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Hoy
Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:36
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T E M A 8 El Espíritu, Motor de la misión Lucas 4, 16-19 El cristiano debe entender que así como el Espíritu inició a Jesús
en el proyecto del Reino, es también el Espíritu quien impulsa al creyente a continuar
con este proyecto. a) ¿Qué dice el texto? Todo proyecto de construir el Reino viene de Dios y sólo se
puede lograr con el espíritu de Dios. Así se expresa ya desde la antigüedad en la
figura de Moisés, quien al descubrir a Dios, entiende el proyecto que éste le ha
planteado (liberar a un pueblo de la esclavitud existente), proyecto que Moisés siente
demasiado elevado para su capacidad humana. Es un error considerar que el proyecto, con todo y que nosotros
los humanos lo realizamos, no deja de ser obra de divina. Dios conduce nuestros pasos, y
concede palabras sabias a nuestra boca. Ésta es la respuesta que da Dios a Jeremías,
cuando se siente un muchacho de pocas palabras. Pablo exigía de Dios una manifestación
más plena y potente, mientras que Jesús le expresa que la gracia basta y sobra para
enfrentar la misión encomendada. Así, al inicio del ministerio de Jesús, según el Evangelio de
Lucas, se encuentra escrito un proyecto que Jesús asume, un proyecto ya escrito en el
profeta Isaías, una Palabra de Dios que ya había sido pronunciada, pero que nadie había
asumido aún, por ello, Jesús, en su homilía, cortísima, en la sinagoga de su patria,
sin titubeos, sabiendo del alcance que esta decisión conlleva, afirma: Hoy mismo se
ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de escuchar... Y el pasaje
expresa lo fundamental: El Espíritu me ha enviado para hacerle frente a toda
situación de injusticia y para anunciar que nuestro Dios nunca se ha alejado de nosotros... Es el Espíritu quien acompaña a la Iglesia primitiva en su
proyecto de extender el Reino, surgiendo nuevos carismas y una organización capaz de dar
respuesta a las necesidades de esa comunidad; es este mismo espíritu quien acompaña a la
Iglesia de todos los tiempos y a los apóstoles de hoy, para hacer suyo el proyecto
divino. b) ¿Qué nos dice el texto? El Espíritu acompaña la obra de Jesús desde el inicio. Se
encarnó por obra del Espíritu Santo. En el Espíritu, Jesús es conducido al
desierto donde fue tentado, y donde venció la tentación. En la fuerza del Espíritu
Jesús comienza su vida pública, ungido por el Espíritu, recibe el impulso para dejar el
anonimato de su casa y su pequeña familia, y lanzarse por los caminos para llevar la
buena nueva a los pobres, su nueva gran familia. Para llevar la liberación a los
oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para anunciar el año de gracia del Señor. En el Espíritu Jesús se refiere continuamente al Padre. Se
siente unido a Él. Gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente
sencilla. Gime en su interior para entregarle todo al Padre, su voluntad, su
trabajo, su soledad y sus éxitos. El discípulo recibió el mismo Espíritu del Hijo. Es el don por
excelencia del Resucitado. Sabe que no está solo. Por eso no tiene miedo. Por eso puede
vencer al mundo. Tiene un abogado que pone palabras sabias en su boca. Es el Espíritu de
la verdad que le enseña lo que tiene que decir. El discípulo se siente fuerte. El impulso del Espíritu le hace
no detenerse ante nada, le capacita para configurarse con el Maestro. Para tener sus
mismos sentimientos y sus mismas actitudes. Le hace referir su vida y su trabajo al Padre.
Como Jesús. Se siente instrumento dócil en sus manos. El Espíritu le hace amar la vida, y trabajar por ella. Luchar
por la verdad y por las relaciones al estilo de Jesús. No detenerse, buscar siempre. Parte fundamental del discipulado será entonces la certeza y la
confianza en ser instrumentos dóciles en las manos del Espíritu del Resucitado. c) ¿Qué nos hace decirle La promesa que has hecho a tu Iglesia se cumple cada día y a
cada momento: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
La presencia de tu Espíritu renueva constantemente tu promesa que ha conducido desde
siempre nuestros pasos. El Espíritu que aleteaba ya desde el principio de la creación,
que fortaleció e inspiró a nuestros padres en la fe, a los profetas y a los sabios, que
fue derramado abundantemente sobre ti y que tú participaste a tu Iglesia, es el que ahora
anima nuestra esperanza y fortalece nuestra fe. El Espíritu del Señor está sobre mí... Todos los
renacidos por el Bautismo podemos decir estas palabras con pleno convencimiento. Esa
fuerza de lo alto ha sido trasmitida a nuestro corazón para que resplandezca con una luz
divina. Esa sabiduría de Dios invade nuestra alma para impulsarnos a un camino de
santidad. Ese fuego se ha posado en cada creyente como en Pentecostés, para que pueda dar
un testimonio creíble de su fe y proclamar las maravillas de Dios. Pero esta unción divina en nosotros, tiene una clara
orientación misionera me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres...
Señor, la presencia de tu Espíritu en nuestro corazón nos hace salir hacia los demás.
Es un regalo incontenible que no podemos aprisionar, sino que Él abre nuestros labios
para anunciar tu bondad y misericordia. El fortalece nuestra vida para que sea signo de tu
presencia en el mundo. Concédenos, Señor, que la presencia de tu Espíritu no sea en
vano. Que sepamos abrirnos a su inspiración para realizar las obras de tu amor. Que nos
fortalezca en el testimonio comunitario para que seamos verdaderos signos de tu Iglesia.
Ven Espíritu de Dios a reanimarnos en la fe y a congregarnos en la unidad. d) ¿A qué me compromete La Palabra de Dios es siempre una invitación a seguir a Jesús,
a conformar cada día nuestra vida con Él. ¿Hago de la lectura de la Palabra de Dios una
fuente continua de fidelidad al llamado de mi vocación cristiana? ¿Soy consciente de la
presencia del Espíritu Santo que se me ha dado en los sacramentos? ¿Cómo vive mi
comunidad cristiana la presencia del Espíritu en la proclamación y vivencia del
Evangelio? ¿Podemos decir que nuestra comunidad cristiana es una comunidad que vive
según el Espíritu de Dios?
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