Hoy Miércoles, 07 de enero de 2009 | 06:13

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Tema 10
Santos, testigos de Cristo

Cuando le dijeron a Natanael: «¡Hemos encontrado al Mesías!», él contestó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno? Pero en tierra de sombras una luz apareció.

Tal vez estamos llenos de dudas y hasta polémicas, como en Nazaret decían de Jesús: «¿No es éste el hijo del carpintero y no se llama María su madre y no viven sus hermanos entre nosotros?».

Juan bautista dijo: «Enmedio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen». No busquemos los santos entre los extraterrestres o lejanos.

No podemos establecer un modelo de santidad que se encarne perfectamente en estos tiempos de la post-modernidad, prescindiendo por completo de quienes vivieron en el pasado y han sido declarados santos.

Con las canonizaciones y beatificaciones realizadas últimamente, ya tenemos nuestra calendario nacional y diocesano más enriquecido.

Mencionemos a los santos y beatos mexicanos que tienen relación a nuestra diócesis, siguiendo los meses del año:

Febrero 5: San Felipe de Jesús.

Febrero 9: Beato Luis Magaña Servín.

Febrero 25: Beato Sebastián de Aparicio.

Febrero 25: Santo Toribio Romo.

Marzo 21: Beato Miguel Gómez Loza.

Marzo 30: San Julio Alvarez.

Abril 1: Beato Anacleto González Flores.

Abril 13: Santo Sabás Reyes.

Abril 21: San Román Adame.

Abril 25: Beato Leonardo Pérez Larios.

Mayo 25: San Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires.

Junio 29: Siervo de Dios P. Pablo De Anda.

Julio 30: Santa María de Jesús sacramentado Venegas.

Agosto 16: Beato Bartolomé Laurel.

Agosto 19: Beatos Pedro Zúñiga y Luis Flores.

Agosto 26: Beato Junípero Serra.

Septiembre 2: Beato Bartolomé Gutiérrez.

Septiembre 19: San José María de Yermo y Parres.

Septiembre 23: Beatos mártires Cristóbal, Antonio y Juan de Tlaxcala.

Octubre 5: San Tranquilino Ubiarco.

Octubre 11: Beato Elías del Socorro Nieves.

Octubre 24: San Rafael Guízar y Valencia.

Noviembre 22: San Pedro Esqueda.

Noviembre 23: Beato P. Miguel Agustín Pro.

Diciembre 9: San Juan Diego vidente del Tepeyac.

Faltan tantos franciscanos, dominicos y agustinos que perdieron la vida por fidelidad a su apostolado cristiano, así como los mártires anónimos de la guerra cristera o de los conflictos sociales de fines del siglo XX.

Todos los modelos de santidad que la Iglesia conoce a través de los siglos, fueron testigos heroicos de Cristo, y pueden clasificarse en tres tipos, con gran valor evangélico y de testimonio de vida íntegra:

- la efusión de sangre como prueba suprema de amistad con Dios.

- la caridad heroica como vínculo de comunión en el cual se edifica la Iglesia, y como servicio abierto a todas las necesidades de los hermanos.

- la vida virginal, como prodigio del Espíritu Santo realizado en la debilidad de la naturaleza humana.

Hay distintas categorías de santos: mártires, vírgenes, pastores, confesores de la fe, doctores o maestros en la fe, misioneros y fundadores, insignes en la caridad, etc.

Hoy la Iglesia considera mártires también a quienes, sin derramamiento de sangre, han sacrificado igualmente la propia vida, en particulares circunstancias, por coherencia de fe y militancia católica, acompañando a Cristo en su Calvario de hoy.

¿La plebe ignorante y manipulable es capaz de apasionarse tan furiosa y repentinamente de Jesucristo, arrastrando también a filósofos, magistrados y maestros? ¿Qué fiebre tan rara invadió a las multitudes, que las hace capaces de sufrir mil muertes antes que renegar de su fe, cuando podían evitarlo? ¿Lo originaron los doce ignorantes y miedosos apóstoles, judíos y sin crédito, con su fascinación, su elocuencia, su autoridad moral? Ni los más poderosos han logrado inspirar fanatismo sino a unos cuantos secuaces.

