Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:37

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Del encuentro con la Palabra
al seguimiento de Jesucristo

Aquí tenemos once temas, presentados con el esquema tradicional de la Lectio Divina. Ya nos hemos familiarizado con esta metodología y sabemos que si los participantes no llevan consigo el texto de la Biblia, será de menos fruto su participación. Que coordina ha de empaparse del Mensaje espiritual de cada uno de los temas aquí tratados, para poder ser guía de sus hermanos en estos encuentros con la Palabra.

T E M A 1

“El discípulo:

brazo derecho del maestro”

Juan 20, 19-29

Aquel que es enviado por Jesús, prolonga la única misión del Padre encomendada al Hijo. En este primer tema se pretende, a partir de Juan 20, 19-23, presentar la prolongación de la misión de Jesús en el discípulo, de tal manera que, aquel que es enviado, pueda repetir con fidelidad las palabras: Quien me ve a mí, ve a Cristo...

a) ¿Qué dice el texto?
Leamos Juan 20, 19-29.

Sin duda que de las apariciones del Resucitado que presenta Juan ésta es la más importante. El esquema de la narración es el típico de los relatos de aparición del resucitado en los evangelios: el miedo de los discípulos y su descontrol a causa de la presencia del Maestro, aparición inesperada e iniciativa de Cristo para dialogar, reconocimiento de los discípulos y, finalmente, el envío para una determinada misión.

El triple saludo de la paz tiene detrás un trasfondo judío; más que ausencia de guerra se refiere a la integridad, unidad, prosperidad, seguridad. Es el bien divino por excelencia y, en este caso, la presencia viva de Jesús que elimina el miedo de los discípulos. Con el repetido deseo de la paz se introduce el tema del envío para que el discípulo pueda actuar en plena armonía con el Señor. Ahora bien, vale la pena fijarnos que el saludo de Paz aparece relacionado con tres cosas muy importantes para los primeros cristianos: el resucitado es el crucificado (v. 20); el resucitado-crucificado es quien da el Espíritu Santo y, por último, la invitación a que los incrédulos de la comunidad se transformen en creyentes (vv. 21-29).

La misión del discípulo está enmarcada por los saludos y lo que en cada uno de estos sucede. De este modo, el discípulo es enviado por el crucificado que ha sido resucitado. En adelante proclamará la Resurrección junto con la cruz; cruz sin resurrección es fatalismo y desgracia; resurrección sin entrega de la vida es triunfalismo. Además, los discípulos reciben el Espíritu Santo para reconstruir la comunidad. Perdonar y retener más que un privilegio es una responsabilidad para compartir la misericordia y el perdón. Si el pecado tiene una presencia desestabilizadora que genera esclavitud (8,34), una de las funciones principales del Espíritu será precisamente “convencer al mundo en lo referente al pecado” (16,8) y estar presente en los discípulos para que trabajen por la compostura de las relaciones en lo que sea necesario. Y, por último, el discípulo recibe un ejemplo de parte del Maestro sobre qué actitud se deberá tener con los miembros de la comunidad a los que se les dificulte creer; la acogida y la disponibilidad para aclarar las dudas son las dos claves de este comportamiento.

b) ¿Qué nos dice el texto?
Meditemos.

Imaginemos el momento aquel, cuando Jesús se hizo presente en medio de sus discípulos, al atardecer. Qué ambiente y en qué situación se encontrarían aquellos hombres y mujeres después de los acontecimientos vividos por la muerte del Maestro. ¡Cómo sería aquella tarde! ¡Las puertas cerradas! ¡Cuántas experiencias y emociones agolpadas en su interior! Este cúmulo de experiencias es precisamente lo que Jesús ilumina con su presencia. El encuentro con el Señor resucitado aquella tarde arroja luz, pone orden y da sentido a todo lo que los discípulos han vivido y que los mantiene a puerta cerrada. Desde aquel momento los discípulos se convierten en verdaderos testigos de Jesús; han tenido que trabajar mucho, dejándose tocar por Jesús, en su interior, para comprender y asimilar, para abrir la puerta y salir de donde estaban al encuentro del mundo y sus hermanos y anunciarles la vida nueva del Resucitado.

