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Con gratitud al Sr. Sepúlveda, esta Diócesis -su Diócesis-
se une a la acción de gracias que le ofreció la Diócesis hermana de Tuxtla

 

Homilía del Sr. Obispo José Trinidad Sepúlveda

EN EL XL ANIVERSARIO DE LA DIOCESIS DE TUXTLA GUTIERREZ, CHIS.

(Lunes 25 de Julio de 2005)

Hermanos:

Sabemos y creemos que es voluntad de Dios que todos los hombres se salven.

Él, que no necesita de nadie para ser infinitamente feliz quiso compartir su felicidad con sus creaturas, y para lograrlo al ver al hombre hundido en la desgracia por haberse revelado contra Él, movido por su divina misericordia realizó el misterio de la redención sufriendo y muriendo para dar al hombre una nueva oportunidad de compartir con Él su felicidad.

Y para hacer llegar a toda la humanidad los beneficios de su sacrificio, estableció su Iglesia sobre el fundamento de Pedro y los apóstoles a quienes envió a conquistar toda la tierra, a los hombres de todos los pueblos y de todos los tiempos.

Hermanos, recuerdo estas verdades elementales de nuestra fe para afirmar que Dios nunca se olvidó de este jironcito de tierra de el sureste de México, en que ahora nos encontramos y que desde toda la eternidad ha tenido delante de sus ojos y dentro de su corazón. Quizá su mirada fue por mucho tiempo triste y angustiosa mientras llegaba el evangelio a las multitudes que en este mundo desconocido todavía vivían extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor. Pero apenas vencida la inmensidad del mar y descubierto el nuevo mundo, movió a la Iglesia y a los gobernantes a enriquecer a estos pueblos con los tesoros de la salvación.

Y uno de los lugares por donde llegaron los primeros conquistadores y misioneros fueron precisamente estas tierras de Tabasco y de Chiapas.

Los religiosos dominicos con valentía y heroísmo atravesaron las selvas, que ahora son nuestra Diócesis de Tuxtla hasta llegar a San Cristóbal donde se estableció una de las Diócesis más antiguas de América y de México, más antigua incluso que la de Guadalajara. Lo cual muestra la predilección del Señor y el deseo de que cuanto antes aquí se estableciera su Reino.

Fue tarea tremendamente difícil. Debieron domar los misioneros la geografía que interponía continuamente barreras con cordilleras y abismos interminables cubiertos de bosques. Las veredas que bordeaban abismos de vértigo y que yo debí recorrer, eran descritas por uno de los primeros misioneros como veredas hechas por los demonios para despeñar cristianos.

A quienes venían en esa expedición se les acabaron las sandalias y debieron ser llevados en hamacas por los indígenas para llegar a su destino.

El número de los misioneros nunca fue suficiente para lograr una evangelización profunda y duradera.

Las fuerzas del mal la interrumpieron con guerras y persecuciones, que lograron la expulsión de los misioneros e impidieron la tarea de los Obispos, que quedaron con escaso clero y acosados por autoridades anticlericales que llegaron hasta épocas recientes con Garrido Canabal, que pretendió acabar con el catolicismo en el sureste de México. Se despojó a la Iglesia de todos los edificios donde realizaba su apostolado y hasta los mismos templos fueron saqueados.

Al hacerme cargo de la Diócesis, algunos ancianos me contaron horrorizados la quema de las imágenes que se hicieron en Tuxtla.

Pero hermanos, hace cuarenta años sonó la hora de Dios.

Cristo el Señor de la Iglesia, vino a este lugar donde nos encontramos para establecer un nuevo bastión de la Iglesia donde un Obispo desde este templo convertido en Catedral, iluminara estas tierras con la palabra de Dios, para que hiciera brotar a raudales la fuente de aguas vivas para quienes morían de sed, y para que se multiplicaran las mesas de familia, para que las almas débiles y hambrientas se alimentaran con el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Hace cuarenta años el Señor quiso que Tuxtla fuera Diócesis, para que desde aquí, se ofreciera a todos, la plenitud de salvación, de esperanza y de alegría, que guardaba para nosotros en su Divino Corazón.

Por eso estamos celebrando con una inmensa acción de gracias el regalo de valor infinito que el Señor hizo hace cuarenta años a esta tierra bendita de Tuxtla Gutiérrez.

Sin embargo deseo que, en estos momentos, me permitan confiarles los sentimientos que experimenté al saber que era yo quien por voluntad del Señor, manifestada por su Vicario en la tierra, era el designado para ser el instrumento en manos de Cristo, para emprender la tarea de organizar la nueva Diócesis.

