Hoy Viernes, 05 de diciembre de 2008 | 00:37

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T E M A 11

“La Eucaristía: punto de partida
y de llegada para los discípulos”

Marcos 14, 22-25

+ También hay que tomar en cuenta

Juan 13, 1-20; 1 Cor 11, 17-34

Se trata de reflexionar, a partir de algunos textos que hablan de la Eucaristía, sobre la importancia de ésta para la vida de los discípulos.

a) ¿Qué dice el texto?
Leamos Marcos 14, 22-25.

El Nuevo Testamento nos cuenta en cuatro ocasiones la Última Cena (Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29; Lc 22, 15-20; 1 Cor 11, 23-25). Estos textos dejan en claro un hecho único: la entrega de la vida de Jesús y el derramamiento de su sangre están relacionados con el pan y el vino que Jesús compartió con sus discípulos. Con esto, Jesús puso el fundamento para la alianza definitiva entre Dios y los hombres.

En la Última Cena Jesús dejó claro el sentido de su propia vida y, desde ahí, iluminó el verdadero mensaje de todas las comidas que había hecho en su vida pública.

Él había sido cercano con los alejados, amoroso y misericordioso con los pecadores y excluidos (Mc 2, 15-17; 6, 30-44; 8, 1-10; Lc 7, 33-50; 15, 1-3); comía con ellos y les hablaba que el Reino de Dios era como un banquete donde todos se sentaban a comer como hermanos (Mt 22, 1-14; Lc 14, 15-24; 12,35ss; Jn 13, 3-5). La Eucaristía, la Última Cena, era el signo más claro de que, si se quiere hacer presente el Reino de Dios (la voluntad de Dios) se debe amar hasta el extremo, a los cercanos y lejanos. Quizás por eso el Evangelio de Juan nos comparte el convencimiento de que no es posible realizar la Cena del Señor sin el servicio a los hermanos (Jn 13, 12-16). El amor a los demás, al estilo de Jesús, es el principal distintivo del discípulo.

Sin embargo, no siempre se comprendió adecuadamente el sentido de la Cena del Señor, de la Eucaristía. Muy pronto aparecieron los olvidos. Así, por ejemplo, en la comunidad de Corinto se celebraba la Cena del Señor pero sin tomar en cuenta a la comunidad (1 Cor 11, 17-33). Incluso se nos comenta que hubo alguna comunidad que, en la misma celebración, despreciaba a los más pobres distinguiéndolos en el trato que se tenía con respecto de los ricos (Sant 2, 1-13).

Los primeros cristianos tenían sólo dos alternativas: por un lado, la valoración adecuada y comprometedora de la Eucaristía, y por otro, el olvido de sus consecuencias comunitarias.

b) ¿Qué nos dice el texto?
Meditemos.

El discípulo tiene en la Eucaristía el alimento por excelencia (el Cuerpo y la Sangre del Señor) y el sentido de su existencia: entregar la vida como el Maestro, acoger a los despreciados, amar a los que –como nosotros– fallan, invitar a los alejados...

Si queremos que nuestra celebración eucarística edifique la Iglesia tenemos que esforzarnos por ser discípulos atentos a la Palabra y apóstoles (enviados) que continúen con el proyecto del Señor: una comunidad de hermanos con un mismo Padre Amoroso.

No podemos ser discípulos ni enviados sin la Eucaristía. Es imposible crecer en la fe y el compromiso sin alimentarnos del Cuerpo-Sangre y de la Palabra del Señor. El cristiano que pretende vivir sin la Eucaristía termina estando desnutrido, sin fuerzas y energías suficientes para ser verdadero hijo de Dios y auténtico hermano de quienes lo rodean.

Por eso, no se vale sólo “asistir” a la celebración eucarística, debemos PARTICIPAR. No es posible tampoco cumplir con una obligación, hay que alimentar UN CONVENCIMIENTO. Nuestras celebraciones tendrán que ir siendo el espacio principal en el que, alimentados del Cuerpo, de la Sangre y de la Palabra del Señor nos comprometemos a ir viviendo mejor como hermanos.

c) ¿Qué nos hace decirle
a Dios el texto?

Señor: ¡Gracias por tu presencia en la Eucaristía! ¡Gracias por tu Cuerpo y tu Sangre! Cada vez que nos alimentamos de Ti hacemos memoria, recordamos tu vida de entrega amorosa a las personas haciendo la voluntad del Padre. Al mismo tiempo, hacemos presente entre nosotros, tu vida, muerte y resurrección con la firme esperanza de alcanzar un día la vida que dura para siempre y encontrarnos Contigo.

Perdónanos las ocasiones en que, por costumbre, nos olvidamos de tu presencia sacramental; perdona también los descuidos para percibir tu presencia en los más pobres y en tu Palabra.

Ayúdanos para que cada celebración eucarística nos inunde de tu amor para que podamos ir trabajando con generosidad en la construcción de una Iglesia y de una sociedad más respetuosa, más misericordiosa, más fraterna. Que cada comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre, que cada Eucaristía celebrada, edifique a nuestra querida Iglesia y transforme nuestra sociedad.

d) ¿A qué me compromete
este mensaje?

¿Valoramos la importancia que tiene la Eucaristía para todo buen discípulo? ¿Qué riesgos corremos si no valoramos adecuadamente la Eucaristía? ¿Qué podríamos reflexionar, compartir y hacer para que nuestras celebraciones eucarísticas realmente edifiquen a la Iglesia y faciliten la construcción de una mejor sociedad?

Agradecemos a los Pbros. José Cruz Moreno Cárdenas, Ricardo González Sánchez, Felipe Vega Salcido, Juan Carlos Hurtado Alcalá y Armando Álvarez Cano, así como a sus respectivos equipos de laicos, todos de la Diócesis de Zamora y Equipo Nacional de la Comisión Episcopal de Pastoral Bíblica especialmente a su secretario ejecutivo, P. Toribio Tapia por sus aportaciones para la elaboración de este material.