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Martes, 06 de enero de 2009 | 20:13
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Biografía Nació en Lagos de Moreno, Jal., el 28 de
noviembre de 1889. Hijo de don Isaac Pérez y doña Tecla Larios de Pérez. Fue bautizado
el 6 de diciembre del mismo año. Hizo la primera comunión en Encarnación de Díaz, ya
que su familia vivía en el rancho llamado El Saucillo. Leonardo
deseaba ser monje pero, no pudiendo cumplir sus anhelos, por espacio de diez años vivió
en calidad de agregado en una comunidad, en donde se distinguió por su devoción al
Santísimo Sacramento. Estudió en Encarnación de Díaz y su conducta fue intachable,
dedicado y responsable. Se ganó la fama de bondadoso, sumiso y obediente. Después se
trasladó a la ciudad de León, Gto. En León fue empleado de un
establecimiento llamado La Primavera. Es notorio que, siendo su patrón
bastante descreído, a Leonardo nunca se le vio disgustado, a pesar de las duras
reprimendas de que era objeto por cualquier motivo. Cuentan que le oyeron decir a su
patrón: -Si hay cielo, Leonardo lo tiene-. La señorita Jovita de
Alba, que lo hospedaba, le oyó decir a Leonardo: -Anhelo ser mártir de Cristo
Rey. Destacó por
su cariño y devoción al Santísimo Sacramento y la Santísima Virgen, a quien desde
niño rendía culto, de manera especial durante el mes de mayo. Frecuentaba los
sacramentos. Era fervoroso, sacrificado y obediente.
Participaba en la Adoración Nocturna al Santísimo Sacramento y procuraba que le tocara
la hora más pesada, -de doce a una-; y, cuando eran pocos adoradores, con gustoso seguía
una hora más. Todo esto después de trabajar duro todo el día. En el tiempo de la persecución
religiosa, aumentó su piedad; visitaba diariamente al Santísimo Sacramento en el
oratorio de la casa de las señoritas Alba (Jovita y Josefa), donde estuvieron viviendo y
ejerciendo el ministerio el P. Rangel y el P. Solá. Leonardo, al salir de su trabajo,
fungía como sacristán en los cultos que se realizaban en ese domicilio. En abril de 1927 el P. Rangel recibió
una comunicación del Vicario General de la diócesis, haciéndole ver la conveniencia de
que pasara a administrar los sacramentos a San Francisco del Rincón, que no tenía, por
entonces, sacerdote. En particular le pedía atender a unas religiosas durante la Semana
Santa. Aunque el texto de la comunicación lo dejaba en libertad de ir o no, vio en los
deseos de su superior la voluntad de Dios y fue. Allí radicó en casa de un comerciante
de libros y desde ese lugar administraba los sacramentos. Aunque obraba con cautela, fue
descubierto y detenido el 22 de abril de 1927, junto con el Lic. Dionisio Valdivia, Julio
Orozco y José Quezada, que fueron liberados al día siguiente. Esto ocurrió tras un
cateo, en el que el sacerdote fue descubierto como tal por pregunta expresa del oficial y
la confesión del padre de ser Ministro de Dios. Fue conducido a León, al
cuartel, instalado en el edificio del Seminario. La mañana del domingo 24, el P. Andrés
Solá celebró la Santa Misa y suficientemente informado de los acontecimientos, propuso a
los fieles celebrar una Hora Santa y otras rogativas, lo mismo que tramitar la liberación
del P. Rangel. Varias mujeres se ofrecieron a interceder
y se presentaron ante el General Sánchez para pedirle la libertad del prisionero. El
General, al oír que se trataba de la liberación de un cura, las ofendió y amenazó
pistola en mano. Lo único que lograron fue el permiso de llevarle una cama y algunos
enseres. Las mujeres
salieron y fueron a comunicar al P. Solá el resultado; un grupo de soldados y secretas
salieron tras ellas y las dieron por presas a la entrada de la residencia de las
señoritas Alba. Invadieron los departamentos, el oratorio, la sacristía y allí
aprehendieron, entre insultos, blasfemias y sarcasmo, al P. Solá y a Leonardo Pérez, que
suponían era también sacerdote y aunque fue desmentido tanto por el mismo Leonardo como
por el P. Solá y muchos leoneses que se enteraron de lo sucedido. Pidieron
más hombres armados y un automóvil y sacaron cautivos al P. Solá, a Leonardo Pérez y a
las mujeres que habían pedido la libertad del P. Rangel, lo mismo que a las señoritas
Alba; todos fueron trasladados al cuartel. Algunas personas caritativas llevaron a
los presos algunos alimentos y cuando los estaban comiendo entró el General Sánchez. El
P. Solá, por educación, le dijo: -¿Usted gusta?-; a su amabilidad
correspondió una sarta de injurias. Se acercó el perrillo del General y el P. Solá,
disimulando las palabrotas, le arrojó unas migajas de pan, por lo que el General, montado
en cólera, le dijo: -¡No le dé pan, usted no es digno ni de darle de comer a
mi perro!-. El domingo 24, entre cinco y siete de la
tarde, fueron juzgados por un tribunal improvisado, acusados falsamente de ser los
asaltantes del tren de Guadalajara, descarrilado en el kilómetro 491, entre las
estaciones La Mira y Las Salas, el 23 del mismo abril. En el transcurso del juicio el P.
