![]() |
![]() |
![]() |
|
|
Hoy
Martes, 06 de enero de 2009 | 20:58
|
|||
![]() |
![]() |
|
|
|
|
Festejemos al Señor, reconociendo sus
maravillas Tema 1 Reflexión Es un acontecimiento
eclesial la beatificación de 13 mártires, laicos en su mayoría, en Guadalajara, por
Mons. Saraiva, Presidente de la Congregación para las Causas de los santos, delegado por
el Papa Benedicto XVI, el domingo de Cristo rey (20 de noviembre de 2005). Hablar de Cristo Rey nos
evoca el monumento votivo nacional del Cubilete; la época de la Cristiada y de sus
mártires; así como también los cuentos de niños que hablan de los tiempos en que
había reyes. Por eso nos cuesta trabajo actualizar su mensaje. El martirio no es una
realidad que pertenece al pasado, sino algo concreto presente en el caminar de la Iglesia.
Al defender nuestra fe y los derechos de nuestros hermanos, enfrentamos conflictos. Cristo reina porque
siguió el camino de la persecución y la muerte. El martirio de Jesús fue consecuencia
de su mensaje y su conducta. Por fidelidad al Padre y
amor a nosotros afrontó el riesgo, provocó crisis, sufrió violencia; Jesús no
defendió su propia vida, sino la causa del Reino. La Cruz, el martirio y la gloria son
signos del cristianismo. Nuestros hermanos que han sido torturados y
muertos por causa de su fe, han vivido en su carne la Pasión de Cristo en favor de su
Cuerpo la Iglesia. Su testimonio y su martirio nos invitan a seguirlos por el camino de la
cruz para llegar a la gloria. La Resurrección de Cristo nos manifiesta que perder así la
vida significa ganarla en plenitud. El título de mártir no se gana simplemente
por una muerte violenta, sino por el testimonio de Cristo, sellado con la vida y la propia
sangre. La muerte es causada por odio a la religión, a Dios o a la Iglesia, no por
motivos políticos o delictivos. El mártir muere ofreciendo su vida a Dios y perdonando a
sus verdugos. Los mártires son «la
demostración más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso
a la muerte más violenta y que manifiesta su belleza incluso en medio de las
persecuciones más atroces». «Han lavado sus vestiduras en la Sangre del Cordero» (Apocalipsis 7,14). En los años 1926 a 1929, en la persecución
religiosa, y después de la amnistía, muchos otros cristianos comprometidos, sobre todo
laicos, se distinguieron entre los demás por su firme testimonio, y fueron sacrificados
en México por las fuerzas armadas de los enemigos de la fe católica. Con admirable constancia perseveraron fieles
a su compromiso bautismal y a su identidad sacerdotal y ofrecieron su vida por Cristo Rey
y Santa María de Guadalupe, en diversos lugares de las diócesis de Guadalajara, Morelia,
San Juan de los Lagos y Veracruz. Hoy fácilmente olvidamos los
acontecimientos. Necesitamos recoger testimonios, pistas, documentos, datos, restos. «Que
no olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por
amor. El mártir es signo de ese amor más grande que compendia cualquier otro valor».
