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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:21
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Con gratitud al Sr. Sepúlveda, esta Diócesis -su Diócesis- Homilía del Sr. Obispo José Trinidad
Sepúlveda EN EL XL ANIVERSARIO DE LA DIOCESIS DE TUXTLA
GUTIERREZ, CHIS. (Lunes 25 de Julio de 2005) Hermanos: Sabemos y
creemos que es voluntad de Dios que todos los hombres se salven. Él, que no
necesita de nadie para ser infinitamente feliz quiso compartir su felicidad con sus
creaturas, y para lograrlo al ver al hombre hundido en la desgracia por haberse revelado
contra Él, movido por su divina misericordia realizó el misterio de la redención
sufriendo y muriendo para dar al hombre una nueva oportunidad de compartir con Él su
felicidad. Y para hacer
llegar a toda la humanidad los beneficios de su sacrificio, estableció su Iglesia sobre
el fundamento de Pedro y los apóstoles a quienes envió a conquistar toda la tierra, a
los hombres de todos los pueblos y de todos los tiempos. Hermanos,
recuerdo estas verdades elementales de nuestra fe para afirmar que Dios nunca se olvidó
de este jironcito de tierra de el sureste de México, en que ahora nos encontramos y que
desde toda la eternidad ha tenido delante de sus ojos y dentro de su corazón. Quizá su
mirada fue por mucho tiempo triste y angustiosa mientras llegaba el evangelio a las
multitudes que en este mundo desconocido todavía vivían extenuadas y desamparadas como
ovejas sin pastor. Pero apenas vencida la inmensidad del mar y descubierto el nuevo mundo,
movió a la Iglesia y a los gobernantes a enriquecer a estos pueblos con los tesoros de la
salvación. Y uno de los
lugares por donde llegaron los primeros conquistadores y misioneros fueron precisamente
estas tierras de Tabasco y de Chiapas. Los
religiosos dominicos con valentía y heroísmo atravesaron las selvas, que ahora son
nuestra Diócesis de Tuxtla hasta llegar a San Cristóbal donde se estableció una de las
Diócesis más antiguas de América y de México, más antigua incluso que la de
Guadalajara. Lo cual muestra la predilección del Señor y el deseo de que cuanto antes
aquí se estableciera su Reino. Fue tarea
tremendamente difícil. Debieron domar los misioneros la geografía que interponía
continuamente barreras con cordilleras y abismos interminables cubiertos de bosques. Las
veredas que bordeaban abismos de vértigo y que yo debí recorrer, eran descritas por uno
de los primeros misioneros como veredas hechas por los demonios para despeñar
cristianos. A quienes
venían en esa expedición se les acabaron las sandalias y debieron ser llevados en
hamacas por los indígenas para llegar a su destino. El número de
los misioneros nunca fue suficiente para lograr una evangelización profunda y duradera. Las fuerzas
del mal la interrumpieron con guerras y persecuciones, que lograron la expulsión de los
misioneros e impidieron la tarea de los Obispos, que quedaron con escaso clero y acosados
por autoridades anticlericales que llegaron hasta épocas recientes con Garrido Canabal,
que pretendió acabar con el catolicismo en el sureste de México. Se despojó a la
Iglesia de todos los edificios donde realizaba su apostolado y hasta los mismos templos
fueron saqueados. Al hacerme
cargo de la Diócesis, algunos ancianos me contaron horrorizados la quema de las imágenes
que se hicieron en Tuxtla. Pero
hermanos, hace cuarenta años sonó la hora de Dios. Cristo el
Señor de la Iglesia, vino a este lugar donde nos encontramos para establecer un nuevo
bastión de la Iglesia donde un Obispo desde este templo convertido en Catedral, iluminara
estas tierras con la palabra de Dios, para que hiciera brotar a raudales la fuente de
aguas vivas para quienes morían de sed, y para que se multiplicaran las mesas de familia,
para que las almas débiles y hambrientas se alimentaran con el Cuerpo y la Sangre del
Señor. Hace cuarenta
años el Señor quiso que Tuxtla fuera Diócesis, para que desde aquí, se ofreciera a
todos, la plenitud de salvación, de esperanza y de alegría, que guardaba para nosotros
en su Divino Corazón. Por eso estamos celebrando con una inmensa
acción de gracias el regalo de valor infinito que el Señor hizo hace cuarenta años a
esta tierra bendita de Tuxtla Gutiérrez. Sin embargo deseo que, en estos momentos,
me permitan confiarles los sentimientos que experimenté al saber que era yo quien
por voluntad del Señor, manifestada por su Vicario en la tierra, era el designado para
ser el instrumento en manos de Cristo, para emprender la tarea de organizar la nueva
