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Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 03:26
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XIª Asamblea General Ordinaria SÍNODO
DE LOS OBISPOS LA EUCARISTÍA: FUENTE Y
CUMBRE DE LA VIDA Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA INSTRUMENTUM LABORIS Ciudad del Vaticano 2005 ÍNDICE Prefacio INTRODUCCIÓN Asamblea sinodal en el Año de la
Eucaristía Instrumentum laboris y su uso Parte I: EUCARISTÍA Y MUNDO ACTUAL Capítulo I: HAMBRE DEL PAN DE DIOS Pan para el hombre en el mundo Algunos datos estadísticos esenciales Eucaristía en diferentes contextos de la
Iglesia Eucaristía y sentido cristiano de la
vida Capítulo II:
EUCARISTÍA Y COMUNIÓN ECLESIAL Misterio eucarístico, expresión de unidad
eclesial Relación entre Eucaristía e Iglesia,
«Esposa de Cristo» Relación entre Eucaristía y otros
sacramentos Estrecha relación entre Eucaristía y
Penitencia Relación entre Eucaristía y fieles Sombras en la celebración de la Eucaristía Parte II: FE DE LA IGLESIA EN EL MISTERIO DE LA EUCARISTÍA Capítulo I: EUCARISTÍA, DON DE DIOS PARA SU PUEBLO Eucaristía, misterio de la fe Eucaristía, nueva y eterna alianza Fe y celebración de la Eucaristía Fe personal y eclesial Percepción del misterio eucarístico entre los fieles Sentido de lo sagrado en la Eucaristía Capítulo II: MISTERIO PASCUAL Y EUCARISTÍA Centralidad del misterio pascual Nombres de la Eucaristía Sacrificio, memorial y convivio Consagración y Presencia real Parte III: LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE LA IGLESIA Capítulo I:
CELEBRAR LA EUCARISTÍA «Te damos gracias porque nos haces dignos
de servirte en tu presencia» Ritos de introducción Liturgia de la Palabra Liturgia Eucarística Comunión Ritos de conclusión Ars celebrando Palabra y Pan de vida Significado de las normas Urgencias pastorales Canto litúrgico Decoro del lugar sagrado Capítulo II: ADORAR EL MISTERIO DEL SEÑOR De la celebración a la adoración Actitudes de adoración En la espera del Señor Eucaristía dominical Parte
IV: LA EUCARISTÍA EN LA MISIÓN DE LA
IGLESIA Capítulo I: ESPIRITUALIDAD EUCARÍSTICA Eucaristía, fuente de la moral cristiana Personas y comunidades eucarísticas María, mujer eucarística Capítulo II: EUCARISTÍA Y MISIÓN DE
EVANGELIZACIÓN Actitud eucarística Implicaciones sociales de la Eucaristía Eucaristía e inculturación Eucaristía y Paz Eucaristía y unidad Eucaristía y ecumenismo Eucaristía e intercomunión Ite missa est CONCLUSIÓN
Prefacio La Iglesia
vive de la Eucaristía desde sus orígenes. En ella encuentra la razón de su existencia,
la fuente inagotable de su santidad, la fuerza de la unidad y el vínculo de la comunión,
el impulso de su vitalidad evangélica, el principio de su acción evangelizadora, el
manantial de la caridad y la pujanza de la promoción humana, la anticipación de su
gloria en el banquete eterno de las Bodas del Cordero (cf. Ap 19,7-9). Entre las
presencias de diverso grado del Señor resucitado en la Iglesia, un puesto absolutamente
particular ocupa el sacramento de la Eucaristía, en el cual, por la gracia del Espíritu
Santo y las palabras de la consagración, el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y
la Sangre de Jesucristo para la gloria y la alabanza de Dios Padre. Este inestimable don y
gran misterio tuvo lugar en la Última Cena y, por explícito mandato del Señor Jesús:
«haced esto en recuerdo mío» (Lc 22,19), ha sido trasmitido a nosotros por medio
de los apóstoles y de sus sucesores. A este respecto, san Pablo en el relato del pan y
del cáliz de la nueva Alianza, escribió: «Porque yo recibí del Señor lo que os he
trasmitido» (1 Co 11,23). Se trata de una sagrada Tradición fielmente transferida
de generación en generación hasta nuestros días. El depósito
de la fe eucarística, no obstante las diversas controversias doctrinales y disciplinares,
ha llegado hasta nosotros, por la gracia de la divina Providencia, en su pureza original,
en virtud sobre todo, de la doctrina de dos Concilios ecuménicos, el de Trento
(1545-1563) y el Vaticano II (1962-1965). Una mejor comprensión del misterio eucarístico
ha sido posible gracias a la notable contribución de varios Sumos Pontífices, entre los
cuales deben ser recordados Pablo VI y Juan Pablo II, de feliz memoria, ambos empeñados
en la aplicación, a nivel de la Iglesia universal, de las decisiones del Concilio
Vaticano II. Durante el Pontificado de Juan Pablo II la Iglesia Católica se ha
enriquecido con grandes documentos sobre el sacramento de la Eucaristía. Basta recordar
el Catecismo de la Iglesia Católica, la encíclica Ecclesia de
Eucharistia, la carta apostólica Lumen Gentium (n. 11), retomada también
por Ecclesia de Eucharistia (nn. 1 y 13). No se trata de una alusión
casual, sino programática en vista de una renovación del entusiasmo del Concilio
Vaticano II por verificar la aplicación de la enseñanza sobre el sacramento de la
Eucaristía a la luz del ulterior Magisterio de la Iglesia. Ayudada por
los Miembros del Consejo Ordinario, la Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha
comenzado la preparación de la XI Asamblea General Ordinaria, con la redacción de los
Lineamenta, documento publicado al comienzo del año 2004 con la intención de
suscitar una vasta reflexión eclesial sobre el misterio de la Eucaristía, celebrado y
adorado en las diócesis y en las comunidades de la Iglesia Católica y anunciado al mundo
entero. En efecto, el documento ha sido enviado a las Conferencias Episcopales, a las
Iglesias Orientales Católicas sui iuris, a los Dicasterios de la Curia Romana y a
la Unión de los Superiores Generales, con el explícito pedido de responder, después de
haber reflexionado y rezado, a un Cuestionario sobre diversos argumentos relacionados con
la Eucaristía. Además, el mismo documento ha sido ampliamente difundido en la Iglesia y
en el mundo a través de los medios de comunicación social. El Pueblo de Dios, guiado por
sus Pastores, ha respondido bien a esta consulta, ofreciendo válidas contribuciones sobre
el tema, en vista de la preparación de la asamblea sinodal. En varios países fueron
promovidas discusiones a nivel de las diócesis, de las parroquias y de otras comunidades
eclesiales. Se ha tratado, por lo tanto, de una profunda reflexión sobre la fe y sobre la
praxis eucarística a nivel de la Iglesia universal. Las
reacciones llegaron a la Secretaría General bajo forma de «respuestas», de parte de los
organismos antes mencionados, con una notable dimensión colegial, y bajo la forma de
«observaciones» de parte de aquellos que, espontáneamente, han querido contribuir al
proceso sinodal. Los frutos han sido recogidos en el presente Instrumentum laboris,
que es una síntesis fiel de las contribuciones recibidas. Al reflejar el tenor de las
respuestas en el documento, no se ha querido presentar nuevamente una síntesis
teológica, sistemática y completa sobre el sacramento de la Eucaristía, que por otra
parte, ya existe en la Iglesia, sino más bien, recordar algunas verdades doctrinales que
tienen una notable influencia sobre la celebración del sublime misterio de nuestra fe,
poniendo de relieve su gran riqueza pastoral. Por lo tanto, el documento se ha concentrado
principalmente en los aspectos positivos de la celebración eucarística, que reúne a los
fieles y hace de ellos una comunidad, no obstante las diferencias de raza, lengua, nación
y cultura. En el documento son además mencionadas algunas omisiones o negligencias en la
celebración de la Eucaristía que, gracias a Dios, son bastante marginales. Ellas, sin
embargo, permiten tomar conciencia del respeto y de la piedad con que los miembros del
clero y todos los fieles deberían acercarse a la Eucaristía para celebrar el sagrado
misterio. No faltan, finalmente, algunas propuestas, provenientes de numerosas respuestas,
fruto de profundas reflexiones pastorales de las Iglesias particulares y de otros
organismos consultados. Obviamente, la celebración del sacramento
de la Eucaristía se manifiesta en cada país y continente con notable variedad, que
resulta evidente si se considera la variedad de Tradiciones espirituales o ritos en la
Iglesia Católica. La diversidad, lejos de debilitar la unidad, revela la riqueza de la
Iglesia en la comunión católica, caracterizada por el intercambio de dones y
experiencias. Los católicos de Tradición latina perciben tal riqueza en la insigne
espiritualidad de las Iglesias Orientales Católicas, como resulta de los Lineamenta
y del Instrumentum laboris. Análogamente, los cristianos de las Tradiciones
orientales descubren constantemente el notable patrimonio teológico y espiritual de la
Tradición latina. Esta actitud tiene también una finalidad ecuménica. En efecto, si la
Iglesia Católica respira con dos pulmones, y por ello agradece a la Divina Providencia,
también espera el santo día, en el cual esa riqueza espiritual podrá ser ampliada y
vivificada por una plena y visible unidad con aquellas Iglesias Orientales que, aún
careciendo de una plena comunión, en buena parte profesan la misma fe en el misterio de
Jesucristo Eucaristía. El Instrumentum
laboris está destinado a los Padres sinodales como documento de trabajo y de ulterior
reflexión sobre la Eucaristía, la cual, como corazón de la Iglesia, la congrega en la
comunión y la orienta hacia la misión. No cabe ninguna duda que la reflexión será
beneficiosa porque el espíritu de colegialidad, propio de las reuniones sinodales,
favorecerá el consenso sobre las propuestas destinadas al Santo Padre. Además, podrán
recogerse los abundantes frutos de la reforma litúrgica, de las investigaciones
exegéticas y de las reflexiones teológicas que han caracterizado el período sucesivo al
Concilio Vaticano II. En las
respuestas sintetizadas en el Instrumentum laboris se percibe la esperanza del
Pueblo de Dios en el buen resultado de las discusiones de los Padres sinodales, reunidos
en torno al Obispo de Roma, Cabeza del Colegio Episcopal y Presidente del Sínodo, junto a
los otros representantes de la comunidad de la Iglesia. Se espera, en efecto, que el
debate sinodal contribuya a descubrir nuevamente la belleza de la Eucaristía, sacrificio,
memorial y banquete de Jesucristo, Salvador y Redentor del mundo. Los fieles esperan
orientaciones apropiadas para que sea celebrado más dignamente el sacramento de la
Eucaristía, Pan bajado del cielo (cf. Jn 6,58) y ofrecido por Dios Padre en su
Hijo Unigénito, para que con más devoción sea adorado el Señor bajo las especies del
pan y del vino, para que sean reforzados los vínculos de unidad y de comunión entre
aquellos que se nutren del Cuerpo y Sangre del Señor. Esta esperanza no sorprende, pues
los cristianos que participan en la Mesa del Señor, iluminados por la gracia del
Espíritu Santo, son parte viva de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesucristo. Ellos son
testigos en el ambiente de la vida y del trabajo, permaneciendo atentos a las necesidades
espirituales y materiales del hombre contemporáneo, activos en la construcción de un
mundo más justo, en el cual a ninguno falte el pan nuestro de cada día. Los Padres
sinodales desarrollarán sus tareas sinodales siguiendo el ejemplo de la Beata Virgen
María, Mujer eucarística, en la disponibilidad a cumplir la voluntad de Dios Padre y con
una actitud de apertura a las inspiraciones del Espíritu Santo. En esta importante
actividad serán sostenidos por los vínculos de la comunión con el clero y con los
fieles, que en este Año de la Eucaristía, con renovado celo, no cesan de orar, de
celebrar, de adorar, de testimoniar con la vida cristiana y con la caridad fraterna la
fecundidad del misterio eucarístico, anunciando con nuevo ardor apostólico a los
cercanos y a los lejanos la belleza del gran misterio de la fe encerrado en el sacramento
de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia para el Tercer
