Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:38

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¿ES NECESARIO
UN ESTADO VATICANO?

El Papa es el jefe universal de la Iglesia católica dispersa por todo el mundo, maestro auténtico de la fe y pastor espiritual.

Se requiere que tenga completa libertad en el desempeño de su ministerio. Que no se sienta condicionado para condenar lo que es falso, para establecer a los obispos en las diócesis, para que los fieles de cualquier nación puedan dirigirse a él libremente.

Dependiendo de otro, no podría contrariar las miras, intereses o estrategias de ese país. Posiblemente las cámaras o instituciones le impidan o limiten publicar sus decretos para toda la humanidad, aludiendo el principio de no-intervención y el derecho de la soberanía popular.

El Papa no busca contentar a los hombres sino a Dios. A conciencia, debe obrar muchas veces contra lo que determinen los poderosos. Y siempre se buscarán motivos políticos para impedir su opinión, vigilancia u orientación. Que no sea ni asalariado, ni cautivo de nadie.

En tiempos de guerra ¿Cómo podría mantenerse neutral, para entender a una y otra parte beligerante, si vive en un país implicado? No podría ejercer sus derechos si no fuera independiente de los jefes de gobierno. Se expondría a aprehensiones, encarcelamientos, violencias, silenciamientos, campañas publicitarias de boicot o ridiculización, etc.

Le ayudan en el gobierno de la Iglesia muchas personas e instituciones, con una compleja red de actividades y relaciones. Cualquier embajador pide inmunidad dentro del territorio donde está acreditado. Para administrar la Evangelización de todas las naciones, el Papa requiere un espacio propio de libertad.

Así, toda la Iglesia se asegura que el Papa es su padre y pastor en la realidad. Que los gobiernos no manipulan los cónclaves. Que los documentos del papa no son maniobras del Estado que lo hospeda. No residiendo en país de nadie, tiene una balanza igual para todos los pueblos.

Frente a desconfianzas y oposiciones, goza de una atmósfera más libre, par no despertar sospechas, ni mezclarse en asuntos parciales, ni dar contradecretos, sino actuar libremente. Su obligación es confirmar en la verdad.

Los países no crearon el Estado Vaticano; ya le encontraron constituido, no le donaron sus terrenos ni le crearon sus títulos. La unidad de la Iglesia pide ese territorio:

- Por la independencia de que debe gozar el Papa para ejercer su misión.

- Por las múltiples necesidades de los pueblos en un mundo interdependiente y complejo.

- Por la universalidad e índole espiritual del poder pontificia.

- Por el bien de la sociedad, para robustecer los principios éticos.

- Por el relativismo y materialismo actual que todo rechaza.

- Por la confusión doctrinal que exige proclamar la verdad.

- Por la avanzada comunicación que requiere evangelización adecuada.

- Porque la práctica cristiana pide autonomía de gobiernos y científicos.

- Porque el Evangelio no está bajo censura policíaca o interreligiosa.

Aunque no pertenezca a la fe, es un derecho natural y adquirido que debe respetarse. Por los principios de justicia, propiedad y orden, que van contra el fraude, la impostura, la hipocresía, la injusticia.

Los católicos, lo quieran o no, son sus hijos espirituales. No da la vida a los cuerpos, pero regenera sus almas. Será parricidio y latrocinio querer despojarle de ese espacio de libertad.

De los medios con que Dios guía a sus Iglesia, ninguno es de fe, todos dependen de la libre disposición del Señor, pero no hay ninguno que, elegido por Dios, no sea necesario. Si nos dicen que el pan no es necesario y nos lo quitan, nos hacen una injuria. El capricho o la conveniencia no son criterios para valorar.

La comunión con todo el mundo como jefe de la cristiandad pide espacio de libertad. Puede así publicar sus alocuciones, análisis, interponer mediaciones, buscar espacios imparciales de diálogo.