Hermanos debo decirles con toda sinceridad que mi reacción no sólo fue de sorpresa, sino de angustia tan grande como nunca había experimentado.

Vi con toda claridad que yo no era el indicado para realizar una tarea tan importante que superaba mi capacidad y yo sería responsable de los daños tan graves que afectarían a la Iglesia y a las almas.

Por eso, para cumplir lo que yo estimaba como un deber de conciencia, quise manifestar al Señor Delegado Apostólico las razones que me impedían aceptar el nombramiento.

«Excelencia, dije al Señor Delegado Apostólico; que para proponer al Santo Padre el nombramiento de un Obispo, la Santa Sede realiza una encuesta secreta entre el mayor número de personas que conocen al candidato pidiendo su opinión sobre las cualidades y defectos que deben tenerse en cuenta para su posible nombramiento; en mi caso, me he dado cuenta que las personas que me conocen, me estiman en más de lo que valgo y no quiero engañar a la Iglesia» y con toda sinceridad le manifesté mis carencias y graves defectos que impedirían mi nombramiento. El Señor Delegado se limitó a decirme «todo eso ya está resuelto por personas prudentes».

«Excelencia, debo agregar que en mi vida sacerdotal no he tenido oportunidad de participar en tareas directas de pastoral diocesana. Sólo fui durante menos de un año vicario cooperador en una parroquia en donde sólo se me encargó la atención de las rancherías, el catecismo parroquial y la Congregación Mariana de jóvenes. El resto de mi vida sacerdotal he sido superior y profesor en el Seminario, sin que me fuera posible conocer el funcionamiento de las estructuras diocesanas. Excelencia, si no sé cómo se administra una parroquia, ¿cómo podría organizar una diócesis nueva en un lugar distante y desconocido para mí y sin organismos diocesanos establecidos?» La respuesta del Señor Delegado fue breve: «Sobre la marcha irá adquiriendo experiencia».

«Por último, Excelencia, llevo dos años aquejado de una depresión nerviosa seria que me ha hecho vivir en grave angustia y limita la eficacia de mi trabajo y de la que apenas estoy convaleciendo»; aquí el Señor Delegado sonriendo me dijo: «Padre, todos tenemos achaques, pero los médicos están para ayudarnos. Vaya a platicar en la capilla con el Señor y a las doce lo espero».

Después de suplicar al Señor me manifestara su voluntad, volví con el Señor Delegado y cuando me preguntó si estaba dispuesto a firmar mi aceptación le contesté: «Excelencia, quisiera hacerlo bajo condición: Que durante un tiempo conveniente se vea con toda objetividad mi actuación, y si no es lo que espera la Iglesia, se me exonere de la responsabilidad y se me señale un lugar sencillo donde pueda seguir realizando mi sacerdocio, sin estorbar el desarrollo de la diócesis». El Señor Delegado me señaló: «Sin duda alguna se podrá encontrar ese lugar si fuere necesario, pero no sea pesimista; Dios le va a ayudar».

Después que firmé, me abrazó como compañero en el episcopado. Me invitó a comer, pero confieso que apenas pude probar algún bocado.

Seguí sin embargo varios días con la obsesión de descifrar el misterio de mi elección tan poco acertada según los criterios humanos, hasta que encontré la respuesta clara en San Pablo:

«Ha escogido Dios lo necio de este mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a lo débil del mundo para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios... a fin de que como dice la Escritura: El que se gloría se gloríe en el Señor» (1a Cor 27-31) y creí que precisamente la miseria que me hacía temblar era lo que Dios necesitaba de mí y decidió mi elección, por eso escogí como lema de mi episcopado: «Mi fortaleza es Dios» y por eso ahora les pido que en estas fiestas jubilares, en las que bondadosamente se ha querido asociar mi presencia en esta querida Diócesis de Tuxtla, toda la gloria y acción de gracias sean tributadas a quien es el origen, camino y término de todo. A mí sólo me toca gloriarme en mi propia miseria, que me ha permitido ser asociado a una misión tan grande y tan noble que me lleva a exclamar cuando pienso en Tuxtla que «valió la pena vivir y valió la pena haber sido sacerdote».

Pero hermanos, está lejos de mí pensar que fui el único llamado a dar vida a la diócesis de Tuxtla.

Después de varios años de prueba vi que urgía intensificar cada vez más la tarea apostólica.

De todas partes se me pedían sacerdotes. Centenares de comunidades se sentían solas a merced de las sectas que disponían de grandes recursos para atraerlos.

Además, con frecuencia debía dejar la sede episcopal para visitar las zonas rurales y para emprender viajes largos y difíciles a las diócesis del centro de México, en demanda de ayuda de sacerdotes y recursos económicos.

