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ANEXO 1:
Homilías del Sr. Obispo.

Martes 21 de junio de 2005.

(Gn 13, 2. 5-18; Mt 7, 6. 12-14)

“Hermanas y hermanos, gracias por esta generosa contribución para buscar respuestas adecuadas a situaciones de ausencia de valores del Reino de Dios en ciertos sectores de nuestra Iglesia particular. Cuando consideramos que la Iglesia es comunión y que la comunión con Dios y entre nosotros es presupuesto indispensable para hacer creíble la misión, me llama la atención en esta página que hemos escuchado del Génesis, esta decisión dolorosa pero práctica a la que tiene que llegar Abraham respecto a su sobrino Lot. Aumenta tanto el ganado y vienen aunadas las dificultades entre los pastores de uno y de otro, que ya no es posible ocupar el mismo espacio físicamente. ‘Si tú te vas a la derecha, yo me voy a la izquierda; y si tú te vas a al izquierda, yo a la derecha’.

Algo muy parecido a lo que sucede con Pedro y Pablo a la hora que finalmente deciden: ‘Si tú estás orientado a predicar la Buena Nueva a los gentiles, yo a los judíos’. O como aquel rompimiento que consignan los Hechos de los Apóstoles entre Pablo y Bernabé, cuando Bernabé había sido como la carta de presentación de Pablo para que éste pudiera ser admitido sin desconfianza en el seno de la comunión de la Iglesia.

A veces será que algunos agentes, teniendo la misma meta y no otro evangelio que el de Jesucristo, en cuestiones de carácter, habrá que tener en cuenta que existirá incompatibilidad al estar ocupando el mismo espacio y para hacer así un equipo estrecho en el que nos estamos viendo con frecuencia. Y yo creo que con estos datos de la Palabra, habrá que pensar que podemos vivir en comunión y trabajar hacia el mismo objetivo sin necesidad de que alguien resulte una presencia demasiado incómoda y tensa para el otro. Estamos en un trabajo de Dios en el que no desaparece el hombre con sus sentimientos, con su historia personal, que muchas veces no va a embonar con sentimientos e historia personal de otro.

Habrá que seguir pensando, como lo hemos visto este día; el proyecto es de Dios, no nuestro. Y que si queremos ser agentes de una nueva evangelización, hay que tener en cuenta la doble fidelidad al Dios que es la fuente y el origen de toda misión y al pueblo del que queremos ser servidores de un evangelio del que no nos sabemos dueños sino administradores.

La página de Mateo evoca situaciones que ya hemos analizado y que también en estos dos días se habrá repetido. Hay algunos entre los que queremos ser agentes de la nueva evangelización que rehuimos el sacrificio, que no aceptamos que el trabajo cuesta, la capacitación, el estudio y el intercambio con los demás. Habrá quien, sí buscando entrar por la puerta ancha y a veces es por la angosta, por la más exigente, por donde hay que entrar para descubrir los caminos y los modos de hacer llegar un evangelio que realmente sea respuesta para nuestro pueblo.

Ayer, en la clausura del curso del seminario, yo les comentaba al final a los muchachos cómo bendigo a Dios y reconozco su Providencia admirable cuando en estos tiempos, especialmente hostiles para que un joven de su edad piense en metas muy elevadas y en renunciar a esto a lo que invitan los que se dedican a sobreexcitar los sentidos y a proponer satisfactores para esto, para resolver la sexualidad. Qué bueno que en este tiempo de puertas anchas, alguien está convencido de que es Dios el que se lo inspira, que hay que buscar la angostura de una puerta que va a consistir en renuncia, sacrificio, dominio de sí mismo. Ya San Pablo en su carta a los romanos, entre otros frutos o dones del Espíritu Santo, pone claramente el amor, la paz, la alegría y termina aquella enumeración diciendo: Y el dominio de sí mismo.

