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Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 01:28
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Tema 7 Si queremos tener un concepto exacto de religión,
tenemos que partir de la existencia de Dios. No de un Dios imaginario según
nuestro gusto y fabricado conforme a nuestro capricho; sino del Dios verdadero, único,
inteligente, libre, personal, creador de todo lo que existe, verdad primera, bondad,
infinita, Señor absoluto, fin último... A Dios el hombre debe darle su
adoración, su obediencia, su acción de gracias, su plegaria, rendirle culto... Esto es
lo que se llama Religión. El hombre, conforme al dictamen de su
propia conciencia, tiene la obligación y el derecho de rendir culto a Dios y de orientar
su vida según la voluntad del que es su Creador, su Señor y su Fin último. Siendo este uno de los derechos
fundamentales de la persona humana, debe ser respetado e inviolable. El hombre tiene
derecho a profesar su religión no sólo en privado, sino también en público, no sólo
como individuo particular, sino como miembro de una sociedad religiosa. Ni el Estado, ni los demás hombres
pueden impedir el ejercicio de este derecho. Más aún, la sociedad humana de tal manera
debe organizarse, que los hombres que a ella pertenecen encuentren siempre las condiciones
favorables al ejercicio privado, público y social de su religión. La libertad religiosa no quiere decir
autonomía absoluta del hombre; no quiere decir que el hombre sea autónomo en materia
religiosa y totalmente independiente de Dios, como si la religión fuera un producto del
hombre mismo y dependiera de su psiquismo inferior, o de sus tendencias anímicas, de su
arbitrio o capricho. El relativismo religioso es un absurdo. En este sentido, buscando la verdad, el
hombre tiene obligación de formarse una conciencia recta, para obrar conforme a ella. La Iglesia
depositaria de la Revelación, presenta ante el mundo el mensaje evangélico con toda su
autenticidad, con toda su verdad histórica, con toda su fuerza divina... Y pide a Dios
que ilumine la mente y mueva el corazón de los hombres, para que conozcan la verdad y
acepten el don de Cristo. Exhorta además a los católicos a dar testimonio de la verdad
con su palabra, con su vida, con su ejemplo... Pero el adulto que entra en la Iglesia
tiene que hacerlo libremente. La Iglesia no obliga, ni puede obligar a nadie a abrazar la
fe contra su voluntad. Hay muchos
hombres que no reconocen la voz de Dios a través de la Iglesia Católica y por eso mismo
no pueden responderle. Tal vez su
actitud sea ficticia, tal vez estén obrando de mala fe; pero en ese caso es un problema
de su propia conciencia, del que ellos deben responder ante Dios. En la generalidad de los
casos, sin embargo, debemos suponer y admitir con respecto la buena fe de los qué, fuera
de la Iglesia Católica, adoran a Dios conforme a sus propias convicciones y a su modo, ya
sea individualmente, ya sea dentro de grupos, colectividades o confesiones religiosas. Y en
cualquier situación, todo hombre, como persona humana, conserva su derecho de adorar a
Dios y profesar la religión que su propia conciencia le dicte. Cuando el
hombre ha puesto todo su esfuerzo y con sinceridad ha buscado la religión que debe
profesar, ese es, en concreto, el camino de su salvación y, aunque objetivamente esté en
el error, sin embargo ninguna autoridad humana tiene derecho para inducirle a obrar contra
su propia conciencia. Esto es lo
que declaró el Concilio Vaticano II: La persona humana tiene derecho a la libertad
religiosa. Esta libertad consiste en que todos lo hombres han de estar inmunes a la
coacción, tanto por parte de personas particulares, como de grupos sociales y de
cualquier potestad humana y esto de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a
nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado
y en público, o asociado con otros, dentro de los debidos límites. En el
derecho que todo hombre tiene de honrar a Dios conforme al dictamen de sus propia
conciencia. - no se puede amparar una acción que