Los mártires son un punto de referencia a la conversión de vida y a la libertad
cristiana. «¿Serán capaces los cristianos del próximo siglo de ser tan fuertes como
lo fueron los mártires?». Su memoria es un grito: «¡Que ésto no
vuelva a ocurrir nunca más!». Que un creyente no sea perseguido por su fe; que un
ser humano no sufra privaciones de su libertad; que nadie sea condenado por sus ideas; que
valoremos la vida y rechacemos la crueldad. En contraposición a los «Vivas» que
se echaban a la república liberal anticatólica, a Obregón y Calles, a las leyes
antirreligiosas, al Estado masónico y sectario, los mártires murieron gritando «¡Viva
Cristo rey y Santa María de Guadalupe!». Para declarar santo a una persona se sigue un
proceso en dos etapas: beatificación y canonización. No se trata de fabricar santos,
sino que se trata de la declaración de santidad de una persona que se propone a la
Iglesia como modelo de vida cristiana e intercesor ante Dios. Inicia con una fase
diocesana: investigación de su vida, reunión de documentos, examen de los restos
mortales, relación de favores. Cuando se tiene la biografía con razones suficientes
sobre la vida virtuosa, se instituye formalmente la Causa. Se elabora entonces un
documento oficial, bien documentado con las fuentes, sobre la vida virtuosa, la recta
doctrina, la ejemplaridad, llamado «Positio». La segunda fase se tiene
en la Congregación para las Causas de los Santos en la Santa Sede. Hacen una minuciosa
revisión de la Positio y de las Actas. Una persona se encarga de buscar detalles que
impidan el proceso (se llamaba «Abogado del diablo»). Debe comprobarse que la persona no
ha recibido culto, ni se está promoviendo por otros intereses. El siguiente paso es la
aceptación de un milagro, que sea suspensión o superación de las leyes naturales de
modo inmediato y total; se analiza minuciosamente, con las pruebas médicas y
científicas, renovadas por el personal del Vaticano. Los peritos proceden
también al Examen histórico y doctrinal de sus escritos y literatura en torno al
candidato. El Papa pide parecer a los Cardenales en un Consistorio, para ver si dan su
aprobación a una Causa. Finalmente, el Papa firma el decreto de Beatificación, y se
tiene la ceremonia de Beatificación. Es la primera respuesta
oficial y autorizada del Papa a las personas que piden poder venerar públicamente a un
cristiano que consideran ejemplar, con la cual se les concede permiso para hacerlo. No
impone nada; la memoria de los beatos no se celebra universalmente en la Iglesia. Sigue el proceso hasta
llegar a la Canonización. Es una fórmula solemne del Papa, que en un acto solemne
de Magisterio dice: «Declaramos y definimos como santo (a) a N y lo incluimos en el
catálogo de los santos, estableciendo que éste (a) ha de ser honrado (a) en toda la
Iglesia entre los santos con piadosa devoción». Entonces ya no se
tratará de algo facultativo, sino de una propuesta que debemos aceptar. Por eso debemos
seguir pidiendo al Señor que estos beatos alcancen el honor de los altares cuando sean
declarados santos para toda la Iglesia. Y nos pide cooperar para que siga adelante la
Causa, ahora en su fase de canonización, lo cual supone varios años más. ¿No promovemos
intolerancia religiosa? Algunos creyentes dan
más crédito a los verdugos que a los mártires, y los ignoran en nombre del diálogo, la
coexistencia pacífica, la concertación social. No desean reabrir esas páginas para no
testerear heridas históricas que pueden sangrar. Ayer se tenía miedo; hoy no se quiere
saber porque la cuestión se considera cerrada. Hoy los mártires están
desprestigiados. Se les considera personas que se metieron en problemas por no ser
tolerantes, plurales, dialogantes con la modernidad, sino fanáticos. ¿La beatificación
significa abrir viejas heridas, revivir tristes recuerdas de una guerra entre hermanos, y
revela el anquilosamiento político y social de la Iglesia? Necesitamos recuperar para
nuestra historia como pueblo la época cristera. Las persecuciones actuales han sido
concertadas por un Estado ateo. Sólo los muy ancianos se acuerdan. Los escritos oficiales
son expertos en calumniar, ridiculizar y violar los sentimientos religiosos de los
mexicanos. Los escritos clandestinos tienden a parcializar. Los héroes que sobrevivieron
a esas formas de sometimiento se agotan sobre cuestiones de lenguaje moderno, negocios y
modas. Y las mayorías nos contentamos con la grandeza de los mártires de ayer para ser
mediocres hoy. Los medios de
comunicación y algunos políticos recalcitrantes son muy respetuosos con los orientales,
las sectas protestantes, los hechiceros disfrazados, los homosexuales; pero dogmáticos e
intolerantes con los defensores de la Cristiada. Reviven el fantasma de la Cruzada por
intereses partidistas. Hacen homenajes y levantan monumentos a personajes hasta funestos,
y se niegan a reconocer el mérito de quien defendió ideales humanos como la libertad
religiosa. Los mártires no
militaron bajo ningún bando político. Fueron martirizados por ser sacerdotes y estar
ejerciendo su ministerio. Las iglesias y lugares de culto fueron profanados o destruidos
por ser símbolos religiosos. Reconocer ciertos errores de la historia es saludable para
iniciar una reconciliación realista. Los mártires son los
soldados desconocidos de la fe cristiana, testigos del gran dolor del mundo. «Han lavado
sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero» (Ap. 7,14). De muchos de ellos se ha
perdido la pista, no quedan rastros, ni testimonios, pero son conocidos por Dios.