Milenio del cristianismo. Nikola Eterovi? Arzobispo titular de Sisak Secretario General
Introducción Asamblea sinodal en el Año de la Eucaristía 1. La próxima XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos,
que tendrá lugar del 2 al 23 de octubre de 2005 sobre el tema La Eucaristía: fuente y
cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, es precedida por una fase preparatoria
que compromete a la Iglesia Católica extendida en todo el mundo, gracias también al
magisterio del Papa Juan Pablo II, que ha promulgado la Encíclica Ecclesia de
Eucharistia y la Carta apostólica «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la
vida al mundo». Entonces le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan" (Jn 6, 33-34) Pan para el hombre en el mundo 3. En respuesta al pedido de un signo para poder creer, Jesucristo
se propone Él mismo a la multitud, como Pan verdadero que sacia al hombre (cf. Jn 6,35),
el Pan que desciende del cielo para dar vida al mundo. También el mundo actual tiene
necesidad de ese Pan para tener la vida. En la conversación con Jesús, que se presentaba
a sí mismo como el Pan para la vida del mundo, la gente espontáneamente le pidió:
«Señor danos siempre de ese pan». Se trata de una súplica significativa, expresión
del deseo profundo grabado en el corazón no solo de los fieles sino también de todo
hombre que anhela la felicidad simbolizada en el Pan de la vida eterna. También el mundo
en este año del Señor 2005, no obstante las dificultades y contradicciones de diversa
índole, aspira a la felicidad y desea el Pan de la vida, del alma y del cuerpo. Para dar
una respuesta a este anhelo humano el Papa ha realizado un conmovedor llamado a toda la
Iglesia para que el Año de la Eucaristía sea también ocasión de empeño, serio y
profundo, en la lucha contra el drama del hambre, del flagelo de las enfermedades, de la
soledad de los ancianos, de las desventuras de los desocupados y de las travesías de los
inmigrantes. Los frutos de este empeño serán una prueba de la autenticidad de las
celebraciones eucarísticas. No solo el hombre sino también la entera creación espera los nuevos
cielos y la nueva tierra (cf. 2 P 3,13) y la recapitulación de todas las cosas, también
las de la tierra, en Cristo (cf. Ef 1,10). Por ello, la Eucaristía, siendo la cumbre a la
cual tiende toda la creación, es también la respuesta a la preocupación del mundo
contemporáneo por el equilibrio ecológico. En efecto, a través del pan y del vino,
materia que Jesucristo ha elegido para cada Santa Misa, la celebración eucarística entra
en relación con la realidad del mundo creado y confiado al dominio del hombre (cf. Gn
1,28), en el respeto de las leyes que el Creador ha puesto en las obras de sus manos. El
pan, que se transforma en Cuerpo de Cristo, sea el fruto de una tierra fértil, pura e
incontaminada. El vino, que pasa a ser la Sangre del Señor Jesús, sea el signo de un
trabajo de transformación de la creación según las necesidades de los hombres, siempre
preocupados por salvaguardar los recursos indispensables para las generaciones futuras. El
agua, que unida al vino simboliza la unión de la naturaleza humana con la divina, en el
Señor Jesús, conserve sus propiedades saludables para los hombres sedientos de Dios
«fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14). Algunos datos estadísticos esenciales 4. El tema del Sínodo, La Eucaristía:
fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, exige también una mirada sobre
algunos datos significativos del mundo, en el cual la Iglesia vive y actúa. Ante la
imposibilidad de ofrecer un cuadro completo y exhaustivo, es siempre posible hacer
observaciones y consideraciones de índole general. Algunos datos ponen de manifiesto la
relación estadística entre la población en general y los fieles que profesan la fe
católica. En este sentido se debe observar que el número de los católicos en el 2003
era igual a 1.086.000.000, con un aumento de 15.000.000 de personas respecto del año
anterior, así repartido en los diversos continentes: África + 4,5 %; América +1,2 %;
Asia +2,2 %; Oceanía + 1,3 %. Una situación de estabilidad se registra en Europa. La
lectura de los datos sobre la distribución de los católicos en las diversas áreas
geográficas demuestra que América cuenta con el 49,8 % de los católicos del mundo
entero, mientras Europa tiene el 25,8 %, África el 13,2%, Asia el 10,4 % y Oceanía el
0,8 %. En lo que se refiere, al número de habitantes, el porcentaje de fieles
católicos en cada uno de los continentes es el siguiente: 62,46 % en América, 39,59 % en
Europa, 26,39 % en Oceanía, 16,89 % en África y 2,93 % en Asia. Desde el punto de vista de la distribución
geográfica de la Iglesia, debe observarse que en el 2003 las circunscripciones
eclesiásticas eran 2.893, es decir 10 más respecto al 2002, con un aumento en todos los
continentes. Aumentó un 27,68 % el número de los obispos en todo el mundo, pasando
de 3.714 en 1978 a 4.742 en 2003, mientras el número total de los sacerdotes en 2003
(405.450: 268.041 diocesanos y 137.409 religiosos) respecto al de 1978 (420.971: 262.485
diocesanos y 158.486 religiosos) ha sufrido una flexión del 3,69 %, debida a una
disminución del 13,30 % de los sacerdotes religiosos y a un aumento del 2,12 % de los
sacerdotes diocesanos. Además, ha disminuido de un 27,94 % el número de los religiosos
profesos no sacerdotes (de 75.802 en 1978 a 54.620 en 2003). Se verifica también una
flexión del 21,65 % en el número de las religiosas profesas (de 990.768 en 1978 a
776.269 en 2003). Dado que la celebración del sacramento de la Eucaristía se relaciona
estrechamente con el sacramento del Orden, vale la pena recordar que, en el período
1978-2003, se ha registrado un aumento del número de católicos por sacerdote. Éste, en
efecto, ha pasado de 1.797 católicos por sacerdote al comienzo del período a 2.677 al
final del mismo. Tal proporción varía de continente a continente. Por ejemplo, mientras
en Europa hay 1.386 católicos por sacerdote, en África se cuentan alrededor de 4.723, en
América 4.453, en Asia 2.407 y en Oceanía 1.746. Además, debe tenerse presente que
en este período los diáconos permanentes constituyen un grupo en fuerte aumento: el
número total en todos los continentes se ha más que quintuplicado, con un incremento
relativo del 466,7 %. No carece de interés recordar que esta figura religiosa es muy
difundida en América (especialmente en el norte del continente) con el 65,7 % de todos
los diáconos del mundo, y también en Europa con el 32 %. Igualmente importante es la
actividad desarrollada en la evangelización en todo el mundo por los misioneros laicos
(172.331) y por los catequistas (2.847.673). 5. El Sínodo tiene lugar en un período caracterizado por fuertes
contrastes en la familia humana. La globalización permite una percepción de la unidad
del género humano, gracias a los mass-media que informan sobre la realidad en todos los
ángulos de la tierra. Se trata de un importante aspecto del progreso técnico, que se ha
desarrollado en modo excepcional en los últimos decenios. Lamentablemente, la
globalización y el progreso técnico no han favorecido la paz y una mayor justicia entre
las naciones ricas y las pobres del 3° y 4° mundo. Todo hace pensar que, lastimosamente,
mientras los padres sinodales estarán reunidos, en varias partes del mundo continuarán
los actos de violencia, el terrorismo y las guerras. Al mismo tiempo hermanos y hermanas
serán víctimas de enfermedades, como por ejemplo el Sida, que producen desolación en
vastos estratos de la población, sobre todo en los países pobres. Permanecerá, tristemente, el escándalo del hambre, fenómeno que se ha
agravado en los últimos años, dado que más de mil millones de hombres viven en la
miseria. En este sentido, es necesario prestar atención a algunos fenómenos referidos a
la situación social, en particular el hambre, que no pueden ser descuidados cuando se
piensa en la relación entre la Iglesia y el mundo en términos de evangelización. En
efecto, la Iglesia desde siempre ha acompañado el anuncio del Evangelio y la transmisión
de la salvación a través de los sacramentos con las obras de la promoción humana, en
tantos campos de la vida social, como la salud, la asistencia humanitaria y la educación.
Por ello, no debe olvidarse, entre otras cosas, que en el período 1999-2001, hubo 842
millones de personas desnutridas en todo el mundo y 798 millones de ellas vivían en
países en vías de desarrollo, especialmente en África Sub-Sahariana, en Asia y en el
Pacífico. Esta dramática realidad no puede permanecer ausente en la reflexión de
los padres sinodales, los cuales, con todos los cristianos, varias veces al día suplican
al Señor: «danos hoy nuestro pan cotidiano». Eucaristía en diferentes contextos de la Iglesia 6. De las respuestas a los Lineamenta se deduce que la frecuencia a
la Santa Misa en el domingo es más bien alta en diversas Iglesias particulares de
naciones africanas y en algunas asiáticas. Se verifica, en cambio, el fenómeno contrario
en la mayor parte de los países europeos y americanos y en algunos de Oceanía, llegando
a extremos negativos del 5%. Los fieles que descuidan el precepto dominical, en la mayor
parte de los casos, no dan particular importancia a la participación en la Misa. En el
fondo, ellos no saben en qué consiste el Sacrificio y el banquete eucarístico, que
reúne a los fieles en torno al altar del Señor. La Misa pre-festiva permite a muchos cumplir el precepto, aún cuando en
algunos casos se aprovecha de la ocasión para desarrollar actividades laborales durante
el domingo. En muchos lugares la Misa durante los días feriales es frecuentada por pocas
personas, que asisten a la misma, algunas en modo habitual, otras ocasionalmente y otras a
causa de compromisos en la vida eclesial. Debería ser promovida una catequesis más continua e intensa en
relación a la importancia y a la obligación de participar en la Santa Misa del domingo y
de los días de precepto. A veces se desvaloriza la importancia del precepto sosteniendo
que es suficiente cumplirlo cuando el estado de ánimo lo sugiere. 7. Entre las Iglesias particulares se
pueden detectar algunos fenómenos principales. Se asiste a un declino de la práctica de
la fe, de la participación en la Misa, principalmente entre los jóvenes. Esto debe hacer
reflexionar acerca de cuánto tiempo se dedica de parte de los Pastores y catequistas a la
educación en la fe de los jóvenes y niños y cuánto tiempo, en cambio, se destina a
otras actividades, como las de carácter social. Se percibe un debilitamiento del sentido del
misterio en las sociedades secularizadas. Ello puede atribuirse, entre otras cosas, a
interpretaciones y acciones que deforman el sentido de la reforma litúrgica del Concilio
y que terminan en ritos banales y pobres de sentido espiritual. En otras partes las
comunidades cristianas han conservado un profundo sentido del misterio, de modo que la
liturgia mantiene en ellas un intenso significado. Se manifiesta satisfacción por una liturgia
inculturada que permite una mayor participación activa. Esto conduce a un aumento de la
participación en la Misa. Muchos jóvenes y adultos participan así en la vida y en la
misión de la Iglesia. Si a causa de la escasez de clero se celebra la Misa en las áreas
rurales solo algunas veces al mes o incluso al año, es inevitable que el servicio
dominical sea confiado a los laicos. 8. Debe aclararse que el acceso al
misterio depende de una celebración de la liturgia hecha con dignidad, así como también
de una preparación adecuada, pero sobre todo depende de la fe en el misterio en sí
mismo. A este respecto, es de gran ayuda la encíclica Redemptoris missio, que ha
puesto en evidencia los dos aspectos de la falta de fe que están incidiendo negativamente
en el impulso misionero: la secularización de la salvación y el relativismo religioso.