dañe o sea contraria al derecho que los demás hombres también tienen, - ni tampoco puede justificarse una
actitud que se contraponga a los justos fines de las sociedad, es decir, una actitud que
resulte obstáculo para el bien común. Por consiguiente, nadie puede por la
fuerza imponer a los demás sus propias ideas o prácticas religiosas. La libertad de
creencias no ampara el proselitismo deshonesto e injusto. Nadie puede, apoyado en la
libertad de religión, cometer crímenes, robos asesinatos... etc. Es evidente que son
falsas derivaciones religiosas las que algunos pretenden deducir para mistificar acciones
claramente reprobadas por la ley natural y por las leyes positivas, como por ejemplo, la
poligamia, el adulterio, la fornicación... En estos caso y en muchos otros que podríamos
seguir enumerando, el Estado debe intervenir para reprimir los abusos y guardar el orden
necesario dentro de la sociedad humana. ¿Qué vamos a hacer nosotros de cara
a nuestros mártires? ¿A qué compromisos nos urge nuestra fe en las circunstancias que
vivimos? Unamos nuestras propias renuncias y la ofrenda de nuestras vidas a la ofrenda de
Cristo y de los mártires. Sugerencias para la liturgia: Monición: El martirio es la aceptación y
padecimiento de una tortura de por sí mortal, firme y pacientemente tolerada, a causa del
odio a la fe o a las virtudes cristianas. Nuestros mártires, con su sangre y su vida, con
cárcel y tormentos, sellaron su fe. Escucharon la voz del Señor que gritaba en la
realidad de falta de libertad religiosa y palpitaba en los corazones heridos y los gemidos
angutiosos. Siempre el martirio es muy controvertido en su época. Ellos se hacen voz de
los que no tienen voz, para interpretar sus miserias. Murieron perdonando, y su perdón y
su muerte gritan hoy más fuerte. Que no perdamos su memoria, que no seamos sordos a su
gritos, que prosigamos sus pisadas. Su recuerdo es una fuerza para construir nuestro
presente. Palabra de Dios: Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 9,26-31
(Saulo, recién convertido, les contó a quienes temían y dudaban cómo había visto al
Señor en el camino de Damasco). Salmo responsorial: 21, con la respuesta: «El Señor
es mi alabanza en la gran Asamblea». Segunda Lectura: 1 Juan 3,18-24 («Este es mi
mandamiento: que creamos y que nos amemos»). Evangelio: Juan 15,1-8 (Formamos la gran Vid,
en la cual Cristo es la cepa y nosotros los sarmientos, y permanecemos en El para dar
fruto abundante). Oración universal: El martirio no se limitó al tiempo de
la Cristiada; es actual. La denuncia de situaciones de pecado y la defensa del débil ante
las injusticias ha desatado persecución y originado muerte. Invoquemos al Padre
celestial, fuente de toda santidad, por mediación de Jesucristo, nuestro hermano, en la
unidad de la Iglesia católica, diciendo: Oh Señor, escucha y ten piedad. 1. Por los cristianos comprometidos en la
promoción cristiana que han sufrido tortura, persecución, desaparición, amenazas, e
incluso la muerte, tanto de sus seres queridos como de ellos mismos, para que se mantengan
fieles en el seguimiento de Cristo. Oremos. 2. Por los gobiernos intolerantes con la
religión o el cristianismo, para que crezca entre los políticos una mentalidad de
respeto, fraternidad y tolerancia a todos los valores positivos y constructivos de la vida
social. Oremos. 3. Por los enfermos, los migrantes, los
limitados en sus capacidades físicas o psicológicas, para que, con la atención adecuada
y la comprensión por parte de sus hermanos en la fe, logren superarse y sean factores
constructivos en la sociedad y en la Iglesia. Oremos. 4. Por todos nosotros, para que
comprendamos que continuar la causa de Jesús y vivir su Pascua significa pasar por la
experiencia del martirio, y seamos también capaces de entregar la vida, de aceptar el
aparente fracaso, de hacer creíble a la Iglesia como fermento del Reino. Oremos. Escucha, Señor, la oración de tu
Iglesia suplicante, que pide gozar del espacio necesario de libertad para cumplir con la
misión que les has confiado. Por Jesucristo nuestro Señor.
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