Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:41

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ANEXO 7:
HOMILIA DEL SR. OBISPO
EN LA MISA DE CLAUSURA

“Hermanas y hermanos, obreros del Reino, estamos al término de una jornada solemne, porque hay compromiso, sudores, ideas, proyectos, que han debido conjugarse con el único proyecto de Dios realizado en Jesucristo para el aquí y ahora de nuestra Diócesis. Podemos, al término de esta jornada cantar al Señor de la historia aquel himno de vísperas: Junto a ti, al caer de la tarde y cansados de nuestra labor, te ofrecemos con todos los hombres, el trabajo, el descanso, el amor. En la noche, las sombras nos cercan y regresa la alondra a su hogar; nuestro hogar son tus manos, oh Padre, y tu amor nuestro nido será. Cuando al fin nos alcance tu mano para hacernos gozar de tu paz, reunidos en torno a tu mesa, nos darás la perfecta hermandad.

Estamos reunidos en torno a la mesa. A mí me impresionó vivamente en los días pasados, lo mismo le habrá sucedido al Sr. Cura Miguel Magaña, en la muerte de su mamá, la señora doña Trina; o a monseñor Juan Navarro, en la muerte de don Enrique, esa oración, esos textos que la liturgia propone al sacerdote celebrante cuando no es un fiel más, sino alguien muy cercano a él, por el cual está rezando. Y dice eso: ‘Señor, te encomiendo a mi padre, a mi madre difunta, danos fuerza, fe, para que volvamos a encontrarnos reunidos en la mesa de tu Reino’.

Qué alentador, qué estimulante es que el Señor nos vaya encaminando y nos vea un día reunidos en torno a su mesa, gozando de la perfecta hermandad. La Eucaristía, esta Eucaristía que celebramos, corona muy digna y solemnemente nuestros trabajos, porque sabemos que es cumbre hacia donde tienden todos los esfuerzos pastorales de la Iglesia y también porque estamos convencidos de que es fuente de donde hemos de alimentarnos como de un doble platillo en un mismo banquete.

No tienen, por tanto, sentido, las huelgas de hambre de los creyentes. Y hay quien, no sé por qué motivos, prolonga huelgas de hambre de la Palabra de Dios y de hambre del Cuerpo de Cristo. Y se queda con su hambre y nos quedamos con la fuente y el sediento con su sed y la fuente rebosante, pero hace falta quien haga conciente al sediento de que está sediento; y quien le haga ver que esa sed no se sacia, sino con la Fuente de aguas puras y cristalinas que es la Eucaristía.

La liturgia de hoy en el libro del Apocalipsis nos presenta esta evocación del antiguo pueblo y del Nuevo, fundamentado sobre el cimiento de los apóstoles, uno de los cuales hoy celebramos, San Bartolomé, identificado como Natanael, del que habla el evangelista San Juan.

San Bartolomé que llegó en sus correrías apostólicas según la tradición hasta la India, Frigia, Armenia; Bartolomé, que es elogiado por Cristo, piropeado por Cristo, con aquello de que ‘este es un israelita de verdad en el que no hay doblez’. Y tan auténtico, que se pregunta, no de Natanael puede salir algo bueno, sino ‘¿de Nazareth puede salir algo bueno?’.

Así como si dijéramos: La diminuta imagen de la Limpia Concepción dejada por los frailes, ¿puede de veras generar toda una corriente religiosa de fervor mariano? Así como si dijéramos: ¿Santa Ana de Guadalupe por qué, y no otro lugar en nuestra Diócesis, ha sido centro de fervor y de peregrinaciones? Así como si dijéramos: ¿Y por qué, finalmente el ‘maistro’ Anacleto que fue de origen y de cuna humilde, encabeza la lista de los otros laicos próximos a los altares?

Así como si dijéramos: ¿Y qué tiene que ver el fermento del evangelio en la cooperativa de las costureras o en este proyecto recién iniciado e impulsado, de atención desde el Evangelio, a los niños con deficiencias mentales o físicas, y el gozo de verlos avanzar y de ver también el cambio en su familia? Así como si dijéramos: Ese boletín diocesano de pastoral que sale mensualmente, ¿puede provocar algo bueno? ¿Podrá provocarlo, este instrumento tan constante a lo largo de todos estos años de proceso pastoral?

Pues sí, de Nazareth puede salir algo bueno y en la sencillez de muchos instrumentos de trabajo pastoral y en la, tal vez insignificancia aparente de lugares y personas, se va hilvanando el Reino en forma callada pero persistente, con la seguridad que nos garantiza Aquel a quien le pertenece, de que va a llegar a su feliz plenitud.