La primera lleva a comprometerse en favor del hombre, pero se trata de un hombre reducido
unilateralmente a la dimensión horizontal. A veces parecería que algunos vinculan
la vocación de ministro de los misterios de Dios a la de organizador de la justicia
social. El segundo aspecto lleva a abolir la verdad del cristianismo, pues se retiene que
una religión vale cuanto otra. Lejos de dejarnos llevar por el pesimismo, el Papa
Juan Pablo II en la Carta Apostólica Pastores gregis, promulgada por el Papa Juan Pablo
II luego de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. En este documento
pontificio, que recoge la reflexión sinodal sobre el argumento, se explica cómo la
comunión de los Obispos con el Sucesor de Pedro, signo de la unidad entre la Iglesia
universal y las Iglesias particulares, tiene un punto culminante en la celebración
eucarística de los Obispos con el Papa durante las visitas ad limina. La Eucaristía presidida por el Santo Padre
y concelebrada por los Pastores de las Iglesias particulares expresa en modo excelso la
unidad de la Iglesia. Tal concelebración permite ver más claramente que cada Eucaristía
se celebra en comunión con el propio Obispo, con el Romano Pontífice y con el Colegio
Episcopal y, a través de ellos, con los fieles de cada Iglesia particular y de toda la
Iglesia, de modo que la Iglesia universal está presente en la particular y ésta se
inserta, junto con las demás Iglesias particulares, en la comunión de la Iglesia
universal». En relación a la temática de la
Eucaristía como expresión de la comunión eclesial, aparecen, en varias respuestas a los
Lineamenta, los siguientes temas, que merecen una atención particular: relación entre
Eucaristía e Iglesia; relación entre Eucaristía y otros sacramentos, especialmente la
Penitencia; relación entre Eucaristía y fieles; sombras en la celebración de la
Eucaristía. Relación entre Eucaristía e Iglesia, 12. La Eucaristía es el corazón de la
comunión eclesial. El Concilio ha preferido, entre las diversas imágenes de la Iglesia,
una que expresa toda su realidad: misterio. Antes que nada, la Iglesia es misterio de
encuentro entre Dios y la humanidad; por este motivo ella es Esposa y Cuerpo de Cristo,
Pueblo de Dios y Madre. La mutua relación entre la Eucaristía y la Iglesia permite
aplicar a ambas las notas del Credo: una, santa, católica y apostólica, que la
encíclica Ecclesia de Eucharistia ha ulteriormente ilustrado. La Eucaristía construye la Iglesia y la
Iglesia es el lugar donde se realiza la comunión con Dios y entre los hombres. La Iglesia
es consciente que la Eucaristía es el sacramento de la unidad y de la santidad, de la
apostolicidad y de la catolicidad, sacramento esencial para la Iglesia, Esposa de Cristo y
su Cuerpo. Las notas de la Iglesia son al mismo tiempo los vínculos de la comunión
católica que permiten la legítima celebración de la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II recordaba que «la
Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina «con Cristo» en la medida en que se está en
relación «con su cuerpo»». Es aquí que encuentra su verdadero sentido la
observancia de las normas y el decoro de la celebración: se trata de la obediencia a
Cristo de parte de la Iglesia, su Esposa. 13. La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia.
Si bien ambas han sido instituidas por Cristo, una en vista de la otra, los dos términos
del conocido aforismo no son equivalentes. Si la Eucaristía hace crecer la Iglesia porque
en el sacramento está Jesucristo vivo, aún antes, Él ha querido que exista la Iglesia
para que ella celebre la Eucaristía. Los cristianos de Oriente subrayan especialmente
que, desde la creación, la Iglesia preexiste a su realización terrena. La pertenencia a
la Iglesia es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la
Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar a la Eucaristía
sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo laborioso» para los pecados
graves. Desde los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica,
instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial
para la reconciliación. Además, no existe Eucaristía válida y legítima sin el
sacramento del Orden. Por estas razones la encíclica Ecclesia
de Eucharistia habla de Aun influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos
de la Iglesia», y de estrecha conexión entre una y otra. Con estas premisas se
comprende mejor la afirmación que Ala celebración de la Eucaristía, no obstante, no
puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para
consolidarla y llevarla a perfección. El Sacramento expresa este vínculo de comunión,
sea en la dimensión invisible ... sea en la dimensión visible ... La íntima relación
entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la
Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la celebración
legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma...». Hablar de
eclesiología eucarística no significa que en la Iglesia todo pueda ser deducido de la
Eucaristía, la cual, sin embargo, es siempre fuente y cumbre de la vida eclesial. En
efecto, como afirma el Concilio Vaticano II: «La sagrada liturgia no agota toda la
actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la liturgia es
necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión». Ahora bien, el espacio donde naturalmente se desarrolla la vida eclesial
es la parroquia. Ella, debidamente renovada y animada, debería ser el lugar idóneo para
la formación y para el culto eucarístico, dado que, como enseñaba el Papa Juan Pablo
II, la parroquia es «una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad
principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico». La parroquia
debería aprovechar la experiencia y la cooperación de los movimientos y de las nuevas
comunidades que, bajo el impulso del Espíritu Santo han sabido valorizar, según los
propios carismas, los elementos de la iniciación cristiana. Así podrán ayudar a muchos
fieles a volver a descubrir la belleza de la vocación cristiana, cuyo centro es el
sacramento de la Eucaristía para todos en la comunidad parroquial. 14. La expresión litúrgica de la
eclesiología católica se encuentra en la anáfora mediante los llamados dípticos, que
recuerdan la dimensión eucarística del primado del Papa, Obispo de Roma, como elemento
interno de la Iglesia universal, análogamente a la del Obispo en la Iglesia
particular. Es la única Eucaristía que convoca en la unidad la Iglesia contra
cualquier fragmentación. La única Iglesia querida por Cristo remite siempre a una
Eucaristía que se realiza en comunión con el colegio apostólico, del cual, el Sucesor
de Pedro es la Cabeza. Es éste el vínculo que hace legítima la Eucaristía. No es
conforme a la unidad eucarística querida por Cristo solo una comunión transversal entre
las llamadas iglesias hermanas. Es un elemento interior al sacramento la comunión con el
Sucesor de Pedro, principio de unidad en la Iglesia, depositario del carisma de unidad y
universalidad, que es el carisma petrino. Por lo tanto, la unidad eclesial se manifiesta
en la unidad sacramental y eucarística de los cristianos. Relación entre Eucaristía y otros sacramentos 15. Existe una relación específica
entre la Eucaristía y todos los otros sacramentos. En este sentido, es necesario tener
presente, por una parte, que según el Concilio de Trento los sacramentos «contienen la
gracia que significan» y la confieren en virtud de su misma celebración. Por otra
parte, todos los sacramentos, como también todos los ministerios eclesiásticos y las
obras de apostolado, están estrechamente unidos a la sagrada Eucaristía y a ella se
ordenan. Por lo tanto, el sacramento de la Eucaristía es Ala perfección de las
perfecciones». La relación con la Eucaristía no se refiere solo a la celebración
litúrgica, sino más bien a la esencia de cada sacramento. El sacramento del Bautismo es
indispensable para entrar en la comunión eclesial, que es reforzada por los otros
sacramentos, ofreciendo al creyente Agracia sobre gracia» (Jn 1,16). Es conocida la
relación fundamental que existe entre el Bautismo y la Eucaristía en cuanto fuente de la
vida cristiana. En las Iglesias de Tradición oriental con el Bautismo se recibe también
la Santa Comunión, mientras en las Iglesias de Tradición latina se accede a la
Eucaristía en edad de razón y sólo después de haber recibido el Bautismo. Las respuestas a los Lineamenta recomiendan hacer explícita la relación
teológica entre Bautismo y Eucaristía como cumbre de la iniciación, aún cuando esto no
debe llevar necesariamente a celebrar siempre el Bautismo en la Misa. A este respecto se
manifiesta preocupación acerca de la calidad de una catequesis apropiada. 16. Existe un nexo teológico entre la Confirmación y la
Eucaristía, porque el Espíritu Santo conduce al hombre a creer en Jesucristo Señor. Con
la finalidad de hacer más evidente esta relación, en algunas Iglesias particulares ha
sido restablecida la praxis de administrar la Confirmación antes de la Comunión. La Eucaristía es la cumbre de un auténtico itinerario de iniciación
cristiana. Vivir como cristiano significa hacer actual el don del Bautismo, revivido por
la Confirmación, alimentándolo con la participación frecuente en la Santa Misa los
domingos y días de precepto. Se observa que la administración de la Confirmación es a menudo
delegada a sacerdotes, con el consiguiente riesgo de poner en segundo plano el hecho que
el Obispo es el ministro originario de ese sacramento. Así, se pierde una ocasión para
que los nuevos confirmados puedan encontrar al padre y cabeza visible de la Iglesia
particular. 17. Algunas respuestas suscitan la cuestión acerca de la edad más
oportuna para admitir al sacramento en la Iglesia de Tradición latina, vistos los buenos
resultados espirituales y pastorales obtenidos con la administración de la Santa
Comunión en la primera infancia. Vale la pena tener presente la constatación del Papa
Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos!, el cual más recientemente recordaba que
Alos niños son el presente y el futuro de la Iglesia. Desempeñan un papel activo en la
evangelización del mundo, y con sus oraciones contribuyen a salvarlo y a mejorarlo». En el pasado, en relación con este mismo argumento, el Decreto Quam
singulari admitía los niños a la Eucaristía desde los siete años, edad considerada del
uso de la razón, cuando ellos pueden distinguir el pan eucarístico del pan común,
previa confesión sacramental. Esta orientación aparece hoy más que nunca
necesaria, puesto que el uso de razón, como también los peligros y las tentaciones,
llegan más precozmente. Se profesa con esta praxis el primado de la gracia, que ha dado a
la Iglesia grandes beneficios, favoreciendo también las vocaciones sacerdotales. 18. La relación entre el Orden sagrado y la Eucaristía se percibe
claramente en la Misa, presidida por el obispo o por el sacerdote en la persona de Cristo
cabeza. La doctrina de la Iglesia hace del Orden la condición imprescindible para la
celebración válida de la Eucaristía. Por este motivo ha sido vivamente recomendado que se ponga en evidencia
«la función del sacerdocio ministerial en la celebración eucarística, el cual difiere
en la esencia y no sólo en el grado del sacerdocio común de los fieles». También
por la misma razón es justo sugerir que los presbíteros intervengan en la Eucaristía
como celebrantes, cumpliendo la función que a ellos compete según el sacramento del
orden. 19. Es sabido que el Matrimonio se celebra frecuentemente durante la
celebración de la Eucaristía en las Iglesias de Tradición latina, a diferencia de lo
que ocurre en las Iglesias orientales. Es conveniente que, cuando el Matrimonio es celebrado en la Misa, este
sacramento sirva para indicar, como paradigma del amor cristiano, el amor de Jesucristo,
que en la Eucaristía ama a la Iglesia come su esposa hasta dar la vida por ella. Este
amor matrimonial debe ser señalado aun en los casos en que el sacramento del matrimonio
se celebre fuera de la Misa. La Eucaristía, por lo tanto, sigue siendo la fuente
inagotable de la unidad y del amor indisoluble del matrimonio y constituye el alimento de
toda la familia en la edificación de un hogar cristiano. 20. La relación entre la Eucaristía y la Unción de los enfermos
tiene su origen institucional, como todos los sacramentos, en la persona de Cristo: él
demostraba en su solicitud por todos los enfermos el sentido de su misión de curar y
salvar al ser humano. Además, en las respuestas a los Lineamenta se sugiere que la relación
entre la Unción y la Eucaristía sea presentada como consolación y esperanza en la
enfermedad, antes que como último Viático. Se invita a los ministros extraordinarios de
la Comunión a ser solícitos con respecto a los enfermos graves y a las personas ancianas
que no pueden participar físicamente en la celebración eucarística en la iglesia. En
favor de ellos sería muy oportuno, como lo sugieren algunas respuestas, potenciar el uso
de los medios de comunicación social en la transmisión de la Santa Misa y otras
celebraciones litúrgicas. Al usar esta moderna tecnología, conviene que aquellos que en
ella están empeñados posean una adecuada formación teológica, pedagógica y cultural. 21. En lo que ser refiere a la inserción de los sacramentos en la
Misa, las normas litúrgicas de las Iglesias orientales no la contemplan, aun cuando
existen algunas excepciones para el Bautismo y el Matrimonio. Con respecto a esta praxis
corresponde a cada una de las iglesias emanar las normas oportunas. Para las Iglesias
particulares de rito latino, las respuestas demuestran que la inserción tiene lugar en
modo diversificado, según costumbres que varían de país en país. En algunas diócesis
existen normas para reglamentar la celebración de los sacramentos y de los sacramentales
durante la Misa, especialmente para matrimonios mixtos y funerales de personas no
practicantes. Los rituales distinguen normalmente, como en el Bautismo y la Penitencia,
el rito individual del comunitario. Si bien pastoralmente se prefiere éste último, no
debe caerse en una especie de comunitarismo, ya sea porque el sacramento es siempre un don
que se refiere individualmente a cada persona, ya sea porque todo fiel tiene derecho, en
determinadas condiciones, a la administración individual del sacramento. Estrecha relación entre Eucaristía y Penitencia 22. El sacramento de la Reconciliación
restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado mortal. Por lo
tanto, merece una particular atención la relación entre la Eucaristía y el sacramento
de la Reconciliación. Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente esa
relación en el contexto de la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición
para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con
corazón puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del
misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga a la
prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice,
por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos en la iglesia,
reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres
encontrar una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado». La relación entre Eucaristía y Penitencia
en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La
distinción entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción subjetiva. El
hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede
llegar a trastrocar el sentido del pecado. 23. Son muchas las respuestas que se
refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se ha
perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes de recibir la Eucaristía.
