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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:29
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JUEVES SANTO DE 2000
Queridos hermanos en el sacerdocio: 1. Jesús, « habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Releo con gran
conmoción, aquí, en Jerusalén, en este lugar en el que, según la tradición,
estuvieron Jesús y los Doce con motivo de la Cena pascual y la Institución de la
Eucaristía, las palabras con las que el evangelista Juan introduce la narración de la
Última Cena. Doy gloria al Señor que, en el Año
Jubilar de la Encarnación de su Hijo, me ha concedido seguir las huellas terrenas de
Cristo, pasando por los caminos que él recorrió, desde su nacimiento en Belén hasta la
muerte en el Gólgota. Ayer estuve en Belén, en la gruta de la Natividad. Los próximos
días pasaré por diversos lugares de la vida y del ministerio del Salvador, desde la casa
de la Anunciación, al Monte de las Bienaventuranzas y al Huerto de los Olivos. El domingo
estaré en el Gólgota y en el Santo Sepulcro. Hoy, esta visita al Cenáculo me ofrece la
oportunidad de contemplar el Misterio de la Redención en su conjunto. Fue aquí donde Él
nos dio el don inconmensurable de la Eucaristía. Aquí nació también nuestro
sacerdocio. Una carta desde el Cenáculo 2. Precisamente desde este lugar quiero
dirigiros la carta, con la que desde hace más de veinte años me uno a vosotros el Jueves
Santo, día de la Eucaristía y « nuestro» día por excelencia. Sí, os escribo desde el Cenáculo,
recordando lo que ocurrió aquella noche cargada de misterio. A los ojos del espíritu se
me presenta Jesús, se me presentan los apóstoles sentados a la mesa con Él. Contemplo
en especial a Pedro: me parece verlo mientras observa admirado, junto con los otros
discípulos, los gestos del Señor, escucha conmovido sus palabras, se abre, aun con el
peso de su fragilidad, al misterio que ahí se anuncia y que poco después se cumplirá.
Son los instantes en los que se fragua la gran batalla entre el amor que se da sin
reservas y el mysterium iniquitatis que se cierra en su hostilidad. La traición de
Judas aparece casi como emblema del pecado de la humanidad. « Era de noche», señala el
evangelista Juan (13, 30): la hora de las tinieblas, hora de separación y de infinita
tristeza. Pero en las palabras dramáticas de Cristo, destellan ya las luces de la aurora:
« pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la
podrá quitar» (Jn 16, 22). 3. Hemos de seguir meditando, de un modo
siempre nuevo, en el misterio de aquella noche. Tenemos que volver frecuentemente con el
espíritu a este Cenáculo, donde especialmente nosotros, sacerdotes, podemos sentirnos,
en un cierto sentido, « de casa». De nosotros se podría decir, respecto al Cenáculo,
lo que el salmista dice de los pueblos respecto a Jerusalén: « El Señor escribirá en
el registro de los pueblos: éste ha nacido allí» (Sal 87 [86], 6). Desde este lugar santo me surge
espontáneamente pensar en vosotros en las diversas partes del mundo, con vuestro rostro
concreto, más jóvenes o más avanzados en años, en vuestros diferentes estados de
ánimo: para tantos, gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor,
cansancio y quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que
habéis recibido con la consagración, el « carácter» que marca indeleblemente a cada
uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo sacerdote y con
el cual puede siempre contar, para continuar adelante con alegría o volver a empezar con
renovado entusiasmo, con la perspectiva de una fidelidad cada vez mayor. Nacidos del amor 4. « Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Como es sabido, a diferencia de los
otros Evangelios, el de Juan no se detiene a narrar la institución de la Eucaristía, ya
evocada por Jesús en el discurso de Carfarnaúm (cf. Jn 6, 26-65), sino que se
concentra en el gesto del lavatorio de los pies. Esta iniciativa de Jesús, que
desconcierta a Pedro, antes que ser un ejemplo de humildad propuesto para nuestra
imitación, es revelación de la radicalidad de la condescendencia de Dios hacia nosotros.
