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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:56
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JUEVES SANTO DE 2004
Queridos sacerdotes: 1. Os escribo con alegría y afecto con ocasión del Jueves Santo,
siguiendo una tradición iniciada en la primera Pascua como Obispo de Roma, hace ahora
veinticinco años. Este contacto epistolar, que tiene un carácter especial de hermandad
por la participación común en el Sacerdocio de Cristo, se sitúa en el contexto
litúrgico de este día santo, marcado por dos ritos significativos: la Misa Crismal por
el mañana y la Misa in Cena Domini por la tarde. Pienso en vosotros, reunidos en las Catedrales de vuestras Diócesis, en
torno a los respectivos Ordinarios, para renovar las promesas sacerdotales. Este rito tan
elocuente tiene lugar antes de la bendición de los Santos Óleos, en particular el del
Crisma, y encaja bien en dicha celebración, que pone de relieve la imagen de la Iglesia,
pueblo sacerdotal santificado por los Sacramentos y enviado a difundir en el mundo el
suave aroma de Cristo, el Salvador (cf. 2 Co 2,14-16). Al atardecer, os veo entrar en el Cenáculo para iniciar el Triduo
pascual. Jesús nos invita a volver cada Jueves Santo precisamente a aquella «sala
grande» en el piso superior (Lc 22,12), y ahí es donde quiero encontrarme con
vosotros, queridos hermanos en el Sacerdocio. En la Última Cena hemos nacido como
sacerdotes. Por eso es bello y obligado encontrarnos en el Cenáculo, compartiendo la
conmemoración, llena de gratitud, de la alta misión que nos acomuna. 2. Hemos nacido de la Eucaristía. Lo que decimos de toda la Iglesia, es
decir, que «de Eucharistia vivit», como he querido recordar en la reciente
Encíclica, podemos afirmarlo también del Sacerdocio ministerial: éste tiene su origen,
vive, actúa y da frutos «de Eucharistia» (cf. Conc. Trid., Sess. XXII, can. 2:
DS 1752). «No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin
Eucaristía» (Don y misterio. Madrid 1996, 95). El ministerio ordenado, que nunca puede reducirse al aspecto funcional,
pues afecta al ámbito del «ser», faculta al presbítero para actuar in persona
Christi y culmina en el momento en que consagra el pan y el vino, repitiendo los
gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena. Ante esa realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos:
¡Con cuánta condescendencia humilde ha querido Dios unirse al hombre! Si estamos
conmovidos ante el pesebre contemplando la encarnación del Verbo, ¿qué podemos sentir
ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres
manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de
la fe. 3.« Mysterium fidei», proclama el sacerdote después de la
consagración. Misterio de la fe es la Eucaristía, pero, como consecuencia, concierne
también al Sacerdocio (cf. Don y misterio, pp. 89s.). El misterio de
santificación y amor, obra del Espíritu Santo, por el cual el pan
y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, actúa también en la persona
del ministro en el momento de la ordenación sacerdotal. Hay, pues, una reciprocidad
específica entre la Eucaristía y el Sacerdocio, que se remonta hasta el Cenáculo: se
trata de dos Sacramentos nacidos juntos y que están indisolublemente unidos hasta el fin
del mundo. Estamos ante lo que he llamado la
«apostolicidad de la Eucaristía» (cf. Carta enc. Ecclesia de Eucharistia,
26-33). El Sacramento eucarístico como el de la Reconciliación ha sido
confiado por Cristo a los Apóstoles y transmitido por ellos y sus sucesores de
generación en generación. Al comenzar su vida pública, el Mesías llamó a los Doce,
los instituyó «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc
3,14-15). En la Última Cena, el «estar con» Jesús tuvo su culmen en los Apóstoles. Al
celebrar la Cena pascual e instituir la Eucaristía, el divino Maestro cumplió su
vocación. Al decir: «Haced esto en conmemoración mía» puso el cuño eucarístico en
su misión y, uniéndolos consigo en la comunión sacramental, los encargó de perpetuar
aquel gesto santo. Mientras pronunciaba aquellas palabras:
«Haced esto...», pensaba también en los sucesores de los Apóstoles, que habrían de
prolongar su misión, distribuyendo el alimento de vida hasta los extremos confines del
tierra. Así, queridos hermanos sacerdotes, en el Cenáculo hemos sido en cierto modo