El vínculo con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad de estar en
estado de gracia antes de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación
de confesar los pecados mortales. También la idea de comunión como «alimento para el viaje», ha llevado
a infravalorar la necesidad del estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento
presupone un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el estado de gracia
para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en estado de pecado para recibir
a Aquel que es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir. Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado
mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan
sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: Ano comulgo porque no me
confesé, no me confieso porque no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero
una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema. Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos
horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia
individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una
liturgia comunitaria, creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto
por el Ritual. Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre los
muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles
reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que pueden encontrarse.
Por este motivo, la admisión a la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente
es un fenómeno no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios o en
otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía, justificándose en la
difundida convicción que la Misa no es válida sin la Comunión. 24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen
un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes de las
condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad de la Penitencia que, precedida
del examen de conciencia, prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta
finalidad se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también en la
homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos. Ha sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares al ayuno
eucarístico aquella rigurosa atención que todavía está en uso en las iglesias
orientales. En efecto, el ayuno, como dominio de sí, exige el concurso de la
voluntad y lleva a purificar la mente y el corazón. San Atanasio dice: «¿Quieres saber
cuáles son los efectos del ayuno?... expulsa los demonios y libra de los malos
pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón». En la liturgia cuaresmal se
invita a menudo a la purificación del corazón mediante el ayuno y el silencio, como
recomienda San Basilio. En alguna respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la
oportunidad de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico. Se invita a esforzarse para aumentar las oportunidades de la
reconciliación individual recurriendo a la colaboración interparroquial durante el
sábado y el domingo y más intensamente en Adviento y Cuaresma. Mucho se podría hacer
todavía en la predicación y en la catequesis para explicar el sentido del pecado y la
práctica penitencial, superando las dificultades debidas a la mentalidad secularizada. Se retiene necesario ofrecer la posibilidad de confesarse antes de la
Misa, adecuando los horarios a la situación real de los penitentes, y también durante la
celebración eucarística, como recomienda la Carta Apostólica Misericordia Dei. Es necesario estimular a los sacerdotes a la administración del
sacramento de la Penitencia, como una ocasión privilegiada para ser signos e instrumentos
de la misericordia de Dios. De todos modos, la Iglesia agradece profundamente a los
sacerdotes que con celo escuchan las confesiones para preparar a los fieles a encontrar y
recibir a Cristo en la Eucaristía. Los fieles se sienten atraídos a confesarse,
especialmente cuando ven al sacerdote en el ejercicio de su ministerio en el
confesionario, como lo han testimoniado hasta nuestros días San Leopoldo Mandic, San Pío
de Pietrelcina y tantos otros santos pastores. Relación entre
Eucaristía y fieles 25. Los fieles laicos, parte esencial de la Iglesia comunión,
jerárquicamente estructurada, como enseñan el Concilio Vaticano II y otros documentos
del Magisterio, son convocados a la santa asamblea para participar en la celebración
eucarística. La encarnación del Verbo, en el cual Dios Padre se ha hecho visible, ha
inaugurado el culto espiritual, conforme a la razón, que se cumple en el Espíritu Santo;
el culto ya no puede ser una serie de «preceptos enseñados por los hombres» (Is 29,13).
El culto cristiano tiene una implicancia cristológica y antropológica: por ello, la
participación de los fieles en la liturgia, sobre todo en la celebración
eucarística, consiste esencialmente en entrar en este culto, en el cual Dios desciende
hacia el hombre y éste asciende hacia Dios. La Eucaristía misma, memorial del Hijo, es
el culto de adoración que en el Espíritu se eleva al Padre: este es el fundamento de la
renovación litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II. Muchos observan que la participación ha sido reducida frecuentemente a
aspectos exteriores. No todos comprenden su verdadero sentido, que nace de la fe en
Jesús, Hijo de Dios. La participación en la Eucaristía es justamente vista como el acto
principal de la vida de la Iglesia, comunión con la vida trinitaria, con el Padre que es
fuente de todo don, con el Hijo encarnado y resucitado, con el Espíritu Santo que realiza
la transformación y divinización de la vida humana. Las respuestas a los Lineamenta convergen en constatar la necesidad de
ayudar a los fieles a comprender la naturaleza de la Eucaristía y el nexo con la
encarnación del Verbo, para participar en el misterio eucarístico con el corazón y la
mente, antes que con actos externos, sobre todo ofreciéndose a sí mismos. Al respecto,
se sugiere explicitar la relación esponsal de la Eucaristía y de la Nueva Alianza, como
modelo de las vocaciones del cristiano: matrimonio, virginidad, sacerdocio. Todo esto
tiene como objetivo formar personas y comunidades eucarísticas, que aman y sirven, como
Jesús en la Eucaristía. 26. Además, sería oportuno potenciar los medios de comunicación
ya existentes, especialmente para facilitar la participación de los fieles que, por
diversos motivos, se encuentran impedidos de asistir personalmente a la iglesia en las
celebraciones eucarísticas, como recomienda el Concilio Vaticano II. Hay propuestas
relacionadas con los mass-media de la Santa Sede, los cuales, con la mejor sinergia
posible pueden ofrecer con rapidez y profesionalidad adecuados servicios a la Iglesia
universal, reaccionando también inmediatamente contra la difusión de principios
anticristianos. En esta obra deberían ocupar un lugar importante todos los medios de
comunicación de inspiración católica. El aumento de la capacidad de acción de los
mismos se hace urgente para proponer en modo equilibrado y positivo el mensaje cristiano,
para iluminar las conciencias de los hombres de buena voluntad sobre temas éticos y
morales de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la sociedad. Sombras en la
celebración de la Eucaristía 27. La comunión eclesial es gravemente turbada y herida por las
sombras en la celebración eucarística, que son señaladas también por la respuestas a
los Lineamenta. El tema, ya tratado por el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia
de Eucharistia, y más particularmente abordado en la instrucción de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis
Sacramentum, es una invitación a dirigir una mirada atenta y serena, pero no
menos crítica, al modo en el cual la Iglesia celebra este Sacramento, que es la fuente y
cumbre de su vida y su misión. Precisamente el hecho que tal llamado de atención haya
sido hecho en este momento histórico, mientras la Iglesia se encuentra cada vez más
empeñada en el diálogo con las religiones y con el mundo, es una providencial
inspiración del Sucesor de Pedro, que da a entender cómo la Iglesia tiene siempre
necesidad de mirarse a sí misma para relacionarse mejor con sus interlocutores, sin
perder la propia identidad de sacramento universal de salvación. En el presente texto se señalan diversas sombras que emergen del
análisis de las respuestas a los Lineamenta. Dichas observaciones no deberían ser
consideradas solamente como meras trasgresiones a las rúbricas y a la praxis litúrgicas,
sino más bien como expresiones de actitudes más profundas. Se nota una disminución de la participación en la celebración del Dies
Domini, en los domingos y en los días de precepto, a raíz de una falta de conciencia del
contenido y del significado del misterio eucarístico, y también a causa del
indiferentismo, en particular en los países con relevante proceso de secularización,
donde a menudo el domingo se transforma también en un día de trabajo. Se difunde la idea que es la comunidad quien produce la presencia de
Cristo, en vez de ser Cristo la fuente y el centro de nuestra comunión, y la Cabeza de su
cuerpo que es la Iglesia. Se está alterando el sentido de lo sagrado en relación a este grande
Sacramento, como efecto de un debilitamiento de la oración, de la contemplación y de la
adoración del Misterio eucarístico. Se corre el riesgo de comprometer la verdad
del dogma católico de la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de
Jesucristo, tradicionalmente denominada transubstanciación y, consiguientemente, de la
presencia real de Cristo en la Eucaristía, en un contexto de ideas que tratan de explicar
el misterio eucarístico no tanto en sí mismo, sino más bien desde el punto de vista del
sujeto con el cual dicho misterio entra en relación, por ejemplo, con términos como
transfinalización y transignificación. Se releva una incoherencia entre la fe profesada
en el Sacramento y la dimensión moral, ya sea en la esfera personal, ya sea en aquella
más amplia de la cultura y de la vida social. Son escasamente conocidos los documentos de la Iglesia y, en particular,
del Concilio Vaticano II, las grandes encíclicas sobre la Eucaristía, inclusa la Ecclesia
de Eucharistia, la Carta Apostólica Lumen Gentium: «Los presbíteros ... su oficio
sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde obrando en
nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio
de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del
Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento: a saber: el de Cristo,
que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb
9,11-28)». Sobre este mismo argumento el Catecismo de la Iglesia Católica presenta
un título: El Sacrificio Sacramental: acción de gracias, memorial, presencia, del cual
se deduce que el nombre que prevale y que incluye a los otros, es sacrificio sacramental:
es decir, el hecho de la muerte de Cristo para salvarnos de los pecados con su sacrificio,
cuya eficacia se encuentra a disposición de todos los hombres en el Sacramento. Por lo
tanto, la acción de gracias es ofrecida por su sacrificio, el memorial de su sacrificio,
la presencia de su sacrificio en el cuerpo ofrecido y en la sangre derramada. La acción
de gracias se dirige a Dios por la creación y por la salvación del mundo. Considerar en este modo la Eucaristía ayuda a superar la dialéctica
entre sacrificio y convivio. En efecto, si se entiende este segundo término como
sinónimo de cena, el convivio incluye el sacrificio, en cuanto se trata de la cena del
Cordero inmolado; si se lo entiende como sinónimo de comunión, el convivio expresa la
finalidad o la cumbre de la Eucaristía. La encíclica Ecclesia
de Eucharistia, tratando del sacrificio eucarístico, enseña que la Iglesia
presenta continuamente el sacrificio de Cristo también en forma de intercesión, en
cuanto el mismo Hijo se ha ofrecido en su carne y en ese sentido es mediador entre el
hombre y el Padre. La Iglesia de Cristo se une a ese ofrecimiento en la anáfora o
plegaria eucarística. Dicha ofrenda, si bien en forma incruenta, no es nueva, sino que se
trata de la misma que ha tenido lugar en la Cruz. En este sentido deben interpretarse las
palabras de la encíclica: «La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le
añade y no lo multiplica». El hecho de afirmar que esto sucede a causa del amor
sacrificial del Señor sirve para repetir cuanto ha sido dicho en la encíclica. Consagración 38. La Encarnación, la Muerte y la Resurrección, la Ascensión y
Pentecostés son eventos que han tenido lugar realmente y llevan a comprender que la
presencia permanente y substancial del Señor en el Sacramento no es tipológica o