Quienes, ignorando el motivo de mis ausencias, al verme en Tuxtla me decían: «Hace bien en salir a descansar, porque aquí el trabajo es muy agotador».

Esta situación me obligó a pedir insistentemente al Santo Padre la ayuda de un Obispo Auxiliar. Vencidas las dificultades inherentes a estos nombramientos, se respondió a mi solicitud en la persona del Señor Obispo Don Felipe Aguirre Franco. Regalo espléndido de Dios, que me concedió el mejor Obispo Auxiliar que pudiera haber esperado. El fue el primer sacerdote que se ofreció a venir a trabajar en la nueva Diócesis, pero su generosidad no consiguió el permiso de su Arzobispo; pero después de una circunstancia providencial y la intervención del Delegado Apostólico le permitieron venir y se encontraba en la diócesis como párroco en San Marcos, cuando llegó su nombramiento de Obispo Auxiliar de la Diócesis el 25 de Marzo del 74.

A él pude confiarle de inmediato la atención permanente de la Sede Episcopal, la organización de las estructuras diocesanas y de los grupos apostólicos de seglares. Y yo pude emprender con mayor amplitud la pastoral itinerante en las diversas regiones de la diócesis y realizar promociones de diversa índole en las diócesis hermanas.

Otra ayuda de hermano y amigo que me proporcionó y agradezco al Señor Aguirre fue la caridad con que me sostuvo y animó en los momentos difíciles que debí afrontar.

Y después de veintidós años y medio, con mi traslado a San Juan de los Lagos se inicia la segunda etapa en la vida de la Diócesis.

No se hizo esperar el nombramiento de mi sucesor en la persona del Señor Felipe Aguirre Franco, que a la riqueza de su personalidad y de su profunda piedad y celo apostólico sumaba el conocimiento de la diócesis que en parte era obra suya.

No necesito subrayar el impulso decisivo que recibió la diócesis con la actividad del nuevo Obispo en los años que la atendió con la plenitud de su autoridad episcopal.

La generación presente ha sido testigo del crecimiento de la diócesis en todos sus niveles y estructuras.

Recibió el Señor Aguirre veintinueve sacerdotes y el dejó ciento veintiocho.

Multiplicó el número de parroquias y centenas de comunidades antes abandonadas reciben la visita del sacerdote que lleva la palabra de Dios y la vida de los Sacramentos.

Recibió un Seminario Menor en la sede y un Seminario Mayor disperso en otras diócesis. El deja un Seminario completo, con instalaciones amplias y funcionales y con un equipo formador que ha recibido especialización en universidades nacionales y europeas y que dispone de adecuado material pedagógico; cuenta en la actualidad con cuarenta y cuatro seminaristas menores y ochenta y ocho en el mayor.

El Señor Aguirre supo ganarse la confianza y el afecto de los laicos y logró convocar a grupos que están trabajando activamente en la pastoral y construyó la casa de San Marcos, la mejor entre las varias casas de pastoral que existen en la diócesis. No debemos olvidar su cuidado en promover la vida litúrgica y cultural.

El Señor Nuncio Apostólico admiró la labor pastoral del Señor Aguirre, ¿su promoción a la Arquidiócesis de Acapulco, tendrá esta explicación? Es posible, porque en la Iglesia del Señor, los premios consisten en una participación más dolorosa en la Cruz de Cristo.

Y llegamos a otro capítulo de la historia de la diócesis que, como he dicho, ha crecido y cuenta ya con numerosos recursos para su tarea pastoral; y por eso la Providencia que no cesa de amarla le manda al Obispo adecuado: El Señor Obispo Don José Luis Chávez Botello, quien durante toda su vida sacerdotal y como Obispo Auxiliar de Guadalajara fue destinado por sus superiores a la organización pastoral y adquirió una competencia tal que fue aprovechado a nivel diocesano y nacional.

A eso se debió que el breve tiempo que rigió la Diócesis haya sido tan importante, porque con su experiencia estructuró la vida pastoral, dándole mayor solidez y eficacia. Fue tan acertada su actuación que rápidamente se pensó aprovecharlo nombrándolo Arzobispo de Oaxaca, Arquidiócesis a la que pertenece Tuxtla Gutiérrez. A todos nos dolió su partida, pero no deja de halagarnos que en tan poco tiempo dos Obispos de Tuxtla hayan sido promovidos a sedes tan importantes de la Iglesia de México.

Pero dejemos’ ya la historia y vivamos y gocemos el momento presente.

