Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:04

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T E M A 4

“La fuerza del amor”

Juan 15, 12-17

El estilo de vida del seguidor de Cristo no debe ser el legalismo (cumplidor ciego de normas) sino la alegría por compartir una experiencia: sentirse amado por Dios para amar a todos.

a) ¿Qué dice el texto?
Leamos Juan 15, 12-17.

En estos versos se dice concretamente a los discípulos cómo permanecer en el amor del maestro. Jesús nos proporciona un modelo para amar a los demás: como Él amó.

Efectivamente, la relación intensa con el Maestro llega a tal grado, que el discípulo, deberá sentirse llamado a dar como fruto el amor. El amor no de cualquier manera, o como cada quien lo entienda, sino teniendo como modelo el amor del mismo Jesús. No hay que olvidar el contexto de este pasaje, donde se señala que el discípulo tiene que estar unido a su maestro “como el sarmiento a la vid”.

Ahora bien, el amor es de tal intensidad que desborda la relación entre el discípulo y el Maestro; se derrama hacia el hermano. “Quien ame a Dios ame también a su hermano” (1 Jn 4,21). Por ello es importante que el discípulo ame como ha sido amado. Y aquí está una de las tareas permanentes de la vida cristiana. “Amar como se ha sido amado” abre al discípulo a la coherencia: amar a Dios y a los hermanos con la misma intensidad.

¿De dónde surge este amor tan intenso? En primer lugar, Jesús ofrece una relación que elimina el trato amo-esclavo. La relación con Jesús dignifica porque tiene detrás el amor mutuo no el uso de las personas. Esta cercanía genera la eliminación de secretismos y abre a una comunicación abierta a tal grado que Jesús da a conocer a sus discípulos TODO lo que ha oído del Padre. En segundo lugar, la elección provoca un destino: dar frutos. La elección no genera privilegios sino responsabilidad para producir los frutos del amor, de tal manera que se desate un proceso continuo para que tales frutos permanezcan generando una relación de confianza y esperanza de conseguir los dones que el Padre tenga a bien proporcionarnos.

En la experiencia de la amistad humana, se coloca como ejemplo máximo de amor, el entregar la vida por un amigo. Precisamente sobre este tema girará este discurso. La amistad es un tema propio de la Sagrada Escritura. Abraham es amigo de Dios, también Moisés, etc. En el Nuevo Testamento el discípulo puede sentirse amigo “si hace lo que le ha mandado” (v. 14).

La categoría de amigo hace a un lado lo de siervos o esclavos, que no conocen el proceder de su amo. Y si ya no son siervos, es que son libres. Libres para amarse entre sí y libres para relacionarse con un Dios que les ama.

b) ¿Qué nos dice el texto?
Meditemos

¿De dónde surge la fuerza para seguir a Jesús? ¿Cuál es el motor que pone en marcha la vida del discípulo? “A ustedes los llamo amigos... No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes”. ¿Estará la fuerza en otro lugar? “Los llamo amigos”, ¡qué expresión tan intensa ésta de Jesús! Jesús es nuestro amigo, con esa amistad profundamente verdadera que lo llevó a entregar su vida totalmente y que nos da identidad. Es esta experiencia de sentirnos amados por Jesús lo que nos da identidad como discípulos. Tal vez en el interior de nuestras vidas no exista nada capaz de fundar y sostener nuestra identidad de manera tan verdadera como la amistad de Jesús. Porque es el amor que libera de toda esclavitud, y revela nuestra identidad: ya no somos esclavos, somos amigos.

Este don se convierte en estilo de vida: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. La vida de uno que se descubre amado por Dios de manera incondicional, cambia. Cuando la realidad del amor toca el corazón, su dureza se derrite, las barreras rígidas se hacen flexibles, y esto nos hace capaces de una relación más humana con los demás. Si el Señor nos quiere como amigos, ¿por qué ser tan duros, rígidos y fríos en la relación con los demás, sobre todo con quienes viven más cerca de nosotros?

La vida del discípulo tiene que orientarse con el estilo de vida de Jesús: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”. Y el mandamiento del Señor es el amor, la caridad fraterna. ¿Con qué otros nombres podríamos hoy hacer más accesible el sentido de este mandamiento: tolerancia, respeto, fidelidad, servicio, ayuda, aceptación? ¿Y qué actitudes podrían traducir su significado: entrega, desprendimiento, salida de sí mismo, madurez en las relaciones?

“A ustedes los llamo amigos”. ¡Señor, que no echemos a la basura este don tuyo tan preciado!

c) ¿Qué nos hace decirle
a Dios el texto?

Hay palabras en la Escritura que hacen estremecer nuestro corazón, que nos llenan de paz y tranquilidad, que ensanchan el alma y agitan todo nuestro ser. Especialmente cuando Jesús expresa su amor por nosotros. Cuando habla a nuestro corazón para participarnos su amor. Cuando no hay ningún interés de por medio para buscarnos, sino simple y llanamente nuestra persona.

Jesús amigo, qué hermoso escuchar de tu boca estas palabras tan llenas de sentido hoy para nosotros: “ya no los llamo siervos, los llamo amigos”. El ser llamados a tu amistad por tu propia iniciativa, nos llena de un gran orgullo. No una amistad que se cierra en sí misma, que exclusiviza y aparta de los demás, sino que abre el corazón a todos los hermanos.

No han sido nuestros méritos. No han sido nuestras pequeñas cualidades. No hemos sido ni siquiera nosotros los que te hemos buscado e ido tras de Ti. Es tu propia iniciativa la que nos ha llevado a un lugar privilegiado de tu corazón. ¿Cómo no sentirse estremecido ante tus palabras? “No son ustedes los que me han elegido, soy yo el que los ha elegido a ustedes”.

Nos llamas a compartir tu amor, a dar frutos que permanezcan para siempre. En un mundo tan necesitado de comprensión, de esperanza, de justicia y de paz, nos envías a ser testigos del gran amor que nos tienes. A vivir en plenitud ese amor que Tú nos has enseñado, sin reservas, sin cálculos egoístas, sin intereses cómodos que nos aparten de una verdadera entrega. Queremos sentirnos transformados por tu amor. Necesitamos vivir siempre en tu amistad. Anhelamos proclamar a todos tu gran amor.

d) ¿A qué me compromete
este mensaje?

Tu Palabra, Señor, se ha dirigido hoy a nosotros y requiere de nuestra parte una respuesta. ¿Es el amor la aspiración más grande de mi vida cristiana? ¿Tengo el amor como preocupación, ocupación y sentido de mi vida de fe? ¿De qué forma correspondo al privilegio de ser amigo de Jesús? ¿Cuáles son los signos en nuestra comunidad que nos hacen vivir el mandamiento del amor que Jesús nos confió?