Y Felipe, en el evangelio de San Juan, es el intermediario para que pueda darse este encuentro físico que ya se había dado, porque Jesucristo es Dios, entre Natanael y el mismo Jesús. Felipe se ahorra explicaciones. Para qué te digo qué es Nazareth, y no sería mucho más o mucho menos que Caná de Galilea de donde era originario Natanael, mejor ‘ven y lo verás’.

Hermanas y hermanos, nosotros somos puentes intermediarios y lo que importa no es que brillemos con luz propia, sino que sepamos reflejar con fidelidad la luz del Sol que nace de lo alto. Es preciso que El crezca y que nosotros disminuyamos. Es preciso que nos ubiquemos pensando que El es la Palabra y nosotros apenas la voz, pero tenemos que ser una voz, fiel eco de lo que dice la Palabra. Por eso, porque somos puentes, porque nos toca conectar al Creador con la creatura, ‘ven y lo verás’.

Cuando pedimos por las vocaciones sacerdotales, yo siento sinceramente que nos hace falta añadir algo a la oración que, ciertamente ha sido eficaz y puede serlo más. Pedir por las vocaciones ha de significar decir ‘ven y lo verás’. Ha de significar ofrecerse como instrumento para que Dios llame y para que, quien es llamado, responda.

Creo yo que la misma pastoral vocacional, algo más habrá que hacer los que ya somos pastores y los que son en muchas de sus actividades, agentes de pastoral. Y si les decimos, no ‘ven y lo verás’, sino ‘ven y me verás’. Yo creo, creerán más en el testimonio cuando vean en nosotros reflejado al mismo Cristo que llama, o al pastor al que dan ganas de seguir.

Yo he visto esta mañana con el padre vicerrector, las alentadoras estadísticas de nuestro seminario diocesano, pero he repetido varias veces que no hay que estar satisfechos con la cantidad, hay que seguir buscando la calidad y debe ser calidad de exportación.

A mí me alegra mucho la participación del seminario diocesano en esta jornada, pero también algo que me inquieta de los seminaristas y que quiero compartirlo con la Iglesia diocesana, por el cariño que tenemos al seminario y las esperanzas fundadas que tenemos en él. Atención, seminario: El mundo, este mundo entendido más bien en esta forma peyorativa en que algunas veces se refiere a él el apóstol San Juan, se nos filtra por los poros y podemos mundanizarnos, instalarnos, convertirnos en personas hipercríticas, sin empezar por una autoevaluación como la haría un verdadero israelita en quien no hay doblez.

Hará falta que nuestros hermanos seminaristas, con todos estos bríos juveniles propios de su edad y de quien experimenta un llamado sobrehumano, estén en constante autocrítica, antes de ser hipercríticos de los mismos formadores, del mismo presbiterio, de la misma Diócesis.

Hará falta para los seminaristas y los que fuimos ayer seminaristas, partir de nuestra verdad, para forjar en nosotros a Cristo Pastor que es verdad y vida. Yo creo que si este piropo que Cristo dirigió a Natanael, lo puede dirigir a cada formando o formanda para la vida consagrada, para el orden sacerdotal, para el matrimonio y éste acepta el reto desde temprano, hay verdades dolorosas, difíciles de aceptar que tuvieron que decirse y aceptarse a tiempo para empezar un trabajo muy serio de la mano de Dios y contando con esta forja de sangre y de fuego que es el Espíritu Santo que, como transforma el pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Cristo, puede transformar también a un creyente convencido de que el Señor hace maravillas con instrumentos insignificantes.

En relación al seminario y a los hermanos sacerdotes, a mí me parece que es bueno proceder con mucha autenticidad, con mucha verdad para poder ser guías, caminando por Cristo, que es la verdad y la vida. Hace falta ese quitarnos todo doblez y toda falsedad, todo deseo de proyectar imágenes para mostrarnos con sencillez como somos y a partir de eso, dejar que el Espíritu actúe a través de tantos y tan variados instrumentos de los que ha dotado a esta Iglesia particular.

Celebramos a un apóstol, Bartolomé, sacerdote del cenáculo, sacerdote de los doce, sacerdote que, como los otros diez, quizá sintió el dolor en el corazón de ver la deserción de uno de los recién ordenados en el cenáculo. Es bueno seguir el consejo de San Pablo en su primera carta a los Corintios, que dice que los demás deben ver en nosotros servidores de Cristo y administradores de sus sacramentos. Y en un administrador lo que se espera es que sea fiel, no somos dueños, somos servidores, no tenemos que actuar como el dueño del pueblo, el dueño de las normas, el dueño de los sacramentos. Somos servidores al servicio de la Palabra, de la cual hemos de ser discípulos para poder ser, con Cristo, maestros.

