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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:52
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ANEXO 1: (Eclo
6, 5-17; Sal 118; Mt 10, 1-12). Hermanas
y hermanos, el libro del Eclesiástico nos propone hoy, meditar sobre esta realidad que
pareciera que todos experimentamos cada día, pero que tal vez hay alguien que no ha
descubierto suficientemente: Qué es realmente ser amigo y cómo, entre muchos que se
dicen, habrá que descubrir al verdadero y considerarlo como un formidable hallazgo, como
un tesoro. Nos hemos
propuesto en este año de intimidad eucarística, considerar cómo la Palabra y la
Eucaristía son un mismo banquete. Y hemos meditado cómo Jesús nos dice que a nosotros
no nos llama siervos, sino amigos, porque el siervo es simple ejecutor y el amigo es
confidente al que su amo le comenta sus proyectos y le revela sus secretos. La Palabra
del Señor es alimento para el alma, igual que lo es el banquete de la Eucaristía. Y la
misma veneración que nos merece el Cuerpo del Cristo en Comunión, nos debe merecer la
Palabra del Señor leída, proclamada, compartida. La diferencia entre estos dos banquetes
que podemos celebrar en una misma celebración de la Eucaristía es, que, mientras la
Comunión Eucarística la preside un sacerdote, y mientras la Reserva eucarística se
tiene sólo en determinados lugares, en determinadas condiciones, la Palabra podemos
tenerla en reserva en nuestra propia casa, en nuestros propios ires y venires, en la
meditación de cada día. Para que la
amistad con Cristo se estreche, yo pienso que no basta con lo que hemos hecho. Parece que
hay que impulsar más el conocimiento y el estudio de la Palabra de Dios. Y como lo hemos
venido diciendo, impulsar la catequesis de adultos como oportunidad, inspirados en la
Palabra, ir progresando con ese progreso sistemático que asegure que estamos conociendo
más a Cristo el Señor, su propuesta de salvación y la doctrina del Señor como nos la
presenta la Iglesia. Creo yo que en la misma celebración de los sacramentos, en lo que
llamamos catequesis prebautismales, haría falta insistir más: Quien llega a
comulgar el Cuerpo de Cristo, muchas veces vemos que no tuvo antes un encuentro más a
fondo con la Palabra. Parecería como que la celebración del sacramento de la
reconciliación no fue oportunidad de un encontrarse verdaderamente con la Palabra del
Señor, con la experiencia de la misericordia del Señor y como si la confesión de los
pecados hubiera sido lo más importante y el salvoconducto para poder llegar a la
Comunión. El Señor
quiere, como nos dice su Palabra, que meditemos su ley día y noche, y que caigamos en la
cuenta de que tienen mucha paz los que aman sus leyes. La comunión con el Cuerpo de
Cristo nos recuerda que nadie tiene más amor a sus amigos que aquel que da la vida por
ellos, porque como dice el eclesiástico, en el tiempo de la prosperidad, vas a estar
rodeado de amigos, pero te ves solo a la hora que viene la pena, y es entonces cuando se
conoce el verdadero amigo. Cristo el
Señor nos manifiesta que está con nosotros -el Papa nos lo ha recordado- en esta carta
apostólica en la que nos invitaba a prolongar con fervor la vivencia de este año santo
eucarístico: Mane nobiscum, Domine. El Señor, como el caminante misterioso de Emaús,
está a nuestro lado, pero está para compartir con nosotros este doble banquete. Y al
banquete de la fracción del pan, va a preceder un espacio largo de caminar juntos y de
explicar las Escrituras, para que arda el corazón en deseos de Dios y para que se abran,
pues, perfectamente los ojos en la fracción y en el consumir el Pan partido. El Señor,
que nos invita a ser amigos suyos, nos invita a llegar hasta el extremo de sacrificarnos
por aquellos a los que amamos. Yo recuerdo en las catequesis del reciente congreso
eucarístico internacional, aquella historia real que contaba el arzobispo de Cebu en
Filipinas, Cardenal Ricardo J. Vidal. Decía de un joven coreano que había sido adoptado
por una pareja y él ignoraba que era hijo adoptivo. El día que lo supo se llenó de gran
pesar y cambió completamente su carácter: desobediente, flojo, agresivo, fue distinta su
conducta también en la escuela. Su madre adoptiva quería continuar con aquel hijo el
mismo trato de siempre, como si fuera su hijo biológico y el muchacho no entendía
razones. Y un día, en
un momento de mucha ira, de mucha violencia, la mamá sacó de aquel baúl el trapo sucio,
ensangrentado y se lo entregó y el muchacho pregunta qué es aquello. ¿Quieres
saber cuál es el origen de esto? Pues mira, en la guerra coreana, en una noche de intenso
frío, hubo una madre que traía a su hijo en brazos y buscando refugio, porque también
morían los civiles en aquella guerra, encontró por ahí un rincón y siempre intenso el
frío, se despojó de sus vestidos y se quedó con lo mínimo para envolver aquel niño y
apretarlo en su regazo. Y ¿quieres saber quién era aquel niño? Eres tú. El muchacho
se conmovió, lloró, pidió a la madre adoptiva ir al lugar donde para una mujer había
sido ocasión de muerte y para él había sido ocasión de vida. Al día siguiente
encuentran a un niño vivo en el regazo de una madre agonizante. Y veneraba aquel trapo
sucio y ensangrentado como si fuera tal vez la misma mamá. Nosotros en
cada Eucaristía, no son trapos ni recuerdos porque la Misa es memorial, porque la
Eucaristía es ocasión de presentarnos al Calvario, para aplicarnos y poder aplicar al
mundo entero los frutos de lo que históricamente sucedió sólo una vez. En la misa
recordamos el amor hasta el extremo del Amigo que da la vida por los suyos. Si esto lo
vivimos y ayudamos a que los demás lo vivan, yo pienso que nuestro mundo será más
amable y de veras promoveremos un amor a fondo y una amistad como ésta, de la que ahora
nos habla el libro del Eclesiástico. El trozo que
hemos escuchado, termina diciendo que el que es amigo de Dios, es fiel y sabe hacer a los
demás como Dios, como el Amigo. O sea, nos habla de una intimidad con Dios en la que
podemos transformar a los demás. Yo me di
cuenta que anoche, mientras un grupo de muy buena voluntad y que le echó horas de ensayo
a hermosos cantos que interpretaron a coro para alabar a la Santísima Virgen María, en
el espacio de la feria, en el teatro del pueblo, con un lleno igual o más que en la
iglesia catedral, se estaban presentando gente que es conocida claramente como
homosexuales en el mercado de la ciudad, presentando un espectáculo de box entre ellos,
con un animador que usaba un lenguaje que no reparaba en expresiones, y era un
espectáculo, según eso, para grandes y niños, para familias. En este
ambiente tenemos que transmitir a los demás nuestra intimidad con Dios, para hacer a los
demás, amigos de Dios. En un ambiente donde parece que todo se permite, este tipo de
cosas como que se pueden exhibir y pueden perfectamente aceptarse como motivo de
distracción y de distracción familiar, habrá que renovar nuestra intimidad con el
Señor y pedir a Él que nos ayude a contrarrestar muchas como éstas y otras influencias,
de alguien que parecería empeñado en llenar de basura la mente y el corazón de los
demás, y en apartarlo de una amistad sana con Dios que nos nutra y alimente para poder
vivir el verdadero amor y la verdadera amistad entre hermanos.
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