Pero antes de abrir la puerta y salir como testigos, el Señor les concede la Paz: “La paz sea con ustedes”, mostrándoles las manos y el costado. ¿Para qué? Era necesario que ellos reconocieran la identidad del Resucitado: el que ahora vivía para siempre era el mismo que se había entregado totalmente a ellos y a todos, en la cruz. Las huellas del sufrimiento de una vida que se entrega con absoluta generosidad, las llagas de Jesús, eran ahora señales de identidad, signos del Resucitado, de vida nueva. Aquellas heridas dieron sentido a la vida y las experiencias de los discípulos. Y desde ahí, desde sus propias vidas y sus heridas, ahora reconciliadas con la paz del Señor resucitado, superan el temor y salen a ser sus testigos. Y la fuerza del Espíritu los acompaña. Con el Espíritu los envía Jesús, a compartir esta experiencia de paz y reconciliación con los demás. En paz y reconciliados, pueden ahora ofrecer la paz y la reconciliación de Jesús a sus hermanos.

¿No es esto mismo lo que el Señor resucitado quiere hacer en nosotros para transformarnos en testigos suyos? Sólo abriendo las puertas, primero para que Jesús entre en nuestras vidas y dé sentido, paz y reconciliación a nuestras experiencias, y después, para salir del temor acompañados por su Espíritu, es como podemos ser sus testigos.

c) ¿Qué nos hace decirle
a Dios el texto?

Señor, nuevamente nos encontramos encerrados en nuestra Iglesia. Hemos remachado la puerta por el miedo que nos causan estos cambios repentinos y profundos del momento presente y hacen estremecer tu barca. Existen muchos temores que atormentan nuestros corazones y los agitan como espigas azotadas por el viento. Hay nuevas dudas que nos hacen temer por nuestra seguridad y nos llenan de miedo, hasta el punto de encontrarnos atrapados en nuestros propios espantos.

Necesitamos tu presencia transformadora que nos llene de valor y de alegría. Abre nuestros corazones para que se estremezcan ante tu presencia y nos llene de paz. Esa paz luminosa que fortalece y asegura tu compañía. Que nuestras puertas se abran con el impulso de tu Santo Espíritu y derrame sus dones en nuestras almas temerosas para que nos lance sin temor al anuncio de tu Palabra.

Nos has mostrado las manos y el costado como sellos imborrables de tu amor, enseñándonos que no hay camino de fidelidad que no tenga que pasar por la entrega generosa de la vida, asumiendo todas las consecuencias. Que no sea la angustia la que nos aprisione, sino la seguridad de tu presencia en medio de nuestra comunidad la que nos empuje al anuncio gozoso de nuestra fe, a gritar la alegre noticia de que Dios nos ama y tiene un proyecto maravilloso para cada hombre y mujer.

Que el soplo perenne de tu Espíritu sobre tu Iglesia, renueve en ella el deseo sincero de llevar a todos los hombres tu mensaje y de transformar al mundo con su fuerza. Ven Espíritu de Dios a reanimar nuestra fe, para que nos ayudes a buscar tu fuerza en medio de la comunidad. ¡Fortalécenos en el testimonio de cada día!

d) ¿A qué me compromete
este mensaje?

El Señor nos ha hablado en su Palabra. Nosotros la hemos meditado y la hemos hecho oración. Ahora, respondemos a Él con nuestro compromiso sincero: ¿Dónde están los temores y las dudas más grandes de nuestra fe en el momento actual? ¿Cómo ayudar a que la comunidad descubra esa presencia transformadora de Jesús? ¿Dónde están los momentos más importantes de la presencia de Jesús en nuestra comunidad? ¿Cómo vivir la presencia del Espíritu Santo en medio de nuestra parroquia? ¿De qué manera podemos renovar nuestra misión cristiana en los ambientes y lugares de nuestra comunidad?