metafórica. Por el contrario, si el Sacramento es presentado solo como un símbolo de la
presencia de Cristo, es porque se duda que Dios pueda intervenir sobre realidades
materiales. Ahora bien, poniéndose en el contexto de los otros modos de presencia, el
misterio pascual ayuda a comprender la naturaleza de aquella Eucaristía que es dada por
la transformación de las especies, es decir por la transubstanciación. El pan se
transforma en Cuerpo ofrecido, partido para nuestra salvación: Corpus Christi, salva me;
el vino se transforma en Sangre derramada, sobreabundante de la delicia divina: Sanguis
Christi, inebria me. La superación de la distancia entre la pobreza de las especies
sacramentales y Jesucristo que se da real y substancialmente, permite a la Eucaristía
poner en el mundo el germen de la nueva historia. El misterio pascual confirma la
condescendencia de Dios y la kénosis del Hijo, permaneciendo la trascendencia
absoluta de la Trinidad. Por ello, las palabras de Jesús «Tomad y comed» sobre todo indican el
don de sí mismo a nosotros. En segundo lugar, aluden a la fraternidad de la mesa, a la
unidad de la comunidad de la Iglesia y al compromiso de compartir el pan con quien padece
hambre. De todo esto nace la adoración, es decir el reconocimiento permanente del Señor
que acompaña el camino del Pueblo de Dios. La transubstanciación tiene lugar en la consagración del pan y del
vino. A este respecto, en las respuestas se recomienda una explicación de la teología de
la consagración a la luz de las tradiciones eclesiales de oriente y de occidente, que se
refieren, en particular, a la consagración, como imitación del Señor en lo que Él ha
hecho y ordenado en la Cena, y a la invocación del Espíritu Santo en la epíclesis. Una
mayor claridad en la teología de la consagración podría ser de gran utilidad, no sólo
para el diálogo ecuménico con las Iglesias Orientales con las cuales no existe todavía
una plena comunión, sino también para la eliminación de algunas sombras señaladas por
las mismas respuestas a los Lineamenta, como por ejemplo: el uso de hostias confeccionadas
con levadura y otros ingredientes; la celebración con pan común; la improvisación de la
plegaria eucarística; la recitación de ésta o de una parte de la misma por el pueblo a
insistencia del celebrante; la fractio panis en el momento de la consagración. Presencia real 39. La presencia del Señor en el Sacramento ha sido querida por Él
mismo para permanecer junto al hombre y alimentarlo con su Cuerpo y Sangre, para quedarse
dentro de la comunidad eclesial. La respuesta del hombre es la fe en la presencia real y
substancial, como se insinúa en algunas respuestas en base a las encíclicas Ecclesia
de Eucharistia y Mysterium fidei. Junto con la fe en la presencia de Cristo en el
Sacramento deben recordarse otros aspectos: el sentido del misterio y las actitudes que lo
demuestran, la posición del tabernáculo, la dignidad de la celebración, la dimensión
escatológica, es decir, el Sacramento como prenda de la gloria futura. La Eucaristía, en
efecto, es también anticipación de la realidad última y eterna durante la
peregrinación hacia la Casa del Padre Celestial, como lo manifiesta, por ejemplo, la
actitud de espera esponsal propia de las personas consagradas. Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ecclesia in Africa. El culto tributado al Señor y a los santos tiene como centro el misterio
pascual: Aporque, al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la
Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron
glorificados con Cristo». Esta liturgia de comunión, que une el cielo y la tierra,
es celebrada para la salvación de todos, también de aquellos que no creen. Evocar la
liturgia celestial no significa ignorar la liturgia terrena, sino más bien querer
descubrir en ésta la dimensión peregrinante y escatológica. 43. La celebración de la Eucaristía tiene una estructura propia y
cuenta con específicos elementos expuestos en la Ordenación General del Misal
Romano y en la Instrucción para la aplicación de las prescripciones litúrgicas del
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, especialmente en la tradición
bizantina, la más difundida entre las Iglesias Orientales católicas, pero también en
las otras tradiciones. No debe olvidarse que la celebración de la Eucaristía exige la
humilde obediencia del sacerdote y de los ministros a estas normas canónicas. Para favorecer el debido respeto y la veneración a la Eucaristía, es
deseable que, sobre todo los ministros sagrados, se preparen con la oración a la
celebración del Sacrificio eucarístico ?en el cual el Señor se hace presente en sus
manos? y que, después, den gracias a Dios. Lamentablemente, como indican algunas respuestas, no siempre se observan
estos tiempos dedicados a la preparación y a la acción de gracias. Sin embargo, debe
reconocerse que muchos obispos, sacerdotes, diáconos y laicos cumplen esta acción de
alabanza y agradecimiento con notable provecho espiritual. A este respecto, no debe
descuidarse el fuerte llamado de muchas respuestas, a prepararse a la celebración con el
silencio y la oración, nutriéndose de las venerables tradiciones del culto. 44. Para crear este espíritu de
oración ayudará no sólo el tener conocimiento de parte del celebrante del gran misterio
que él va a cumplir, sino también la realización de ciertos signos, como el incienso,
que es símbolo de la oración que se eleva a Dios, según las palabras del salmo: «Valga
ante ti mi oración como incienso, el alzar de mis manos como oblación de la tarde» (Sal
140,2). Además, un mínimo de asistencia y colaboración de parte de
algunos laicos para celebrar dignamente los santos misterios contribuye a crear un clima
de serenidad adecuado a la liturgia eucarística. A veces, los celebrantes actúan
también cubriendo la parte de los ceremonieros, instruyen a la gente, dan órdenes, se
preocupan por todo, habiendo aún preparado anteriormente la celebración eucarística. En
cambio, el sacerdote tendría necesidad de la asistencia de lectores, acólitos,
monaguillos y laicos, de modo que él pueda concentrarse en los sagrados misterios que
está celebrando y trasmita así un clima de paz y recogimiento a toda la asamblea reunida
en torno a la mesa del Señor. Por ello, en muchas respuestas se propone promover la
colaboración de los laicos adecuadamente preparados y restablecer el servicio de los
ostiarios, laicos bien predispuestos sobre todo a recibir a las personas en la iglesia,
para mantener el orden en la celebración litúrgica y para vigilar de modo que la
comunión no sea distribuida a personas extrañas. Ritos de introducción 45. El canto de ingreso, el signo de la cruz, el saludo, el himno
del Gloria cuando está previsto, en el rito romano; las antífonas, las letanías, el
himno Unigénito, en el rito bizantino y en otros ritos como el ambrosiano, el mozárabe y
los antiguos ritos orientales, sirven para disponer a los fieles a tomar conciencia de
estar en la presencia de Dios, antes de escuchar su Palabra y de darle gracias con la
Eucaristía. Especialmente el acto penitencial invita a la actitud necesaria para celebrar
los santos misterios: la del publicano que reconoce humildemente que es un pecador. Aun no
teniendo el valor de un sacramento, recuerda la unión indisoluble entre la Penitencia y
la Eucaristía; este vínculo es particularmente observado en las Iglesias orientales
católicas. Además, cuando el acto penitencial es substituido por la aspersión con el
agua bendita, evoca el bautismo, principio de la vida nueva, en el cual hemos renunciado a
las obras del Maligno. Por lo tanto, desde el inicio se nos recuerda que para acercarnos a
la Eucaristía es necesario ser purificados a través de la penitencia, liberados de
aquellas discordias y separaciones que se oponen al signo de la unidad, que es la
Eucaristía. En la catequesis es importante ilustrar estos aspectos, y en particular,
aclarar que el acto penitencial no perdona los pecados graves, para los cuales es
necesario acceder al sacramento de la Reconciliación. Liturgia de la Palabra 46. Las lecturas bíblicas, el salmo responsorial, la aclamación
antes del Evangelio, la homilía y la profesión de fe constituyen la Liturgia de la
Palabra. Dios nos ha hablado por medio de su Hijo, su Palabra hecha carne. La Palabra
divina es una sola y, puesto que cumple lo que dice, ella al mismo tiempo se transforma en
Pan de vida, signo que Jesucristo ha cumplido. El Papa Juan Pablo II, citando el relato de
Emaús (cf. Lc 24), mostraba la relación indisoluble entre la mesa de la Palabra y la de
la Eucaristía. Por ello, la liturgia de la Palabra, en unidad con la liturgia de la
Eucaristía, cualifica la celebración como un único acto de culto, que no admite
fracturas. La liturgia de la Palabra nos pone en
contacto con la revelación que Dios hizo en el Antiguo Testamento. La gran riqueza de la
omnipotente presencia de Dios, que fue la gloria del Pueblo elegido de Israel, es parte de
la liturgia católica, iluminada con la luz del Verbo hecho carne, muerto y resucitado por
todos. Además, como recuerda el Concilio Vaticano
II, la revelación de Jesús va más allá de la codificación del texto de la Escritura,
que no la expresa totalmente. Su Palabra permanece viva en la vida de la Iglesia.
Ésta la trasmite en el curso de los siglos, haciéndola accesible en el signo
sacramental. El anuncio que Jesús realiza no está separado de su presencia en el
Sacramento, creando una unidad jamás existida anteriormente, jamás posible de repetir
sucesivamente. Su encarnación, pasión, muerte y resurrección son palabra y evento
para ver y contemplar. La palabra alude al evento. El misterio eucarístico acompañará
siempre la vida de la Iglesia como síntesis de palabra y evento, estimulando la
contemplación. En el rito romano y en el Breve ingreso bizantino todo esto es evocado por
la veneración y el honor del que es objeto el evangeliario, como mística entrada del
Verbo encarnado y como signo de su presencia en medio a la asamblea de los creyentes. 47. En este sentido, ha sido relevado que no siempre se cuida
adecuadamente el modo de proclamar la Palabra de Dios. Sería necesario mejorar el
servicio de los lectores para transmitir a los fieles la belleza del contenido y de la
forma de la Palabra que Dios dirige a su pueblo. En algunos lugares, donde prevalece la
costumbre de leer solamente dos lecturas durante los domingos y las fiestas de precepto,
se lamenta la falta de conocimiento de las Cartas y de los Hechos de los Apóstoles. Por
lo tanto, es oportuno recordar que no conviene excluir esas lecturas, que se refieren a la
acción de Dios en la comunidad primitiva. Una parte importante de la liturgia de la
Palabra es la homilía, pronunciada por el ministro sagrado con la finalidad de ayudar a
los fieles a adherir con la mente y con el corazón a la Palabra de Dios. Para alcanzar
tal objetivo, muchos aconsejan homilías mistagógicas, que permitan introducir a los
fieles en los misterios sagrados que se están celebrando. Así, según las lecturas
proclamadas, es posible iluminar con la luz de Jesucristo la vida de cada uno, evitando
siempre alusiones y referencias impropias o profanas. Teniendo bien presente los pasajes de las
Sagradas Escrituras, sería necesario pensar en homilías temáticas, que durante el curso
de un año litúrgico puedan presentar los grandes temas de la fe cristiana: el Credo; el
Padre Nuestro; la estructura de la Santa Misa; los diez Mandamientos, y otros. A este
respecto, sería de gran utilidad contar con material elaborado por las competentes
comisiones de las Conferencias Episcopales o de los Sínodos de Obispos de las Iglesias
Orientales Católicas sui iuris o de otros entes especializados en la pastoral. En las
Iglesias Orientales Católicas algunos se lamentan acerca de homilías que no guardan
relación con las lecturas de la liturgia, dado que todos los años se repiten las mismas
lecturas en los mismos días. Liturgia Eucarística 48. Las respuestas a los Lineamenta
recomiendan que la Presentación de los Dones sirva sobre todo para llamar la atención
sobre el pan y el vino, que se transformarán en el Cuerpo y Sangre del Señor. Es a estos
dones que se debe dar relieve, antes que a otros dones para el culto y la caridad, en
cuanto que es a través de ellos que tiene lugar la preparación y la presentación en el
altar. Además, estos Dones aluden al gran Don del amor, la Eucaristía, que da impulso a
la caridad hacia los más pobres y necesitados. En relación a este argumento, es necesario
explicar a través de una adecuada catequesis la importancia de la limosna durante las
celebraciones eucarísticas, destinada a los pobres y a las necesidades de la Iglesia.