llamados personalmente, uno a uno, «con amor de hermano» (Prefacio de la Misa Crismal),
para recibir de las manos santas y venerables del Señor el Pan eucarístico, que se ha
partir como alimento del Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo hacia la Patria. 4. La Eucaristía, como el Sacerdocio, son
un regalo de Dios, «que supera radicalmente el poder de la asamblea» y que ésta
«recibe por la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles» (Carta enc. Ecclesia
de Eucharistia, 29). El Concilio Vaticano II enseña que «el sacerdote ministerial,
por el poder sagrado de que goza [...], realiza como representante de Cristo el sacrificio
eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo» (Const. dogm. Lumen
Gentium, 10). La asamblea de los fieles, unida en la fe y en el Espíritu, se
enriquece con múltiples dones y, aun siendo el lugar donde Cristo «está siempre
presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos» (Const. Sacrosanctum
Concilium, 7), no puede por sí sola ni «realizar» la Eucaristía ni «darse» el
ministro ordenado. Por tanto, el pueblo cristiano tiene buenos motivos para, por un lado,
dar gracias Dios por el don de la Eucaristía y el Sacerdocio y, por otro, rogar
incesantemente para que no falten sacerdotes en la Iglesia. El número de presbíteros
nunca es suficiente para afrontar las exigencias crecientes de la evangelización y del
cuidado pastoral de los fieles. Su escasez se nota hoy especialmente en algunas partes del
mundo, porque disminuyen los sacerdotes sin que haya un suficiente reemplazo generacional.
Gracias a Dios, en otras partes está despuntando una prometedora primavera vocacional.
Así pues, ha de aumentar en el Pueblo de Dios la conciencia de tener que orar y actuar
diligentemente en favor de las vocaciones al Sacerdocio y a la Vida consagrada. 5. Sí, las vocaciones son un don de Dios
que se ha de suplicar continuamente. Siguiendo la invitación de Jesús, hay que rogar
ante todo al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies (cf. Mt 9,37-38).
La oración, reforzada con el ofrecimiento silencioso del sufrimiento, es el primero y
más eficaz medio de la pastoral vocacional. Orar es mantener la mirada fija en
Cristo, con la confianza de que de Él mismo, único Sumo Sacerdote, y de su entrega
divina, manan abundantemente, por la acción del Espíritu Santo, los gérmenes de
vocación necesarios en cada momento para la vida y la misión de la Iglesia. Quedémonos en el Cenáculo contemplando al Redentor que, en la Última
Cena, instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. En aquella noche santa Él ha llamado
por su nombre, a los sacerdotes de todos los tiempos. Su mirada se ha dirigido a cada
uno, una mirada afectuosa y premonitoria, como la que se detuvo sobre Simón y Andrés,
Santiago y Juan, sobre Natanael cuando estaba bajo la higuera o sobre Mateo, sentado en el
despacho de los impuestos. Jesús nos ha llamado y, por los medios más diversos, sigue
llamando a otros muchos para que sean sus ministros. Cristo, desde el Cenáculo, no se cansa de buscar y de llamar: éste es
el origen y la fuente perenne de la auténtica pastoral de las vocaciones sacerdotales.
Hermanos, sintámonos sus primeros responsables, dispuestos a ayudar a quienes Él quiera
asociar a su Sacerdocio, para que respondan generosamente a su invitación. No obstante, más que cualquier otra
iniciativa vocacional, es indispensable nuestra fidelidad personal. En efecto, importa
nuestra adhesión a Cristo, el amor que sentimos por la Eucaristía, el fervor con que la
celebramos, la devoción con que la adoramos, el celo con que la dispensamos a los
hermanos, especialmente a los enfermos. Jesús, Sumo Sacerdote, sigue invitando
personalmente a obreros para su viña, pero ha querido necesitar de nuestra cooperación
desde el principio. Los sacerdotes enamorados de la Eucaristía son capaces de comunicar a
chicos y jóvenes el «asombro eucarístico» que he pretendido suscitar con la encíclica
Ecclesia de Eucharistia (cf. n. 6). Precisamente son ellos quienes generalmente atraen
de este modo a los jóvenes hacia el camino del sacerdocio, como podría demostrar
elocuentemente la historia de nuestra propia vocación. 6. Precisamente en esta perspectiva, queridos hermanos sacerdotes, junto
