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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:22
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«Papam Habemus» Benedicto XVI continúa una aventura y una experiencia sin igual en las
dinastías humanas. Esas 265 personas, que son a la vez papas, pastores y soberanos,
constituyen la más extraña, anómala, contradictoria y misteriosa monarquía de la
historia. Este III milenio está cargado de temores, incógnitas, sorpresas y
esperanzas. Pues el futuro pertenece a la Iglesia, garantizado por las palabras de Cristo:
Sobre ti fundaré mi Iglesia. Ninguna monarquía es tan larga. Los papas, buenos y malos, santos y
pecadores, se suceden desde hace 2000 años. Se mezclan los signos de vejez, la usura de estructuras, el cansancio de
los amigos, los enemigos a afrontar, la búsqueda de coherencia, sencillez,
desprendimiento, el distanciamiento de políticas sin pereza o neutralidad culpable, el
servicio a todos sobre todo a los pobres. La historia, con estímulos grandes o saltos
brutales, va empujando a los papas a nuevas formas de ejercicio pastoral. El Papa es parte de la Iglesia. No un patrón indiscutible ni un
mandatario sin oposición. Su misión es confirmar a sus hermanos en la fe. Expresa el
patrimonio de toda la Iglesia, y la Iglesia entera se expresa en él. La cabeza de la
Iglesia es Cristo, no el papa. Papa y papado son sólo instrumentos de la evangelización
y redención. El papa es el hermano mayor de todos los cristianos, y el papá de la gran
familia. Cada papa es determinante para la Iglesia de modo diverso. En una
sociedad nueva, el signo de la novedad cristiana lo da el pontificado. Acoge las
exigencias legítimas, las necesidades espirituales, las expectativas y esperanzas. Es el
Espíritu Santo quien va conduciendo la Iglesia, a través del papado. Por encima de
ideologías y políticas humanas, es el signo de Cristo supremo pastor. En una serie de 265 papas, sólo 6 ó 7 han sido indignos. Si hubieran
sido sólo príncipes temporales, nadie se fijaría en sus delitos. Pero se sentaron en el
trono inmaculado. Ni cuándo los indignos lleguen a igualarse a un Napoleón, un Hitler,
un Bush o un Pedro el Grande. A unos les achacan culpas cometidas antes del Pontificado. A otros se les
culpa por su firmeza y constancia en defender los derechos de la Iglesia, la doctrina o la
moral católica. O por privilegiar a parientes y amigos. Los indignos subieron al trono papal cuando las acciones formaron parte
en la elección, los mandatarios se entrometieron por sus intereses particulares, se
toleraron para evitar mayores males de cisma o de guerra. Pasan de 60 los que han tenido el heroísmo de dar la vida por Cristo, en
una congruencia de vida. No hay nación que una en su jefe político la popularidad con la
firmeza, la fe con la habilidad diplomática, la piedad con la justicia, la austeridad con
la intrepidez creativa, la humildad con la sabiduría. Quienes dicen que es mucho el aparato externo en vestiduras y ceremonias
no han ponderado los actos cívicos y políticos de sus países, los hijos de bailes y
banquetes, y las campañas electorales y movimientos de presión social. No son los más
generosos, ni respetuosos, ni solidarios con los necesitados. Oremos por el papa Benedicto XVI para que soporte la dura carga que se ha
depositado en sus débiles espaldas, y pueda conducir la Iglesia a por los caminos de
Dios. Los periodistas presentan los hechos, y desde su óptica examinan las
instituciones, lagunas, éxitos y simpatías. Los cristianos se consideran parte
integrante de la comunidad de discípulos de Cristo, congregados en una comunión de fe y
disciplina. Forman ese signo visible y concreto de su veracidad. No juzguemos desde fuera,
sino comprendiendo su interior. Cristo confió su Iglesia a hombres de todos los tiempos, y abierta a
todos, carga sus pecados. Con todo, siempre ha dado testimonio fiel del Señor. Ha
permitido el encuentro entre la historia de la humanidad y la historia de la salvación.
Lo que aparece externamente no agota su realidad. El papado, pese a sus fallas, ha sido fiel a su misión: dar a conocer
auténticamente a Cristo y poner en contacto con El. Se le debe juzgar, no por su
simpatía y popularidad, sino por su misión. Su fidelidad es el signo de la presencia y
acción divina. No habría pueblo de Dios si no hubiera quien lo reuniera, instruyera y
santificara. El pueblo, en virtud de las instituciones, por defectuosas que sean, es el
terreno donde germinan los santos, pequeños y grandes, conocidos y desconocidos. Son los
instrumentos privilegiados del Espíritu Santo para mantener la iglesia en su camino
vocacional, con eficacia. Agradecemos el don del Papa, y nos comprometemos a construir con él una
Iglesia viva en este siglo XXI. Deberá mantener la identidad de la Iglesia, dialogar con
el mundo, avanzar hacia la unidad y la paz, formar la gran familia que Cristo quiere hoy.
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