Diócesis. Hermanos debo
decirles con toda sinceridad que mi reacción no sólo fue de sorpresa, sino de angustia
tan grande como nunca había experimentado. Vi con toda
claridad que yo no era el indicado para realizar una tarea tan importante que superaba mi
capacidad y yo sería responsable de los daños tan graves que afectarían a la Iglesia y
a las almas. Por eso, para
cumplir lo que yo estimaba como un deber de conciencia, quise manifestar al Señor
Delegado Apostólico las razones que me impedían aceptar el nombramiento. «Excelencia,
dije al Señor Delegado Apostólico; sé que para proponer al Santo Padre el
nombramiento de un Obispo, la Santa Sede realiza una encuesta secreta entre el mayor
número de personas que conocen al candidato pidiendo su opinión sobre las cualidades y
defectos que deben tenerse en cuenta para su posible nombramiento; en mi caso, me he
dado cuenta que las personas que me conocen, me estiman en más de lo que valgo y
no quiero engañar a la Iglesia» y con toda sinceridad le manifesté mis carencias y
graves defectos que impedirían mi nombramiento. El Señor Delegado se limitó a decirme «todo
eso ya está resuelto por personas prudentes». «Excelencia,
debo agregar que en mi vida sacerdotal no he tenido oportunidad de participar en tareas
directas de pastoral diocesana. Sólo fui durante menos de un año vicario cooperador en
una parroquia en donde sólo se me encargó la atención de las rancherías, el
catecismo parroquial y la Congregación Mariana de jóvenes. El resto de mi vida
sacerdotal he sido superior y profesor en el Seminario, sin que me fuera posible
conocer el funcionamiento de las estructuras diocesanas. Excelencia, si no sé cómo se
administra una parroquia, ¿cómo podría organizar una diócesis nueva en un lugar
distante y desconocido para mí y sin organismos diocesanos establecidos?» La
respuesta del Señor Delegado fue breve: «Sobre la marcha irá adquiriendo
experiencia». «Por
último, Excelencia, llevo dos años aquejado de una depresión nerviosa seria que me ha
hecho vivir en grave angustia y limita la eficacia de mi trabajo y de la que apenas estoy
convaleciendo»; aquí el Señor Delegado sonriendo me dijo: «Padre, todos tenemos
achaques, pero los médicos están para ayudarnos. Vaya a platicar en la capilla con el
Señor y a las doce lo espero». Después de
suplicar al Señor me manifestara su voluntad, volví con el Señor Delegado y cuando me
preguntó si estaba dispuesto a firmar mi aceptación le contesté: «Excelencia,
quisiera hacerlo bajo condición: Que durante un tiempo conveniente se vea con toda
objetividad mi actuación, y si no es lo que espera la Iglesia, se me exonere
de la responsabilidad y se me señale un lugar sencillo donde pueda seguir
realizando mi sacerdocio, sin estorbar el desarrollo de la diócesis». El Señor
Delegado me señaló: «Sin duda alguna se podrá encontrar ese lugar si fuere
necesario, pero no sea pesimista; Dios le va a ayudar». Después que
firmé, me abrazó como compañero en el episcopado. Me invitó a comer, pero confieso que
apenas pude probar algún bocado. Seguí sin
embargo varios días con la obsesión de descifrar el misterio de mi elección tan poco
acertada según los criterios humanos, hasta que encontré la respuesta clara en San
Pablo: «Ha
escogido Dios lo necio de este mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido
Dios a lo débil del mundo para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y
despreciable del mundo ha escogido; lo que no es, para reducir a la nada lo que
es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios... a fin de que como
dice la Escritura: El que se gloría se gloríe en el Señor» (1a
Cor 27-31) y creí que precisamente la miseria que me hacía temblar era lo que Dios
necesitaba de mí y decidió mi elección, por eso escogí como lema de mi episcopado: «Mi
fortaleza es Dios» y por eso ahora les pido que en estas fiestas jubilares, en
las que bondadosamente se ha querido asociar mi presencia en esta querida Diócesis de
Tuxtla, toda la gloria y acción de gracias sean tributadas a quien es el origen, camino y
término de todo. A mí sólo me toca gloriarme en mi propia miseria, que me ha permitido
ser asociado a una misión tan grande y tan noble que me lleva a exclamar cuando pienso en
Tuxtla que «valió la pena vivir y valió la pena haber sido sacerdote». Pero
hermanos, está lejos de mí pensar que fui el único llamado a dar vida a la diócesis de
Tuxtla. Después de varios años de prueba vi que
urgía intensificar cada vez más la tarea apostólica. De todas partes se me pedían sacerdotes.
