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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:02
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Benito significa: En 1980 el Santo Padre Juan Pablo II nombró a San Benito como patrono de
toda Europa, en el 15º. Centenario de su nacimiento, porque ha sido el santo que más
influencia ha tenido quizás en ese continente, por medio de la Comunidad de religiosos
que fundó, y por medio de sus maravillosos escritos y de sus sabias enseñanzas. San Benito nació en Nursia (Italia, cerca de Roma) en el año 480. De
padres acomodados, fue enviado a Roma a estudiar filosofía y letras, y se nota que
aprendió muy bien el idioma nacional (que era el latín) porque sus escritos están
redactados en muy buen estilo. Todos los datos de su biografía los tomamos de la Vida de San Benito,
escrita por San Gregorio Magno, que fue monje de su comunidad benedictina. La ciudad de Roma estaba habitada por una mezcla de cristianos
fervorosos, cristianos relajados, paganos, ateos, bárbaros y toda clase de gentes de
diversos países y de variadas creencias, y el ambiente, especialmente el de la juventud,
era espantosamente relajado. Así que Benito se dio cuenta de que si permanecía allá en
medio de esa sociedad tan dañada, iba a llegar a ser un tremendo corrompido. Y sabía muy
bien que en la lucha contra el pecado y la corrupción resultan vencedores los que en
apariencia son «cobardes», o sea, los que huyen de las ocasiones y se alejan de las
personas malvadas. Por eso huyó de la ciudad y se fue a un pueblecito alejado, a rezar,
meditar y hacer penitencia. Pero sucedió que en el pueblo a donde
llegó, obtuvo un milagro sin quererlo. Vio a una pobre mujer llorando porque se le había
partido un precioso jarrón que era ajeno. Benito rezó y le dio la bendición, y el
jarrón volvió a quedar como si nada le hubiera pasado. Esto conmovió mucho a las gentes
del pueblo y empezaron a venerarlo como un santo. Entonces tuvo que salir huyendo hacia
más lejos. Se fue hacia una región totalmente
deshabitada y en un sitio llamado «Subiaco» (que significa: debajo del lago, porque
había allí cuevas debajo del agua) se retiró a vivir en una roca, rodeada de malezas y
de espinos, y a donde era dificilísimo subir. Un monje que vivía por los alrededores lo
instruyó acerca de cómo ser un buen religioso y le llevaba un pan cada día, el cual
amarraba a un cable, que Benito tiraba desde arriba. Su barba y su cabellera crecieron de
tal manera y su piel se volvió tan morena en aquella roca, que un día unos pastores que
buscaban unas cabras, al encontrarlo, creyeron que era una fiera. Más luego al oírle
hablar, se quedaron maravillados de los buenos consejos que sabía dar. Contaron la
noticia y mucha gente empezó a visitarlo para pedirle que les aconsejara y enseñara. Y sucedió que otros hombres, cansados de la corrupción de la ciudad, se
fueron a estos sitios deshabitados a rezar y a hacer penitencia, y al darse cuenta de la
gran santidad de Benito, aunque él era más joven que los otros, le rogaron que se
hiciera superior de todos ellos. El santo no quería porque sabía que varios de ellos
eran gente difícil de gobernar y porque personalmente era muy exigente con los que
querían llegar a la santidad y sospechaba que no le iban a hacer caso. Pero tanto le
rogaron que al fin aceptó el cargo de superior. Con todos ellos fundó allí 12 pequeños
conventos de religiosos, cada uno con un superior o abad. El tenía la dirección general
de todo. Cuando algunos de aquellos hombres se dieron cuenta de que Benito como
superior era exigente y no permitía «vivir prendiéndole un vela a Dios y otra al
diablo», que no permitía vivir en esa vida de retiro tan viciosamente como si se viviera
en el mundo, dispusieron deshacerse de él y matarlo. Y echaron un fuerte veneno en la
copa de vino que él se iba a tomar. Pero el santo dio una bendición a la copa, y esta
saltó por los aires hecha mil pedazos. Entonces se dio cuenta de que su vida corría
peligro entre aquellos hombres, y renunció a su cargo, se alejó de allí. Al joven Benito le llegaron espantosas tentaciones impuras. A su
imaginación se le presentaban escenas más corruptas y le llegaba el recuerdo de cierta
mujer que él había visto hacía tiempo y sentía toda la fuerza de la pasión. Rezaba y
pedía ayudas al cielo, y al fin cuando sintió que ya iba a consentir, se lanzó contra
un matorral lleno de punzantes espinas y se revolcó allí hasta que todo su cuerpo quedó
herido y lastimado. Así, mediante esas heridas corporales logró curar las heridas de su
alma, y la tentación impura se alejó de él. Con unos discípulos que le habían sido siempre fieles (San Mauro, San
Plácido y otros) se dirigió hacia un monte escarpado, llamado Monte Casino. Allá iba a
fundar su famosísima Comunidad de Benedictinos. Su monasterio de Monte Casino ha sido
famoso durante muchos siglos. En el año 530, después de ayunar y rezar por 40 días, empezó la
construcción del convento, en la cima del Monte. En ese sitio había un templo pagano,
dedicado a Apolo; lo hizo derribar y en su lugar construyó una capilla católica. Luego
con sus discípulos fue evangelizando a todos los paganos que vivían en los alrededores,
y enseguida sí empezó a levantar el edificio, del cual por tantos siglos han salido
santos misioneros a llevar la santidad a pueblos y naciones. San Gregorio en su biografía de San Benito, narra muchos hechos
interesantes de entre los cuales vamos a recordar algunos. El joven Plácido cayó en un profundo lago