Es fácil excitar los ánimos ofreciendo placeres, libertinaje y riqueza; pero ¿puede provocar fanatismo creer misterios arduos, exigir dolorosos sacrificios, renuncia y cruz, desapego de los bienes, larga oración, vencerse a sí mismo, dominar el amor propia, refrenar las aversiones secretas, la cólera, la lujuria? ¿Hasta perder los intereses, la patria, la vida, y sufrir tormentos peores que la muerte? Es imposible que las solas fuerzas humanas alcancen para tanto.

El título de mártir no se gana simplemente por una muerte violenta. Es el supremo testimonio de Cristo, sellado con la vida y la propia sangre. La muerte es causada por odio a la religión, a Dios o a la Iglesia, no por motivos políticos o delictivos. El mártir muere ofreciendo su vida a Dios y perdonando a sus verdugos.

Propuestas para la liturgia:

Monición inicial:

El 20 de noviembre, el Estadio Jalisco de Guadalajara es testigo de que, en nombre del Papa, son beatificados 13 mártires mexicanos, la mayoría son laicos, que ofrendaron su causa por la gloria de Cristo en la Guerra Cristera.

Los santos son como las flores de un jardín y los frutos de una huerta en una comunidad cristiana. Si la Iglesia mexicana ha sido capaz de producir santos, nosotros somos sus herederos y continuadores.

Es cierto que las necesidades del momento exigen un modo diferente de entrega al que pedían otras circunstancias históricas y sociales muy distintas de las nuestras. Pero la Iglesia peregrina haciendo presente al único Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre; y así, el Misterio de la Salvación es siempre nuevo y siempre antiguo.

Oración universal:

Aunque cambien las personas y los tiempos, los valores no cambian. La santidad consiste en la perfección de la caridad, es decir, del amor de Dios y del prójimo en Dios. Este concepto no puede variar. Los santos de todos los tiempos tienen un denominador común: fueron hombres y mujeres que lograron amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos, aun a costa de su propia vida, enmedio de los avances y limitaciones de su tiempo. Invoquemos a Dios, nuestro Padre, por mediación de Jesucristo, que se hizo víctima sacrificial por nuestros pecados, y ofreció satisfacción infinita a la justicia divina. Llenos de reconocimiento amoroso y de fe digamos:

Nos has redimido,
Señor, con tu Sangre.

1. Tú que viniste a salvarnos del pecado y de la muerte, haz que tu Iglesia, en sus múltiples comunidades, llegue hasta tí mediante gestos concretos de fe, esperanza y caridad. Oremos.

2. Tú que nos diste en la Cruz el nuevo árbol de la vida, haz que mediante el perdón de las ofensas, la reconciliación fraterna, el respeto mutuo y la caridad, gustemos sus frutos de salvación. Oremos.

3. Tú que en la Cruz sufriste las burlas e insultos de los que pasaban ignorando que sufrías y morías por su salvación, acuérdate de todos los que te ofenden viviendo situaciones de pecado, de los que reniegan de tí y de los que te ignoran, y revélales tu amor por ellos. Oremos.

4. Tú que sufriste la soledad, el abandono, la traición y el fracaso, y gritaste al Padre tu lamento y plegaria, haz que todos los que sufren se sientan en comunión con tu Pasión, y obtengan para todos el perdón y la misericordia. Oremos.

5. Tú que después de un fuerte grito entregaste el espíritu abrazando al mundo entero con el poder liberador de tu Sacrificio, y de tu pecho rasgado quisiste que brotara la Iglesia, arca de salvación, haz de nuestras familias una Iglesia doméstica, sacramento del encuentro contigo y con los demás. Oremos.

Padre, que salvas a todos los hombres y mujeres del mundo por la Muerte y Resurrección de tu Hijo, y no permites que ninguno perezca, bendice nuestras fiestas y todos sus proyectos; líbranos de los excesos, ten misericordia de nosotros y danos la abundancia de tu paz. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.

Monición final:

Emprendamos una «pastoral de santidad». Que no rompamos la cadena de testigos de Cristo con una vida indigna. Que los santos de ayer no se encandalicen de nuestra vida. Que seamos continuadores de los santos.