con otras iniciativas, cuidad especialmente de los monaguillos, que son como un
«vivero» de vocaciones sacerdotales. El grupo de acólitos, atendidos por vosotros
dentro de la comunidad parroquial, puede seguir un itinerario valioso de crecimiento
cristiano, formando como una especie de pre-seminario. Educad a la parroquia, familia de
familias, a que vean en los acólitos a sus hijos, «como renuevos de olivo» alrededor de
la mesa de Cristo, Pan de vida (cf. Sal 127,3). Aprovechando la colaboración de las familias más sensibles y de los
catequistas, seguid con solicitud al grupo de los acólitos para que, mediante el servicio
del altar, cada uno de ellos aprenda a amar cada vez más al Señor Jesús, lo reconozca
realmente presente en la Eucaristía y aprecie la belleza de la liturgia. Todas las
iniciativas en favor de los acólitos, organizadas en el ámbito diocesano o de las zonas
pastorales, deben ser promovidas y animadas, teniendo siempre en cuenta las diversas fases
de edad. En los años de ministerio episcopal en Cracovia he podido apreciar lo provechoso
que es dedicarse a su formación humana, espiritual y litúrgica. Cuando niños y
adolescentes desempeñan el servicio del altar con alegría y entusiasmo, ofrecen a sus
coetáneos un elocuente testimonio de la importancia y belleza de la Eucaristía. Gracias
a la gran sensibilidad imaginativa propia de su edad, y con las explicaciones y el ejemplo
de los sacerdotes y de los compañeros mayores, también los más pequeños pueden crecer
en la fe y apasionarse por las realidades espirituales. En fin, no olvidéis que los primeros «apóstoles» de Jesús, Sumo
Sacerdote, sois vosotros mismos: vuestro testimonio cuenta más que cualquier otro medio o
subsidio. En la regularidad de las celebraciones dominicales y diarias, los acólitos se
encuentran con vosotros, en vuestras manos ven «realizarse» la Eucaristía, en vuestro
rostro leen el reflejo del Misterio, en vuestro corazón intuyen la llamada de un amor
más grande. Sed para ellos padres, maestros y testigos de piedad eucarística y santidad
de vida. 7. Queridos hermanos sacerdotes, vuestra peculiar misión en la Iglesia
exige que seáis «amigos» de Cristo, contemplando asiduamente su rostro y acudiendo
dócilmente a la escuela de María Santísima. Orad constantemente, como exhorta el
Apóstol (cf. 1 Ts 5,17), e invitad a los fieles a rezar por las vocaciones, por la
perseverancia de los llamados a la vida sacerdotal y por la santificación de todos los
sacerdotes. Procurad que vuestras comunidades amen cada vez más el «don y misterio» tan
singular que es el Sacerdocio ministerial. En el clima de oración del Jueves Santo me vienen a la mente algunas
invocaciones de las letanías de Jesús, Sacerdote y Víctima (cf. Don y misterio,
pp. 121-124), que recito desde hace muchos años con gran provecho espiritual. Iesu, Sacerdos et
Víctima, Iesu, Sacerdos qui in
novissima Cena formam sacrificii perennis instituisti, Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte, Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum Deo oblationem et
hostiam, miserere nobis! Ut pastores secundum cor tuum populo tuo providere digneris, ut in messem tuam operarios fideles mittere digneris, ut fideles mysteriorum tuorum dispensatores multiplicare
digneris, Te rogamus, audi nos! 8. Confío a cada uno de vosotros y vuestro ministerio cotidiano a la
Madre de los sacerdotes. En el rezo del Rosario, el quinto misterio de la luz nos
lleva a contemplar con los ojos de María el don de la Eucaristía, a sentir asombro ante
el amor «hasta el extremo» (Gv 13,1) que Jesús manifestó en el Cenáculo y ante
la humildad de su presencia en cada Sagrario. Que la Santísima Virgen os alcance la
gracia de no caer nunca en la rutina del Misterio puesto en vuestras manos. Dando gracias
continuamente al Señor por el don extraordinario de su Cuerpo y de su Sangre, podréis
perseverar fielmente en vuestro ministerio sacerdotal. Y Tú, Madre de Cristo, Sumo Sacerdote, intercede siempre para que en la
Iglesia haya numerosas y santas vocaciones, fieles y generosos ministros del altar. Queridos hermanos sacerdotes, a vosotros y a vuestras Comunidades os
deseo una Santa Pascua, a la vez que os bendigo de corazón. Vaticano, 28 de marzo, V domingo de Cuaresma, del año 2004, vigésimo
sexto de Pontificado.
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