Centenares de comunidades se sentían solas a merced de las sectas que disponían de
grandes recursos para atraerlos. Además, con frecuencia debía dejar la
sede episcopal para visitar las zonas rurales y para emprender viajes largos y difíciles
a las diócesis del centro de México, en demanda de ayuda de sacerdotes y recursos
económicos. Quienes, ignorando el motivo de mis
ausencias, al verme en Tuxtla me decían: «Hace bien en salir a descansar, porque
aquí el trabajo es muy agotador». Esta
situación me obligó a pedir insistentemente al Santo Padre la ayuda de un Obispo
Auxiliar. Vencidas las dificultades inherentes a estos nombramientos, se respondió a mi
solicitud en la persona del Señor Obispo Don Felipe Aguirre Franco. Regalo espléndido de
Dios, que me concedió el mejor Obispo Auxiliar que pudiera haber esperado. El fue el
primer sacerdote que se ofreció a venir a trabajar en la nueva Diócesis, pero su
generosidad no consiguió el permiso de su Arzobispo; pero después de una circunstancia
providencial y la intervención del Delegado Apostólico le permitieron venir y se
encontraba en la diócesis como párroco en San Marcos, cuando llegó su nombramiento de
Obispo Auxiliar de la Diócesis el 25 de Marzo del 74. A él pude
confiarle de inmediato la atención permanente de la Sede Episcopal, la organización de
las estructuras diocesanas y de los grupos apostólicos de seglares. Y yo pude emprender
con mayor amplitud la pastoral itinerante en las diversas regiones de la diócesis y
realizar promociones de diversa índole en las diócesis hermanas. Otra ayuda de
hermano y amigo que me proporcionó y agradezco al Señor Aguirre fue la caridad con que
me sostuvo y animó en los momentos difíciles que debí afrontar. Y después de
veintidós años y medio, con mi traslado a San Juan de los Lagos se inicia la segunda
etapa en la vida de la Diócesis. No se hizo
esperar el nombramiento de mi sucesor en la persona del Señor Felipe Aguirre Franco, que
a la riqueza de su personalidad y de su profunda piedad y celo apostólico sumaba el
conocimiento de la diócesis que en parte era obra suya. No necesito
subrayar el impulso decisivo que recibió la diócesis con la actividad del nuevo Obispo
en los años que la atendió con la plenitud de su autoridad episcopal. La
generación presente ha sido testigo del crecimiento de la diócesis en todos sus niveles
y estructuras. Recibió el
Señor Aguirre veintinueve sacerdotes y el dejó ciento veintiocho. Multiplicó
el número de parroquias y centenas de comunidades antes abandonadas reciben la visita del
sacerdote que lleva la palabra de Dios y la vida de los Sacramentos. Recibió un Seminario Menor en la sede y
un Seminario Mayor disperso en otras diócesis. El deja un Seminario completo, con
instalaciones amplias y funcionales y con un equipo formador que ha recibido
especialización en universidades nacionales y europeas y que dispone de adecuado material
pedagógico; cuenta en la actualidad con cuarenta y cuatro seminaristas menores y ochenta
y ocho en el mayor. El Señor
Aguirre supo ganarse la confianza y el afecto de los laicos y logró convocar a grupos que
están trabajando activamente en la pastoral y construyó la casa de San Marcos, la mejor
entre las varias casas de pastoral que existen en la diócesis. No debemos olvidar su
cuidado en promover la vida litúrgica y cultural. El Señor
Nuncio Apostólico admiró la labor pastoral del Señor Aguirre, ¿su promoción a la
Arquidiócesis de Acapulco, tendrá esta explicación? Es posible, porque en la Iglesia
del Señor, los premios consisten en una participación más dolorosa en la Cruz de
Cristo. Y llegamos a
otro capítulo de la historia de la diócesis que, como he dicho, ha crecido y cuenta ya
con numerosos recursos para su tarea pastoral; y por eso la Providencia que no cesa de
amarla le manda al Obispo adecuado: El Señor Obispo Don José Luis Chávez Botello, quien
durante toda su vida sacerdotal y como Obispo Auxiliar de Guadalajara fue destinado por
sus superiores a la organización pastoral y adquirió una competencia tal que fue
aprovechado a nivel diocesano y nacional. A eso se
debió que el breve tiempo que rigió la Diócesis haya sido tan importante, porque con su
experiencia estructuró la vida pastoral, dándole mayor solidez y eficacia. Fue tan
acertada su actuación que rápidamente se pensó aprovecharlo nombrándolo Arzobispo de
Oaxaca, Arquidiócesis a la que pertenece Tuxtla Gutiérrez. A todos nos dolió su
partida, pero no deja de halagarnos que en tan poco tiempo dos Obispos de Tuxtla hayan
sido promovidos a sedes tan importantes de la Iglesia de México. Pero dejemos
ya la historia y vivamos y gocemos el momento presente. Estamos aquí
cuatro Obispos que hemos ocupado la sede de Tuxtla, pero tres de ellos en cierto modo ya