Así se crearía y se desarrollaría la conciencia de la dimensión social de la
Eucaristía. Sería necesario potenciar la conciencia sobre todo donde la Iglesia no puede
desarrollar libremente actividades caritativas. Los fieles deben ser exhortados a ayudar a
aquellos que padecen necesidades. 49. A la presentación de los Dones
sigue la Plegaria eucarística, que en las diversas formas existentes en oriente y
occidente considera la Iglesia a la luz del misterio de la Trinidad, con su inicio en la
creación, su cumbre en el misterio pascual, su fin en la recapitulación de todo en
Cristo en la consumación de los tiempos. Por ello, comienza con la invitación del
celebrante a levantar los corazones al Señor. El mismo término anáfora significa
levantar en alto los Dones junto con nosotros mismos al Padre, significa dirigirse al
Señor del cual viene la salvación. La Iglesia con la epíclesis suplica al Padre que mande el Espíritu
Santo, para que descienda sobre los Dones con su potencia. En la liturgia oriental, en la
epíclesis post-consagratoria, se alude al vínculo entre la Eucaristía y el misterio de
Pentecostés, efusión del Espíritu sobre la comunidad reunida: «Te pedimos Señor que,
así como has enviado tu Espíritu Santo para que santifique a tus apóstoles, puros y
santos, así también mandes a nosotros tu Santo Espíritu, para que santifique nuestra
alma, nuestro cuerpo y nuestro espíritu». La invocación al Espíritu se refiere a
aquellos que comulgan para que puedan tener la fuerza de entregarse los unos a los otros y
de vivir según el sacramento que celebran. En la plegaria eucarística ocupa un puesto
central el relato de la institución con las palabras de Jesús sobre el pan y el vino: es
la consagración, momento solemne en el cual se cumple la presencia real del Señor
resucitado bajo las especies del pan y del vino. Esta presencia real asegura la
continuidad perenne de la Eucaristía, desde Cristo a los apóstoles y desde ellos a sus
sucesores y colaboradores, los obispos y los presbíteros, los cuales con el ministerio
jerárquico obran en nombre del Señor a favor de la Iglesia. Esta continuidad se expresa particularmente en la intercesión:
«Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra». Aquí la
celebración de la Eucaristía demuestra que es íntimamente un acto de la Iglesia en su
universalidad, anterior a cualquier distinción particular o local. La asamblea eucarística, consciente de ser peregrina en el mundo, entra
con las intercesiones en la comunión de los santos, se proyecta hacia el Reino, pero sabe
que vive aquí en la tierra. Por ello, en la oración no olvida las dificultades que
encuentra, las persecuciones que soporta, las calamidades temporales, las guerras,
invocando sobre todo los dones de la unidad y de la paz. El Espíritu Santo imprime a la gran plegaria la orientación interior
hacia el Señor Jesús para que la ofrenda Asea llevada a tu presencia, hasta el altar del
cielo» y la alabanza trinitaria tenga lugar «per Ipsum, cum Ipso et in Ipso» con
la adhesión del pueblo de Dios que proclama Amén. Comunión 50. La Ordenación General del Misal
Romano recomienda que la Comunión sea recibida por «los fieles debidamente
dispuestos». Las buenas disposiciones nacen del discernimiento según el cual el
Cuerpo del Señor no es un pan común, sino un Pan de vida, que se ofrece a quienes están
reconciliados con el Padre. Así como el compartir la mesa entre los hombres supone la
concordia, así la Eucaristía es el sacramento de los reconciliados, en el sentido que es
la cumbre del itinerario de reconciliación con Dios y con la Iglesia a través del
sacramento de la Penitencia. De este modo se manifiesta la compasión de Cristo por la
salvación de las almas, que es también la ley suprema de la Iglesia. Cumplida la
reconciliación con la penitencia, y restablecido el estado de gracia, los ritos de la
comunión constituyen la preparación inmediata. Sería conveniente subrayar más aun la
importancia de la gracia de los sacramentos, como un bien que no debe ser negado a ninguno
cuando se dan las condiciones requeridas, que se encuentran perfectamente
determinadas en las normas canónicas y litúrgicas, sin necesidad de agregar otras. La preparación a la comunión es exigida
por la pureza necesaria para acercarse al Señor, y por ello incumbe a cada uno de
nosotros examinar si nos encontramos en tales disposiciones. A este respecto, puede ser
muy oportuna una adecuada catequesis sobre el poder de la Eucaristía para cancelar los
pecados veniales. En verdad, recibirla con un corazón arrepentido obtiene la gracia del
Espíritu Santo para no caer en las tentaciones, sino para dar testimonio de vida
cristiana, no obstante las condiciones frecuentemente poco favorables del ambiente.
También la oración del Pater noster nos ayuda para que con ella pidamos la purificación
de los pecados y la liberación del Maligno, así como, el saludo de la paz permite a los
fieles manifestar el deseo de comunión eclesial y el amor recíproco, mientras
induce a una reflexión sobre la disposición al perdón, actitud interior que no debe
considerarse secundaria para acercarse a la Comunión. En las liturgias orientales y en la
ambrosiana, con el saludo de la paz en el momento del ofertorio, se acentúa precisamente
este aspecto, es decir, la extinción de toda enemistad (cf. Mt 5,23-24). Se observa,
además, que el gesto de la paz es facultativo y no debería sobreponerse al gesto
siguiente de la fractio panis, que es central, y que indica el Cuerpo partido para
nosotros. En el momento de distribuir la santa Comunión, según algunas
respuestas, el sacerdote da la bendición a los niños o a los catecúmenos, oportunamente
señalados, que se acercan y no han recibido aún la primera Comunión. En algunas
iglesias la bendición es impartida también a los no católicos que se acercan al altar
en el momento de la Comunión. En la misma línea, desde Asia llegan sugerencias
orientadas considerar la posibilidad de ofrecer algún signo en favor de los no cristianos
en el momento de la Comunión, para que no se sientan excluidos de la comunidad
litúrgica. Ritos de conclusión 51. Recibida la Comunión es necesario
orar para obtener los frutos del misterio celebrado. Uno de los primeros es el antídoto
contra las caídas cotidianas y contra los pecados mortales. Se debe rezar, sobre
todo, para que nuestra fe y comunión con Cristo nos lleven a anunciar su Evangelio en
misión por el mundo, en todos los ambientes donde vivimos, con el testimonio de las
obras, para que los hombres crean y den gloria al Padre. El saludo final de la Misa incluye un llamado a la misión, que la
Iglesia, sostenida por la Eucaristía, precedida y acompañada por el ejemplo y la
intercesión de María, cumple al evangelizar el mundo contemporáneo. La Eucaristía
tiene como finalidad hacernos crecer en el amor a Cristo y en el deseo de llevar el
Evangelio a todos. Ars celebrandi 52. Es necesario prestar atención al ars celebrandi, para conducir
a los fieles al culto verdadero, a la reverencia y a la adoración. Las manos levantadas
en alto del sacerdote indican la súplica del pobre y del humilde: «Te pedimos
humildemente», se dice en la plegaria eucarística. La humildad del gesto y de la
palabra aluden al mismo Cristo manso y humilde de corazón. Él debe crecer y nosotros
disminuir. Para que la celebración de la Eucaristía exprese la fe católica se
recomienda que sea presidida por el sacerdote con humildad; solo así podrá ser
verdaderamente mistagógica y contribuir a la evangelización. En las plegarias
litúrgicas normalmente no se dice «yo» sino «nosotros»; cuando en las fórmulas
sacramentales se usa la primera persona, el ministro habla «en persona de Cristo», no en
nombre propio. Algunas respuestas a los Lineamenta tocan el
tema de la mistatogia y la entienden como introducción al misterio de la presencia del
Señor, haciendo hincapié en que hoy es necesario conducir el hombre a acercarse más
profundamente a Dios, porque él vive en ambientes donde parece que la existencia del
misterio sea negada. La línea maestra nos la ofrece el mismo Señor, al decir: A... a
vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer» (Jn 15,15). El Señor quiere que nos acerquemos a Él para revelarnos el
misterio de la vida divina. Pasa a primer plano la responsabilidad del
Obispo en relación a la Eucaristía, en cuanto él es el primer mistagogo. El empeño en
función de una «plena, consciente y activa» participación de los fieles en la
celebración eucarística está estrechamente vinculado a la particular responsabilidad
del Obispo en relación al Santísimo Sacramento, que nace del hecho que el Señor ha
confiado la Eucaristía a los Apóstoles y la Iglesia con la misma fe la trasmite. Cada
celebración eucarística en una diócesis tiene lugar en comunión con el Obispo y en
dependencia de su autoridad.Él vigila para que los fieles puedan participar en la Misa y
para que el Sacramento sea celebrado digna y decorosamente, eliminando eventuales abusos.
Es el sensus ecclesiae en la celebración litúrgica, que trasciende las situaciones
particulares, los grupos y las culturas. En cuanto primus mysteriorum Dei dispensator el
Obispo celebra con frecuencia la Santa Misa en la catedral, iglesia madre y corazón de la
diócesis, cuya liturgia deber ser ejemplar para toda la diócesis. 53. Permanece la obligación de la Misa
pro populo de parte del obispo diocesano y del párroco con la aplicación por los vivos y
por los difuntos. Además, se recomienda, por motivos teológicos y espirituales, que
los sacerdotes celebren todos los días la Santa Eucaristía. Es particularmente
importante celebrar por los difuntos cuyas almas se encuentran en el Purgatorio, esperando
el feliz día en el cual podrán ver a Dios cara a cara. Rezar por los difuntos, es una
obligación de caridad en favor de ellos. En relación a las intenciones, diversas respuestas aluden a abusos,
entre los cuales el más común es la acumulación de las llamadas Misas
pluri-intencionales. Sobre este tema se sugiere aclarar cuál debe ser la actitud en
relación a las intenciones de Misa. Además se constata que en algunos países esta
práctica ha disminuido notablemente, casi ha desaparecido, mientras en numerosos países
las intenciones de Misa representan el modo tradicional, a veces único, de sustento del
clero. Hay también naciones, en las cuales se registra una falta de intenciones de Misa,
que desde hace ya varios años provenían de otros países, como válida contribución a
la comunión eclesial y a la participación concreta en la actividad misionera. No menos importante, desde el punto de vista pastoral, es la formación
de los fieles sobre el significado de la aplicación de las Misas en sufragio de los
difuntos, los cuales, a través de los méritos de la redención de Cristo y de la
oración de toda la Iglesia, podrán ser rápidamente admitidos en al banquete de la vida
eterna. Así, las intenciones de Misa por los difuntos se transforman también en una
expresión de la fe en la resurrección de los muertos, verdad solemnemente profesada en
el Credo. Palabra y Pan de vida 54. A propósito de la relación entre la Santa Misa y las
celebraciones de la Palabra, en muchas respuestas a los Lineamenta se observa que en
ciertas circunstancias los fieles corren en riesgo de perder, poco a poco, el sentido de
la diferencia entre celebración Eucarística y otras celebraciones. Este problema
pastoral se presenta, por ejemplo, donde son frecuentes las liturgias de Comunión
presididas por diáconos o por ministros extraordinarios. El mismo riesgo corren los
fieles, en algunos lugares, cuando son invitados a participar en la liturgia de la Palabra
en vez de ir a Misa en una parroquia vecina. Sin embargo, no faltan respuestas que trasmiten el testimonio del valioso
servicio desarrollado por laicos, debidamente preparados, en las celebraciones de la
Palabra, con o sin distribución de la Eucaristía, allí donde hay comunidades que,
mientras esperan tener un sacerdote establemente, no pueden por el momento contar con él
para las celebraciones dominicales. En estos casos, bajo la guía del obispo diocesano y
de los sacerdotes es posible, con la colaboración de los laicos, satisfacer las
necesidades pastorales de tantas comunidades sedientas de la Palabra de vida y del Pan de
vida. Cuando esta actividad se desarrolla de acuerdo a las orientaciones del Magisterio en
esta materia, los resultados son alentadores y pueden nacer incluso vocaciones
sacerdotales entre las familias de los laicos comprometidos en estos servicios, como
también en las respectivas comunidades que saben apreciar el valioso servicio del
sacerdote, ministro ordinario de la Eucaristía. 55. En este contexto emerge la cuestión de los excesos en la
celebración de la Palabra, propuesta en lugar de la Santa Misa. Tales excesos podrían
hacer retroceder el culto cristiano ad un simple servicio de asamblea. Tendría sentido,
en cambio, como en las estaciones misioneras, la catequesis desarrollada mientras se
espera la llegada del sacerdote, que pueda celebrar la Eucaristía. En efecto, sería
mejor, en este sentido, hablar de celebraciones litúrgicas «en espera» del sacerdote,
más que «en ausencia» del mismo. Para indicar esta realidad, en algunas regiones se
coloca una estola sobre el altar o sobre la sede. La oración por las vocaciones mantiene
vivo el deseo de contar establemente con un celebrante de la Eucaristía. La falta de
sacerdotes, que en algunas zonas asume dimensiones preocupantes, debería ser un válido
estímulo para despertar la actividad misionera y el intercambio de dones entre las
iglesias particulares. Diversas respuestas a los Lineamenta sugieren
que los fieles designados como ministros extraordinarios de la Eucaristía participen en
sesiones de estudio especiales para crecer en el conocimiento de la doctrina eucarística
y de las normas litúrgicas. Este programa debería ser incluido también en la formación
permanente de los catequistas. Además, de las mismas respuestas surge la necesidad de explicar
claramente la triple dimensión: sacerdotal, profética y real, en la distinción entre
ministerio ordenado y no ordenado. En tal modo, resaltará la identidad del sacerdote,
ministro de los divinos misterios, de los cuales él es interprete, mistagogo y testigo.
