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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:51
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JUEVES SANTO DE 1999
«¡Abbá, Padre!» Queridos hermanos en el sacerdocio: Mi cita del Jueves Santo con vosotros, en
este año que precede y prepara inmediatamente al Gran Jubileo del 2000, está marcada por
esta invocación en la que resuena, según los exegetas, la ipsissima vox Iesu. Es
una invocación en la que se encierra el inescrutable misterio del Verbo encarnado,
enviado por el Padre al mundo para la salvación de la humanidad. La misión del Hijo de Dios llega a su
plenitud cuando Él, ofreciéndose a sí mismo, realiza nuestra adopción filial y, con el
don del Espíritu Santo, hace posible a cada ser humano la participación en la misma
comunión trinitaria. En el misterio pascual, Dios Padre, por medio del Hijo en el
Espíritu Paráclito, se ha inclinado sobre cada hombre ofreciéndole la posibilidad de la
redención del pecado y la liberación de la muerte. 1. En la celebración eucarística
concluimos la oración colecta con las palabras: « Por nuestro Señor Jesucristo, tu
Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos
de los siglos». Vive y reina contigo, ¡Padre! Puede decirse que este final tiene un
carácter ascendente: por medio de Cristo, en el Espíritu Santo, al Padre. Éste es
también el esquema teológico presente en la disposición del trienio 1997-1999: primero
el año del Hijo, después el año del Espíritu Santo y ahora el año del Padre. Este movimiento ascendente se apoya,
por así decir, en el descendente, descrito por el apóstol Pablo en la Carta a los
Gálatas. Es un fragmento que hemos meditado intensamente en el liturgia del período de
Navidad: « Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer,
nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el
ser hijos por adopción» (Ga 4, 4-5). Vemos expresado aquí el movimiento
descendente: Dios Padre envía a su Hijo para hacernos, en Él, hijos suyos adoptivos. En
el misterio pascual Jesús realiza el designio del Padre dando la vida por nosotros. El
Padre envía entonces al Espíritu del Hijo para iluminarnos sobre este privilegio
extraordinario: « Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su
Hijo que clama: « ¡Abbá, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres
hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Ga 4, 6-7). ¿Cómo no destacar la originalidad de lo
que escribe el Apóstol? Él afirma que es precisamente el Espíritu el que clama: ¡Abbá,
Padre! En realidad, el testigo histórico de la paternidad de Dios ha sido el Hijo en el
misterio de la encarnación y de la redención. Él nos ha enseñado a dirigirnos a Dios
llamándolo « Padre». Él mismo lo invocaba « Padre mío», y nos enseñó a invocarle
con el dulcísimo nombre de « Padre nuestro». Sin embargo, san Pablo nos dice que la
enseñanza del Hijo debe, en cierto modo, hacerse viva en el alma de quien lo escucha por
la guía interior del Espíritu Santo. En efecto, sólo por su obra somos capaces de
adorar a Dios en verdad invocándolo « Abbá, Padre». 2. Os escribo estas reflexiones, queridos
hermanos en el sacerdocio, de cara al Jueves Santo, mientras os imagino congregados en
torno a vuestros Obispos para la Misa crismal. Tengo mucho interés en que, en la
comunión de vuestros presbiterios, os sintáis unidos a toda la Iglesia, que está
viviendo el año del Padre, un año que preanuncia el final del siglo veinte y, a la vez,
del segundo milenio cristiano. ¿Cómo no dar gracias a Dios, en esta
perspectiva, al recordar a los numerosos sacerdotes que, en este amplio período de
tiempo, han dedicado su existencia al servicio de Evangelio, llegando a veces hasta el
supremo sacrificio de la vida? A la vez que, en el espíritu del próximo Jubileo,
confesamos los límites y las faltas de las anteriores generaciones cristianas y también
las de sus sacerdotes, reconozcamos con alegría que, en el inestimable servicio hecho por
la Iglesia al camino de la humanidad, una parte muy importante es debida al trabajo
humilde y fiel de tantos ministros de Cristo que, a lo largo del milenio, han actuado como
generosos constructores de la civilización del amor. ¡Las grandes
dimensiones del tiempo! Aunque el tiempo sea siempre un alejarse del principio,
pensándolo bien es simultáneamente una vuelta al principio. Y esto tiene una importancia
fundamental. En efecto, si el tiempo fuera sólo un alejarse del principio y no estuviera
clara su orientación final el retorno precisamente del principio toda nuestra
existencia en el tiempo estaría sin una dirección definitiva. Carecería de sentido. Cristo, « el Alfa y la Omega [...] Aquél
que es, que era y que va a venir» (Ap 1, 8), ha orientado y dado sentido al paso
del hombre en el tiempo. Él dijo de sí mismo: « Salí del Padre y he venido al mundo.
Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16, 28). De este modo, nuestro pasar
está iluminado por el hecho de Cristo. Con él pasamos, caminando en la misma
dirección tomada por Él: hacia el Padre. Esto resulta
aún más evidente en el Triduum Sacrum, los días santos por excelencia durante
los cuales participamos, en el misterio, del retorno de Cristo al Padre a través de su
pasión, muerte y resurrección. En efecto, la fe nos asegura que este paso de Cristo al
Padre, es decir, su Pascua, no es un acontecimiento que le afecta sólo a Él. Nosotros
estamos llamados también a tomar parte en ello. Su Pascua es nuestra Pascua. Así pues, junto con Cristo, caminamos
hacia el Padre. Lo hacemos a través del misterio pascual, reviviendo aquellas horas
cruciales durante las cuales, muriendo en la cruz, exclamó: « ¡Dios mío, Dios mío!
¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34), y añadió: « Todo está cumplido» (Jn
19, 30), « Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46). Estas expresiones
evangélicas son familiares a todo cristiano y, particularmente, a cada sacerdote. Son un
testimonio para nuestro vivir y nuestro morir. Al final de cada día, repetimos en la
Liturgia de la Horas: « In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum», para
prepararnos al gran misterio del tránsito, de la pascua existencial, cuando Cristo,
gracias a su muerte y resurrección, nos tomará consigo para ponernos en manos del Padre
celestial. 3. « Yo te doy gracias, Padre, Señor de
cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has
revelado a gente sencilla. Sí Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado
mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo,
y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 25-27). Sí, sólo el Hijo
conoce al Padre. Él, que « está en el seno del Padre» como escribe san Juan en
su Evangelio (1, 18), nos ha acercado este Padre, nos ha hablado de Él, nos ha
revelado su rostro, su corazón. Durante la Última Cena, a la pregunta del apóstol
Felipe: « Muéstranos al Padre» (Jn 14, 8), responde Cristo: « Hace tanto tiempo
que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [...] ¿No crees que yo estoy en el
Padre, y el Padre en mí?» (Jn 14, 9-10). Con estas palabras Jesús da testimonio
del misterio trinitario de su generación eterna como Hijo del Padre, misterio que
encierra el secreto más profundo de su personalidad divina. El Evangelio es una continua revelación
del Padre. Cuando, a la edad de doce años, Jesús es encontrado por José y María entre
los doctores en el Templo, a las palabras de su Madre: « Hijo, ¿por qué nos has tratado
así?» (Lc 2, 48), responde refiriéndose al Padre: « ¿No sabíais que yo debía
estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). Apenas con doce años, tiene ya la
conciencia clara del significado de su propia vida, del sentido de su misión, dedicada
enteramente desde el primer hasta el último momento « a la casa del Padre». Esta
misión alcanza su culmen en el Calvario con el sacrificio de la Cruz, aceptado por Cristo
en espíritu de obediencia y de entrega filial: « Padre mío, si es posible, que pase y
se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres
[...] Hágase tu voluntad» (Mt 26, 39.42). Y el Padre, a su vez, acoge el
sacrificio del Hijo, ya que tanto ha amado al mundo que le ha dado a su Unigénito, para
que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna (cf. Jn 3, 16). En efecto,
sólo el Hijo no muere (cf. Jn 3, 16). Ciertamente, sólo el Hijo conoce al Padre y
por tanto sólo Él nos lo puede revelar. 4. « Per ipsum, et cum ipso, et in
ipso...». « Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad
del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». Unidos
espiritualmente y congregados visiblemente en las iglesias catedrales en este día
singular, damos gracias a Dios por el don del sacerdocio. Damos gracias por el don de la
Eucaristía, que celebramos como presbíteros. La doxología final del Canon tiene una
importancia fundamental en la celebración eucarística. Expresa en cierto modo el culmen
del Mysterium fidei, del núcleo central del sacrificio eucarístico, que se
realiza en el momento en que, con la fuerza del Espíritu Santo, llevamos a cabo la
conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, como hizo Él mismo por
primera vez en el Cenáculo. Cuando la gran plegaria eucarística llega a su culmen, la
Iglesia, precisamente entonces, en la persona del ministro ordenado, dirige al Padre estas
palabras: « Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria». Sacrificium laudis! 5. Después
que la asamblea con solemne aclamación ha respondido « Amén», el celebrante entona el
« Padre nuestro», la oración del Señor. La sucesión de estos momentos es muy
significativa. El Evangelio cuenta de los Apóstoles que, impresionados por el
recogimiento del Maestro en su coloquio con el Padre, le pidieron: « Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11, 1). Entonces, Él pronunció por primera vez las palabras que
serían después la oración principal y más frecuente de la Iglesia y de todos los
cristianos: el « Padrenuestro». Cuando en la celebración eucarística hacemos nuestras,
como asamblea litúrgica, estas palabras, cobran una elocuencia particular. Es como si en
aquel instante confesásemos que Cristo nos ha enseñado definitiva y plenamente su
oración al Padre cuando la ha ilustrado con el sacrificio de la Cruz. Es en el
contexto del sacrificio eucarístico donde el « Padrenuestro», recitado por la Iglesia,
expresa todo su significado. Cada una de sus invocaciones cobra una especial luz de
verdad. En la cruz el nombre del Padre es « santificado» al máximo y su Reino es
realizado irrevocablemente; en el « consummatum est» su voluntad llega a su
cumplimiento definitivo. ¿No es verdad que la petición « perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos...», es confirmada plenamente en la palabras del
Crucificado: « Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34)?
