentro supremo con el
Señor, hace cada vez más intensa y apremiante su oración, en el deseo de conformarse
con fe madura a la voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu. El Paráclito « escalera de nuestra elevación a Dios» (S. Ireneo, Adv.
Haer. III, 24,1), lo atrae hacia el Padre, poniéndole en el corazón el deseo
ardiente de ver su rostro. Le hace conocer todo lo que se refiere al Hijo, atrayéndolo a
Él con creciente nostalgia. Lo ilumina sobre el misterio de su misma Persona, llevándole
a percibir su presencia en el propio corazón y en la historia. De este modo, entre las alegrías y los afanes, los sufrimientos y las
esperanzas del ministerio, el sacerdote aprende a confiar en la victoria final del amor,
gracias a la acción indefectible del Paráclito que, a pesar de los límites de los
hombres y de las instituciones, lleva a la Iglesia a vivir el misterio de la unidad y de
la verdad. En consecuencia, el sacerdote sabe que puede confiar en la fuerza de la Palabra
de Dios, que supera cualquier palabra humana, y en el poder de la gracia, que vence sobre
el pecado y las limitaciones propias de los hombres. Todo esto lo hace fuerte, no obstante
la fragilidad humana, en el momento de la prueba, y dispuesto para volver con el corazón
al Cenáculo, donde, perseverando en la oración junto con María y los hermanos, puede
encontrar de nuevo el entusiasmo necesario para reanudar la fatiga del servicio
apostólico. 7. Postrados en presencia del Espíritu Deo Patri sit gloria, Et Filio, qui a mortuis Surrexit, ac Paraclito, In saeculorum saecula. Amen. Gloria a Dios Padre, y al Hijo que resucitó, y al Espíritu Consolador, por los siglos infinitos. Amén. Mientras meditamos hoy, Jueves Santo, sobre el nacimiento de nuestro
sacerdocio, vuelve a la mente de cada uno de nosotros el momento litúrgico tan sugestivo
de la postración en el suelo el día de nuestra ordenación presbiteral. Ese gesto de
profunda humildad y de sumisa apertura fue profundamente oportuno para predisponer nuestro
ánimo a la imposición sacramental de las manos, por medio de la cual el Espíritu Santo
entró en nosotros para llevar a cabo su obra. Después de habernos incorporado, nos
arrodillamos delante del Obispo para ser ordenados presbíteros y después recibimos de
él la unción de las manos para la celebración del Santo Sacrificio, mientras la
asamblea cantaba: « agua viva, fuego, amor, santo ungüento del alma». Estos gestos simbólicos, que indican la presencia y la acción del
Espíritu Santo, nos invitan a consolidar en nosotros sus dones, reviviendo cada día
aquella experiencia. En efecto, es importante que Él continúe actuando en nosotros y que
nosotros caminemos bajo su influjo. Más aún, que sea Él mismo quien actúe a través de
nosotros. Cuando acecha la tentación y decaen las fuerzas humanas es el momento de
invocar con más ardor al Espíritu para que venga en ayuda de nuestra debilidad y nos
permita ser prudentes y fuertes como Dios quiere. Es necesario mantener el corazón constantemente abierto a esta acción
que eleva y ennoblece las fuerzas del hombre, y confiere la hondura espiritual que
introduce en el conocimiento y el amor del misterio inefable de Dios. Queridos hermanos en el sacerdocio: la solemne invocación del Espíritu
Santo y el gesto sugestivo de humildad realizado durante la ordenación sacerdotal, han
hecho resonar también en nuestra vida el fiat de la Anunciación. En el silencio
de Nazaret, María se hace disponible para siempre a la voluntad del Señor y, por obra
del Espíritu Santo, concibe a Cristo, salvador del mundo. Esta obediencia inicial recorre
toda su existencia y culmina al pie de la Cruz. El sacerdote está llamado a confrontar constantemente su fiat con
el de María, dejándose, como Ella, conducir por el Espíritu. La Virgen lo sostendrá en
sus opciones de pobreza evangélica y lo hará disponible a la escucha humilde y sincera
de los hermanos, para percibir en sus dramas y en sus aspiraciones los gemidos del
Espíritu (cf. Rom 8,26); le hará capaz de servirlos con una clarividente
discreción, para educarlos en los valores evangélicos; hará de él una persona dedicada
a buscar con solicitud « las cosas de arriba» (Col 3,1), para ser así un testigo
convincente de la primacía de Dios. La Virgen le ayudará a acoger el don de la castidad como expresión de
un amor más grande, que el Espíritu suscita para engendrar a la vida divina una multitud
de hermanos. Ella le conducirá por los caminos de la obediencia evangélica, para que se
deje guiar por el Paráclito, más allá de los propios proyectos, hacia la total
adhesión a los designios de Dios. Acompañado por María, el sacerdote sabrá renovar cada día su
consagración hasta que, bajo la guía del mismo Espíritu, invocado confiadamente durante
el itinerario humano y sacerdotal, entre en el océano de luz de la Trinidad. Invoco sobre todos vosotros, por intercesión de María, Madre de los
sacerdotes, una especial efusión del Espíritu de amor. ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven a hacer fecundo nuestro servicio a Dios y a
los hermanos! Con renovado afecto e implorando todas las consolaciones divinas en
vuestro ministerio, de corazón os imparto a todos vosotros una especial Bendición
Apostólica. Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, del
año 1998, vigésimo de mi Pontificado.
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