Voy a pedir que se ponga de pie algún sacerdote religioso varón que haya en la asamblea, sacerdote religioso con votos, que pertenezca a una congregación religiosa. Voy a mandarles un recado y también enviárselos, o en alguna forma, yo mismo. Los religiosos no sacerdotes, son parte de nuestra Diócesis, y si la obediencia los envía a una Iglesia particular, en la Iglesia universal, es finalmente, en una porción que se llama Iglesia particular, donde hay que vivir los carismas, si no, no se van a vivir en ninguna parte.
Es en la Iglesia particular y es como parte, no como apéndice, como parte importante de la Iglesia particular. Los sacerdotes religiosos son presbíteros, forman parte del presbiterio diocesano. Siguen perteneciendo a la familia religiosa, pero forman parte del presbiterio diocesano.

Yo pienso que nosotros, los sacerdotes diocesanos, el seminario diocesano, las religiosas, los fieles laicos en general, hemos de revisar nuestras actitudes hacia los religiosos varones para enmendar lo que haya que enmendar y hacerles experimentar la comunión, antes de exigir que se sometan a normas y acuerdos para la eficacia de la única misión en esta Iglesia concreta de San Juan de los Lagos.

Pero es elocuente y a mí me preocupa que no haya habido en estos tres días ni un solo religioso varón, ni siquiera los que atienden directamente templo, esa es su función, un templo en alguna de nuestras parroquias.

Hermanas religiosas, gracias por su participación en esta jornada. Gracias por su entrega sin límites en todos los campos o áreas de la pastoral diocesana. En todos los campos, si elegimos la opción A, o la opción B, en cualquiera de las áreas y equipos y apartados, encontramos allí una religiosa dando ejemplo y cumpliendo eficazmente su labor. Ayúdennos. Esa vivencia de la pobreza, castidad y obediencia, esa vivencia de los consejos evangélicos que les ayuda a evitar ciertos apegos que a otros, aunque consagrados, nos siguen jalando y nos impiden emprender el vuelo. Ayúdennos, hermanas religiosas, a vivir con más intensidad los consejos evangélicos para bien del Reino y para hacer más creíble el mensaje del evangelio.

No voy a pedir que se ponga de pie algún laico o laica que haya estado aquí en los tres días porque llegaron antes que yo, participaron más que yo, comieron más que yo... Qué alivio, hermanas y hermanos laicos, qué edificantes hoy en esta y en todas las jornadas de nuestras parroquias. ¿Qué haríamos los sacerdotes que sabemos, tenemos conciencia de que nuestro ministerio ordenado es para ir y ser guías, porque somos presencia de Cristo Sacerdote y Pastor, pero qué haríamos sin ese acompañamiento afectuoso, cercano, comprometido, de todas y todos ustedes?

Su compromiso bautismal, los ha llevado a realizar muchas buenas obras al servicio del Reino. Sigan planeando con nosotros, sigan realizando con nosotros, sigan evaluando con nosotros. No son empleados asalariados de ningún sacerdote y yo sé que si fuera por salario, no harían lo que hacen. Son protagonistas de la nueva evangelización en su campo, por su bautismo y ustedes pueden llegar más allá de donde nosotros los sacerdotes, por nuestra condición, por nuestra identidad, a veces no podemos llegar. De ustedes queremos oír la misma respuesta que le dice Cristo a Natanael cuando éste le pregunta: -Señor, ¿de dónde me conoces? -Te vi cuando estabas debajo de la higuera. Y luego exclama con aquella profesión de fe: -Tú eres el Señor, el Rey de Israel. -Maiora videbis (verás mayores cosas).

Yo pienso, hermanas y hermanos, sacerdotes por el bautismo, que en esta Iglesia puede haber todavía mayores cosas gracias a su compromiso y a su trabajo, no sólo en los ministerios al interior de la Iglesia, sino en ministerios que se inspiran en el Evangelio y que van desde la Iglesia para ser fermento en el mundo en actividades como la política, economía, el comercio, la cultura.

La Iglesia, esta Iglesia es ministerial, y en ella los sacerdotes somos concientes del ministerio ordenado que recibimos, pero no para ser los que lo hacen todo, sino el que pone su carisma de conducción al servicio de los demás con los que planea, realiza, evalúa, celebra.

Estamos al final de un proceso en el que luego se plasmarán por escrito nuestros consensos después del discernimiento que el obispo también, precisamente como guía, está obligado a hacer con seriedad, escuchando la voz del Espíritu en tantas coincidencias de todos los creyentes.