Además, la petición del pan de cada día se hace aún más elocuente en la Comunión
eucarística cuando, bajo la especie del « pan partido», recibimos el Cuerpo de Cristo.
Y la súplica « no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal», ¿no alcanza
su máxima eficacia en el momento en que la Iglesia ofrece al Padre el precio supremo de
la redención y liberación del mal? 6. En la Eucaristía el sacerdote se acerca
personalmente al misterio inagotable de Cristo y de su oración al Padre. El sacerdote
puede sumergirse diariamente en este misterio de redención y de gracia celebrando la
santa Misa, que conserva sentido y valor incluso cuando, por una justa causa, se celebra
sin la participación del pueblo, pero siempre y en todo caso por el pueblo y por el mundo
entero. Precisamente por su vínculo indisoluble con el sacerdocio de Cristo, el
presbítero es el maestro de la oración y los fieles pueden dirigir legítimamente a él
la misma petición hecha un día por los discípulos a Jesús: « Enséñanos a orar». La liturgia eucarística es por excelencia
escuela de oración cristiana para la comunidad. De la Misa se derivan múltiples formas
de una sana pedagogía del espíritu. Entre ellas sobresale la adoración del Santísimo
Sacramento, que es una prolongación natural de la celebración. Gracias a ella, los
fieles pueden hacer una peculiar experiencia de « permanecer» en el amor de Cristo (cf. Jn
15, 9), entrando cada vez más profundamente en su relación filial con el Padre. Es precisamente en esta perspectiva que
exhorto a cada sacerdote a cumplir con confianza y valentía su cometido de guía de la
comunidad en la oración cristiana auténtica. Es un cometido del cual no le es lícito
abdicar, aunque las dificultades derivadas de la mentalidad secularizada a veces lo pueden
hacer laborioso. El fuerte impulso misionero que la
Providencia, sobre todo mediante el Concilio Vaticano II, ha dado a la Iglesia en nuestro
tiempo, interpela de manera particular a los ministros ordenados, llamándolos ante todo a
la conversión: convertirse para convertir o, dicho de otro modo, vivir intensamente la
experiencia de hijos de Dios para que cada bautizado descubra la dignidad y la alegría de
pertenecer al Padre celestial. 7. En el día del Jueves Santo renovaremos,
queridos hermanos, las promesas sacerdotales. Con ello deseamos, en cierto modo, que
Cristo nos abrace nuevamente con su santo sacerdocio, con su sacrificio, con su agonía en
Getsemaní y muerte en el Gólgota, y con su resurrección gloriosa. Siguiendo, por así
decir, las huellas de Cristo en todos estos acontecimientos de salvación, descubrimos su
total apertura al Padre. Y es por esto que en cada Eucaristía se renueva de alguna manera
la petición del apóstol Felipe en el cenáculo: « Señor, muéstranos al Padre», y
cada vez Cristo, en el Mysterium fidei, parece responder así: « Hace tanto tiempo
que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? [...] ¿No crees que yo estoy en el
Padre, y el Padre en mí?» (Jn 14, 9-10). En este Jueves Santo, queridos sacerdotes
del mundo entero, recordando la unción crismal recibida el día de la Ordenación,
proclamaremos concordes con sentimiento de renovado reconocimiento: Per ipsum,
et cum ipso, et in ipso, est tibi
Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria per omnia saecula saeculorum. Amen! Vaticano, 14
de marzo, IV Domingo de Cuaresma, del año 1999, vigésimo primero de mi Pontificado.
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