Estamos aquí cuatro Obispos que hemos ocupado la sede de Tuxtla, pero tres de ellos en cierto modo ya pertenecemos a la historia, por eso ahora que estamos celebrando el cuadragésimo aniversario de la diócesis, la presencia más importante es la de su cuarto Obispo Don Rogelio Cabrera López, porque él es ahora el alma de la diócesis, él es representante de Cristo, el enviado a iluminar y alegrar con la buena nueva a todos los pueblos de la diócesis, es el que desde su Catedral entona con todos los fieles por medio de la liturgia el himno de alabanza que debe elevarse al Dios tres veces SANTO desde todos los confines de la Diócesis. Es él quien debe cuidar a todos los que necesitan los medios de salvación para llegar a su destino divino.

Sí hermanos, Monseñor Rogelio Cabrera no ha recibido una diócesis, en la que ya encuentra terminada la tarea; no sería justo pensar que los Obispos anteriores tenemos el mérito de haber realizado la obra más dura y dolorosa como los sembradores que presenta el salmo, que al salir van sufriendo y llorando a roturar el campo y esparcir y cultivar la simiente, y no es Don Rogelio el Sembrador que llega cantando a recoger las gavillas.

No debemos engañarnos. Dios acaba de enviar a regir la Diócesis de Tuxtla a Monseñor Rogelio en su plena madurez humana, y capacitado con la experiencia episcopal en dos diócesis, porque le espera una tarea más abrumadora y difícil que a los anteriores Obispos:

La comunidad diocesana ha crecido inconteniblemente. Hace cuarenta años al erigirse la Diócesis, Tuxtla tenía ochenta mil habitantes. Cuando terminé mi servicio ya tenía más de trescientos mil y ahora, según cálculos, se aproxima al millón. Hace cuarenta años podía abarcar en bicicleta todos los confines de la ciudad, ahora sería una imprudencia suicida y fracasaría si lo intentara.

Pero lo que hace más difícil la atención de la Diócesis no es el número de los que deben ser atendidos por el Obispo, sino las dificultades que el mundo actual paganizado y corrompido por las fuerzas del mal, oponen al mensaje de salvación y en general a la actividad de la Iglesia.

Pero yo estoy seguro que esta realidad no amedrenta al actual Obispo de Tuxtla, ya la conoce y la ha enfrentado en sus diócesis anteriores. Y sabe que no está solo. Es apóstol de Jesucristo y cuenta con la promesa: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 2, 8-19) «y el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn 15,5).

No está solo porque con él ha llegado María, la Madre de la Iglesia, para continuar en Tuxtla la labor que principió en Caná de Galilea.

Excelentísimo Señor, no está solo, contemple en este día su catedral, colmada de quienes en todas las etapas de la vida de la diócesis han sido los cireneos de los Obispos.

Están presentes, por lo menos en espíritu, los Obispos de diócesis hermanas que en diversas formas han sido y son bienhechores de esta diócesis.

Están aquí los sacerdotes, próvidos colaboradores del Obispo, que la Providencia ha multiplicado. Están los sacerdotes de otras diócesis que han aceptado venir a cubrir lugares especialmente necesitados.

Están los religiosos en la sede episcopal y en parroquias rurales integrados eclesialmente al clero de la diócesis.

Están las religiosas que, afrontando graves pobrezas y dificultades, han atendido regiones donde no había sacerdotes y eran la única luz y esperanza de salvación.

Aquí está el Seminario diocesano, la más grande esperanza de que pronto la diócesis se baste a sí misma.

Y aquí está representado el batallón más numeroso de la diócesis: los seglares. Hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e iletrados, campesinos e indígenas que han dado lo que son y cuanto tienen y se han comprometido durante estos cuarenta años en la construcción de la diócesis según sus recursos y habilidades.

Y están aquí todos los que colman esta Catedral, para decirle a su actual Obispo que siga contando con ellos porque se comprometen a seguirlo apoyando. Que se compromete cada uno a cumplir con mayor empeño la tarea que tiene dentro de la Iglesia, para que la diócesis de Tuxtla llegue a ser un hogar tan amplio, en el que puedan encontrar cobijo y vivir como hermanos todos los habitantes de esta tierra, y guiados por el Obispo lleguen con seguridad a la casa que nos construye el Señor en el Cielo.

A.M.D.G.

Los sacerdotes de la Diócesis de San Juan de los Lagos, en especial los 123 que recibimos el don del sacerdocio mediante la imposición de sus manos, le agradecemos a Mons. José Trinidad Sepúlveda, “Un Obispo contento”, por recordarnos que vale la pena vivir y vale la pena ser sacerdote, por su edificante testimonio con el que esperamos quite el miedo a todos los que sientan el llamado de Dios, y tener la certidumbre de que la fuerza y la ternura de Dios los sostendrá y los hará felices. Dios le premie.