Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 01:08

INDICE

Google
 
Para recibir información de las actualizaciones contáctanos.

T E M A 10

“El testimonio de la comunidad”

Hechos 2, 42-47

A la luz del libro de los Hechos de los Apóstoles, presentar esa imagen idealizada de la primera comunidad cristiana como una utopía para nuestras comunidades, resaltando la preocupación que los unos tienen por los otros y la solidaridad que manifiestan.

a) ¿Qué dice el texto?
Leamos Hechos 2, 42-47.

Cuando una comunidad quiere convencer a los demás de que vale la pena seguir ese estilo de vida, siempre presenta lo positivo de la misma. Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, no se tienta el corazón para hacer comentarios positivos exagerados en relación con la primera comunidad cristiana. Se añadían tres mil personas un día, multitudes en otro; todos tenían una misma forma de pensar y de sentir, compartían todo lo que tenían...

El lector de Lucas, debe comportarse como un lector ingenuo, que no sabe el desenlace de los hechos, pero debe darse cuenta que en ningún momento, el autor puede presentar una imagen negativa de la comunidad que quiere resaltar. Lucas es un historiador y como tal, le es difícil ocultar su entusiasmo por la comunidad a la que pertenece, y lo expresa tal cual en su escrito.

Cierto que presenta también varios defectos de la comunidad, pero de una manera tan astuta que difícilmente el lector se centra en ellos (cf. Hech 5; 15). Sin embargo, detrás de la manera exagerada de presentar la comunidad, se esconde el ideal de toda comunidad cristiana: “Eran fieles en escuchar la enseñanza de los apóstoles...”.

Los apóstoles son aquellos testigos privilegiados de la resurrección de Cristo. Detrás de la fidelidad de la comunidad se encuentra la constancia y la perseverancia; en la escucha se descubre la obediencia. Compartían el pan, una manera de agradecer al Dios dueño de todo y una forma de señalar la solidaridad con los más necesitados y la prolongación que la comunidad hacía de la Eucaristía.

b) ¿Qué nos dice el texto?
Meditemos.

La invitación de Jesús es ciertamente personal, pero nunca para ser ejercida en forma individual. El discípulo vive para los demás, como su maestro, y busca ejercer su misión dentro de la comunidad de discípulos. Se siente miembro de un cuerpo, donde la diversidad es principio de comunión.

Donde los dones recibidos, de forma personal, se complementan con los de los demás. Porque el dador es el mismo, y porque los concede con una única finalidad, la construcción del cuerpo de Cristo.

La relación del discípulo con Jesús transforma toda su persona. Por lo tanto, también su forma de relacionarse. No vive para sí, no busca su plenitud en forma egoísta y autosuficiente, vive para los demás, con los demás, por los demás. El trabajo del discípulo exige entonces, la construcción de la comunidad, con ella y desde ella. El discípulo sabe dialogar, respeta las diferencias, trabaja en equipo, genera actitudes de solidaridad y subsidiariedad.

De hecho, su vida comunitaria es su arma más fuerte a la hora de evangelizar. No tanto como habla, cuántas cosas buenas realiza, sino cómo se relaciona. “Véanlos cómo se aman, han de ser cristianos”. Y muchos se les agregaban.

La Iglesia ha de ser el espacio privilegiado para el ejercicio, tanto del discipulado, como de la misión. Y esto supone un profundo amor por la Iglesia.

c) ¿Qué nos hace decirle a Dios el texto?

“En esto los reconocerán que son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros”. No tenemos Señor otra garantía de tu presencia que el amor entre nosotros. Ése debe ser el sello propio de nuestra fe. No existe en el corazón del hombre creyente otra preocupación que no sea el amor. Tú, Jesús, haz querido hacer de nosotros una familia unida por los lazos del amor, que sea éste la ley que guíe nuestras vidas.

Pero no un amor estéril, sino que se manifieste en actos concretos y palpables. El amor no puede ser únicamente un sentimiento, que se mueve al capricho de nuestros antojos. Tampoco una bella idea que se queda en la cabeza. Si no que el amor que Tú nos has enseñado, es solidaridad con los hermanos, especialmente con los más necesitados; es servicio que edifica nuestras comunidades; es comunión entre todos los creyentes que nos fortalece para el testimonio; es entrega total y desinteresada por los demás.

Concede, Señor, a tu Pueblo encontrar en la fracción del pan la fuente más pura de nuestro amor. Que desde la Eucaristía podamos construir tu reino. Que sea la base de unas relaciones fraternas que nos abran a todos, que nos impulse a buscar siempre el bien de los demás. Que sea tu gracia y nuestro testimonio el mejor anuncio del Evangelio, para que sepan todos que Tú estas con nosotros y puedan alabarte siempre.

Tú que has enviado a tu Santo Espíritu para que nos conduzca a la verdad plena, concédenos sus siete dones para conservar la unidad en toda tu Iglesia. Descienda sobre nosotros su gracia, que estreche entre nosotros los lazos de la fraternidad y de la paz.

d) ¿A qué me compromete este mensaje?

La Palabra de Dios nos lanza siempre a una nueva aventura de fe. ¿Cuáles son los signos de nuestra comunidad que manifiestan la vivencia del amor? ¿Qué situaciones tenemos que reforzar en nuestra comunidad que nos ayuden a vivir como las primeras comunidades cristianas? ¿La celebración eucarística es fuente de fraternidad y solidaridad entre nosotros? ¿Damos testimonio de comunión en nuestra comunidad que nos hagan vivir en un sólo corazón y en un mismo espíritu?