Recordarlos es un mensaje al mundo: que ningún creyente sea perseguido por su fe, que
nadie sufra privación de su libertad, ni sea condenado por sus ideas o se considere sin
valor su vida. No se puede llamar
mártir a cualquier víctima o caído. Para que haya martirio se requieren algunas
condiciones: 1) Quien decide su muerte actúa por odio contra la fe cristiana, contra
Dios o contra la Iglesia. 2) Quien sufre la muerte o la tortura lo hace por amor y
fidelidad a Cristo, y se ofrece como víctima a Dios, perdonando a sus asesinos y orando
por ellos como Jesús. Hay varias paradojas
respecto a los mártires: 1) El siglo XX es el siglo que más mártires ha tenido, pero ha
tratado de evitar que se considere martirio. 2) Ahora se ha llegado a la tortura física,
psíquica o moral muy duradera y aun sin causar la muerte. 3) Hay mártires marginados y
olvidados. 4) Muchos católicos desconfían de los mártires en nombre del diálogo y la
tolerancia y dan más crédito a los verdugos. 5) Muchos Estados siguen sometiendo a la
Iglesia, pero ésta ya no sigue el camino de los mártires, sino de discusiones y
actividades que no comprometan. El reconocimiento de la santidad de los
mártires no reabre viejas heridas ni obstaculiza las relaciones Iglesia-Estado, pues los
mártires no militaron en un partido ni lucharon en algún bando, sino que sirvieron a
todos, y fueron destruidos porque eran símbolos religiosos. Si se honra a héroes,
políticos, pensadores ¿por qué no honrar a los mártires? Lancemos Vivas a los
siervos de Dios que serán beatificados en Guadalajara, gritando: «¡Murió por
Jesucristo!». - Siervo de Dios Lic. Anacleto
González Flores, de Tepatitlán, fusilado el 1 de abril de 1927. - Siervo de Dios Lic. Miguel
Gómez Loza, de Paredones, Acatic, gobernador en jefe de Jalisco, muerto el 21 de
marzo de 1928 en Atotonilco. - Siervo de Dios Luis
Magaña Servín, adorador y acejotaemero de Arandas, fusilado el 9 de febrero de 1928. - Siervos de Dios Ezequiel
y Salvador Huerta, muertos el 3 de abril de 1927 en Guadalajara, cuyos restos
se hallan en Arandas. - Siervo de Dios Luis
Padilla Gómez, laico compañero de Anacleto, muerto el 1 de abril de 1927. - Siervos de Dios Jorge
y Ramón Vargas, laicos compañeros del Maistro Anacleto. - Siervo de Dios Leonardo
Pérez Larios, de Lagos de Moreno, martirizado en León el 25 de abril de 1927. - Siervos de Dios
sacerdotes mártires de San Joaquín, León Gto.: José Trinidad Rangel Montaño de
Guanajuato y Andrés Sola Molist de España, asesinados el 25 de abril de 1927. - Siervo de Dios
adolescente José Sánchez Del Río, de Sahuayo, muerto cruelmente el 10 de febrero
de 1928. - Siervo de Dios
sacerdote Darío Acosta Zurita de Veracruz, muerto el 25 de julio de 1927. Sugerencias para la liturgia: Monición inicial: Hermanos: al
conmemorar a este grupo de mártires, se estimula nuestra fe, ya que mártir significa
testigo. Estos 3 sacerdotes y 10 laicos ofrendaron su vida en testimonio de Cristo, en una
época muy difícil para nuestra patria. Nosotros, a ejemplo suyo, también pidamos ser
testigos del Evangelio. Oración colecta alternativa: Dios todopoderoso, que
quisiste regar esta tierra con la sangre de nuestros hermanos Anacleto, Miguel, Luis y
Leonardo, concédenos que su sangre sea semilla de verdaderos cristianos comprometidos en
el establecimiento del Reino de tu Hijo Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad
del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Palabra de Dios: Primera Lectura: Monición: La
multiplicación de hechos dolorosos y la muerte de los comprometidos con la justicia y la
verdad podrían asustarnos, callarnos y hasta resignarnos, mas no podemos hablar como los
paganos de que nos habla la Escritura. Lectura: Del libro de
la Sabiduría (1,16;
2,11-20). Salmo responsorial: Monición: Ser
torturado a causa de su fe significa vivir en carne propia la Pasión de Cristo en favor
de su Cuerpo que es la Iglesia. Tengamos los mismos sentimientos de los mártires al