En efecto, en Cristo es Dios que « se ha despojado a sí mismo», y ha asumido la «
forma de siervo» hasta la humillación extrema de la Cruz (cf. Flp 2, 7), para
abrir a la humanidad el acceso a la intimidad de la vida divina. Los extensos discursos
que, en el Evangelio de Juan, siguen al gesto del lavatorio de los pies, y son como su
comentario, introducen en el misterio de la comunión trinitaria, a la que el Padre nos
llama insertándonos en Cristo con el don del Espíritu. Esta comunión es vivida según la lógica
del mandamiento nuevo: « que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los
unos a los otros» (Jn 13, 34). No por casualidad la oración sacerdotal corona
esta « mistagogia» mostrando a Cristo en su unidad con el Padre, dispuesto a volver a
él a través del sacrificio de sí mismo y únicamente deseoso de que sus discípulos
participen de su unidad con el Padre: « como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21). 5. A partir de
ese núcleo de discípulos que escucharon estas palabras, se ha formado toda la Iglesia,
extendiéndose en el tiempo y en el espacio como « un pueblo congregado por la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (S. Cipriano, De Orat. Dom., 23). La unidad
profunda de este nuevo pueblo no excluye la presencia, en su interior, de tareas diversas
y complementarias. Así, a los primeros apóstoles están ligados especialmente aquellos
que han sido puestos para renovar in persona Christi el gesto que Jesús realizó
en la Última Cena, instituyendo el sacrificio eucarístico, « fuente y cima de toda la
vida cristiana» (Lumen Gentium, 11). El carácter sacramental que los distingue,
en virtud del Orden recibido, hace que su presencia y ministerio sean únicos, necesarios
e insustituibles. Han pasado casi
2000 años desde aquel momento. ¡Cuántos sacerdotes han repetido aquel gesto! Muchos han
sido discípulos ejemplares, santos, mártires. ¿Cómo olvidar, en este Año Jubilar, a
tantos sacerdotes que han dado testimonio de Cristo con su vida hasta el derramamiento de
su sangre? Su martirio acompaña toda la historia de la Iglesia y marca también el siglo
que acabamos de dejar atrás, caracterizado por diversos regímenes dictatoriales y
hostiles a la Iglesia. Quiero, desde el Cenáculo, dar gracias al Señor por su valentía.
Los miramos para aprender a seguirlos tras las huellas del Buen Pastor que « da su vida
por las ovejas» (Jn 10, 11). Un tesoro en vasijas de barro 6. Es verdad. En la historia del
sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura
presencia del pecado. Tantas veces la fragilidad humana de los ministros ha ofuscado en
ellos el rostro de Cristo. Y, ¿cómo sorprenderse, precisamente aquí, en el Cenáculo?
Aquí, no sólo se consumó la traición de Judas, sino que el mismo Pedro tuvo que
vérselas con su debilidad, recibiendo la amarga profecía de la negación. Al elegir a
hombres como los Doce, Cristo no se hacía ilusiones: en esta debilidad humana fue donde
puso el sello sacramental de su presencia. La razón nos la señala Pablo: « llevamos
este tesoro en vasijas de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de
Dios y no de nosotros» (2 Co 4, 7). Por eso, a pesar de todas las fragilidades
de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Cristo, que
actúa a través de su ministerio. ¿Cómo no recordar, a este respecto, el testimonio
admirable del pobre de Asís? Él que, por humildad, no quiso ser sacerdote, dejó en su
testamento la expresión de su fe en el misterio de Cristo presente en los sacerdotes,
declarándose dispuesto a recurrir a ellos sin tener en cuenta su pecado, incluso aunque
lo hubiesen perseguido. « Y hago esto explicaba porque del Altísimo Hijo de
Dios no veo otra cosa corporalmente, en este mundo, que su Santísimo Cuerpo y su
Santísima Sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos administran a los otros» (Fuentes
Franciscanas, n. 113). 7. Desde este lugar en que Cristo
pronunció las palabras sagradas de la institución eucarística os invito, queridos
sacerdotes, a redescubrir el « don» y el « misterio» que hemos recibido. Para
entenderlo desde su raíz, hemos de reflexionar sobre el sacerdocio de Cristo.