Solá dijo al juez que no podían fusilarlo, porque él era un misionero español, a lo
que contestó el juez: -También para los extranjeros tenemos balas-. El General Sánchez, incapaz de enfrentar
a los verdaderos responsables del descarrilamiento del tren y con el afán de quedar bien
con sus superiores, envió a Joaquín Amaro, Secretario de Guerra y Marina este mensaje: -Acabo
de aprehender a tres cabecillas del asalto al tren
-. El Gral. Amaro
respondió: -Lléveselos al lugar del descarrilamiento, y fusile a los tres- Los
prisioneros fueron llevados a Lagos de Moreno la noche del 24 y ahí durmieron hasta la
madrugada del día 25, en que se reanudó el viaje hasta Encarnación de Díaz, donde
fueron bajados y trasladados al tren militar del General Amarillas. De ahí fueron
llevados hasta el kilómetros 491, entre La Mira y Las Salas. Se les ordenó a los dos
sacerdotes y a Leonardo, descender del tren y fueron conducidos junto a un charco de
petróleo y chapopote, se absolvieron disimuladamente, se pusieron en cruz y recibieron
las descargas. El P. Rangel y Leonardo murieron de
inmediato y el P. Solá, aún con vida, se revolcaba en el charco de chapopote. Los
soldados despojaron a sus víctimas de todo y volvieron al tren. Al iniciar el tren su
marcha, el oficial de la escolta ordenó a una cuadrilla de trabajadores ferroviarios: -Quemen
esos cuerpos-. Eran las 8:52 de la mañana del lunes 25 de abril de 1927. Al partir el tren bajaron los
trabajadores Petronilo Flores, Miguel Rodríguez y otros más. Al acercarse Petronilo,
oyó que el P. Solá le decía: -Oye, ¿qué vas a hacer conmigo?-. -Nada,
señor-, le dijo; y el padre añadió: -¿Ves esos dos muertos que
están a mi lado? Uno es sacerdote de Silao, de la Iglesia del Perdón; yo soy sacerdote
español, de León, somos sacerdotes y morimos por Jesús... morimos por Dios, estoy muy
herido, muerto por Jesús-. Le dijo también que el otro Leonardo-, no era
sacerdote, y le pidió que por caridad los enterraran. El P. Solá sobrevivió dos horas más,
sin poder moverse, sumergido en aquel charco de chapopote, desangrándose, sobrecogido por
la calentura y atormentado por la sed, experimentando un verdadero suplicio. Eran las doce
del día cuando murió. Los ferroviarios, en lugar de quemar los cuerpos, cavaron tres
sepulturas en las que depositaron los cuerpos. Días después, Manuel Pérez, hermano de
Leonardo, obtuvo permiso para trasladar los cuerpos al panteón de Lagos de Moreno, que
era la población más cercana; los cuerpos fueron exhumados y trasladados a Lagos de
Moreno el 1º de mayo. Sugerencias para la liturgia: Acto penitencial: El pueblo de Dios, fortalecido en su fe
por el ejemplo de los mártires de San Joaquín y demás paladines, toma nuevamente vigor
para seguir su ejemplo, con la gracia de Dios, si así lo exigieran las circunstancias.
Reconozcamos que tenemos miedo. Lectura: De la primera carta de San Pablo a los
corintios (9,24-27) Oración universal: Invoquemos al Señor, que quiso asociar
a su Pascua al laico Leonardo Pérez Larios y a los sacerdotes Rangel y Solá, y
pidámosle que también para nosotros sea nuestra alegría y nuestra fuerza,
ofreciéndonos vigor y alivio, y digamos: Atráenos hacia tí, Señor. 1.- Tú que eres la vida de todos los que
redimiste con tu sangre, ayuda a la Iglesia perseguida y sostén a los cristianos con tu
fuerza. Oremos. 2.- Tú que eres la fuerza de los
débiles y el premio de los fuertes, dirige los pensamientos de los gobernantes para que
no tiranicen a los pueblos. Oremos. 3.- Tú que luchaste contra el mal y lo
venciste haciendo el bien y sirviendo a todos, concede seguridad a los que luchan por la
verdad y la justicia. Oremos. 4.- Tú que pusiste la fuente de la
verdadera alegría en el amor a tí y a los hermanos, a ejemplo de los mártires de San
Joaquín, haz que nos sintamos felices de sufrir por tí y por la salvación de nuestros
hermanos. Oremos. 5.- Tú que quieres que, unidos a tí,
tengamos un mismo pensar y un mismo sentir, une a nuestras familias en la práctica de la
virtud. Oremos. Señor, te alabamos sin cesar porque
todo lo dispones de modo admirable y moderas con sabiduría el trabajo y las ocupaciones
de los seres humanos, concediéndoles descanso en el dolor, para reposo de sus cuerpos y
alivio de sus mentes, haz que, uniendo nuestros sufrimientos a los tuyos, a ejemplo del
beato Leonardo, contribuyamos a la salvación del corrompido mundo de hoy. Tú que vives y
reinas por los siglos de los siglos.
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