responder a la Palabra escuchada. Salmo 114: R. Aquí estoy,
Señor, para hacer tu voluntad. Segunda Lectura: Monición:
Cristo, por amor, siguió el camino de la persecución y la muerte, consecuente a su
mensaje. Afrontó el riesgo, provocó crisis, sufrió violencia, no defendió su vida sino
la causa del Reino. La Cruz y el martirio son signos del cristiano. Lectura: De la Carta
a los Romanos (8,31-39). Evangelio: Monición: Somos continuadores del ser y
de la misión de Cristo; participamos de su fecundidad y de su causa. Nada hay más
elocuente que sus mismas palabras. Lectura: Del santo
Evangelio según San Juan (12,
23-28). Oración universal: Al celebrar, hermanos, a nuestros mártires, que murieron
defendiendo los derechos de Cristo rey, pidamos confiadamente al Señor nos conceda ser
fieles servidores de la causa de su Reino, y digamos: Que alcancemos, Señor, 1. Para que la
Iglesia de Cristo que peregrina en la diócesis de San Juan de los Lagos, al exaltar el
testimonio de estos mártires mexicanos, se sienta fuertemente llamada a la santidad, ya
que el Señor es santo. Oremos. 2. Para que
nuestro obispo y todos los obispos de nuestra patria, confortados con el testimonio de los
mártires y dispuestos a dar la vida por el rebaño, mantengan encendida la llama de la fe
con su voz profética. Oremos. 3. Para que el
Señor suscite corazones generosos entre los laicos, a fin de que ejerzan un verdadero
liderazgo como defensores de la justicia y el derecho, y sean promotores del verdadero
progreso humano y cristiano en su propio ambiente. Oremos. 4. Para que la
fuerza del Señor llene de consuelo y esperanza a todas las personas agobiadas por
persecuciones, enfermedades, prisión y limitaciones, que encuentren apoyo en sus
comunidades, susciten la solidaridad, y perdonen de corazón las ofensas. Oremos. 5. Para que los agentes de pastoral
comprometidos en obras asistenciales, hospitalarias, educativas y de organización, se
preocupen sinceramente de los pobres y marginados, y los atiendan con exquisita caridad
cristiana. Oremos. 6. Para que el Señor conceda el Reino eterno a
todos los que murieron en tiempos de persecución, por causa de la justicia y de la fe, en
defensa de los oprimidos, víctimas del odio religioso. Oremos. 7. Para que el Evangelio de la vida llegue con
fuerza a todos los rincones de nuestras comunidades cristianas, de acuerdo a nuestro
proceso diocesano de pastoral, para integrar plenamente a todos los grupos humanos en la
nueva evangelización de la Iglesia católica. Oremos. Padre santo, que quisiste restaurar
todas las cosas en tu Hijo muy amado, rey del universo, por la intercesión de tus santos
mártires, concédenos alcanzar la victoria de tu Reino. Por el mismo Jesucristo nuestro
señor. Oración sobre las ofrendas: Recibe, Señor, la
ofrenda de tu pueblo, en honor de tus santos mártires, y ya que la celebración de la
Eucaristía les dio fortaleza en la persecución, a nosotros nos dé entereza en las
adversidades. Por Jesucristo nuestro Señor. Monición a la Comunión: Recibimos el Cuerpo del
Señor para tener la fuerza de los mártires, ya que el martirio es una realidad actual.
La denuncia de situaciones de pecado y la defensa del débil ante las injusticias desata
persecución y origina muerte. Muchos cristianos han sufrido tortura, persecución,
amenazas, desaparición o muerte de sus seres queridos o de ellos, por su fidelidad a la
causa de Cristo. La Pascua lleva consigo el martirio. Que seamos capaces también de
entregar la vida, de aceptar el aparente fracaso con tal de hacer creíble a la Iglesia
como fermento del Reino. Oración después de la Comunión: Te rogamos, Señor, que
nada pueda separarnos del amor de Cristo a quienes hemos sido alimentados con su Cuerpo y
que a ejemplo de tus santos mártires, suframos valerosamente todas las adversidades, por
tu Hijo que nos ama y vive y reina por los siglos de los siglos.
|
||