Ciertamente, todo el pueblo de Dios participa de él en virtud del Bautismo. Pero el
Concilio Vaticano II nos recuerda que, además de esta participación común de todos los
bautizados, hay otra específica, ministerial, que es diversa por esencia de la primera,
aunque está íntimamente ordenada a ella (cf. Lumen Gentium, 10). Al sacerdocio
de Cristo nos acercamos desde una óptica particular en el contexto del Jubileo de la
Encarnación. Este nos invita a contemplar en Cristo la íntima conexión que existe entre
su sacerdocio y el misterio de su persona. El sacerdocio de Cristo no es « accidental»,
no es una tarea que Él habría podido incluso no asumir, sino que está inscrito en su
identidad de Hijo encarnado, de Hombre-Dios. Ya todo, en la relación entre la humanidad y
Dios, pasa por Cristo: « Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Por eso,
Cristo es sacerdote de un sacerdocio eterno y universal, del cual el de la primera Alianza
era figura y preparación (cf. Hb 9, 9). Él lo ejerce en plenitud desde que ha
sido exaltado como Sumo Sacerdote « a la diestra del trono de la Majestad en los cielos»
(Hb 8, 1). Desde entonces ha cambiado el mismo estatuto del sacerdocio en la
humanidad: ya no hay más que un único sacerdocio, el de Cristo, que puede ser
diversamente participado y ejercido. Sacerdos et Hostia 8. Al mismo tiempo, ha sido llevado a su
perfección el sentido del sacrificio, la acción sacerdotal por excelencia. Cristo en el
Gólgota ha hecho de su misma vida una ofrenda de valor eterno, ofrenda « redentora» que
nos ha abierto para siempre el camino de la comunión con Dios, interrumpida por el
pecado. Ilumina este
misterio la carta a los Hebreos, poniendo en labios de Cristo algunos versos del Salmo 40:
« Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... ¡He aquí que
vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40 [39],
7-9). Según el autor de la carta, estas palabras proféticas fueron pronunciadas por
Cristo en el momento de su venida al mundo. Expresan su misterio y su misión. Comienzan a
realizarse desde el momento de la Encarnación, si bien alcanzan su culmen en el
sacrificio del Gólgota. Desde entonces, toda ofrenda del sacerdote no es más que volver
a presentar al Padre la única ofrenda de Cristo, hecha una vez para siempre. Sacerdos et
Hostia. Sacerdote y Víctima. Este aspecto sacrificial marca profundamente la
Eucaristía y es, al mismo tiempo, dimensión constitutiva del sacerdocio de Cristo y, en
consecuencia, de nuestro sacerdocio. Volvamos a leer, desde esta perspectiva, las palabras
que pronunciamos cada día, y que resonaron por primera vez precisamente aquí, en el
Cenáculo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo que se entrega por
vosotros... Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de
la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para
el perdón de los pecados». Son las palabras transmitidas, con
redacciones sustancialmente convergentes, por los Evangelistas y por Pablo. Fueron
pronunciadas en este lugar al anochecer del Jueves Santo. Dando a los apóstoles su Cuerpo
como comida y su Sangre como bebida, Él expresó la profunda verdad del gesto que iba a
ser realizado poco después en el Gólgota. En el Pan eucarístico está el mismo Cuerpo
nacido de María y ofrecido en la Cruz: Ave verum
Corpus natum de Maria Virgine, vere
passum, immolatum in cruce pro homine. 9. ¿Cómo no
volver siempre de nuevo a este misterio que encierra toda la vida de la Iglesia? Este
sacramento ha alimentado durante dos mil años a innumerables creyentes. De él ha brotado
un río de gracia. ¡Cuántos santos han encontrado en él no sólo el signo, sino como
una anticipación del Paraíso! Dejémonos llevar por la inspiración