Finalmente, para superar una cierta confusión sobre el ministerio ordenado en la Iglesia,
se recomienda, entre otras cosas, promover el conocimiento de los apropiados documentos
del Magisterio, como la Exhortación Apostólica post-sinodal Sacrosanctum Concilium sobre
esta materia. En este sentido, en varias oportunidades se alude, con respecto a la
tradición latina, al valor del órgano, cuyo sonido tiene la capacidad de conferir
solemnidad al culto y ayudar a la contemplación. La experiencia de la admisión de otros
instrumentos musicales es también mencionada en varias respuestas, con resultados
positivos, cuando, con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente, tales
instrumentos son juzgados adecuados para el uso sagrado, en armonía con la dignidad del
templo, y eficaces para la edificación de los fieles. En otras respuestas, en cambio, se lamenta la pobreza de las traducciones
en lengua corriente de los textos litúrgicos y de muchos textos musicales, que carecen de
belleza y muchas veces son teológicamente ambiguos y capaces, por lo tanto, de debilitar
la doctrina y la comprensión del sentido de la oración. Particular atención se dedica,
en alguna respuesta, a la música y al canto en las Misas para los jóvenes. Sobre este
tema, se señala la importancia de evitar aquellas formas musicales que no invitan a la
oración, porque están sujetas a las reglas del uso profano. Algunos muestran demasiada
ansiedad por componer nuevos cantos, como sucumbiendo a la mentalidad de la sociedad de
consumo, sin preocuparse por la calidad de la música y del texto, descuidando fácilmente
un insigne patrimonio artístico, que ha demostrado validez teológica y musical en la
liturgia de la Iglesia. Se recomienda igualmente que en los encuentros internacionales al menos
la plegaria eucarística sea proclamada en latín, para facilitar una adecuada
participación de los concelebrantes y de cuantos no conocieran la lengua local, como
oportunamente es sugerido en la Constitución sobre la sagrada Liturgia, 48º Congreso
Eucarístico Internacional: La Eucaristía, Luz y Vida del nuevo Milenio, ha querido
confirmar que Cristo, siendo la luz del mundo, debe iluminarlo en el nuevo milenio con la
fuerza de una vida renovada según la lógica del Evangelio. En el mundo contemporáneo,
globalizado ?como se dice? poco solidario y condicionado por una tecnología cada vez más
sofisticada, marcado por el terrorismo internacional y por otras formas de violencia y de
explotación, la Eucaristía mantiene su mensaje actual, necesario para construir una
sociedad donde prevalgan la comunión, la solidaridad, la libertad, el respeto por las
personas, la esperanza y la confianza en Dios. Eucaristía e inculturación 80. La fe se transforma en cultura y hace la cultura. Todos
conocemos el rico tesoro de cultura acumulado a través de los siglos en la liturgia de
oriente y occidente: los textos de las oraciones, la riqueza de los ritos, las obras de
arquitectura, de las artes plásticas y de la música sacra. Todo esto demuestra cómo la
religión se relaciona con la cultura, conjunto de todo aquello que de bueno y
significativo la humanidad crea. La cultura ofrece a la fe los instrumentos idóneos para
expresar la verdad revelada por Dios y proclamada en la liturgia. La inculturación es el proceso que desde el
comienzo ha acompañado a la Iglesia. Existen numerosos y excelentes ejemplos de
inculturación. Lo atestiguan, por ejemplo, las Iglesias Orientales Católicas. A este
respecto, merece ser mencionada la obra de los Santos Cirilo y Metodio, Apóstoles de los
eslavos. El proceso de inculturación permanece vivo también en las actuales
comunidades eclesiales. Para poder ponerlo en práctica en modo apropiado, es necesario
tener presente la naturaleza puramente gratuita del acto redentor de Dios y su adecuada
comprensión y acogida de parte del hombre, en su plena responsabilidad y en su realidad,
al mismo tiempo personal y comunitaria, reflejadas en su vida y en la cultura. Los principios generales de la
inculturación se encuentran claramente expresados en el decreto conciliar Ad
gentes, en la instrucción Varietates legitimae sobre la liturgia romana y la
inculturación, y en otras numerosas intervenciones del Magisterio sobre la materia.
El tema de la inculturación ha sido tratado también en las diversas Asambleas Especiales
continentales y en las relativas Exhortaciones Apostólicas postsinodales. Sin embargo, las dificultades no faltan
cuando se trata de llevar a la práctica tales principios. Los riesgos son principalmente
dos: el de caer en un arcaísmo o bien el de una búsqueda de la modernidad a toda costa.
Es necesario no olvidar jamás el fin de la misión de la Iglesia: la evangelización de
todos los hombres en el corazón de sus culturas. La inculturación, por lo tanto, no es
una simple adaptación, sino el resultado vivo de un encuentro vivido entre la cultura de
un cierto ambiente y la cultura generada por el Evangelio. Por este motivo, antes de
decidir la incorporación de ciertos elementos de una cultura a la liturgia, es oportuno
que el Evangelio sea anunciado y que sea realizado un gran esfuerzo de educación en la
fe, es decir, de catequesis y de formación a todos los niveles, para hacer nacer una
nueva cultura evangelizada. Es entonces que las Conferencias Episcopales y los otros
organismos competentes deberán juzgar si la introducción en la liturgia de elementos
propios de las costumbres de los pueblos, aún siendo parte viva de la respectiva cultura,
pueden enriquecer la acción litúrgica sin provocar desfavorables repercusiones para la
fe y la piedad de los fieles. 81. De las respuestas a los Lineamenta
se deduce que en las diversas partes del mundo occidental la inculturación ordinariamente
se refiere a grupos de inmigrantes y a las parroquias étnicas, realizándose en estos
casos no pocos esfuerzos. En otras regiones geográficas la cuestión está adquiriendo
cada vez más prioridad pastoral. De todos modos, sobre el tema de la inculturación litúrgica es
necesario respetar las normas de los documentos oficiales de la Iglesia, que ofrecen
oportunos criterios pastorales, teniendo siempre presente que es necesaria una gran
fidelidad al Espíritu Santo para «conservar inmutable el depósito de la fe en medio de
tanta variedad de ritos y oraciones». Precisamente por este motivo es necesario
mantener un gran equilibrio entre la tradición, que manifiesta una fe inmutada en la
Eucaristía, y la adaptación a las nuevas condiciones. Algunas respuestas aluden a ciertos problemas derivados de tentativos de
inculturación litúrgica que, no obstante haber sido hechos en buena fe, pueden proyectar
sombras sobre la Eucaristía. A este respecto, se indica que no siempre los elementos
locales, como cantos, gestos, danzas, vestidos, son adecuadamente sometidos a una
purificación para después incorporar a la celebración litúrgica sólo aquello que
conviene al culto eucarístico. No han faltado casos de adaptaciones litúrgicas
promovidas con buenas intenciones pero sin un adecuado conocimiento de la cultura local,
provocando escándalo para los fieles. Ellos quedan perplejos al ver atribuidos a la
Eucaristía significados impropios, típicos de algunos de sus ritos. De otras respuestas a los Lineamenta, en cambio, emergen aspectos
positivos en materia de inculturación, sobre todo en el campo de la música sacra. De
todos modos, se recomienda que la inculturación se cumpla bajo la responsabilidad del
Ordinario diocesano, con la supervisión de la Conferencia Episcopal y la recognitio de la
Santa Sede. Al mismo tiempo se pide la fidelidad en la aplicación de las normas comunes
en el campo de la inculturación y de las innovaciones, para evitar que en el nombre de la
inculturación se realicen cambios inadecuados. Se expresa también el deseo de conservar el uso del latín, sobre todo
en las celebraciones de carácter internacional, para poner de manifiesto la unidad y la
universalidad de la Iglesia en relación al rito de la Iglesia madre de Roma. En este
sentido, sería deseable que los cristianos de todos los países supieran rezar y cantar
en latín algunos textos fundamentales de la liturgia, como el Gloria, el Credo y el Padre
Nuestro. Eucaristía y Paz 82. Antes de distribuir la Santa Comunión, el obispo o el
presbítero eleva su oración al Señor Jesucristo resucitado, el cual ha dicho a sus
discípulos «Os dejo la paz, os doy mi paz» (Jn 14,27). El celebrante suplica al Señor
Jesús que conceda a la Iglesia la unidad y la paz según su voluntad. La Eucaristía es el sacramento de la paz,
llevada a su cumplimiento como consecuencia de la reconciliación con Dios y con el
prójimo en el sacramento de la Penitencia. Ella hace actual la gracia que el Señor
resucitado ha expresado con las palabras «La paz con vosotros» (Jn 20,19). El sacramento
de la Eucaristía, además, ofrece a los creyentes la gracia para poner en práctica el
espíritu de las Bienaventuranzas y, en particular, la proclamación de Jesucristo:
«Bienaventurados los que buscan la paz» (Mt 5,9). Con el sacrificio de la cruz, Él ha
alcanzado la victoria sobre el pecado, sobre la muerte, sobre toda división y odio.