pertenecemos a la historia, por eso ahora que estamos celebrando el cuadragésimo
aniversario de la diócesis, la presencia más importante es la de su cuarto Obispo Don
Rogelio Cabrera López, porque él es ahora el alma de la diócesis, él es representante
de Cristo, el enviado a iluminar y alegrar con la buena nueva a todos los pueblos de la
diócesis, es el que desde su Catedral entona con todos los fieles por medio de la
liturgia el himno de alabanza que debe elevarse al Dios tres veces SANTO desde todos los
confines de la Diócesis. Es él quien debe cuidar a todos los que necesitan los medios de
salvación para llegar a su destino divino. Sí hermanos,
Monseñor Rogelio Cabrera no ha recibido una diócesis, en la que ya encuentra terminada
la tarea; no sería justo pensar que los Obispos anteriores tenemos el mérito de haber
realizado la obra más dura y dolorosa como los sembradores que presenta el salmo, que al
salir van sufriendo y llorando a roturar el campo y esparcir y cultivar la simiente, y no
es Don Rogelio el Sembrador que llega cantando a recoger las gavillas. No debemos
engañarnos. Dios acaba de enviar a regir la Diócesis de Tuxtla a Monseñor Rogelio en su
plena madurez humana, y capacitado con la experiencia episcopal en dos diócesis, porque
le espera una tarea más abrumadora y difícil que a los anteriores Obispos: La comunidad
diocesana ha crecido inconteniblemente. Hace cuarenta años al erigirse la Diócesis,
Tuxtla tenía ochenta mil habitantes. Cuando terminé mi servicio ya tenía más de
trescientos mil y ahora, según cálculos, se aproxima al millón. Hace cuarenta años
podía abarcar en bicicleta todos los confines de la ciudad, ahora sería una imprudencia
suicida y fracasaría si lo intentara. Pero lo que
hace más difícil la atención de la Diócesis no es el número de los que deben ser
atendidos por el Obispo, sino las dificultades que el mundo actual paganizado y corrompido
por las fuerzas del mal, oponen al mensaje de salvación y en general a la actividad de la
Iglesia. Pero yo estoy
seguro que esta realidad no amedrenta al actual Obispo de Tuxtla, ya la conoce y la ha
enfrentado en sus diócesis anteriores. Y sabe que no está solo. Es apóstol de
Jesucristo y cuenta con la promesa: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin
del mundo» (Mt 2, 8-19) «y el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn
15,5). No está solo
porque con él ha llegado María, la Madre de la Iglesia, para continuar en Tuxtla la
labor que principió en Caná de Galilea. Excelentísimo
Señor, no está solo, contemple en este día su catedral, colmada de quienes en todas las
etapas de la vida de la diócesis han sido los cireneos de los Obispos. Están
presentes, por lo menos en espíritu, los Obispos de diócesis hermanas que en diversas
formas han sido y son bienhechores de esta diócesis. Están aquí los sacerdotes, próvidos
colaboradores del Obispo, que la Providencia ha multiplicado. Están los sacerdotes de
otras diócesis que han aceptado venir a cubrir lugares especialmente necesitados. Están los religiosos en la sede episcopal
y en parroquias rurales integrados eclesialmente al clero de la diócesis. Están las religiosas que, afrontando
graves pobrezas y dificultades, han atendido regiones donde no había sacerdotes y eran la
única luz y esperanza de salvación. Aquí está el Seminario diocesano, la
más grande esperanza de que pronto la diócesis se baste a sí misma. Y aquí está representado el batallón
más numeroso de la diócesis: los seglares. Hombres y mujeres, ricos y pobres, cultos e
iletrados, campesinos e indígenas que han dado lo que son y cuanto tienen y se han
comprometido durante estos cuarenta años en la construcción de la diócesis según sus
recursos y habilidades. Y están
aquí todos los que colman esta Catedral, para decirle a su actual Obispo que siga
contando con ellos porque se comprometen a seguirlo apoyando. Que se compromete cada uno a
cumplir con mayor empeño la tarea que tiene dentro de la Iglesia, para que la diócesis
de Tuxtla llegue a ser un hogar tan amplio, en el que puedan encontrar cobijo y vivir como
hermanos todos los habitantes de esta tierra, y guiados por el Obispo lleguen con
seguridad a la casa que nos construye el Señor en el Cielo. A.M.D.G. Los sacerdotes de la Diócesis de San Juan de los Lagos, en
especial los 123 que recibimos el don del sacerdocio mediante la imposición de sus manos,
le agradecemos a Mons. José Trinidad Sepúlveda, Un Obispo contento, por
recordarnos que vale la pena vivir y vale la pena ser sacerdote, por su edificante
testimonio con el que esperamos quite el miedo a todos los que sientan el llamado de
Dios, y tener la certidumbre de que la fuerza y la ternura de Dios los sostendrá y
los hará felices. Dios le premie.
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