contemplativa, rica de poesía y teología, con la que Santo Tomás de Aquino ha cantado
el misterio en las palabras del Pange lingua. El eco de aquellas palabras me llega aquí
hoy, en el Cenáculo, como voz de tantas comunidades cristianas dispersas por el mundo, de
tantos sacerdotes, personas de vida consagrada y fieles, que cada día se postran en
adoración ante el misterio eucarístico: Verbum caro, panem verum verbo carnem
efficit, fitque
sanguis Christi merum, et, si sensus deficit, ad
firmandum cor sincerum sola fides sufficit. Haced
esto en memoria mía 10. El misterio eucarístico, en el que se
anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, es el
corazón de la vida eclesial. Para nosotros tiene, además, un significado verdaderamente
especial: es el centro de nuestro ministerio. Éste, ciertamente, no se limita a la
celebración eucarística, sino que también implica un servicio que va desde el anuncio
de la Palabra, a la santificación de los hombres a través de los sacramentos y a la
guía del pueblo de Dios en la comunión y en el servicio. Sin embargo, la Eucaristía es
la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce. Junto con ésta, ha
nacido nuestro sacerdocio en el Cenáculo. « Haced esto
en memoria mía» (Lc 22, 19): Las palabras de Cristo, aunque dirigidas a toda la
Iglesia, son confiadas, como tarea específica, a los que continuarán el ministerio de
los primeros apóstoles. A ellos Jesús entrega la acción, que acaba de realizar, de
transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, la acción con la que Él se
manifiesta como Sacerdote y Víctima. Cristo quiere que, desde ese momento en adelante, su
acción sea sacramentalmente también acción de la Iglesia por las manos de los
sacerdotes. Diciendo « haced esto» no sólo señala el acto, sino también el sujeto
llamado a actuar, es decir, instituye el sacerdocio ministerial, que pasa a ser, de este
modo, uno de los elementos constitutivos de la Iglesia misma. 11. Esta acción tendrá que ser realizada
« en su memoria». La indicación es importante. La acción eucarística celebrada por
los sacerdotes hará presente en toda generación cristiana, en cada rincón de la tierra,
la obra realizada por Cristo. En todo lugar en el que sea celebrada la Eucaristía, allí,
de modo incruento, se hará presente el sacrificio cruento del Calvario, allí estará
presente Cristo mismo, Redentor del mundo. « Haced esto en memoria mía». Volviendo
a escuchar estas palabras, aquí, entre las paredes del Cenáculo, viene espontáneo
imaginarse los sentimientos de Cristo. Eran las horas dramáticas que precedían a la
Pasión. El evangelista Juan evoca los momentos de aflicción del Maestro que prepara a
los apóstoles para su propia partida. Cuánta tristeza en sus ojos: « por haberos dicho
esto vuestros corazones se han llenado de tristeza» (Jn 16, 6). Pero Jesús los
tranquiliza: « no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14, 18). Si
bien el misterio de la Pascua los apartará de su mirada, Él estará, más que nunca,
presente en su vida, y lo estará « todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,
20). Memorial que se actualiza 12. Su presencia tendrá muchas
expresiones; pero, ciertamente, la más sublime será precisamente la de la Eucaristía:
no un simple recuerdo, sino « memorial» que se actualiza; no vuelta simbólica al
pasado, sino presencia viva del Señor en medio de los suyos. De ello será siempre
garante el Espíritu Santo, cuya efusión en la celebración eucarística hace que el pan
y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es el mismo Espíritu que en
la noche de Pascua, en este Cenáculo, fue « exhalado» sobre los apóstoles (cf. Jn 20,
22), y que los encontró todavía aquí, reunidos con María, el día de Pentecostés.
