Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:36

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EL CONCLAVE

La Iglesia no es una sociedad de este mundo. En ella no hay «destape» del candidato a suceder al Papa, ni se hacen campañas para lanzarse al Pontificado, con promesas que motiven la elección.

El Papado es una extraña monarquía, que no se da por sucesión dinástica ni funcional, sino por un acto eclesial de discernimiento llamado Cónclave, mientras toda la Iglesia está en oración.

Los cardenales se encierran y, en ambiente de oración y reflexión, descubren a quién elige Dios para llevar el timón de la Iglesia. Se hace bajo llave, sin consejeros, sin celulares, sin comunicación con el exterior, para evitar consignas, ingerencias y presiones.

Esta es una acción de capital importancia para la Iglesia y para el mundo. Sobre el juicio de esos hermanos y padres, recae la responsabilidad de discernir a quién elige Dios para ser el sucesor de Pedro y del añorado Papa recientemente fallecido o retirado.

Los papas de los primeros dos siglos se eligieron en la  clandestinidad, a causa de la persecución. El clero y el pueblo, al elegirlo, sabían bien que el Estado, en cuanto supiera que era jefe de los cristianos, buscaría aprisionarlo o matarlo.

Tras la libertad constantiniana, se hacía la elección en un día de fiesta, en asamblea popular en Roma, entre oraciones y cantos, hasta lograr una mayoría absoluta.

Pero pronto quisieron controlar el proceso el emperador, el senado romano o la comuna, desplazando al pueblo.

Por eso el Papa fue designando a algunos miembros del clero romano para que fueran electores a su muerte, y se les llamó «cardenales». Tienen funciones en las principales iglesias de Roma, y auxilian al Papa en sus tareas de gobierno de la Iglesia.

Nicolás II, en 1059, decretó que sólo votaran los cardenales obispos. Aunque podría ser elegido papa cualquier obispo, sacerdote, diácono, e incluso no clérigo.

Alejandro III, en 1179, extendió el voto también a los cardenales diáconos y presbíteros.

Eran siglos difíciles, tempestuosos y violentos, llenos de desacuerdos y conflictos. Por eso, se reunían en monasterios, palacios episcopales o iglesias, y se encerraban bajo llave («cum-clave» designa la llave que cierra el recinto impenetrable).

Al principio, sólo se encerraban durante las sesiones; después, todo el tiempo. El período en el cual no hay papa se denomina «Sede vacante».

El primer cónclave en sentido propio fue en Perusia en 1216, para la elección de Cencio Savelli (Honorio III), a la muerte de Inocencio III.

En Viterbo, de 1268 a 1271, tras 62 tempestuosas sesiones, presionados porque se les quitó el techo y se les racionó la comida, eligieron a Gregorio X. Este decretó el absoluto aislamiento y rapidez en las consultas, con la protesta de los príncipes y reyes.

Siglo tras siglo, los papas debieron intervenir para cancelar inmiscuciones indebidas. Apoyando a algún candidato, procuraban sacar ventaja política.

En la edad oscura de la Iglesia, las familias más poderosas y violentas de Roma (Colonna, Orsini, Tusculo, Segni) y la nobleza romana, estaban acostumbradas a imponer o quitar emperadores y reyes, y querían hacer lo mismo con el papa.

Más tarde, los emperadores católicos y los reyes cristianos (como Francia y España) se sentían con derechos, por lo menos para vetar a un elegido. El último veto fue para Pío X, rechazado. El mismo decretaría pena de excomunión para quien intervenga.

Pablo VI excluyó como electores y elegibles a los cardenales mayores de 80 años. Para asegurar el aislamiento y la seguridad, prohibió grabadoras, teléfonos, periódicos, revistas, radios, e incluyo revisión de correo y de personas.

El cardenal camarlengo convoca a los cardenales, al menos 15 días antes de entrar en clausura (a un mes de la muerte del papa). Las sesiones se realizan en la Capilla Sixtina. Las habitaciones y comidas son muy sencillas. Juan Pablo II aligeró esta clausura total.

Al sonar la campana, una vez que salen los secretarios, el «gobernador del cónclave» (de la familia Chigi) cierra y sella la puerta. Sólo se pasará por ella por emergencia de salud o para llevar la comida, hasta que haya sido elegido por consenso un nuevo papa.

Cada cardenal jura ante Dios elegir al más idóneo. En los escrutinios, cada elector pasa frente a todos a dejar su ficha en la urna. Debe haber mayoría de dos tercios más uno. Juan Pablo II previó la forma de agilizar los escrutinios y la votación.

Al final de cada sesión se queman las fichas de la votación. Cuando no hay mayoría absoluta, se les revuelve paja, y sale humo negro por la chimenea.

Hay elección «por cuasi inspiración» cuando la gran mayoría, sin consulta previa, antes de la votación, coincide en un candidato.

La elección «por compromiso» se tiene cuando, tras clarificar todos los aspectos del caso y los eventuales candidatos, se encomienda a un grupo la elección.

En cuanto sale electo un nuevo papa, se le pregunta el nombre que ha de llevar. La costumbre de cambiar nombre, sin menospreciar la dignidad del nombre impuesto en el Bautismo, inició en 983, para significar la muerte al mundo y el total nacimiento para Dios.

Revestido de los ornamentos pontificales, recibe homenaje de obediencia de cada uno de los cardenales.

Se queman las fichas de la votación, y el humo blanco anuncia al pueblo que ya hay papa.

El cardenal diácono asoma al balcón de la fachada de San Pedro y anuncia: «Nuntio vobis gaudium magnum: papam habemus» (Anuncio a todos ustedes una gran alegría: ya tenemos Papa) y dice el nombre.

Entonces aparece el elegido, que da la bendición «urbe et orbe»: a Roma y al mundo entero.

Así sobrevive la promesa de Cristo a Pedro: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Un poder, nacido de la fe y del amor, pero de institución divina.

Durante el Cónclave, todas las comunidades cristianas que en el mundo entero constituyen la Iglesia universal, se ponen en oración, ofrecen el memorial eucarístico (el Misal tiene un formulario de Misa por la elección del Papa), y hacen especiales rogativas.

Pedimos que los cardenales escojan al mejor, al hombre de Dios que pueda responder a los retos del mundo de hoy. Una misión de esta naturaleza requiere la ayuda divina, la luz del Espíritu Santo. Que el Señor conceda a su Iglesia un Pastor según su corazón.

PAPAS CON EL NOMBRE DE ANTIPAPAS

Diez Papas eligieron a propósito el nombre del antipapa que les precedió, o los combatió, o les siguió, para demostrar su ilegitimidad:

1. Honorio II (1124-1130) (el antipapa 1061-1072).

2. Celestino II (1143-1144) (el antipapa 1124).

3. Gregorio VIII (1187) (el antipapa 1118-1121).

4. Clemente III (1187-1191) (el antipapa 1080-1098).

5. Inocencio III (1198-1216) (antipapa 1179-1180).

6. Nicolás V (1447-1455) (el antipapa 1328-1330).

7. Calixto III (1455-1458) (el antipapa 1168-1178).

8. Clemente VII (1523-1534) (antipapa 1378-1394).

9. Benedicto XIII (1724-1730) (antipapa 1394-1423).

10. Juan XXIII (1958-1963) (el antipapa 1410-1415).

Otros tomaron el nombre de un antipapa que ni siquiera como tal fue reconocido por la Iglesia:

Clemente VIII (1592-1605) (el antipapa 1423-1429).

Benedicto XIV (1740-1758) (el antipapa 1425-1430).