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Martes, 06 de enero de 2009 | 20:27
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Tema 2: Los Concilios en la Historia Reflexiones: Un Concilio es una asamblea de todos los
obispos de la Iglesia católica (y de otras Iglesias en su ámbito institucional) para
afrontar juntos, unidos al Papa que lo convoca, preside y hace válido, los problemas de
fe, doctrina, moral, disciplina eclesiástica o sacramental. La Iglesia reconoce como legítimos y
válidos sólo 21 concilios ecuménicos: 8 en oriente y 13 en occidente. Decimos algo de
cada uno: 1º) Concilio I de Nicea (año
325, Papa San Silvestre y emperador Constantino). Contra la herejía de Arrio
(presbítero de Alejandría) definió que el Padre y el Hijo son consustanciales en la
común naturaleza divina. Compiló el «Símbolo niceno». 2º) Concilio I de Constantinopla (año
381, Papa San Dámaso y emperador Teodosio). Condenó a Macedonio y sus seguidores.
Definió la divinidad del Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad, consustancial
al Padre y al Hijo en la única divinidad. Formuló el dogma de la Trinidad en el
«Símbolo niceno-constantinopolitano», que se recita en Misa. 3º) Concilio de Efeso (año
431, Para San Celestino, emperador Teodosio II). Fijó con exactitud la doctrina de la
unión de las dos naturalezas en la Persona de Cristo Jesús. Definió sobre todo que
María es Madre de Jesucristo, tanto en cuanto hombre como en cuanto Dios. Le reconoció
solemnemente el título de «Theotokos» (Madre de Dios). 4º) Concilio de Calcedonia (año
451, Papa San León I el grande; emperador Marciano). Condenó el monofisismo,
herejía de Eutiques, que negaba la doble naturaleza humana y divina de Jesucristo. 5º) Concilio II de Constantinopla
(año 553, Papa San Vigilio, emperador Justiniano). Condenó los errores, sobre
todo nestorianos, contenidos en un escrito titulado «Tres capítulos», por algunos
obispos que negaban la doctrina de la doble naturaleza de Cristo reconocida en Calcedonia. 6º)
Concilio III de Constantinopla (año 680-681; Papa San Agatón y emperador
Constantino Pagonato). Condenó el monotelismo, herejía que admitía en la Persona
del Verbo encarnado una única voluntad. Definió que en Cristo hay una voluntad divina y
una humana, pues tiene dos naturalezas completas. 7º)
Concilio II de Nicea (año 787, papa San Adrián I y emperador Constantino VI).
Condenó la iconoclastia, es decir, la destrucción de las imágenes sagradas, pues el
emperador León el Isáurico había decretado destruirlas. Legitimó la iconodulia
(veneración de las imágenes) por su relación con los santos representados. Distinguió
el culto de adoración del de veneración. 8º) Concilio IV de Constantinopla
(años 869-871, Papa Adrián II, emperador Basilio). Condenó el cisma de Focio,
que separó de Roma a la Iglesia de Constantinopla (y se sellará con recíprocas bulas de
excomunión en 1054 con Miguel Cerulario). Definió con precisión el culto de las
imágenes. Estableció los derechos de las sedes patriarcales y los reglamentos para la
Ordenación de los obispos. 9º) Concilio I de Letrán en Roma (año
1123, Papa Calixto II). Aprobó el Concordato de Worms sobre la lucha por las
investiduras. Condenó la simonía y el concubinato. 10º) Concilio II de Letrán (año
1139, Papa Inocencio II). Condenó al antipapa Anacleto II, remediando los males
provocados por el cisma. Condenó al agitador Arnaldo de Brescia, áspero fustigador de la
mundanización del clero. 11º) Concilio III de Letrán (año
1179, Papa Alejandro III). Estableció las normas para la elección del Papa.
Ratificó la paz con el emperador Barbarroja. Condenó las herejías de los valdenses,
cátaros y albigenses. 12º) Concilio IV de Letrán (año
1215, Papa Inocencio III). Condenó la herejía albigense. Decretó la obligación de
la Confesión anual y la Comunión pascual. Indicionó la IV Cruzada para la liberación
del Santo Sepulcro y de Jerusalén. Reafirmó el Primado del Pontífice romano. 13º) Concilio I de Lyon, Francia (1245;
Papa Inocencio IV). Conminó la excomunión contra el emperador Federico II de Suecia.