El Espíritu Santo, promotor de la diversidad de carismas, dones y ministerios en la Iglesia, el Espíritu Santo, protagonista de la misión, es el que nos ayudará también con la fortaleza que de El procede, con el don de consejo, con la sabiduría, para saber que el misterio pascual de Cristo y la cruz nuestra de cada día, han de ser el camino indispensable de los que queremos ver que su Reino crezca y se desarrolle en nuestras comunidades. Que la fuerza del Espíritu nos ayude a optar siempre por la sabiduría de la cruz, sabiendo que no podemos sino, como Pablo, predicar a Jesucristo y a Este crucificado”.

Sábado 25 de junio de 2005.

(Gn 18, 1-15; Mt 8, 5-17)

“Hermanas y hermanos, el Señor conduce la historia y quiere de nosotros una actitud de siervos fieles incondicional. No porque El conduzca la historia nos priva de la libertad y de esa gozosa y riesgosa experiencia por la que podemos decir: Quiero, o no quiero; lo hago, o me abstengo. Hoy la Escritura nos presenta situaciones imposibles, impensables, pero que son posibles y son reales porque Dios interviene y porque Dios conduce esta historia con la colaboración o a pesar de la resistencia de las criaturas.

Sara se ríe porque, en la visita de aquellos tres personajes misteriosos que, en momentos parece que se hacen uno, porque sólo habla uno y Abraham se dirige a El como a su Señor, también ante ellos se ve esta exquisita hospitalidad brindada que prometen, así como una consecuencia lógica de la acción del hombre y no un proyecto extraordinario de Dios, prometen que dentro de un año, la anciana estéril y el nonagenario Abraham, habrán engendrado un hijo. Y sí es para dar risa porque lo que no sucedió en los tiempos juveniles, va a suceder ahora. Con la risa y con lo impensable de este acontecimiento, Dios conduce la historia y, efectivamente, así sucede.

Y el evangelio nos presenta esta parte del oficial que se preocupa por su súbdito. ¿De cuándo acá, y menos en el mundo pagano, una persona que se enferme, el patrón, el oficial debe preocuparse a este grado por la enfermedad del otro su súbdito? Sin embargo, ‘ni en Israel -dice Jesús- he hallado una fe tan grande’. La fe entonces no viene sólo por estar registrado en el libro de bautismos. La fe, si esa es la forma ordinaria de darla a conocer, habrá también otras formas que, si es don de Dios, él la da a quien quiera y a veces más grande que a los que oficialmente somos los creyentes, los que practicamos la fe.

Si es cierto lo que dice el apóstol Santiago, que la fe sin obras es muerta, pues de veras que ‘ni en Israel he hallado una fe tan grande’ como la que tiene este oficial pagano. Intercede por su criado -cosa que parecería impensado, que el oficial interceda por su criado, y que interceda un pagano ante el Señor y llamándole: ‘Señor’- y el milagro también se realiza porque finalmente, con la colaboración o rechazo de los creyentes, con la colaboración o rechazo de los paganos, el Señor lleva adelante su historia de salvación y hace realizable lo impensable y hace posible lo que humanamente resultaba imposible.

Si Dios conduce la historia, habrá que seguirnos poniendo como instrumentos dóciles para que Él la conduzca como quiera y nosotros estemos preocupados por secundar su voluntad.
Si Él es el que va a llevar a feliz término esta implantación y crecimiento del Reino, nos toca ser ciudadanos del Reino y que otros lo sean para hacer más accesible esta salvación de Dios y para ir anticipando el ‘ya’ que tendrá su plena realización en el final de la historia.

¿Hasta dónde ha llegado la actitud del oficial pagano? Esta confesión de fe, la Iglesia la ha conservado precisamente en el misterio central de la fe: ‘Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya, bastará para sanarme’.

Que el Señor nos haga colaborar en proyectos impensables e imposibles, porque para Él todo es posible: La anciana estéril da a luz al Bautista; como la Virgen da a luz, permaneciendo virgen, al Salvador. Esto que la liturgia nos recordaba ayer, creo que se da. Es tiempo para seguir soñando con Dios, sabiendo que son posibles los sueños, si los ha soñado Dios mismo”.