No puede pretextarse que las actuales democracias revolucionarias garantizarían sus derechos. Su historia está llena de despojos a la Iglesia, expulsiones del clero, prohibición de reunirse, censura de sus escritos, intimidación a los agentes de pastoral. Son concedidos más derechos a prostitutas, homosexuales, pornógrafos y delincuentes que a la Iglesia católica. Y han dejado que la corrupción e inmoralidad los invadan y hasta se legitime. No podría vivir el papa a expensas de eventuales concesiones.

Se secularizó el matrimonio; con el laicismo se introdujo el ateísmo práctico; con la libertad se suprimió el fuero eclesiástico, se prohibió la enseñanza religiosa, se aceptaron las sectas proselitistas, se atacaron los dogmas, se erotizó a los jóvenes y se lavó el cerebro a las masas.

En los tiempos primitivos, la Iglesia se reducía a un pequeño número de fieles perseguidos. Ahora se compone de naciones enteras cristianizadas, y otras en proceso de misión. Dios la va haciendo avanzar según su voluntad, no de acuerdo al capricho humano. Todo gobierno va perfeccionándose y purificándose.

Nadie tiene autoridad en el mundo para legitimar lo ilícito. El papa no es infalible en cuestiones de gobierno; pero sí al decidir si algo es cristiano o no, moral o inmoral. El mismo bebe ser fiel al Evangelio, que la Iglesia ha transmitido y custodiado.

Al ave le pesan las alas, pero sin alas no puede volar. El avión debe cargar toneladas de combustible que pesan, peor no podría volar sin combustible. Al papa le agrava la carga de ser jefe del Estado Vaticano, pero garantiza a la Santa Sede la independencia política, material y financiera frente a los demás poderes temporales.

LAS PROFECIAS DE MALAQUIAS

A la muerte y elección de cada Papa, siempre salen a la luz las previsiones de Malaquías.

Malaquías fue un monje irlandés de la Orden Cisterciense (benedictinos reformados), que vivió entre el 1094 y el 1048.

Escribió uno de los best-seller más famosos, citados e interpretados de todos los tiempos por las profecías que ahí pone: la obra «De Summi Pontifici».

En una azarosa noche, San Pedro le salva de un peligro, y le revela los 112 papas que sucederán a Celestino II, cada uno con un título latino que revela su origen, características, aventuras y desventuras, méritos y lagunas. La lista se cierra con Pedro II.

Veamos lo que dice de los últimos Papas.

Pío IX, «crux de cruce»: sus tribulaciones por el fin del poder temporal y la ruptura en Puerta Pía en 1870.

León XIII, «lumen coeli»: en el escudo de Pecci resplancede un cometa.

Pío X, «ignis ardens»: con gran celo combatió el modernismo, promovió el culto eucarístico, y lloró la guerra mundial a su muerte.

Benedicto XV, «religio depopulata»: gran masacre de la primera guerra mundial denunciada como inútil.

Pío XI, «fides intrepida»: sus conflictos con los regímenes ateos: comunismo, nacionalismo nazi y fascista.

Pío XII, «pastor angelicus»: hieratismo y atractivo sacro del aristocrático papa Pacelli.

Juan XXIII, «pastor et nauta»: llegó a la Cátedra de Pedro desde el mar (Venecia).

Pablo VI, «flos florum»: tres lirios adornaban su escudo papal.

Juan Pablo I, «de medietate lunae»: la brevedad de su pontificado (un período lunar).

Juan Pablo II, «de labore solis»: su trabajo intensivo por todos los meridianos del mundo.

Benedicto XVI, «gloriae olivae»: supuestamente su trabajo por la paz.

Pedro Romano sería el último papa, al menos de esta serie: «apacentará sus ovejas enmedio de muchas tribulaciones, y una vez que los obstáculos hayan sido destruidos, el Tremendo Juez juzgará a su pueblo. Amén».

Es simplemente un libro popular enigmático, que ya superó el tiempo previsto (año 2000).

Ciertamente se ha requerido imaginación para hacer coincidir el título con la persona y obra del papa, posible sólo hasta la muerte del mismo.