Tomó decisiones para la cruzada en defensa del Imperio latino de Oriente. 14º) Concilio II de Lyon (año
1274, Papa Gregorio X). Decretó la elección del Papa «en cónclave», es decir, en
segregación total de los cardenales electores. Estableció la unión con Oriente, aunque
en vano. Afirmó el primado de la Sede de Roma, como sede del Pontífice. 15º) Concilio de Vienne, Francia (año
1311-1312; Papa Clemente V). Suprimió la Orden monástica y de caballería de los
Templarios. Reformó las costumbres del clero. 16º) Concilio de Constanza, Alemania
(año 1414 a 1418; Papas Gregorio XII y Martín V; y emperador Segismundo). Dio fin
al cisma de occidente (presencia de tres papas en la Iglesia). Condenó las tesis de
Wycliff, Huss y otros. Debatió la cuestión si un concilio está por encima del Papa, sin
dar solución. 17º) Concilio de
Ferrara-Florencia-Roma (Papa Eugenio IV, tres períodos distantes entre sí). Condenó el Concilio de Basileya y al antipapa Félix V.
Reconoció el primado del Papa sobre el concilio. 18º) Concilio V de Letrán (del
1512 al 1517; Papas Julio II y León X). Condenó el abusivo Concilio de Pisa y
decretó la inmortalidad del alma. Propuso reformas radicales de la disciplina
eclesiástica. 19º) Concilio de Trento (de
1545 a 1563, en tres fases; Papas Julio III, Pablo III y Pio IV). Condenó a Lutero y
la Reforma protestante, y puso en acto la Contrarreforma, incrementando la disciplina
eclesiástica y estableciendo los seminarios. Dio decretos sobre la Misa, el culto de los
santos, la censura de las publicaciones. 20º) Concilio Vaticano I en Roma (años
1869-1870; Papa Pío IX). Definió el dogma de la infalibilidad del Papa en materia de
fe y de costumbres, y estableció la sustancia de la Revelación y la Tradición en
relación a la fe. Quedó inconcluso. 21º)
Concilio Vaticano II (de 1962 a 1965; Papas Juan XXIII y Pablo VI). Verificó y
profundizó la doctrina de la Iglesia sobre sí misma, y el diálogo con otras Iglesias y
religiones, incluso el ateísmo, y reformando la liturgia. Sugerencias para la liturgia: Motivación «Para cumplir esta misión es deber
permanente de la Iglesia estructurar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la
luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia
responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida
presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello
conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo
dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamentales del
mundo moderno. «El género humano se halla hoy en un
período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que
progresivamente se extienden al universo entero. Los provoca el hombre con su inteligencia
y su dinamismo creador; pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos
individuales y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con
las realidades y los hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede ya hablar
de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también en la vida
religiosa. «Como ocurre
en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo no leves dificultades.
Así, mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue
someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su intimidad espiritual,
y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente
las leyes de la vida social, y duda sobre la ordenación que ésta se debe dar. «Jamás el
género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder
económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son
muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan
agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y
psicológica. Mientras el mundo siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua
interdependencia en ineludible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido
por la presencia de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones
políticas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro
de una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las ideas;
sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más fundamentales revisten
sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por último, se busca con
insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento
de los espíritus. «Afectados por tan compleja situación,
muchos de nuestros contemporáneos difícilmente llegan a conocer los valores permanentes
y a compaginarlos con exactitud al mismo tiempo con lo nuevos descubrimientos. La
inquietud los atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual
evolución del mundo. El curso de la historia presente es un desafío al hombre que le
obliga a responder» (GS 4). Lecturas Ap 21, 1-5a. 6b-7;ss Sal 86 Jn 21,1-14 Oración universal: Demos gracias a Dios Padre, que
estableció en Cristo una alianza nueva y eterna con su pueblo, y la renueva en el
sacramento del altar, y supliquemos diciendo: Te rogamos, óyenos. 1.- Que te dignes conceder tu indulgencia a la humanidad y a la
Iglesia por nuestros pecados y eleves nuestras mentes a los deseos celestiales. Oremos. 2.- Que nos hagas caminar hacia una
verdadera conversión y hacia una nueva vida según el Evangelio de Cristo. Oremos. 3.- Que libres nuestras almas, las de
nuestros hermanos, parientes y bienhechores, de la condenación eterna. Oremos. 4.- Que te dignes dar el descanso eterno
a todos los fieles difuntos. Oremos. 5.- Que te dignes preservar al mundo de
la peste, del hambre y de la guerra, y des paz y verdadera concordia a todos los pueblos. Oremos. 6.- Que te dignes regir y conservar a tu
santa Iglesia y conceder la unidad a todos los creyentes en Cristo. Oremos. 7.- Que te dignes conservar en la caridad
a nuestro Papa Benedicto, con todos los obispos, sacerdotes y diáconos. Oremos. 8.- Que te dignes llevar a todos los
hombres a la luz del Evangelio. Oremos. Señor Dios nuestro, que santificas a tu
Iglesia también mediante los concilios ecuménicos, concédenos la valentía que infunde
tu Espíritu, para buscar la victoria contra el mal. Por Jesucristo nuestro Señor.
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