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Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 00:42
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Tema 6: Iglesia Solidaria y Servidora Reflexión: La Iglesia
no miró en el Concilio sólo hacia el interior de sí misma, sino que se ubicó en el
mundo cambiante y crítico en que vivimos, y se preguntó sobre el papel que Dios le
encomienda en relación a ese mundo. Responde sobre todo en la Constitución «Gaudium
et Spes» (GS) sobre la Iglesia en el mundo actual (7 dic 1965). En base al Esquema 13, se fue formando
con varios temas tocados en los debates. Se refiere a la posición de la Iglesia frente a
los candentes problemas actuales. Habla primero de las obligaciones de la Iglesia ante el
mundo. Después trata algunos de los problemas más urgentes: el matrimonio, la familia y
los nacimientos; la educación, el trabajo y la cultura; el hambre y los mayores problemas
sociales; la política; las relaciones Iglesia-Estado; condena de la guerra y acción por
la paz. Despertó conciencia social frente a la
injusticia y explotación. Contribuyó a la democratización, participando el pueblo en al
toma de decisiones, y a la solidaridad con los más pobres. Fue lo más novedoso del
Concilio. Los signos
de los tiempos. Los fenómenos que caracterizan este
época por frecuentes y generalizados, son voces de Dios que nos llama a actuar. La Iglesia asume los valores emergentes,
secunda la acción de Dios, llena de Evangelio las culturas. Con objetividad, diálogo y
conversión. Estos signos deben ser discernidos por el
pueblo de Dios, ya que son cambiantes, diversos, ambivalentes, sobrepuestos, etc. Reciprocidad entre la Iglesia y el
mundo contemporáneo. La Iglesia caminando en la historia de
los hombres y los pueblos. El servicio evangelizador de la Iglesia,
opta preferencialmente por los pobres, es un servicio de liberación total, busca integrar
en Cristo todos los aspectos y dimensiones, anunciar la verdad y construir la paz. Va renovando desde dentro toda la vida, a
partir de los valores y experiencias. Por eso toma en cuenta la religiosidad
popular, que es búsqueda de Dios, lugar de revelación, pero debe ser purificada de
desviaciones y deformaciones. Las graves situaciones hacen que la
Iglesia se comprometa en una auténtica justicia y solidaridad, buscando la conversión de
corazón y el cambio de estructuras de acuerdo a los criterios del Evangelio. Sugerencias para la liturgia: Motivación «Dios creó al hombre no para vivir
aisladamente, sino para formar sociedad. De la misma manera, Dios «ha querido santificar
y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino
constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente». Desde el
comienzo de la historia de salvación, Dios ha elegido a los hombres personalmente en
cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad. A los
que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo suyo (Ex 3, 7-12), con el
que además estableció un pacto en el monte Sinaí. «Esta índole comunitaria se perfecciona
y se consuma en la obra de Jesucristo. El propio Verbo encarnado quiso participar de la
vida social humana. Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió
publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre
evocando las relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de
las imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose vínculos humanos, sobre todo los
de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su
tiempo y de su tierra. «En su
predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como hermanos. Pidió
en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más todavía, se ofreció hasta la
muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este dar uno la vida
por sus amigos (Jn 15, 13). Y ordenó a los Apóstoles predicar a todas las gentes la
nueva evangélica, para que la humanidad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud
de la ley sea el amor. «Primogénito entre muchos hermanos,
constituye, con el don de su Espíritu, una nueva comunidad fraterna entre todos los que
con fe y caridad le reciben después de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo,
que es la Iglesia, en la que todos, miembros según la variedad de dones que se les hayan
conferido. «Esta solidaridad debe aumentarse
siempre hasta aquel día en que llegue su consumación y en que los hombres salvados por
la gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano dará a Dios gloria perfecta»
(GS 32). «El hombre contemporáneo camina hoy
hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación
crecientes de sus derechos. Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del
misterio de Dios, que es fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el
sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano.
Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más
profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos
terrenos. Sabe también que el hombre atraído sin cesar por el Espíritu de Dios, nunca
jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como lo prueban no sólo la
experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples testimonios de nuestra época.
Siempre deseará el hombre saber, al menos confusamente, el sentido de su vida, de su
acción y de su muerte. La presencia misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales
problemas; pero es sólo Dios, quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado,
el que puede dar respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en
su Hijo, que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada
vez más en su propia dignidad de hombre. «Apoyada en esta fe, la Iglesia puede
rescatar la dignidad humana del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen
excesivamente o exaltan sin moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que
pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que
comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio anuncia y proclama la
libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última
instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre
decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y
bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos. Esto
corresponde a la ley fundamental de la economía cristiana. Porque, aunque el mismo Dios
es Salvador y Creador, e igualmente también Señor de la historia humana y de la historia
de salvación, sin embargo, en esta misma ordenación divina la justa autonomía de lo
creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su
propia dignidad y se ve en ella consolidada. «La Iglesia, pues, en virtud del
Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en
mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales
derechos. Debe sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu
evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en
efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en
su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma de la ley divina. Por ese camino, la
dignidad humana no se salva; por el contrario, perece» (GS 41). Lecturas: St 2, 1-8 Sal 115 Mc 10, 42-45 Oración Universal Como Iglesia solidaria y servidora de la
humanidad, recordamos a tantas personas que con sus obras y hasta con su sangre confesaron
el nombre de nuestro Señor Jesucristo, quien no vino a ser servido, sino a servir;
dirijamos al Padre nuestras plegarias diciendo: Escúchanos, Padre. 1.- Que
todos los cristianos seamos capaces de librarnos del apego a las riquezas, y sepamos
reconocer que los pobres constituyen el mejor tesoro de la Iglesia. Oremos al
Señor: 2.- Que los
diáconos, movidos por el celo y el Espíritu Santo, sean fieles administradores de los
misterios de Dios y no se limiten al anuncio del Evangelio, sino que los escuchen también
en la profundidad de su corazón. Oremos al Señor: 3.- Que los
que tienen poder e influencia en este mundo, estimulados por el testimonio cristiano,
vivan al servicio de la justicia y trabajen para hacer desaparecer las situaciones de
miseria y de subdesarrollo. Oremos al Señor: 4.- Que los
que se sienten probados o son perseguidos a causa del nombre de Jesús y de su Evangelio
logren aquella fortaleza que hizo vencer a los mártires en su combate. Oremos al
Señor: 5.- Que el
testimonio de los testigos insignes de la caridad fortalezca nuestra fe, y dé un nuevo
vigor a nuestra vida cristiana. Oremos al Señor: Te pedimos, Señor, que al recibir tu
amor misericordioso, sepamos mostrar a los demás el rostro de una Iglesia servidora y
solidaria con los más necesitados, a semejanza de tu Hijo Jesucristo, que vive y reina
por los siglos de los siglos.
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