y se estaba ahogando. San Benito mandó a su discípulo preferido Mauro: «Láncese al
agua y sálvelo». Mauro se lanzó enseguida y logró sacarlo sano y salvo hasta la
orilla. Y al salir del profundo lago se acordó de que había logrado atravesar esas aguas
sin saber nadar. La obediencia al santo le había permitido hacer aquel salvamento
milagroso. Estando construyendo el monasterio, se vino
abajo una enorme pared y sepultó a uno de los discípulos de San Benito. Este se puso a
rezar y mandó a los otros monjes que removieran los escombros, y debajo de todo apareció
el monje sepultado, sano y sin heridas, como si hubiera simplemente despertado de un
sueño. Estaban sus religiosos constructores
tratando de quitar una inmensa piedra, pero esta no se dejaba ni siquiera mover un
centímetro. Entonces el santo le envió una bendición, y enseguida la pudieron mover de
allí como si no pesara nada. Por eso desde hace siglos cuando la gente tiene algún grave
problema en su casa que no logra alejar, consigue una medalla de San Benito y le reza con
fe, y obtiene prodigios. Es que este varón de Dios tiene mucho influjo ante Nuestro
Señor. El terrible rey Totila, pagano, estaba invadiendo a Italia, y oyó
ponderar la santidad del famoso fundador. Entonces mandó al jefe de su guardia que se
vistiera de rey y fuera con los ministros, a presentarse ante el santo, como si él fuera
Totila. San Benito, apenas lo vio le dijo: «Quítate esos vestidos de rey que no son los
tuyos». El otro volvió a contarle al rey lo sucedido y este se fue a visitarlo con gran
respeto. El venerable anciano le anunció que lograría apoderarse de Roma y de Sicilia,
pero que poco después de llegar a esa isla moriría. Y así le sucedió, tal cual. Hubo una gran escasez en esa región y San
Benito mandó repartir entre los pobres todo el pan que había en el convento. Solamente
dejó cinco panes, y los monjes eran muchos. Al verlos aterrados ante este atrevimiento
les dijo: «Ya verán que el Señor nos devolverá con la misma generosidad con la que
hemos repartido». A la mañana siguiente, llegaron a las puertas del monasterio 200
bultos de harina, y nunca se supo quién los envió. Un día exclamó: «Se murió mi amigo el obispo de Cápua, porque vi que
subía al cielo un bello globo luminoso». Al día siguiente vinieron a traer la noticia
de la muerte del obispo. Otro día vio que salía volando hacia el cielo una blanquísima
paloma y exclamó: «Seguramente se murió mi hermana Escolástica». Los monjes fueron a
averiguar, y sí, en efecto acababa de morir tan santa mujer. El, que había anunciado la
muerte de otros, supo también que se aproximaba su propia muerte y mandó a unos
religiosos a excavar en el suelo su sepultura. Duraron seis días haciéndola, y apenas la
terminaron, empezó él a sentir las altísimas fiebres, y poco después murió. Se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaba horas y
horas rezando y meditando. Jamás comía carne. Dedicaba bastantes horas al trabajo
manual, y logró que sus seguidores se convencieran de que el trabajo no es un rebajarse,
sino un ser útil para la sociedad y un modo de imitar a Jesucristo que fue un gran
trabajador, y hasta un método muy bueno para alejar tentaciones. Ayunaba cada día, y su
desayuno lo tomaba en las horas de la tarde. La mañana la pasaba sin comer ni beber.
Atendía a todos los que le iban a hacer consultas espirituales, que eran muchos, y de vez
en cuando se iba por los pueblos de los alrededores, con sus monjes a predicar y a tratar
de convertir a los pecadores. Su trato con todos era extremadamente amable y bien educado.
Su presencia era venerable. Inspirado por Dios, escribió nuestro santo un Reglamento para sus monjes
que llamó «Santa Regla». Es un documento que se ha hecho famoso en todo el mundo, y en
el cual se han basado los Reglamentos de todas las demás Comunidades religiosas en la
Iglesia Católica. Allí recomienda ciertos detalles como estos: La primera virtud que necesita un religioso (después de la caridad) es
la humildad La casa de Dios es para rezar y no para charlar Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso El ecónomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie Nuestro lema debe ser: Trabajar y rezar Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman Evite cada individuo todo lo que sea rústico y vulgar. Recuerde lo que
decía San Ambrosio: «Portarse con nobleza es una gran virtud» Y los que vivieron con él afirmaban que todo lo bueno que recomienda en
su Santa Regla, lo practicaba él en su vida diaria. Con estos principios, su Comunidad de
Benedictinos ha hecho inmenso bien en todo el mundo en 15 siglos. El 21 de marzo del año 543, estaba el santo en la Ceremonia del Jueves
Santo, cuando se sintió morir. Se apoyó en los brazos de dos de sus discípulos, y
elevando sus ojos hacia el cielo cumplió una vez más lo que tanto recomendaba a los que
lo escuchaban: «Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo», y lanzando un suspiro
como de quien obtiene aquello que tanto había anhelado, quedó muerto. Dos de sus monjes estaban lejos de allí rezando, y de pronto vieron una
luz esplendorosa que subía hacia los cielos y exclamaron: «Seguramente es nuestro Padre
Benito, que ha volado a la eternidad». Era el momento preciso en el que moría el santo. Que Dios nos envíe muchos maestros como San Benito, y que tan simpático
santo nos obtenga del Señor la gracia de ir un día a acompañarlo en la eternidad feliz.
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