Resucitado, Él ofrece su paz a los que están cerca y también a los que se encuentran
lejos (cf. Ef 2,17). La paz de los corazones, de las familias, de
las comunidades, de la Iglesia, es el don del Señor resucitado, presente en el sacramento
de la Eucaristía. Quien se acerca a este sacramento debe poseer ya en sí mismo la paz de
Dios, que es obstaculizada por el pecado. Mientras el acto penitencial al comienzo de la
Santa Misa purifica de los pecados veniales, para los pecados mortales es necesaria la
absolución sacramental. La Eucaristía refuerza en sí ese don de la paz y ofrece a todos
aquellos que la reciben la gracia de ser ellos mismos constructores de la paz en los
lugares donde viven y desarrollan sus actividades. 83. Los fieles deben descubrir
nuevamente la Eucaristía como fuerza de reconciliación y de paz con Dios y con los
hermanos. En el mundo actual, en el cual no faltan motivos de división y de
diversificación, incluso legítima, es oportuno que los cristianos, reunidos para la cena
del Señor descubran sus raíces comunes, que se encuentran en Él. En la oración, en la
meditación y en la adoración, ayudados por la Palabra de Dios y por la homilía del
celebrante, los fieles serán fortalecidos en la propia fe, en la caridad y en la
esperanza, para poder empeñarse cada vez más y mejor en el exigente deber de edificar un
mundo más justo y pacífico. Ellos respetarán las diversas opciones políticas y
sociales, siempre que no estén en contradicción con las normas fundamentales del
Evangelio, que han inspirado la Doctrina Social de la Iglesia. No siempre, sin embargo, es percibida esta
dimensión de la Eucaristía, y consiguientemente resultan motivo de contradicción y de
escándalo las actitudes prolongadas de conflicto entre las personas y las comunidades.
Pacificada en sus fieles, la Iglesia celebra y adora la Eucaristía como sacramento de
piedad, signo de unidad y vínculo de caridad. 84. Confiando en la inagotable fuente de gracia, que es la
Eucaristía, la Iglesia promueve la causa de la paz en un mundo turbado por conflictos,
violencias, terrorismo, guerras, que hieren la dignidad de los hombres y de los pueblos y
obstaculizan todo tipo de desarrollo. La Iglesia Católica no se cansa de proclamar el
Evangelio de la paz (cf. Ef 6,15) y de promover diversas iniciativas, con la finalidad de
hacer cesar todas las guerras y de alentar a través del diálogo y la colaboración la
construcción de la paz en el mundo. La Eucaristía, memorial del sacrificio de Jesucristo que es «nuestra
paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la
enemistad» (Ef 2,14), guía a la Iglesia en esta urgente y difícil misión, abriéndola
a la colaboración con los hombres de buena voluntad. La Eucaristía, sacramento de los
reconciliados con Dios y con los hermanos (cf. Col 1,22), estimula además el ejercicio
del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18). Sabiendo, a través de la Palabra de
Dios, que todos han pecado (cf. Rm 3,23) y que, por lo tanto, todos tienen necesidad del
perdón, la Iglesia propone a los hombres salir del círculo vicioso de la violencia y del
odio encontrando la fuerza para pedir perdón y para perdonar. En nombre de la Iglesia, el Santo Padre y la Santa Sede se hacen
presentes activamente en los foros internacionales, sosteniendo con coraje la causa de la
paz, promoviendo el diálogo y la colaboración en el respeto del derecho internacional y,
además, preocupándose por la reducción de los armamentos y por la proscripción de las
armas de destrucción de masas. En esta obra de oración, de persuasión y de educación,
tienen un importante lugar los mensajes del Papa en ocasión de la Jornada Mundial de la
paz. Consciente que la verdadera paz puede solamente venir de lo alto (cf. St
1,17; Lc 2,14), la Iglesia continúa implorando ese grande don y actuando para que la paz
pueda difundirse lo más posible sobre esta tierra, antes de brillar plenamente en la
eternidad, donde el Dios de la vida asegura la paz, la bendición, la luz y la alegría a
los que trabajan por la paz (cf. Mt 5,9). Eucaristía y unidad 85. En la plegaria eucarística, la Iglesia pide a Dios omnipotente
el don de la unidad. Dicho don se relaciona con la naturaleza misma de la Iglesia, según
la voluntad de Jesucristo que, precisamente, se define en sus atributos esenciales como
una, santa, católica y apostólica. El Señor Jesús, antes de aceptar el sacrificio de la cruz, ha rezado
por la unidad de sus discípulos: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros» (Jn 17,11). En esta «oración sacerdotal» están
presentes los cristianos de todos los tiempos. En efecto, Jesucristo ha orado tanto por la
unidad de los apóstoles, como por la unidad de aquellos que por la palabra de ellos
habrían creído en Él (cf. Jn 17,20). La unidad de los discípulos del Señor Jesucristo
nace de la misma naturaleza de la Iglesia. La unidad es, además, uno de los motivos de su
credibilidad: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en
nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). Lamentablemente, los pecados contra la unidad han acompañado la vida
terrestre de la Iglesia. Además del hijo de la perdición (cf. Jn 17,12), la comunidad
primitiva ha debido confrontarse con falsos profetas (cf. 1 Jn 4,4) y con aquellos que
salieron de la comunidad porque, en realidad, no le pertenecían sinceramente (cf. 1 Jn
2,19). San Pablo ha debido alertar contra los que suscitan divisiones y escándalos contra
la doctrina» (Rm 16,17). Él mismo ha debido intervenir claramente en la comunidad de
Corinto, para sanear en ella las divisiones (cf. 1 Co 1,12), provocadas por gente
materialista, que no tenían el Espíritu (cf. Judas 19). Desgraciadamente, también en la Iglesia actual no falta el escándalo de
las divisiones a diversos niveles. La Eucaristía debería representar para todos un
fuerte llamado a custodiar la unidad dentro de las familias, de las comunidades
parroquiales, de los movimientos eclesiales, de las Ordenes religiosas, de las Diócesis.
La Eucaristía, además, ofrece la gracia para restablecer la unidad de los cristianos,
miembros del cuerpo de Cristo: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo
somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Co 10,17). La «oración sacerdotal» de Jesucristo se extiende a todos aquellos que
creen en Él (cf. Jn 17,20). Lamentablemente, a través de la historia, el cristianismo ha
conocido dolorosas divisiones en varias iglesias y comunidades eclesiales. Ante ese
pecado, que es fuente de escándalo para el mundo, es necesario rezar y actuar para que
sea reconstituida la única túnica sin costuras de Jesús (cf. Jn 19, 23-24) y sea
mantenida íntegra la red de los pescadores de hombres (Cf. Mt 4,19; Jn 21,11) . Se trata
de la obra de Dios, a cuya realización están llamados todos los cristianos, según la
propia vocación y responsabilidad. Todos, sin embargo, tienen el deber de rezar para que
se cumpla la palabra de Jesucristo: «Tengo otras ovejas que no son de este redil;
también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un
solo pastor» (Jn 10,16). A esta Palabra del Señor se une la oración de toda la Iglesia,
que por boca de su Pastor Universal eleva la súplica: «Señor, acuérdate de lo que
prometiste. (Haz que seamos un solo pastor y un solo rebaño! (No permitas que se rompa tu
red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!». Eucaristía y ecumenismo 86. El ecumenismo es ciertamente un don
del Espíritu Santo y un camino inevitable para la Iglesia. Después del Concilio
Ecuménico Vaticano II y del decreto sobre el ecumenismo Mane nobiscum Domine el Papa
exhortaba a los Pastores a empeñarse para que la Eucaristía sea celebrada con mayor
vitalidad y fervor, pero sobre todo con «una mayor interioridad». El amor al culto
eucarístico pasa a través de un redescubrimiento de la belleza de la celebración del
sacrificio eucarístico en la oración de adoración y de acción de gracias. Pero la
devota acogida del Sacramento se abre a la esperanza hacia las realidades prometidas, más
allá de los horizontes limitados de la cotidianidad, fuertemente reducidos por una
cultura sumergida en el materialismo y en el consumismo. Así, la Eucaristía es una
fuerza de transformación de las culturas porque ella es epifanía de comunión, lugar de
encuentro del Pueblo de Dios con Jesucristo, muerto y resucitado, fuente de vida y de
esperanza. La Eucaristía es germen de un mundo nuevo y verdadera escuela de diálogo, de
reconciliación, de amor, de solidaridad y de paz. 91. Las sombras en la celebración de
la Eucaristía, a las cuales se ha querido hacer referencia para presentar
realísticamente los datos provenientes de las respuestas a los Lineamenta, desaparecerán
en la medida en que la discusión sinodal, y por lo tanto eclesial, descubra una vez más
la belleza y la grandeza del don del Misterio eucarístico, sin dejar de prestar atención
a la finalidad principal del Sínodo: profundizar a través de la experiencia de la
colegialidad episcopal cuáles son los caminos que el Espíritu Santo suscita en la
Iglesia hoy para que la Eucaristía sea verdaderamente fuente y cumbre de su vida y de su
misión, es decir, de la nueva evangelización, de la cual el mundo tiene urgente
necesidad. En efecto, toda la vida de la Iglesia
encuentra en el Misterio eucarístico (sacrificio, memorial, banquete) su fuente
inagotable de gracia para celebrar la re-presentación sacramental de la pasión, muerte y
resurrección de Cristo, para vivir la experiencia del encuentro personal con el Señor,
para construir la comunión eclesial sobre el sólido fundamento del amor y para pregustar
la gloria futura de las bodas del Cordero. En la vida de la Iglesia todo culmina en el
Misterio eucarístico, meta final de todas las actividades: de la catequesis a la
recepción de los otros sacramentos, de la devoción popular a la celebración de la
divina liturgia, de la meditación de la Palabra de Dios a la oración personal y
comunitaria. La Eucaristía es el corazón de la comunión eclesial. Si la Iglesia es en Cristo como un
sacramento, es decir, un signo y un instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano, entonces, la Eucaristía, presencia viva del
Señor, se transforma, también ella, en la fuente de la misión universal de la Iglesia.
De ella reciben la gracia los obispos, los sacerdotes y los diáconos para anunciar con
solicitud pastoral el Evangelio en el mundo de hoy; de ella toman coraje los misioneros
para llevar el gozoso anuncio del Reino hasta los confines de la tierra; de ella obtienen
fuerza los miembros de la vida consagrada para vivir el ideal de la vida cristiana en
pobreza, obediencia y castidad; de ella reciben luz y vigor los laicos para transformar
las realidades temporales según el mandamiento nuevo del amor a Dios y al prójimo; de
ella surge la audacia de muchos cristianos perseguidos para ser testigos de Cristo en el
mundo. La misión de evangelización de la Iglesia tiene como último objetivo que todos
los hombres se encuentren ya aquí en esta tierra con Cristo, presente en el Misterio
eucarístico, en vista del encuentro definitivo en el convivio eterno. Por lo tanto, la
Eucaristía es también el punto culminante de cada proyecto pastoral, de cada actividad
misionera, y es el núcleo de la evangelización y de la promoción humana. En efecto,
aquellos que comulgan con el Pan de la vida y anuncian ese misterio al mundo, deben
también defender la vida en todas sus manifestaciones, preocupándose además por el
respeto debido a la creación. Los fieles que se nutren del Pan bajado del cielo sienten
la obligación de contribuir a construir un mundo más justo en el cual se cumpla la
voluntad de Dios y a cada persona sea asegurado «el pan nuestro cotidiano». Durante sus reflexiones los Padres sinodales
contarán con la oración de toda la Iglesia, pero además contarán con la intercesión
de los santos, cualificados interpretes de la verdadera piedad y teología eucarística,
que nos alientan y nos sostienen en nuestro peregrinaje entre los gozos y los dolores del
mundo presente. Entre los santos resplandece la Madre de Dios, que, desde que ha dado su
carne inmaculada al Hijo de Dios (Ave verum corpus, natum de Maria Virgine) ha sellado
para siempre un vínculo exclusivo con el Misterio eucarístico. En María, la mujer
eucarística por excelencia, la Iglesia contempla no solo su modelo más perfecto, sino
también la realización anticipada del «cielo nuevo» y de la «tierra nueva», que toda
la creación espera con ferviente anhelo. Invocando con confianza y devoción su
protección, la Iglesia encontrará nueva fuerza para que la Eucaristía sea la fuente y
la cumbre de toda su vida y de su misión, para la gloria de Dios y para la salvación de
los hombres y del mundo.
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