Creo yo que nuestro trabajo de evangelizadores al servicio de nuestra Diócesis y al servicio de la Iglesia y al servicio del mundo, tiene que ser un trabajo siempre en actitud de diálogo. Diálogo como el que sostuvo Jesucristo con Natanael, un diálogo en el que dejemos un poco atrás ciertas categorías de Iglesia docente - Iglesia disente, agente y destinatario, como si no fuéramos lo mismo. Los que somos agentes, muchas veces somos destinatarios y también el que ahora es destinatario, se convierte luego en agente. O incluso la relación maestro - discípulo, sin que falte la función, pero tal vez sin recalcar tanto como si fuera más bien una diferencia que nos separa, y no una actividad misma que nos hermana, tomando distintas funciones.

Como la oración no es monólogo, yo pienso que nuestra pastoral tendrá que ser una oferta desde el evangelio en continuo diálogo con aquellos a los que queremos servir. Yo siento que todo este análisis de nuestra realidad que se hizo como primer paso, es precisamente muestra de esta actitud de diálogo que tenemos que tener con nuestra sociedad contemporánea. Y creo también que esta actitud de diálogo, es necesario observarla a lo largo de todo el proceso de aplicación pastoral del plan.

Siento que nos falta aprender a escuchar y estar constantemente mirando la realidad con ojos de pastores para poder transformarla, después de que tengamos también un diálogo con el Señor de la historia, que es el que ha de inspirar nuestras acciones. Cómo nos falta aprender a escuchar.

Hay un amigo que alguna vez me llama y siempre termino con el mismo saludo y él siempre con la misma respuesta, pero no me ha escuchado. “Bueno, entonces, fulano -le digo- me saludas a tu esposa y a tus hijos”. Antes de que yo termine me dice: “Igualmente”… No, no me ha escuchado. No ha escuchado lo que yo le quiero decir para que él me de otra respuesta. El creerá que yo le estoy diciendo también una frase ya hecha, pero no, estoy pensando efectivamente cuando digo “esposa, hijos”, se me viene a la imaginación. Y él me dice “igualmente” antes de que yo termine. Pues no le saludo a nadie…

Yo invito al final de esta jornada en esta Eucaristía, a dirigirnos al Señor con humildad pero con viva fe y decirle: ‘Mane nobiscum, Domine’. ‘Quédate con nosotros, Señor’, recordando el título que lleva esta última carta apostólica del Papa sobre la Eucaristía, para este año internacional de este sacramento. Y sobre todo recalcando el último número antes de la conclusión, el número 28.

Dice el Papa que hay que estar al servicio de los últimos. Qué alegría que se ha visto una y otra vez reflejado en el plan, y va a quedar plasmado sin duda, nuestro empeño por estar al servicio de los últimos -dice el Papa. Y señala muy claramente qué significativo que en el evangelio de San Juan se omita el relato eucarístico, pero se pone la escena del lavatorio de los pies. Y nos insiste en que una celebración auténtica de la Eucaristía, necesariamente nos va a impulsar a ponernos al servicio de los últimos.

Hay que revisar si nuestras Eucaristías son auténticas, o sea, si nos hacen beber de la Fuente del Amor para ir a prodigar amor a aquellos con los que más se identifica Cristo. Y el Papa enumera, pero podemos alargar esta lista: los que tienen hambre, los que padecen el flagelo de alguna enfermedad, la soledad de los ancianos, la angustia de los que se encuentran sin trabajo, la itinerancia de los migrantes -y éste es un fenómeno fuerte entre nosotros.

Para que la celebración de nuestras Eucaristías sean auténticas, hay que pedirle con sencillez y humildad al Señor: ‘Mane nobiscum, Domine’.

Quédate con nosotros, Señor, cuando el desaliento hace presa de nuestro espíritu, de nuestro corazón y parece que, no habiendo frutos inmediatos, el desaliento sí viene inmediatamente.

Quédate con nosotros, Señor, cuando las comunidades de religiosos o de religiosas que, debieran ser prototipo de la fraternidad, a veces por pequeñeces, se resquebraja esta fraternidad y luego se hacen rupturas dolorosas.

Quédate con nosotros, Señor, cuando en el seminario algún criterio mundano puede privar más y puede influir más que los criterios que proceden del evangelio.

Quédate con nosotros, Señor, cuando hay dolor en el alma porque alguien que estuvo en el Cenáculo con nosotros, se nos retiró, se nos fue, cambió de opción.

Quédate con nosotros, Señor, cuando pareciera que, aquellos que son interlocutores en nuestros planes de pastoral, no captan la buena intención de los trabajos que queremos realizar sólo por glorificar a Dios y por dignificar al hombre.

Quédate conmigo, Señor, que soy hombre débil y de pocos años, demasiado pequeño para conocer tu juicio y tus leyes.

Quédate con nosotros, Señor.