Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 02:59

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T E M A 7

“No somos más que siervos inútiles... instrumentos de tu amor”

Juan 17, 6-8.21-23

Aquel que es enviado debe sentirse instrumento “útil” en las manos de Dios, siempre y cuando cumpla su voluntad, siguiendo las huellas de Jesús, llegando a ser uno con Él y con el Padre.

a) ¿Qué dice el texto?
Leamos Juan 17, 6-8.21-23.

El Evangelio de san Juan desde el principio invita a tomar una decisión definitiva y radical en el seguimiento. En sus primeras páginas habla de la lucha existente entre la luz y las tinieblas: “las tinieblas no lo recibieron, pero a quienes lo recibieron les concedió poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 11-12). Y va presentando una lucha constante entre beneficios personales y proyecto de Dios.

Cuando la multitud, en el capítulo 6, va siguiendo a Jesús, busca la saciedad del vientre y Jesús los encara, lo cual hace que la inmensa mayoría se aleje y volteando a los doce les cuestiona sus motivaciones en el seguimiento: ¿También ustedes quieren dejarme?..., porque el proyecto no es sencillo.

Sin embargo, a partir del capítulo 13 de este Evangelio, Jesús se encuentra en plena intimidad con aquellos que se han mantenido firmes, y a ellos los instruye con claridad, hablándoles de los riesgos que conlleva el seguimiento y de la identidad de sus discípulos, así como de la necesidad de dar verdadero testimonio de su nombre. Es tal el deseo de que sus discípulos entiendan perfectamente cuál es el proyecto del Reino, que promete al espíritu que los acompañará hasta el final de los días, guiándolos poco a poco hasta la verdad plena.

El texto que hemos escuchado se encuentra en la así llamada “oración sacerdotal”, donde Jesús se consagra de lleno al Padre, agradeciéndole los beneficios que le ha concedido, entre otros, la compañía de sus discípulos: “eran tuyos, tú me los diste y ellos han hecho caso a mi palabra” (Jn 17,6b). Texto que motiva al discípulo a ser sincero frente a la Palabra predicada, instrumento noble.

b) ¿Qué nos dice el texto?
Meditemos.

Cuando Jesús encarga a sus discípulos la misión de predicar el Reino, ellos son conscientes de que la tarea les sobrepasa. De que la mies es mucha y los operarios pocos. Saben que el Evangelio es signo de contradicción, que encontrarán oposición y rechazo, incluso persecución y hasta la muerte. Y lo saben porque el Maestro mismo lo advirtió... Es más, en la contradicción que generan, encuentran la confirmación de que están siguiendo las huellas de Jesús.

Jesús, diríamos hoy, no es un buen mercadólogo. Cuando nosotros compramos algo, se ponen letras pequeñas y casi de manera invisible en la última parte del contrato, todos los inconvenientes. Jesús propone el Reino y el seguimiento, poniendo en letras grandes la dificultad y la cruz.

Pero también la misión tiene sus satisfactores. Ellos son portadores de buenas nuevas y a veces pueden sentir que los resultados son suyos. O a veces pensar que estos resultados son el fruto de su inteligencia, de su entrega. Entonces apropiarse la cosecha, y vanagloriarse de sí mismos.

El verdadero discípulo se reconoce siervo inútil, entrega los frutos sabiendo que no son suyos. Sólo hizo lo que tenía que hacer. Y su maestro se ceñirá la túnica y él mismo se pondrá a servirle. Pero porque siempre se sintió siervo. Nunca Señor.

Es el sembrador que incansable siembra la semilla. Independientemente de la cosecha, le toca sembrar, echar la semilla en todo tipo de terreno. Pone toda su energía, toda su inteligencia en sembrar. Otros recogerán, pero su Señor sabrá que hizo lo que le correspondía. Y podrá gozar de su misma herencia.

El discípulo ha de tener conciencia clara de su papel de instrumento. Sabe que si el Señor no construye la casa, en vanos se cansan los albañiles.

c) ¿Qué nos hace decirle
 a Dios el texto?

Señor Jesús, hemos estado siempre en tu pensamiento. Tú nos has llamado por nuestro nombre y haz querido que seamos amigos tuyos, confiándonos grandes cosas. Desde siempre has pensado en cada uno de nosotros, conociendo hasta lo más profundo de nuestro corazón. Pero tú sabes de nuestra fragilidad y flaqueza, de nuestra inquietud por seguir nuestro propio camino y de nuestras aspiraciones de grandeza. Tú sabes de ese deseo escondido de aparecer y de estar por encima de los demás, de buscar falsos honores y glorias que nos pierden en engañosas salidas.

Conociendo nuestra fragilidad humana, estamos completamente seguros que estamos siempre presentes en tu oración. Tú has pedido al Padre para que nos mantengamos en la unidad. Haz solicitado de su bondad la gracia necesaria para conservarnos unidos. Intercedes constantemente por nosotros para que demos testimonio de armonía y amor fraterno.

No es fácil, Señor, mantenernos unidos, y menos cuando lo hacemos con nuestras propias fuerzas, olvidándonos de tu gracia. En un mundo que ha levantado monumentos gloriosos al individualismo y grita por doquier sus falsos sueños, Tú nos has dejado la fuerza de la comunidad, para encontrar en ella la razón de nuestra fe. Nos has enseñado a mantenernos juntos, a saber que ahí te haces presente para animarnos con tu presencia y darnos tu paz como a los primeros discípulos.

Concédenos, Señor, creer en la fuerza de la comunidad. Enséñanos a trabajar unidos, donde reside la transparencia de tu presencia. Ayúdanos a descubrir el testimonio grandioso de la comunión, como signo auténtico de tu manifestación y el mundo crea que Tú estas en nosotros y nosotros en Ti.

d) ¿A qué me compromete este mensaje?

La Palabra de Dios es vida. ¿Cómo anda nuestro testimonio comunitario? ¿Cuáles son los aspectos que debemos trabajar para que realmente seamos uno, como Jesús nos indica? ¿Oramos por la unidad de nuestra comunidad y de la Iglesia? ¿Cuáles son los signos visibles que deben existir entre todos los grupos y ministerios de nuestra comunidad para manifestar una vida de comunión?