Entonces los envolvió como viento impetuoso y fuego (cf. Hch 2, 1-4) y los
impulsó a ir por todas las direcciones del mundo, para anunciar la Palabra y reunir al
pueblo de Dios en la « fracción del pan» (cf. Hch 2, 42). 13. A los dos mil años del nacimiento de
Cristo, en este Año Jubilar, tenemos que recordar y meditar, de modo especial, la verdad
de lo que podemos llamar su « nacimiento eucarístico». El Cenáculo es precisamente el
lugar de este « nacimiento». Aquí comenzó para el mundo una nueva presencia de Cristo,
una presencia que se da ininterrumpidamente donde se celebra la Eucaristía y un sacerdote
presta a Cristo su voz, repitiendo las palabras santas de la institución. Esta presencia eucarística ha recorrido
los dos milenios de la historia de la Iglesia y la acompañará hasta el fin de la
historia. Para nosotros es una alegría y, al mismo tiempo, fuente de responsabilidad, el
estar tan estrechamente vinculados a este misterio. Queremos hoy tomar conciencia de él,
con el corazón lleno de admiración y gratitud, y con esos sentimientos entrar en el
Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La entrega del Cenáculo 14. Mis queridos hermanos sacerdotes, que
el Jueves Santo os reunís en las catedrales en torno a vuestros Pastores, como los
presbíteros de la Iglesia que está en Roma se reúnen en torno al Sucesor de Pedro,
¡acoged estas reflexiones, meditadas en la sugestiva atmósfera del Cenáculo! Sería
difícil encontrar un lugar que pueda recordar mejor el misterio eucarístico y, a la vez,
el misterio de nuestro sacerdocio. Permanezcamos fieles a esta « entrega»
del Cenáculo, al gran don del Jueves Santo. Celebremos siempre con fervor la Santa
Eucaristía. Postrémonos con frecuencia y prolongadamente en adoración delante de
Cristo Eucaristía. Entremos, de algún modo, « en la escuela» de la Eucaristía. Muchos
sacerdotes, a través de los siglos, han encontrado en ella el consuelo prometido por
Jesús la noche de la Última Cena, el secreto para vencer su soledad, el apoyo para
soportar sus sufrimientos, el alimento para retomar el camino después de cada desaliento,
la energía interior para confirmar la propia elección de fidelidad. El testimonio que
daremos al pueblo de Dios en la celebración eucarística depende mucho de nuestra
relación personal con la Eucaristía. 15. ¡Volvamos
a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro
a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la
más solemne de la asamblea dominical. Que crezca, gracias a vuestro trabajo apostólico,
el amor a Cristo presente en la Eucaristía. Es un compromiso que asume una relevancia
especial en este Año Jubilar. Mi pensamiento se dirige al Congreso Eucarístico
Internacional, que se desarrollará en Roma del 18 al 25 de junio próximo, y tendrá como
tema Jesucristo, único salvador del mundo, pan para nuestra vida. Será un
acontecimiento central del Gran Jubileo, que ha de ser un « año intensamente
eucarístico» (Tertio millennio adveniente, 55). Este Congreso pondrá de
manifiesto precisamente la íntima relación entre el misterio de la Encarnación del
Verbo y la Eucaristía, sacramento de la presencia real de Cristo. Os envío desde el Cenáculo el abrazo
eucarístico. Que la imagen de Cristo, rodeado por los suyos en la Última Cena, nos
lleve, a cada uno de nosotros, a un dinamismo de fraternidad y comunión. Grandes pintores
se han consolidado delineando el rostro de Cristo entre sus apóstoles en la escena de la
Última Cena; ¿cómo olvidar la obra maestra de Leonardo? Pero sólo los santos, con la
intensidad de su amor, pueden penetrar en la profundidad de este misterio, apoyando como
Juan la cabeza en el pecho de Jesús (cf. Jn 13, 25). Aquí nos encontramos, en
efecto, en la cima del amor: « habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo». 16. Quiero concluir esta reflexión, que
con afecto entrego a vuestro corazón, con las palabras de una antigua oración: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos diste a conocer por medio de
Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Así como este trozo de pan estaba disperso por los montes y reunido se ha hecho uno, así también reúne a tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu
reino [...] Tú, Señor omnipotente, has creado el universo a causa de tu
Nombre, has dado a los hombres alimento y bebida para su disfrute, a fin de que te den gracias y, además, a nosotros nos has concedido la gracia de un alimento y bebida espirituales y de vida eterna por medio de tu siervo
[...] A ti la gloria por los siglos» (Didaché 9, 3-4; 10, 3-4). Desde el Cenáculo, queridos hermanos en el
sacerdocio, os abrazo espiritualmente a todos y os bendigo con todo mi corazón. Jerusalén, 23 de marzo de 2000.
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